Otra vez el futuro

Siguiendo con mi línea de lecturas alternativas (léase no literarias, o sea, no laborables), he dado por casualidad con este Pasaje al futuro, de Santiago Bilinkis.   Es un repaso por los avances más importantes presentes, inminentes y futuros en el mundo de la tecnología, biología, transportes, comunicaciones...  Se lo recomiendo a quienes quieran estar al tanto de tanta innovación.  Tengo un montón subrayado, para que luego no me cojan desprevenido.

 

Hay alguna reflexión especialmente jugosa.  Por ejemplo, cuando se habla de los móviles y del ensimismamiento que aísla a padres de hijos, Bilinkis se pregunta si los padres del pasado eran tan "humanos" y afables como muchos nos quieren hacer pensar.  Más bien, dice el autor, la relación se establecía a base de frialdad, guantazos y despotismo.

 

Lo más interesante (para uno al menos, que es un docente recalcitrante) viene al final, en el capítulo dedicado a la educación.  Empieza con esa famosa parábola del que viaja con una máquina del tiempo y se presenta en la actualidad, proveniente del siglo XIX.  No comprende cómo funcionan las calles, los transportes, los teléfonos, las camas de los hospitales..., pero se refugia en un colegio y allí, por fin, respira aliviado.  En las aulas se sigue dando clase aproximadamente como en el 1875: bancas, pizarras, alumnos en fila, profesores vigilantes y tensos...

 

Como siempre, les dejo una selección de citas de este capítulo, para que ustedes opinen al respecto:

 

-"La brecha creciente entre la experiencia dentro y fuera del aula es una receta para el colapso: si no empezamos a trabajar en un cambio profundo, el sistema simplemente dejará de funcionar, será imposible la captación de los chicos".

 

-"La escuela tiene de por sí sus propios problemas para poner límites, sea en la forma de reprobaciones o sanciones.  Pero cuando algún profesor o director osado lo hace, es habitual ver a los padres "compinches" protestando e increpando a las autoridades escolares, cual jugador que recibió una tarjeta roja".

 

-"La mayoría de los adultos (sea en rol de padres o de profesores), tiene la convicción subyacente de que es bueno dar a los chicos lo mismo que funcionó para ellos, y actúa en consecuencia".

 

-"...disfrazada de acciones renovadoras sigue acechando la resistencia al cambio, fuerza conservadora feroz que domina la cabeza de la mayoría de nosotros.  Un dato más: las autoridades que tomas las decisiones en materia de educación suelen ser personas más grandes aún  que los docentes del aula, lo que profundiza y fortalece tanto la brecha como la resistencia al cambio".

 

-"Rápido, ¿cuál era el nombre de tu profesora de Geografía de segundo año del secundario?  Probablemente te cueste recordarlo.  Si en cambio te pregunto cuál era el nombre de ese famoso oceanógrafo francés que hacía fascinantes documentales, probablemente cualquier mayor de 30 años recuerde enseguida a Jacques Cousteau".

 

-"El rol del profesor tendría que ser similar al de un curador: más que transmitir todos los conocimientos de manera directa, debería articular diferentes fuentes para lograr la mayor efectividad del aprendizaje".

 

-"Ahora, ¿cuántas de las funciones sociabilizadoras de la escuela se cumplen si la mayor parte del tiempo el docente habla mientras los alumnos, en "completo silencio" se esfuerzan por reprimir todos los sentidos salvo la vista y el oído, no distraerse y prestar atención?".

 

-"La escuela es irremplazable como herramienta para promover la igualdad y la inclusión social de las personas menos favorecidas".

 

-"...la meta deber ser mejorar las escuelas, no eliminarlas".

 

 

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El hombre que fue una tortilla

Arnold Bennet (1867-1931) fue un periodista y escritor tartamudo e inglés, cuyo nombre utilizó el chef del hotel Savoy de Londres para una  tortilla con bacalao.  En sus tiempos fue tan famoso como Zafón o Rowling, pero la fama póstuma no fue tan benévola con él como la vital y hoy día apenas cuenta con un grupo escuchimizado de admiradores, entre los que, a partir de ahora, me encuentro.  Como crítico literario, fue difusor en Inglaterra de las nuevas voces de principios del siglo XX, como Joyce o Hemingway, aunque Virginia Woolf no lo tragaba por considerarlo un tipo demasiado victoriano.  Cosas de escritores.  Murió de una infección contraída por beber agua del grifo en París.  El ayuntamiento londinense mandó alfombrar de paja las calles de los alrededores de la casa donde agonizaba para amortiguar el ruido de los carruajes.

 

Llegué a su obra de casualidad, de la mano, creo, de algún robot de esos que recomiendan libros basándose en otros que has comprado.  La cosa es que acertó.  Me hice con dos obras suyas y acabo de terminar la que se titula Cómo vivir con 24 horas al día.  Es un ensayo jocoso y británico por los cuatro costados en el que el autor reflexiona sobre el tiempo que se pierde diariamente en actividades futiles como leer el periódico, en lugar de usarse para meditar o leer a Marco Aurelio, que, ahora que lo pienso, viene a ser lo mismo.   Por caminos distintos llega a conclusiones muy parecidas a las que propone el mindfulness, de raigambre budista: olvida lo superfluo, céntrate en ti mismo, aprovecha el presente...

 

Su estilo es chispeante, irónico, perifrástico y flemático, o sea, made in England, de la cuerda de Chesterton (a quien le he pedido prestado el título de esta entrada).  La obra da la impresión desde el principio de ser, como suele decirse, una "quedada", pero a medida que avanza, el lector se da cuenta de que tras el manto bien bordado del humor inglés hay una propuesta vital que, cambiando un par de detalles, es perfectamente aplicable a la actualidad.

 

Aquí les dejo unas citas al azar:

- "Se despierta usted por la mañana y he aquí que, como por arte de magia, ¡su bolsa está llena con veinticuatro horas del tejido virgen de su universo particular! ¡De su vida!  Es todo suyo".

-"Tan solo puede malograr el momento presente; no puede derrochar el mañana, ni la próxima hora: ambos quedan a buen recaudo".

-"El dinero abunda más que el tiempo.  Bien mirado, salta a la vista que el dinero es quizá lo más común que pueda haber.  El mundo entero está atestado de él".

-"Jamás tendremos más tiempo.  Tenemos y siempre hemos tenido todo el tiempo que hay".

-"Soy un acérrimo defensor de los triunfos insignificantes".

-"Se oye decir por ahí: "Nadie es dueño de sus pensamientos".  Pero ¡vaya si no!  El dominio de la máquina pensante es perfectamente posible".

-"El control de la mente constituye el pilar básico de una vida plena".

-"Tanto me da en qué se concentre, con tal de que lo haga: lo que cuenta es el simple hecho de disciplinar la mente".

-"Apriétele las clavijas a su mente y sea testigo de cómo mediante dicho procedimiento se curan la mitad de los males de esta vida, y en particular es dolencia tan penosa y humillante como evitable: la preocupación".

-"Conozco a algunos que leen y leen sin parar y que, para lo que les presta, lo mismo podrían pasarse las horas mondando patatas".

-"...es de su tiempo del que debe preocuparse, no del de los demás".

 

 

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Darker

Vienen días en los que apetece dejarse llevar por el desánimo, días más oscuros y tristes en los que parece mejor idea rendirse que luchar, callar que cantar...

 

Horas después de publicarse el resultado de las elecciones norteamericanas, Leonard Cohen abandona el país en protesta y se pasa... a la posteridad.  

 

Los que han asistido a los conciertales que hemos dado por ahí, saben que raro era que no colocáramos como fuera una canción del canadiense entre mis poemas, como para darles lustre y prestigio, para que el público diga: Bueno, no estuvo mal el profesor calvo, pero por lo menos José Miguel cantó "Bird on a wire".  Lo usaba como seguro.  

 

Mi relación con las canciones de Cohen viene de antiguo, de cuando hace décadas nos poníamos a versionear "Suzanne" (o el citado pájaro del alambre) en cualquier sarao ochentero o noventero o sucesivo.  Dos veces lo vi y oí en directo en Madrid.  Impresionaba su entrega, rodillas al suelo, cantando durante horas como si le fuera la vida en ello.  Y le iba.  Y le fue.  Hay quien dice que esa gira monstruosa lo acabó consumiendo lentamente y que el último disco lo grabó casi en la cama, con los músicos rodeándolo.  

 

No quiero ponerme pedante hablando de su capacidad para enlazar lo trascendente, lo amoroso, lo crítico y lo irónico como pocos han hecho en la historia del poesía del siglo XX.  Mis pobres alumnos, que ya sufrieron mi discursillo sobre Dylan, se han tragado esta mañana el de Cohen.  Los pobres.  Versos magistrales, visionarios, simples, como el zen que practicó, fáciles y profundos, como verdades que eran.

 

Hace unos días me puse a traducir alguna de las canciones de You want it darker, pero me atasqué con algunos vocablos y reuniones.  Ya traduje un tema de Popular Problems y tuve la alegría de que Leonard Cohen le diera al "me gusta" (seguro que no fue él, sino alguien encargado de hacerlo, pero me hizo ilusión).  Aquí van por fin varios fragmentos de dos temas "You want it darker" y "Treaty".  En el primero se presenta ante... Quien Sea, diciendo que está preparado para... Lo Que Sea.  En la letra aparece el término hebreo "hineni" (aquí estoy, heme aquí), que usó Abraham cuando Dios preguntó dónde estaba (cosa rara en él, que todo lo sabe) para que iniciara el sacrificio de su hijo.   En el segundo propone el establecimiento de un ambiguo tratado con alguien que lo mismo no es real.  Ambigüedad, serenidad, sutil humor, derrota, fe, desesperanza... 

 

Por mi parte solo puedo decir muchas gracias, maestro, y enhorabuena a los que hemos tenido la suerte de ser sus coetáneos en este mundo, amparados por la suave y misteriosa túnica de sus palabras.  

 

 

You want it darker

 

Si tú eres el que reparte,

yo estoy fuera del juego.

Si tú eres el sanador,

es que estoy roto y cojo.

 

Si vos sois la gloria,

entonces lo mío

debe ser la vergüenza.

 

Lo quieres más oscuro.

Matamos la llama.

Magnificado, santificado, sea tu santo nombre,

vilipendiado, crucificado, en el cuerpo humano.

 

Un millón de velas encendidas

por la ayuda que nunca llegó.

 

Lo quieres más oscuro.

Hineni, hineni,

Estoy listo, mi señor.

 

 

 

Treaty

 

Te he visto convertir el agua en vino

Te he visto convertirlo de nuevo en agua.

Me siento a tu mesa cada noche.

Lo intento, pero no consigo colocarme contigo.

 

Ojalá firmáramos un tratado;

Me da igual quién toma esta sangrienta colina.

Siempre estoy cansado y enfadado.

Ojalá hubiera un tratado, ojalá hubiera un tratado

Entre tu amor y el mío.

 

Ah, están bailando en la calle. Es el Jubileo.

Nos vendimos por amor, pero ahora somos libres.

Lo siento mucho por ese fantasma que hice que fueras.

Solo uno de nosotros era real y era yo.

 

 

 

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Yo creía que no iba a ganar

Sí, lo confieso.  Soy profesor y poeta y si mezclas las dos palabras te sale "profeta", pero no:  yo creía que Trump no iba a ganar.  Michael Moore sí (él es más listo: tiene una gorra y un óscar) y parece que Matt Groening y los suyos lo anticiparon en un episodio de la temporada 11 en 2000.  La foto adjunta ya me da a mí el pálpito que es un postmontaje.

 

Yo pensaba que los Clinton iban a tirar de ciertos hilos misteriosos de la prensa o de los "lobis" de Washington (que aquí llaman la casta) y acabarían con el sueño mesiánico/empresarial del hombre del flequillo y los exabruptos.   Pero no.  Se salió con la suya.  Ahora bien, dicho esto y a pesar de mi fracasada carrera como profeta, voy a atreverme a decir que este señor no va a hacer ni la mitad de lo que dijo que iba a hacer.  A fin de cuentas ya es un político.  ¿Por qué iba a tener que cumplir sus promesas?

 

Para empezar la Clinton ha obtenido casi trescientos mil votos más que él.  Esto supone un peligro constante de enfrentamiento social.  La cultura (incluido el influyente mundo del cine) está en su contra también.  Además, en el famoso mapa bicolor curiosamente los estados con las ciudades más populosas e importantes (Chicago, Seattle, Los Ángeles, Nueva York...) han salido ranas, es decir, demócratas.  Y para terminar está los propios republicanos, para los que tampoco es santo de su devoción.

 

Cuando Obama ganó, yo pensé que no lo iban a dejar hacer muchas grandes cosas.  Unas las hizo y otras, en efecto, he couldn´t hacerlas.  Ahí casi acerté.

 

El discurso que dio Trump tras ganar las elecciones fue extraño, de una suavidad y condescendencia impropias de él, sin alegatos antifeministas, xenófobos ni nada, diciendo que Hillary había hecho un gran servicio a la nación, bla, bla, bla...  Un santo.  Pero su vicepresidente sí que me dio escalofríos.  No sé cuántas veces dijo "Dios" y "familia" y que estaba muy orgulloso de estar a las órdenes de Trump.  Estuvo en un tris de decir "de nuestro amado líder".  Se me dio un aire a Goebbels.

 

De todas formas, qué importa lo que yo diga, si acierto una de dos.  Lo que vale es, como ha dicho Obama (Yes, we miss you), que mañana sale el sol y hay que apencar (ese verbo no lo ha usado, claro) y tirar para adelante y que él no va a hacer como los que rodeaban a Clinton en la Casa Blanca, que quitaron la w de los teclados para que no pudieran escribir George W. Bush.   Este Trump tiene dinero para comprar teclados nuevos.  Americanos, nada de Made in China

 

 

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La monja y el profeta

Este artículo viene a ser como una segunda parte del que se titulaba "La monja y el islam", en el que reseñé un magnífico libro de la ex-monja Karen Armstrong.  Pues este no le va a la zaga, aunque en honor a la verdad, aquel me resultó un poco más interesante por el periodo más amplio que abarcaba y las reflexiones finales sobre las relaciones entre el islam y el cristianismo.

 

Esta biografía de Mahoma no defrauda en absoluto.  En todo momento la autora procura contextualizar las acciones y las palabras del creador del islam, haciendo hincapié en su afán integrador e igualitarista.  Su verdadero mérito consistió en superar los enfrentamientos tribales y en aunar la península arábiga política y culturalmente.  En un principio, ni siquiera hubo un intento consciente y serio de deslindarse del cristianismo y el judaísmo. Es más, Mahoma los ponía ejemplo de la religión que quería para los árabes.  Casi pudo haberse quedado en una de las muchas sectas del cristianismo que por entonces pululaban (y pululan en parte) por Oriente Medio.   Jerusalén era la ciudad santa hasta que se decidió dar el giro hacia la Meca, cuya Kaaba era morada de Dios (y de otros dioses, que Mahoma acabó derribando).  Al final de su vida se casó con una esclava cristiana y tuvo un hijo con ella, Ibrahim.  

 

El famoso tema del cubrimiento femenino lo explica Armstrong porque en un momento de su vida las mujeres del profeta peligraban por motivos políticos y decidieron cubrirse para evitar altercados.  Pero nunca se pidió que las demás mujeres fueran cubiertas.

 

Pero tras su muerte, como pasa siempre con todos los creadores de religiones, hubo un cisma y todo se volvió más político, más personal y más intransigente al mismo tiempo.  La crisis de los grandes imperios (bizantino y persa) propició la expansión del islam fuera de la Arabia y... Esa es otra historia, la que se cuenta en el otro libro.  Es decir, que quizá tendría que haber leído este antes.

 

Al final del libro Karen Armstrong concluye que, si bien hoy día no podemos entender o aceptar algunos de los hechos y dichos de Mahoma, como no podemos entender la violencia de Jesucristo en el templo, (traduzco) "fue un hombre complejo que se resiste a una fácil categorización ideológica (...), pero que tuvo un profundo genio y fundó una religión y una tradición cultural no basada en la espada, pero cuyo nombre ("islam") significó paz y reconciliación".

 

 

Nota: lo he leído en inglés porque no hay edición en ebook en español y la de papel valían de 50 euros para arriba.  Hay una a 3671, claramente inflacionada.

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De tradiciones y traiciones

Desde que apareció la primera calabaza antropomórfica por el horizonte digital y analógico, empecé a opinar agria y sarcásticamente sobre el asunto.  Todos los años me pasa lo mismo: caigo en mi propia trampa paradójica y me asusto por la inundación de sustos falsos.  

 

En Facebook he mantenido una polémica de tono bajo con algunas personas.  Ellos argumentan que tradiciones extranjeras son casi todas: el mismo cristianismo llegó desde oriente traicionando el culto imperial, los restos telúricos prerrománicos y al mismo judaísmo.  Como reza un chiste que circula por ahí: "Los que decís que Halloween es una fiesta extranjera, ¿qué pensáis, que Jesucristo era de Burgos?".  Muchas viejas tradiciones son antiquísimas traiciones. También se argumenta que la fiesta en realidad no es norteamericana, sino celta, como aquellos viejos y mortíferos cigarros celtibéricos, valga la semirredundancia.  Sí, pero aquí ha llegado como y cuando ha llegado.

 

Bien, antropológicamente de acuerdo, pero resulta curioso (sospechoso dirían otros) que, de todas las posibles tradiciones populares que nos circundan (algunas más cercanas, mexicanas, italianas, marroquíes, inglesas, portuguesas...), solo acabe por calar una que sale en las películas.  Cierto que en las películas y telefilmes salen otras, como Acción de Gracias, que no acaban de encajar en nuestras (por otra parte) insaciables tragaderas.  Tengo la teoría de que en este caso hay un sustrato, un nicho festivalero, el del Carnaval, que, salvo en algunas zonas, no acaba de materializarse.  Además están los niños, esos señores de las casas, proclives a cualquier tipo de despendole y dramatización disfrazante.  Me cuentan que, de hecho, en Estados Unidos las calles se llenan de chavales vestidos de Spiderman, que tiene poco que ver con la muerte.

 

Se argumenta también a favor del festejo que es una catarsis cultural, un reírse de la muerte.  Mucho me temo que la mayoría de los participantes no tienen clara conciencia del hecho en sí (su subconsciente puede) y que más bien es una excusa para recortar faldas o disfrazarse de otro, del salvaje irracional descontrolado que todos llevamos dentro.  Puro carnaval, como digo.  

 

Dicho lo cual, debo aclarar que no soy un patriotero xenófobo que roa huesos de santo en su localidad del teatro donde reponen el Tenorio de Zorrilla.  Demasiada hiperglucemia que puede causar caries mental y dental.

 

Si la cosa sigue así, acabaremos adoptando esta fiesta y no habrá más remedio que aguantarse.  Pero antes queda por resolver un problema: el nombre.  Hay que crear un vocablo adecuado a la ortografía y fonética del español.  Mañana o pasado voy a proponer a la RAE "jálogüin", esdrújula con diéresis.  Lo mismo la gente se asusta cuando salga en el diccionario y deja de disfrazarse con tanta alegría hemofílica.

 

 

 

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Deberes

Hace unas semanas me hicieron una entrevista telefónica para un periódico en la que pedían mi opinión sobre los deberes.  En los últimos meses ha crecido en redes sociales y medios de comunicación la polémica sobre este desagradable asunto.  No sé si serán mis fallos de memoria, pero la verdad es que no me recuerdo especialmente agobiado en mi niñez ni en mi adolescencia con los deberes.  Con los exámenes sí, a partir del bachillerato, pero los deberes los recuerdo muy vagamente, valga la alusión adverbial.  Tampoco sé si es que antes se hacían menos deberes.  O que antes se protestaba menos.  Por aquellos años mandaba un ancianito gallego que no animaba demasiado el pensamiento crítico.

 

A lo que iba, que en esa entrevista vertí mi opinión, a saber:

 

1.- Hay demasiados deberes porque hay demasiadas asignaturas.  Nada más tienen que coger a pulso la maleta de un alumno de 1º de ESO durante 15 segundos. ¿A qué duele?

 

2.- La escuela no puede exteriorizar la formación.  Ya muchos proponen exteriorizar la educación (que los niños vengan educados, claman muchos educadores).  Nadie puede asegurar que las condiciones del hogar sean las idóneas para trabajar (espacio, tiempo, ruido, medios tecnológicos, escasa ayuda, demasiada ayuda...).

 

3.- Si la escuela quiere formar individuos que trabajen en sociedad, con sus iguales, no puede individualizar excesivamente las tareas.  Las propuestas de trabajo cooperativo (en parejas o pequeños grupos) van en ese sentido y mandar a que cada cual haga lo que pueda bajo el flexo va en el contrario.

 

4.- Los niños y jóvenes necesitan tiempo libre, necesitan salir, airearse, socializar, desenchufarse también de las consolas, de algunos tóxicos programas televisivos... Necesitan incluso aburrirse.  Muchos lo han dicho antes que yo: el aburrimiento es el padre de la creatividad.

 

5.- El profesorado manda deberes para ganar tiempo de la clase.  Estamos acuciados, autoacuciados con/para "darlo todo", sin pensar que "dar" no implica necesariamente "recibir".  Es mejor restringir los contenidos, ir al meollo, asegurarse de que se ha "recibido", entendido, retenido... que ametrallar con autores, fórmulas, animales, sinfonías y características como quien tira panes, sin comprobar si caen en las bocas o en los charcos.

 

6.- Hay padres que aplauden la avalancha de tareas en casa.  Mientras los hijos hacen los deberes ellos se pueden dedicar a planchar, ver reportajes sobre el reno en Canadá o partidos de petanca, hacer más hijos que dentro de unos años hagan más deberes...  Otros, en cambio quieren estar más tiempo con su progenie, aunque quizá dediquen parte de ese tiempo a recoger firmas en internet para que haya menos deberes.

 

Por mi parte, tengo la política de mandar lo menos con el mayor tiempo de antelación posibles y siempre que sean actividades factibles o difíciles de acometer en el aula.

 

Seguro que dije más cosas, pero ya no me acuerdo. Cosas de la edad.  Les dejo, que tengo que corregir exámenes de literatura.  El deber me llama.

 

 

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La venganza de Apolo

Molesto sin duda (cabreado incluso) por el desprecio de parte de la humanidad (una pequeña), que olvidó que fue él con su lira quien inventó la lírica cantando, Apolo, dios del sol, amenaza con asestarnos una tormenta.  Lo ha dicho el gran boss, el presidente de los presidentes.   Es el apocalipsis del mes, quizá del año.  

 

No soy nadie para negar la posibilidad, ni la probabilidad.  En 1859 el evento Carrington iluminó los cielos de medio mundo y cuentan que en Londres se podía leer por la noche el periódico sin vela ni quinqué.   (Por cierto, mi amigo José Francisco Martín Caparrós ambientó su magnífica novela Informe boreal en esos momentos.  No se la pierdan). 

 

Las medidas de seguridad que se aconsejan son lógicas y humanizadoras: nada de máquinas, nada de ascensores, ni carreteras.  Tranquilidad, amontonar los congelados, desenchufar(se),  atesorar agua en los pisos altos, dejar de ver series y... lo más fraternal: establecer previamente un lugar de encuentro físico donde quedar tras la tormenta con familiares y amigos, para jugar a las cartas y a la oca, para hablar, tocar el ukelele y acariciarse, para contar leyendas de blogs desaparecidos, en los que se hablaba de tormentas solares que nos iluminarían las noches y, quién sabe, quizá los corazones.

 

 

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De miedos y etiquetas

Casi no podía creerlo.  Después de la que se lio ayer sobre los méritos o no méritos de Dylan para merecer el Nobel y del argumento que esgrimieron muchos de que "en realidad es un músico", en una radio musical de ámbito estatal y cultísimo se excusaban por hablar de Bob Dylan: a fin de cuentas también es un músico, "el pobre", les faltó para rematar.

 

Expulsado del paraíso erudito de las letras y del edén no menos elitista de las música contemporánea, ahí, en tierra de nadie, como un canto rodado, se quedó el cantautor.

 

Nos encantan las etiquetas, las mentales, las conceptuales, las del champú también.  La historia está repleta de ellas, de cánones, de fronteras... que con el tiempo cayeron, se desdibujaron, se derrumbaron.  El teatro popular del siglo XVII, la lírica endecasílaba italiana del XVI, el jazz como charanga de negros, las antiacademicistas señoritas de Avignon, los trompetazos primaverales de Stravinsky, el cine como barraca de feria, el rock como cuasiepilepsia juvenil, el mismo Quijote, que no era nada que se pudiera clasificar, un mejunje o bálsamo desconocido de subgéneros y tonterías varias...  

 

Eso en lo que llamamos con cierta pomposidad Cultura, porque en la cultura con minúsculas, la que no se estudia en facultades e institutos, la cosa es peor.  Ahí están los roles sexuales incrustados en las capas más profundas del cerebro y los tópicos patrios propios y ajenos.  

 

Y luego están las peores etiquetas, la más invisibles, las que nos autoimponemos y que no impiden ser otra cosa distinta de lo que esperamos de nosotros mismos.  Esta mañana he visto una enorme en la cara de un alumno: "Yo es que no soy así.  Yo no puedo leer mucho rato.  Déjalo profe".  El miedo a dejar de ser y pensar lo que somos y pensamos nos coarta, nos acota, a fin de cuentas, nos roba la libertad, esa a la que Erich Fromm decía que teníamos tanto miedo.

 

 

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Por fin están cambiando (algo) los tiempos

Homero en una de sus giras.
Homero en una de sus giras.

Por fin.  Después de años y años diciéndolo por las clases, ante la incrédula atención de los alumnos, la academia Sueca viene a darme la razón (a mí a otros muchos que lo veníamos pregonando): las canciones son un subgénero literario.   Que yo recuerde, el precedente más claro del premio Nobel de Bob Dylan es el príncipe de Asturias de Leonard Cohen.  No sé, lo mismo hay más por ahí.  El mundo es ancho y ajeno.

 

Parece ser que han surgido voces criticando la decisión.  Las respeto.  Ya se sabe lo que pasa con los gustos.  Ignoro si serán los mismos que criticaron algunas concesiones y no-concesiones famosas en la historia de este galardón (Churchill, Borges, Echegaray...).  Lo único que quiero aclarar al respecto es que Bob Dylan es un poeta.  Lo repito: un poeta.  ¿Cómo si no vamos a calificar a alguien que escribe cosas que miden un determinado número de sílabas, que riman, que están llenas de metáforas, alusiones...? ¿Albañil, taxista, político?  El detalle de que este poeta haya difundido sus letras cantando o recitando es totalmente baladí.  No es el primero ni será el último.  Hagamos un repasillo: Homero, vaya, ¿les parece poco?  Sigo. Los autores de tantas y tantas sagas y poemas épicos medievales, los autores de romances, las autoras de jarchas...  La literatura, a pesar de su etimología, fue antes (y durante mucho tiempo) oral.  La razón no escapa al primero que se lo pregunte: la gente no sabía leer.  Ni había industria ni papel suficiente para abastecer a un mercado lector casi inexistente hasta la universalización de la educación, metidos ya casi en el siglo XX.  Para zanjar la cuestión: la poesía es conocida como lírica porque Apolo comenzó cantándola con una lira.  Por otra parte,  el teatro siempre ha sido (y será) un género eminentemente oral.  Y no he oído por ahí que Shakespeare, Calderón, Darío Fo (descanse en paz precisamente hoy) o Eurípides no sean considerados autores literarios.

 

El formato papel y la lectura individual silente están sobrevalorados.  La literatura es todo aquel arte que usa la palabra, sea esta escrita o hablada, leída u oída.  Y poco más hay que añadir.  Que Bob Dylan no es el mejor poeta vivo del mundo lo podemos discutir amplia y tendidamente, pero los que critican este premio no se refieren a la supuesta calidad, sino al hecho (mejor dicho, a la etiqueta) de que se trata de un cantante.  ¡Con la de críticas que ha recibido por cantar mal!

 

Una hora antes de la concesión del premio estaba yo en el aula 16 diciéndoles a los adolescentes que las canciones y los guiones de cine y de televisión son literatura.  Y punto. Sin matizaciones, sin asteriscos, sin pararnos en los medios de difusión.   Me pregunto si a partir de hoy me harán más caso: la respuesta, mis amigos y amigas, está volando en el viento porque los tiempos están cambiando.

 

 

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Por suerte y por desgracia

Por suerte soy español y hablo una de las lenguas más importantes del mundo, lo que me permite moverme por un continente casi entero sin sacar el diccionario.  

 

Por desgracia soy español y mi patria (mejor matria) suele estar regida por ineptos, arribistas y oligarcas de distinto pelo, algunos de los cuales saquearon un continente casi entero en nombre de instituciones, ideas y fes varias, encubridoras de la codicia.

 

Por suerte soy español y disfruto de un clima envidiable. 

 

Por desgracia soy español y sufro un clima de convivencia manifiestamente mejorable, por ser un poco eufemísitico.

 

Por suerte soy español y algunos de mis compatriotas son o han sido los mejores en las artes, las ciencias y los deportes.   Bueno, las ciencias menos, por desgracia.

 

Por desgracia soy español y muchos de mis compatriotas usan la cabeza para, como dijo un ilustre compatriota, embestir en lugar de pensar.

 

Por suerte soy español y vivo cerca de la culta Francia, de la creadora Italia, del sereno y bello Portugal, del África vibrante y sufridora.  Y de Gibraltar, esa peña de monos y té con caballas.

 

Por desgracia soy español, como ciertas tradiciones, más o menos crueles, incívicas y culturales.

Por suerte soy español y puedo degustar una buena paella a poco que me lo proponga.  

 

Por desgracia soy español y la envidia y la inercia campan a sus anchas como el Cid por Castilla.

 

Por suerte soy español y no se espera de mí que llegue puntual a ningún sitio, aunque no lo haga casi nunca.

 

Por desgracia soy español y me molesta que los demás españoles y españolas no sean puntuales, aunque lo sean casi siempre.

 

Por suerte soy español y tengo derecho a decir que el día nacional debería dedicarse a dignificar a los españoles y las españolas, en lugar de a enarbolar ideas, sentimientos y banderas con los que ocultar nuestra variada riqueza lingüística, histórica y cultural.  

 

Por desgracia soy español y muchos de mis compatriotas no entenderán algunas de estas afirmaciones y me tacharán de antiespañol, por el simple hecho de no secundar todas y cada una de sus opiniones.

Por suerte soy español y tengo derecho a decir qué España quiero, "esta España mía, esta España nuestra", que cantaba Evangelina Sobredo, y no la de Merimée.

 

Por suerte también me siento un poco japonés y egipcio y cubano y griego y fenicio y andalusí, pero esa es otra historia más larga, llena a su vez de suertes y desgracias.

 

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Menos mal

Menos mal que pasan cosas como estas, cosas que nos apuntalan o incluso nos espolean, cosas buenas e inesperadas, las caras de tantas cruces con las que nos vamos tropezando.

 

Un compañero, difundidor de la filosofía como pocos, recibió ayer una visita inesperada.  Un antiguo alumno lo buscaba por los pasillos.  Le dije que lo acababa de cruzar, pero que le había perdido el rastro en la marea humana docente y discente.

 

Al rato el profesor me contó que por fin se habían encontrado y que el alumno le dijo que había venido simplemente a darle las gracias, porque en un momento de desánimo académico y vital, supo convencerlo para que estudiara y saliera del ensimismamiento autocomplaciente y autodestructivo en el que se sumen muchos jóvenes, visto lo visto y lo por venir.

 

Llámenlo karma, llámenlo justicia poética, llámenlo equis o recompensa, pero una visita como esa casi (o sin casi) justifica una vida dedicada a que los demás sean mejores o, al menos, estén mejor. 

 

A mí no me agradecieron nada, pero me vale como si lo hubieran hecho.  Y todos aquellos que han aportado algo a alguien debieran también sentirse identificados con esta anécdota, que de nihilistas baratos y apocalípticos de saldo andamos ya bien sobrados.  Menos mal.

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Cuando me paro a pensar...

Playa de El Palo, ayer
Playa de El Palo, ayer

Cuando me paro a pensar que lo que pienso está hecho con información de fuentes tan diversas...  En los repliegues de mi cerebro conviven los cuentos de Andersen y los de Borges, las guerras púnicas y las de las galaxias, los anuncios de gazpacho y la novena de Beethoven, Hiroshima y Georgie Dann, el jabón de las manos y los sonetos de Garcilaso, el padrino y las pelusas de debajo de la cama, caricias e instancias, un tinto de verano y el acorde de mi menor en la guitarra, Treblinka y Torremolinos, Sancho Panza y John Travolta, las reglas de las tildes y las del fútbol callejero, los papas y los boquerones en vinagre, la quinta declinación y las quintas columnas, las leyes de Mendel y Gloria Fuertes, las Pléyades y orzuelos, las canciones del verano y un haiku de Issa, Marx y Groucho, Ortega y Manet, los partidos políticos y los de verdiales, Sansón y Manila, Kioto y La Palma, el vecino de la tos y los crepes que hacía mi madre, este blog y los huevos fritos con tomate...  

 

Cuando me paro a pensar en esto, no sé qué pensar.  Será el verano, que es como una apisonadora para el pensamiento.

 

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Cumpleaños (otro)

Aquí dejo, como ya he hecho en otras ocasiones, un poema de A estas alturas, que viene a cuento en este día (tan señalado, que dicen los periodistas pedantes).

 

 

CUMPLEAÑOS

 

Un buen día lo precipitan a uno

desde no se sabe qué insondable altura

como a un saco lleno de sorpresas

y ese momento es ya una marca

en la falsa lista de los amaneceres.

 

Llegado ese momento  se cae

en la cuenta de que cada segundo

es como la bisagra

de la que sólo conocemos

una hoja o mejor

o peor aún, si me apuran,

que todos los minutos

son una broma tersa, brillante y resbaladiza

como este cuchillo de acero inocente

que divide el corazón de la tarta.

 

Sólo se piensa para atrás,

porque hacia adelante

en la parte de los dedos que señalan

la correcta dirección de nuestros pasos

no valen las nostalgias de talón,

que miren ustedes

por dónde murió aquel héroe.

 

Y uno ya está soplando

y es un céfiro de barraca de feria,

pues estas velas no mueven navío

ni buscan otro puerto que apagarse.

 

Y luego hacia los vasos,

como hacia la salida

y a través de sus cristales,

cuando se apuran los últimos sorbos

son tan feos los invitados,

que uno coge y escupe dentro

y simula un golpe de tos.

 

Pero al no verse luz alguna,

uno recuerda o inventa

que sólo se sale de donde

previamente se ha entrado

y que acaso no sea uno

ese saco de sorpresas

que los dioses tiraron a la tierra.

A lo más, la cuerda que lo ata

y de la que se vale el tiempo

para tirar con saña de las cosas

que ocurren o suceden.

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Proyecto Grecia

Antes de empezar, una advertencia: llevo años queriendo escribir este artículo, así que lo mismo me sale largo, denso y pedantesco.  Disculpen las molestias (a quienes aguanten hasta el final).

 

Después de muchos meses dándole vueltas al asunto, por fin pusimos a andar el Proyecto Grecia en el I.E.S. Al-Baytar, una experiencia de Aprendizaje Basado en Proyectos.

 

Quizá la educación sea una de las partes de la cultura que cuesta más tiempo y más esfuerzo cambiar.  Está basada en una larga tradición más o menos indiscutible y se arraiga en el miedo de lo malo conocido y lo malo por conocer.  El amigo, columnista y escritor Lorenzo Kraus ya lo ha dicho mejor que yo: "La de cosas que no se aprenden por culpa de las que nos enseñaron".  No obstante, desde el siglo XIX vienen planteándose reformas al estilo tradicional, aquel que se caracteriza por la clase magistral, el predominio de la memoria, la tiza, los deberes... y todo aquello que sigue siendo el grueso de lo que se entiende por educación, al menos en España.  Los métodos que propugnaban distintos caminos (Montesori, Steiner, Harkness, Robinson...) han quedado u olvidados o relegados a ciertos centros o países.  Y eso a pesar de que las leyes, desde la LOGSE, han recomendado dar un giro a la cuestión metodológica, sin mucho éxito, como vemos.  No quiero entrar a detallar más causas que las generales ya apuntadas arriba.  Como recordaba aquella parábola budista: de nada le sirve al soldado herido por la flecha conocer el nombre, la edad y la estatura del arquero que se la lanzó.

 

Pues bien, como decía, al fin hemos cerrado un proyecto interdisciplinar de cierta envergadura en 1º de ESO, animados por otros centros públicos que nos han precedido, sobre todo el I.E.S. Cartima, que dirige entusiastamente José Mª Ruiz, quien, además, ha contribuido a nuestra formación específica. 

 

Todo no hubiera sido posible sin la colaboración de muchos departamentos didácticos y, por supuesto, de los alumnos, que han dado, como casi siempre,  mucho más de lo que se les pedía: han construido relojes, han dibujado mangas, han hecho maquetas de sistemas planetarios, de barcos, de templos; paneles en inglés y francés sobre los juegos olímpicos... Y el departamento de Lengua Castellana y Literatura ha trabajado con la mitología.  Entre otras cosas, los grupos han escrito pequeñas obras de teatro que luego han representado con gran aparato de túnicas, espadas y alas de cera.  Nunca olvidaré un momento pseudovanguardista, movido por la desesperación por el atrezo de uno de mis alumnos, que usó, para representar la cabeza de Medusa, una fregona del Mercadona.  Muy limpia, sí, pero fregona.  

 

Espero que este primer paso no caiga en saco roto en años venideros y veamos más proyectos como este o parecidos.  A fin de cuentas se trataba de poner en funcionamiento la creatividad y la cooperación, dos cosas que escasean tanto por las aulas y se necesitan tanto (cada vez más) en la vida. 

 

Dicen que fue el gobernador del Pensilvania, inventor del pararrayos y cabeza visible de los billetes de cien dólares, Benjamin Franklin, quien dijo (o escribió) aquello de: "Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo".

 

 

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Initium

Uno de los primeros temas que compuse para Escarceos y simulacros.  Por el nombre que le puse, incluso podría arriesgarme a decir que fue el primero.

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Valle de los reyes

Este tema estaba tocado con un laúd que compré en El Cairo y un pandero (o así) que compré en Túnez.  

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Escarceos ("Cel-lie")

Hace unos años grabé un disco artesanal al que titulé Escarceos y simulacros. Amigos y familiares participaron en él cantando versiones (simulacros) de... quien cada cual quiso o gustó. Otros temas eran originales (escarceos) y los interpreté con guitarras, laúdes, panderos, instrumentos MIDI, bajo, etc.

Este que coloco aquí se tituló "Cel-lie" y es un tema instrumental con órgano Leslie, chelo, guitarra y bajo.  Denle al play que hay arriba a la izquierda.

 

 

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Página 216

En la página 216 de la nueva traducción de Martin Eden de Jack London, recién publicada por Akal, hay una nota en la que se me cita como traductor de los poemas que aparecen en el libro.  Esto hay que matizarlo.  La traductora traductora es Mª José Martín Pinto, compañera de faena en el instituto Al-Baytar, y el mérito es todo suyo.  Vaya por delante.  Y no parece que sea mera casualidad.  No paran de llamarla para traducir a los grandes.  Primero fue Huckleberry Finn, luego El gran Gatsby, ahora London.   Cualquier cosa.  Su trabajo es meritorio y de gran calidad.  Me consta su preocupación por los detalles y su afán por no dar por resuelto un enigma sobre un término en desuso con cualquier chapuza perifrástica.  

 

En su afán por pulir hasta lo mas cercano a la perfección su trabajo, me requiere esporádicamente para que versionee (más que traduzca) algunos poemillas que aparecen en las novelas.  Yo me limito a darle ritmo, rima y medida a lo que no puede tenerlo por razones evidentes.  Y ahí acaba mi contribución.  No voy a negar que no me desagrada (y acrecienta antibudistamente mi ego) aparecer en una nota a pie de página de uno de los grandes de la literatura con mayúsculas.  Gracias, Mª José, y enhorabuena una vez más.    

 

Como dije con ocasión de la publicación de El gran Gatsby, es un orgullo trabajar con personas que, contra viento y marea, a pesar de los recortes, el desánimo generalizado, el anonimato y demás avatares que unos conocen y otros intuyen, siguen manteniendo elevado el listón de la educación pública en España.  

 

Nota: me ha salido un final muy mitinero, será por tantas elecciones.

 

 

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La monja y el islam

Karen Armstrong era una monja católica, del Sagrado Niño Jesús, para más señas.  Pues bien, tras siete años enseñando como tal, abandonó la orden y se dedicó a estudiar, investigar y escribir sobre religiones con gran éxito.  El libro que quiero comentarles, al que llegué de manera casi casual, buscando otro del mismo tema, es impresionante.  El islam es una breve y clara historia, desde los tiempos del profeta hasta el 11S.  En sus páginas Karen Armstrong analiza meticulosa, pero amenamente, un hecho que ya conocemos de otras religiones: una cosa es lo que dijo el creador y otra lo que hacen los creyentes.   Desde el igualitarismo conciliador y pacífico de la primera umma (comunidad musulmana) hasta el racismo excluyente y violento del wahabismo saudí hay un abismo (valga el ripio).   Se pregunta la autora ¿cómo van a considerarse musulmanes personas que asesinan indiscriminadamente y beben alcohol antes de hacerlo?  

 

Me ha resultado especialmente interesante la idea central de que el islam es una religión práctica, que solo busca la felicidad y la justicia de las mayorías y que en esto consistiría precisamente la voluntad de Dios (o Alá, que no es otro Dios; es el mismo traducido).  Más "ortopraxis" y menos ortodoxia, o sea, menos predicar y más dar trigo. También son muy destacables la defensa de la mujer musulmana que hace una mujer católica, la revisión del término yihad y la reivindicación del sufismo y de pensadores conciliadores, como el marroquí Ahmad Ibn Idris, partidario de fomentar la educación entre los musulmanes, en lugar de la coacción y el sometimiento a reglas pretéritas que debieran ser renovadas o derogadas.

 

No es de extrañar que Karen Armstrong sea miembro de alto nivel de la Alianza de las Civilizaciones, un programa que propuso Zapatero en la ONU y que sigue funcionando, a pesar de los tiros, las bombas, los cabreos xenófobos y demás.   Es lo que tienen los libros, que se oyen menos que las ráfagas de ametralladoras y los tertulianos.

 

 

 

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Mitos, timos y mandarinas

Ayer vi una muy buena película, Mandarinas.  Un alegato antibelicista intenso, conciso, efectivo, bien filmado y magníficamente interpretado.  Estaba ambientado en las orillas del Mar Negro, en el Caúcaso, allá por donde los griegos situaban, más o menos, la Cólquide.  

 

Es bien conocida la historia de Jasón, que fue enviado  por su tío a robar el vellocino de oro, una especie de pellejo dorado, cuyo simbolismo ha sido ampliamente discutido.  Como a Teseo Ariadna, a Jasón lo ayudó Medea, hija del rey del lugar y hechicera malévola; se hicieron con la áurea piel y volvieron a Grecia.  Tras varias aventuras que no vienen al cuento, el asunto quedó en que Jasón se prometió con la princesa Glauca, hija del rey de Corinto, y Medea se agarró un enfado hiperbóreo o hiperbólico y asesinó a la princesa mediante una capa mágica que la incineró en cuanto se la puso sobre los hombros.  Así la cosas, la leyenda se bifurca y es a esta bifurcación es a la que quería llegar desde que empecé a hablar de mandarinas.  Dice la primera versión (la más verosímil) que los corintianos mataron en venganza a los hijos de Medea, pero hete aquí que la que conocemos popularmente es la segunda: que Medea mató a sus hijos.  Y todo porque , al parecer, para quitarse el intanticidio de en medio, los corintianos pagaron a Eurípides para que escribiera una tragedia que los exculpara.  Ah, la literatura, cuántos vellocinos sucios esconde. 

 

Las hechiceras, brujas y nigromantas siempre tuvieron (y tienen) muy mala fama.  Son restos o representantes de los poderes telúricos y matriarcales, de las religiones antiguas, anteriores a los dioses indoeuropeos, tan celestes, altivos y patriarcales.  Hasta hoy ha sobrevivido la ambivalencia de la Mater Poderosa Benefactora (Virgen del Gran Poder, Beatriz, la conductora de Dante, la Musa, la Amada...), junto a la bruja maléfica y pecadora (Eva, Circe, Salomé, la Madrastra, la Suegra Española...), con claro predominio literario y mítico de la segunda, por razones patriarcalistas que no hay que explicar demasiado.  De modo que la versión euripídica es la que coló por su alto poder dramático y por su mayor credibilidad religiosa y antropológica.  Ese sí que es un dinero público bien invertido y no lo de los aeropuertos fantasmas. 

 

Así que ya saben: coman mandarinas, pero del Valle del Guadalhorce, que nos pilla más a mano.  Y quien dice mandarinas, dice limones cascarudos, que pegan más con estas fechas apasionadas.

 

 

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Impronta

Dicen los psicólogos y los etólogos que la impronta es ese aprendizaje que se lleva a cabo en ciertos momentos de la vida y que marca para siempre al sujeto.  El caso más famoso es el de los pollitos, patitos, pichones o similares, que se ponen a seguir lo primero que se menea delante de sus ojos, sea su madre, otro pájaro, un triciclo o un robot japonés.  

 

En estos días me da la impresión de que los españoles hemos sido "improntados" en nuestra más tierna infancia y seguimos a pie juntillas el modelo de la discusión, la bronca, la polémica, el insulto y la calumnia.   Imagino que ocurrió en algún bar de barrio, en algún debate, coloquio o trifulca conyugal.  No importa que seamos de la vieja o de la nueva derecha, izquierda, centro, arriba o abajo.  Allá que vamos a meter el dedo en la llaga y la llaga en la sal, o en la cal.  Los políticos, que deberían ser, como los docentes y los padres, modelo de ecuanimidad, equilibrio y mesura, se desatan por un quítame allá esas facturas y el presidente del congreso tiene que llamarlos al orden, como si fuera el patio de un colegio. 

 

Muchos han sido, de distinto signo político, los que han destacado en este marasmo parlamentario la intervención contenida y elegante de mi colega de alma mater, el diputado Alberto Garzón.  Me alegro de esto por varias razones: por patriotismo chico, porque exista gente que valora las formas a pesar de discrepar en los contenidos y porque, para una vez, el andaluz (1) no era el que hacía los chistes.  Que no es que no sepamos hacerlos, es que los hacemos cuando vienen a cuento o nos place. 

 

 

1.- Es verdad que nació en La Rioja, pero toda su educación desde los nueve años hasta licenciarse en la universidad transcurrió en Málaga.

 

 

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Frivolidades

Mucho tiempo ha pasado desde la última entrada.  Hasta de una año a otro hemos saltado.  Las razones son muchas y variadas.  La primera quizá es que, por pura pereza o comodidad, me he pasado al microblogging, sobre todo en Facebook.  Además he estado de viaje por ese país que ustedes imaginan.  Hemos visitado Osaka, la querida Kioto y el monte Koya, lugar sagrado, donde está enterrado (otros dicen meditando eternamente) Kobo Daishi, una especie de Leonardo japonés, que inventó, entre otras cosas el silabario hiragana.  Sufrí un microtrauma cuando creí que estaba perdiendo mi escaso japonés, pero es que había una cantidad ingente de chinos por todos lados y, claro, no cogía nada.   Bueno, la vida sigue y ando metido en varios saraos artísticos y profesionales que ya les iré contando si viene al caso.

 

Lo que me ha hecho volver al blog ha sido el incidente que llamaremos "del comentario de texto".  Como quizá sabrán, unos titiriteros han sido encarcelados por apología del terrorismo, debido a que aparecía cierto cartelito (pequeñito) en una obra no apta para todos los públicos ni, al parecer, poderes públicos.  No soy nadie para juzgar a un juez, pero los Jueces por la Democracia sí.  Ellos son quienes han dicho que no concurrían las circunstancias para el encarcelamiento.  Al final los han soltado, pero, oh absurdo de los absurdos, los títeres siguen bajo custodia policial.  Como si fuera muy difícil coger un trozo de tela y pegamento y volverlos a hacer.  Y para dar un giro más a la espiral esperpéntica, la policía ha identificado a un joven que iba vestido (¡en pleno carnaval!) de los títeres o titiriteros de marras.  No quiero ponerme pedante y profesoresco, pero, para resumir, la presencia de un elemento en una obra de ficción puede cumplir funciones muy distintas.  ¿Incitaba Shakespeare al suicidio con la famosa escena de Hamlet? ¿Lo hacia al asesinato el orondo Hitchcock cuando lo de la cortina de la ducha?  A parecer, el cartelito apologista era colocado por la policía para incriminar a alguien, no para reinvindicar el contenido del mismo.  Dejémoslo ahí.  Mejor será.

 

Lo políticamente correcto está empezando a secar y socavar la creatividad.  Un ejemplo reciente me lo confirma.  El paisano Rovira en la gala de los Goyas hizo una broma sobre cultura y yates (que si él no tenía uno y no le importaba que subieran los impuestos que los gravan).  Pues se lo pueden creer: la Asociación Nacional de Empresas Náutica ha protestado.  Por frivolizar.  Que si mucha gente vive de eso, que si tantos millones se mueven a babor y estribor...  Pero, vamos a ver, estimados armadores, carpinteros de ribera, infladores de zodiacs y demás, ¿en qué momento del chiste se dice algo mínimamente crítico, sarcástico, apologético, denigrante o lo que sea contra este floreciente negocio de las quillas y los atracaderos?

 

De modo que frivolizar es malo.  Ser serio, racional y comedido es bueno.  Apolo, bueno; Dionisos, caca.  Si Nietzsche levantara la cabeza...

 

Aquí les dejó algunas fotos del viaje.

 

 

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Bécquer y la física cuántica

Este librito de Sonia Fernández-Vidal es un intento muy, muy didáctico de explicar los vericuetos y polémicas de los infinitamente pequeño, eso que tanto se oye de la física cuántica.  No es el más profundo que he leído, dentro de los didácticos de esta materia.  Como ustedes comprenderán, un pobre filólogo como yo no se va a meter en faena con los manuales técnicos de este asunto.  La autora se vale de una trama casi narrativa para acercarnos a conceptos intrincados e inaprensibles, como aquel gato de Alicia y el otro del experimento de la caja y el veneno.  Consigue su objetivo y  el lector se lleva una idea clara de la confusión del mundo cuántico y, de paso, de las polémicas académicas que lo rodean.


Dos pasajes me han llamado especialmente la atención.  El primero habla de  que si el núcleo de un átomo fuera como una pelota de ping-pong en el punto central de un estadio, los electrones serían como cabezas de alfiler que estarían dando vueltas sin parar por las gradas más altas.  O sea, que en la materia el 99,9999999999 % es vacío.  Si juntáramos todos los átomos de toda la humanidad y les quitáramos el vacío, la especie humana cabría en un terrón de azúcar.  Da que pensar.  Aunque la autora nos recuerda que algo parecido ya escribió Lao Tse en el Tao Te Ching: "En el Ser centramos nuestro interés, pero del No-Ser depende la utilidad". 


En el segundo que me ha conmovido se cuenta que en el cuerpo humano tenemos veinte miligramos de Potasio 40, que es radioactivo y desprende millones de neutrinos al día, los cuales viajan sin fin por el espacio a velocidades cercanas a la de la luz.  O sea, que cada uno de nosotros y nosotras estamos emitiendo una radiación que llega literalmente hasta los confines del universo.  Si esto no es poético, que venga Bécquer y lo vea: 

         

                           Rima IV

          Mientras la humana ciencia no descubra
          las fuentes de la vida,
          y en el mar o en el cielo haya un abismo
          que al cálculo resista,
          mientras la humanidad siempre avanzando
          no sepa a do camina,
          mientras haya un misterio para el hombre,
          ¡habrá poesía!



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Superficiales

¡Cuánto me gustaría ser un apocalíptico! Es tan simple.  Uno va y dice: "¡Cielos, qué horror! ¡El mundo actual es un desastre! ¡Igualito que antes, cuando éramos así y asá! ¡Todo el mundo es tan esto y tan lo otro! ¡Después de mí, el diluvio!, ¡etc!".  Pero parece que las cosas son un poco más complicadas.   Acabo de pasar las últimas páginas electrónicas de un libro interesantísimo sobre uno de los problemas principales de la cultura contemporánea: la influencia de las nuevas tecnologías en el cerebro humano.   

 

El autor, Nicholas Carr, que, según cuenta, no es sospechoso de ser un recalcitrante tecnofóbico, hace un repaso por otras máquinas que modificaron la mente (y por ende la vida) del ser humano, como el reloj o los mapas.  Basándose en serios estudios de campo, se pregunta cómo y cuánto está cambiando nuestra manera de leer, de escribir, de investigar, de concentrarnos... a partir de la generalización de internet en esta primera década del siglo XXI.  Los resultados son, por lo menos, inquietantes.  Ganamos información, velocidad, flexibilidad, pero estamos perdiendo la paciencia, la profundidad, la memoria, la constancia, puede que la creatividad, incluso la atención.  O sea, que, como siempre, cualquier avance técnico acarrea consecuencias buenas y malas.  El día que se comenzó a usar el arado, se empezaron a debilitar los brazos; con los primeros zapatos, los pies se hicieron más sensibles...

 

Así que lo que toca es aceptar lo que viene y procurar no perder lo que no queramos perder.  En algún momento del libro se habla de que estamos delegando demasiado pensamiento en las máquinas y esto puede llevar a cualquier cosa no muy buena.  Podríamos acabar con una inteligencia artificial de mayor calidad que la natural y a partir de ahí, bueno, pues ya lo dijeron Asimov y Matrix y Kubrick.  Aunque a lo mejor todo esto no es más que otra hipérbole apocalíptica, de esas que luego acaba en agua de borrajas, como pasó con la imprenta, el tren de vapor o los libros mismos, que Sócrates consideraba una herejía que iba a acabar con el pensamiento y la memoria.  

 

 

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Funestas casualidades

Esta mañana un pianista se ha puesto a tocar "Imagine" en la puerta de la sala de conciertos Bataclan de París.  Esta mañana también (ignoro por qué serendípica razón) ha circulado por las redes la foto de los guardias civiles fallecidos en el atentado de la Plaza de la República Dominicana, ocurrido el 14 de julio (día de la fiesta nacional de Francia) de 1986.  El día después de la muerte de  John Lennon (8 de diciembre de 1980) iba yo al instituto y me junté por el camino con Andrés Fernández Pertierra.  Así como de pasada le comenté la noticia, sin saber él lo que había pasado, y sin saber yo que él era un fan grandísimo de Lennon y los suyos.  Se quedó casi en estado de shock, pero se fue reponiendo, entró en clase y aguantó hasta el final de la jornada.  


Seis años después, Andrés murió en aquel atentado y hoy alguien pone su foto en mi pantalla, mientras en la tele suena la música que trata de mitigar otro atentado, obra de un músico cuya muerte le comuniqué a Andrés hace ahora treinta y cuatro años.  Una rueda siniestra de casualidades.



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Baby-Lonia

Los que esperen objetividad en esta entrada, ya pueden seguir navegando por otros blogs, porque voy a reseñar la obra de teatro que dirigen, producen y protagonizan mi hermano Monti Cruz y mi cuñada Susana Fernández.  

 

Se trata de una pequeña maravilla para bebés.  Todavía no había empezado y ya era un espectáculo en sí ver entrar a los niños y niñas con sus padres.  Se trata de un público difícil, el que más, que si se aburre, opta por gritar o interactuar con sus iguales.   Pánico y risa me estaba dando la perspectiva.

 

Pero empezó la obra y la magia fluyó.  De pronto todos se quedaron embelesados ante la interpretación y la manipulación de objetos y títeres.  De pronto era el público perfecto, dispuesto a creerse que un conejo va montado en un cohete, o lo que se tercie.  Esto no quita para que de vez en cuando alguno pidiera pipí u otros gatearan hasta entrar en el espacio escénico, dispuestos a llevarse (por delante) el atrezo. 

 

La obra en sí evita el diálogo, el monólogo y casi la palabra.  Arropados por la música de Antonio Meliveo, y solo a base de gestos y sonidos, Monti y Susana consiguen mantener la atención de los pequeños (y creo que aún más de los mayores), con una profesionalidad que no quiero encomiar más para no parecer familiarmente pesado e imparcial.

 

Al final, la idea que he sacado de todo esto es que hay teatro para rato.  Esta mañana he visto plantar las semillas del futuro público o del público del futuro.

 

Ah, están este mes y parte de diciembre en el Teatro Cánovas de Málaga.  Alquilen un niño si hace falta para ir a verla.



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