Retrosorpresa

Imagen de Pixabay.
Imagen de Pixabay.

La semana pasada se me ocurrió hacer un ejercicio de creatividad literaria en clase.  Les dicté el principio de un cuento que escribí allá a finales del siglo pasado, en la década de los noventa, año arriba, año abajo.  Se titula "La tarde que volamos las cometas" y se publicó en una antología de la editorial SGEL, en 2001.

 

El ejercicio consistía en que ellos continuaran el argumento.  Unos han tirado por lo cotidiano, otros por lo fantástico, incluso uno ha hecho directamente un cómic.

 

Hoy hemos repasado sus continuaciones, les he revelado quién era el autor y he leído un fragmento más del original.   Para mi sorpresa (amnésica) el jefe de la banda de niños anima a los demás a que vayan a volar sus cometas y con el siguiente argumento: "Es la moda en Japón".  Les enseña a sus amigos una revista en la que se ve a japoneses manejando cometas y los convence. 

 

La verdad es que, como recuerda nuestra corresponsal, la "voladura" de cometas no es especialmente popular en Japón.  Fue una licencia distópica que me permití o, más bien, un garrafal error.  Lo bueno es la latencia del tema de Japón diez o más años antes de visitar el país.  No es el primer japonismo latente o patente en mi obra.  En La dulce faena ya había unos cuantos haikus y allá por el 88 pinté una caligrafía en un gran abanico con el celebérrimo poema de Matsuo Basho y la rana (Furuike ya / kawazu tobikomu /mizu no oto).

 

Cosas de profesores nipónfilos desmemoriados. 

 

 

 

 

 

Coco y el óxido del sombrero

Todavía no me he encontrado a nadie que me haya dicho que la película Coco no es una especie de maravilla.  La vi en el avión desde Helsinki a Osaka y eso es lo que me pareció.  

 

No voy a hablar del argumento, de la naturalidad de los movimientos, del mensaje oculto anti-Trump, sino de dos detalles.

 

1.- Todos y cada uno de los acordes y punteos de los guitarristas que salen en la película son rigurosamente reales, cosa que se agradece.  EStoy cansado de soportar vergonzosas posiciones y recortes de plano para evitarlas.

 

2.- En una de las escenas iniciales el niño protagonista admira en una plaza la estatua de su héroe cantante.  La "cámara" se coloca en posición de picado y deja ver una pequeña mancha de óxido en el ala del gran sombrero mexicano.  Esta mancha, absolutamente innecesaria, es una premonición del lado oculto del adorado personaje.  En eso consiste el verdadero arte, en lanzar múltiples mensajes para múltiples personas.  Así se hace un clásico.

 

 

El regreso de la palabra

Ahora que la imagen estaba terminando de zamparse a la palabra, ahora que todo es apariencia, 3D, HD y demás, ahora que la palabra (poesía incluida) estaba terminando de ser fagocitada, justo cuando las últimas hilachas pendían de las fauces de Netflix y Youtube, la palabra se revuelve y resucita.  He aquí a lo que me refiero.

 

En un famosísimo concurso televisivo de talentos todos han caído rendidos ante el  poder del verso de un muchacho llamado César Brandon.  Este guineano, rozando levemente la estilística del rap, pero con los atributos más de poeta/rapsoda, ha puesto en pie al público a capella.  Su belleza moderna que engancha a mucha gente ajena a la poesía parte de una hábil alternancia de códigos lingüísiticos, unas gotas de leve rima y una reflexión del ser humano contemporáneo perfectamente comprensible.

 

En paralelo ha ocurrido algo en mi centro que ha remachado esta idea.  Hace unos meses el departamento de Filosofía, formado por Inmaculada Gutiérrez y Miguel Heras, puso en funcionamiento un club de discusión filosófica durante el recreo.  Fui el primer día y luego ya no pude por evidentes razones laborales.  Desde entonces no he comentado nada con él hasta que ayer me dijo en el pasillo que no caben en un aula pequeña que le habíamos asignado, que son ya casi treinta los jóvenes que quieren hablar de filosofía, exponer sus ideas, oír las de los demás, interactuar, pensar...  Una hazaña pedagógica que viene a aportar un chorro de aire fresco en la enrarecida atmósfera de la agria monotonía escolar.  

 

Y es que no todo va a ser ver, aparentar y pantallear.  La gente quiere hablar en directo, quiere expresarse a golpe de lengua, glotis y cuerdas vocales, quiere volver al ágora, a pasear con sandalias junto al viejo Sócrates, aun a riesgo de acabar tomando cicuta por inciviles y antisistemas.

 

 

 

Tediria

Libro de firmas con la foto del taller de poesía Tediria.  Dámaso Chicharro es el tercero por la izquierda sentado, junto a mi amigo Emilio Lobato.  Yo estoy delante de la primera i de Tediria, en una pose que no sé ni cómo calificar.
Libro de firmas con la foto del taller de poesía Tediria. Dámaso Chicharro es el tercero por la izquierda sentado, junto a mi amigo Emilio Lobato. Yo estoy delante de la primera i de Tediria, en una pose que no sé ni cómo calificar.

Acabo de llegar de un acto entrañable.  Después de casi 25 años nos hemos reunido ex-alumnos y ex-profesores del Instituto Sierra Bermeja de Málaga, para recordar la revista Tediria, en la que vieron la luz mis primeros textos, y la figura de Dámaso Chicharro, su creador e impulsor. 

 

Se han leído poemas y se han cantado canciones y cada cual ha contado su experiencia de aquellos años mágicos en los que surgieron músicos, poetas, actores y pintores en un nivel por encima de la media.  Mi visión del asunto es que lo que ocurrió en realidad sigue ocurriendo en el mero hecho de que estemos hablando de ello y de que muchos hayamos seguido creando desde aquellos años.

 

La presencia de la familia de Dámaso le ha dado al acto un sentido aun más entrañable si cabe y el reencuentro con antiguos compañeros y profesores ha sido muy reconfortante para todos.

 

Sé que esta entrada no va resultar interesante para muchas personas que no vivieron aquel momento ni conocieron a Dámaso Chicharro Duarte, a quien tanto le debo en mi vertiente de poeta.  Nunca podré olvidar que fue él quien publicó mi primer libro (La dulce faena) incluyéndome, como un polizón, en una nómina de poetas prestigiosos y consagrados.  Esta es la razón por la que quería dar, ahora mismo y en caliente, testimonio de este acto que acabamos de vivir y de esta persona con la que, como he dicho antes de leer mis poemas, a veces sueño.  En esos sueños Dámaso viene siempre hacia mí sonriente, me saluda cariñosamente y me mira con una curiosa connivencia, como queriéndome contar un valioso secreto del más allá que nunca acabo de conocer.  Quizá lo único que está diciendo es que, en realidad, no está muerto, sino dentro de mí y dentro de todos aquellos que lo conocimos, a los que quiso y que lo quisimos, cada vez más con el tiempo.

 

Por eso cuando he firmado sobre el escenario el libro de visitas que han abierto para el evento, he escrito: "Va por ti, Dámaso. Gracias".

 

 

 

De niños y de cerezos

Pétalos de sakura caídos tras la lluvia.
Pétalos de sakura caídos tras la lluvia.

Ya estoy de vuelta de este viaje tan especial a Japón.  Especial por las fechas que han abarcado (plena floración de los sakuras en Osaka) y por razones familiares, que son una mezcla agridulce de alegría y tristeza, tan paradójica y vital como el propio auge y caída de los pétalos del cerezo.

 

Cada vez que vuelvo tengo la tentación de contar una gran cantidad de cosas que luego no cuento.  Temo incurrir en el tópico del amigo pesado que no para de soltar anécdotas sin fin y de enseñar fotos a traición.  Por eso utilizo este medio, el blog, para ir dando fe de cosas que he visto, comido, olido y oído en mis estancias en Japón.  

 

A pesar de que hemos estado ocupados con asuntos domésticos, ha habido tiempo para ver y aprender.  Y para aprender a ver.  De esto quiero hablarles.  

 

Iba por la calle camino del supermercado y observo a un niño de unos seis años que iba solo por la calle a eso del mediodía.  No es la primera vez que veo niños yendo solos al colegio con sus mochilas impecables, pero este iba ligero de equipaje, que diría don Antonio, y como mirando a los lados, edificios, carteles... y hablando solo también.  Aunque me intrigó, no le di más importancia, pero a los pocos días nos contó una profesora de la Universidad de Osaka que existe la costumbre en Japón de que los niños vayan sin compañía de adultos al colegio desde el primer día.  Y, por supuesto andando o en autobús/metro.  Nada de atascos multitudinarios con policías y doblesfilas.  También nos dijo que, como Osaka (y sus alrededores) está considerada una gran zona urbana más o menos "peligrosa", las madres se colocan en ciertos tramos o esquinas y van "redirigiendo" a los niños en su recorrido de forma sutil e indirecta.  Al parecer el niño que me encontré estaba "en prácticas", ya que precisamente a principios de abril empiezan las clases en todos los niveles.  En ese sentido, como en otros, los japoneses viven según los ritmos de la naturaleza.

 

Y conforme a esos ritmos también llegué con la flor de cerezo y me fui cuando la lluvia arrancó y esparció sus pétalos por el suelo, lo que me llevó a escribir el siguiente haiku que ha traducido amablemente la profesora Tamiko Nakamura.  Han salido más.  Ya veré que hago con ellos.  Quizá acabarán siendo una sección de un futuro libro.

 

Y todo esto (no se olviden) gracias a la valentía y valía de nuestra corresponsal y ,desde ahora, profesora de español de la Universidad de Osaka, Fina G. Naranjo.

 

NOTA: Quienes quieran ver fotos de este viaje y un par de haikus más pueden entrar en la cuenta de Instagram "montecoronado".

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Mujeres y perspectiva

Dice la paleoantropología que cuando bajamos de los árboles necesitamos ponernos de pie para ver presas y/o para no ser una de ellas en las hostiles sabanas africanas.  Así comenzó la bipedestación, por la que tuvimos que pagar un precio: las caderas se nos estrecharon, lo que provocó que los recién nacidos tuvieran que ser más pequeños y, en consecuencia, menos desarrollados.  De modo que, por el bien de la especie, comenzamos a nacer más indefensos y las hembras se encargaron de cuidarnos, mientras los machos se iban por ahí de caza, de pesca o de farra prehistórica.

 

Ahí comenzó la famosa división del trabajo por sexos, que continúa más o menos hasta nuestros días.  No obstante, a partir de las ideas igualitarias de la Ilustración y, más recientemente, del trabajo femenino en las fábricas cuando los hombres nos matábamos vivos en las trincheras de la Gran Guerra, la mujer comenzó a replantearse(nos) el asunto de la domesticación (de "domos", casa) y del menosprecio masculino y surgió una corriente de pensamiento que acabó llamándose feminismo. 

 

Y así hasta el pasado jueves 8 de marzo, que, en muchos sentidos, puede ser considerado un día histórico, al menos en España.  A pesar de que tuve que trabajar el triple para cubrir servicios mínimos, creo que mereció la pena (?) si se empieza a ver la luz del final del largo túnel de injusticias y crímenes cometidos contra madres, hermanas, esposas, hijas, cuñadas, sobrinas...

 

A lo largo de mi vida he conocido a tantas y tantas mujeres valiosas, dinámicas, inteligentes, capaces... que jamás me entrarán en la cabeza ninguna de esas ideas retrógradas que circulan todavía por ciertos (¿muchos?) cerebros anquilosados, sean del sexo que sean.

 

Lo único que temo es que todo quede en otra revolución mediática más y que se disuelva tras una cortina de partidos del siglo, guerras lejanas, chismorreos, "trumpadas" o mero cansancio.  Y a mis cosexuados les digo que se relajen, que verán cómo nada malo vendrá de nuestras compañeras, las que nos parieron, amamantaron, aguantaron y mimaron.

 

No perdamos las perspectiva que ganamos estrechando nuestras caderas hace millones de años.

 

 

 

 

 

 

Monólogo viendo llover sobre Andalucía

Andalucía está acostumbrada a recibir el agua procedente de las lágrimas de sus habitantes; no tanto la que cae de las nubes.  Salvo en algunas de las montañas que la circundan o dividen, esta es tierra de sequías pertinaces, de desiertos peliculeros, de costas soleadas y olivares calcinados.  Por eso resulta tan extraño este día "mininacional", nublado, celta, gris como un atardecer en Escocia.

 

Hay quienes hoy gritan a los cuatro vientos el orgullo de haber nacido aquí.  Yo lo llamaría, en todo caso y con mucha precaución, suerte.  Ser coterráneo de Séneca, Lorca, Velázquez, Picasso, Ibn Hazm, Góngora, Juan Ramón, Ibn Firnás, María Zambrano, Camarón, Falla o Vicente Aleixandre es eso, una suerte casual, no un proyectil argumental que haya que lanzar sobre otros (que sí los lanzan).  

 

Hay quienes consideran Andalucía un invento político de la transición y que hablan solo de España o de alguna de nuestras ocho provincias.  Allá cada cual con su adhesiones.  

 

Por mi parte hablo andaluz, escribo castellano, leo en inglés o en francés, estudié varias lenguas que no llegué a hablar demasiado bien.  Me gustan el gazpacho y la paella, los quesos suizos (que no puedo comer por razones cálcicas) y el okonomiyaki (tortilla japonesa típica de Osaka).  Lo mismo escucho blues que bulerías, a Satie que al ilustre Eduardo Retamero.  Leo a Matsuo Basho y a Mesa Toré, a Azorín y a Nietzsche, a Safo y a Machado.  Porque una cosa es haber nacido, habitar incluso, y otra es vivir, ser, sentir(se).

 

En este día en que la lluvia, evaporada a miles de kilómetros de aquí, desdibuja el paisaje y el paisanaje, les deseo a todos un feliz día de Andalucía, es decir, de la Humanidad.

 

 

 

  

 

 

Los límites de la literatura

No me canso de decirlo cuando viene al cuento: la literatura está en todas partes; algunas veces, incluso, en la literatura.  Decir que tal canción no es literatura equivale a menospreciar a los juglares medievales, al Nobel de Minnesota y hasta el propio Homero ("Canta, oh musa, la cólera del Pélida Aquiles...").  La lingüística se ha encargado de recordarnos que cualquier acto de habla puede obedecer a lo que Roman Jakobson bautizó como "función poética".  Llamar a alguien "prenda", "tesoro", "princesa" o "picha" es construir una metáfora, una hipérbole o una ironía, según sea el caso.  Y así hasta el infinito (hipérbole).  El lenguaje coloquial está atestado de función poética (metáfora e hipérbole).

 

Cuando falleció el gran Chiquito (paradoja) hablé de la creatividad lingüística, tan querida por los poetas de la cuerda de Quevedo, por poner un caso.  Ayer en clase de literatura, hablando precisamente de los límites de la literatura, una alumna me preguntó si las chirigotas y comparsas del carnaval se pueden considerar teatro. A lo que respondí: "Una hamburguesa no es".  Es decir, es un producto humano verbal humano (y teatral) y, como digo, un tenedor no es, ni una vaca.  Así que nos vemos obligados a reconocer que es literatura.

 

Y hoy nos deja, volando hacia el cielo de los maestros del lenguaje, Forges, el dibujante que consiguió la unanimidad de una país tan enemigo de las unanimidades (al menos cada cuatro años, o sea, de mundial en mundial).  Sí, ya sé que tampoco es literatura, pero la gracia de sus diálogos no tienen nada que envidiar a Benavente o Esquilo.  No es teatro, pero tampoco es pintura y no colgarán sus viñetas en el Louvre.  

 

Mejor, así no habrá que hacer cola para verlas.  Opino.

 

 

 

Tiquismiquis now

Todos somos tiquismiquis.  Cada cual se molesta cuando se le toca el más mínimo matiz de su incumbencia.  Los gramáticos abominan de las "portavozas", los obispos, de las blasfemias en distinto grado; las feministas, de los matices acerca de la presunción de inocencia.  Y así los taurinos, los antitaurinos, las nacionalistas, las por y los contras...

 

Nos creíamos que el apocalipsis iba a ser una fanfarria de caballería (de equinos o helicópteros wagnerianos), un hongo letal radioactivo, un ataque de naves extraterrestres, o una lenta degeneración del medio ambiente.  Y resulta que vamos camino de lo que el ensayista francés René Girard llama una "crisis sacrificial", una situación de caos en el que todos van contra todos porque todos son, en el fondo, iguales y  creen tener derecho a torear o a prohibir el toreo, a abortar o a defender al feto, a reírse de todo Cristo o a que nadie se ría de las creencias...  Se trata de una igualdad insoportable que sólo se resuelve con la aparición de un "chivo expiatorio", un "otro", un "marcado", normalmente el extranjero, el "loco", el "raro"...  Ignoro quién pagará semejante pato, pero sospecho que a fecha de hoy los no tiquismiquis son los que tienen más papeletas.  En ocasiones me imagino a los chivos expiatorios en sus despachos, en sus palacios, en sus mansiones tropicales, frotándose las pezuñas y repitiéndose el mantra que los mantiene con vida: "Divide y vencerás".

 

 

 

 

La pista de los pronombres

Un reciente estudio realizado en la Universidad de Reading (Reino Unido) ha desvelado que los pronombres constituyen una pista excelente para revelar tendencias suicidas.  El uso abusivo de "yo/mí" (y el determinante derivado "mi") es la clave.  Claro que también aparecen adjetivos sospechosos, como "miserable", "triste" y "solitario",  y adverbios como "siempre", "nada" y "completamente", pero confían más en la eficacia predictiva de los pronombres. 

 

Mohammed Al-Mosaiwi y Tom Johnstone (autores del estudio) han rastreado con análisis computerizados de textos foros de internet dedicados al suicidio y han llegado a la conclusión de que en ellos se da un lenguaje "absolutista", una especie de ideolecto radical, propio de aquellos que han llegado a posiciones extremas, que no admiten matices ni interferencias de terceras y segundas personas del singular y, mucho menos, del plural (tú, ella, él, vosotras, ellos...).

 

Los pronombres son la esencia de la persona, el tuétano, podríamos decir.  Pedro Salinas lo supo y fruto de ello fue aquel magistral poema de amor en La voz a ti debida, que hace unos días les leí a mis alumnas.

 

 

    Para vivir no quiero

    islas, palacios, torres.

    ¡Qué alegría más alta:

    vivir en los pronombres!

 

    Quítate ya los trajes,

    las señas, los retratos;

    yo no te quiero así,

    disfrazada de otra,

    hija siempre de algo.

    Te quiero pura, libre,

    irreductible: tú.

    Sé que cuando te llame

    entre todas las gentes

    del mundo,

    sólo tú serás tú.

    Y cuando me preguntes

    quién es el que te llama,

    el que te quiere suya,

    enterraré los nombres,

    los rótulos, la historia.

    Iré rompiendo todo

    lo que encima me echaron

    desde antes de nacer.

    Y vuelto ya al anónimo

    eterno del desnudo,

    de la piedra, del mundo,

 

    te diré:

    "Yo te quiero, soy yo".

 

 

 

 

Satoris

La historia está llena de momentos cruciales (casualidades, traiciones, caídas de caballos...) que cambiaron el curso de los acontecimientos.  En la vida personal también los hay.  

 

Es cierto lo que dicen muchos sabios: que todo es un flujo indefinido de tendencias, movimientos sociales, características psicológicas...  Pero no menos verdad es que si, por poner un caso, el chófer de archiduque de Austria-Hungría no se hubiera equivocado de calle en Sarajevo, lo mismo el famoso atentado no se hubiera producido y se podrían haber evitado las dos guerras mundiales.  Nunca se sabe.  No creo que esos dos grandes conflictos fueran el colofón inexorable de un destino ineludible.  No quiero creerlo.

 

Un caso memorable de momento de cambio, de iluminación, de satori (como lo llaman en el zen) es el que cuenta Haruki Murakami.  Estaba en un partido de béisbol y en medio de una jugada entendió que tenía que escribir una novela.  Más tarde ahondó en el descubrimiento y resultó que era un novelista, no el dueño de un bar de jazz en Tokio.

 

En la vida de cada cual hay satoris de todo tipo e intensidad.  Unas veces descubrimos en una sonrisa una traición, en una noticia, la solución a un problema; en el reflejo de un charco, un recuerdo que nos conduce a la depresión; en el sabor de una magdalena, la decisión que no queríamos tomar.  El zen trabaja mucho este concepto y sus apólogos están llenos de repentinas iluminaciones, que llegan tras un golpe, una frase, un pájaro que canta a lo lejos...  Muchos haikus son el rastro de pequeñas iluminaciones que el poeta vierte en diecisiete sílabas con la esperanza de que otros se transformen momentáneamente:

 

      Canta el pequeño cuco

      precisamente hoy

      que no hay nadie.

 

Ayer en clase, explicando a Miguel Hernández, les conté a las alumnas (para dos alumnos que hay generalizo con el femenino) que leyendo la "Elegía a Ramón Sijé" sufrí una especie de iluminación "de piedras, rayos y hachas estridentes".   Luego vinieron más satoris y personas/satoris y casualidades... y acabé con un puñado de versos publicados por ahí.  Quizá si no me hubiera topado con ese poema en precisamente ese momento, ahora sería médico, novelista, cura o pertiguista.  Nunca se sabe. Por suerte.

 

 

 

¡Viva la Cordillera de los Andes!

Corrían los albores de los ochenta, aquellos años en los que nadie era responsable de casi nada.  Habíamos escapado indemnes de una dictadura, de un golpe de estado zarzuelero y pronto lo haríamos de Curro y Cobi.

 

En el instituto donde era alumno (el Sierra Bermeja de Málaga) nos reuníamos unos cuantos atrevidos y atrevidas adolescentes, en torno a poemas y a la buena compaña de Dámaso Chicharro, creador del taller de poesía Tediria.  Un buen día Dámaso apareció por allí con los antipoemas de Nicanor Parra y allí fue Troya.  De pronto descubrimos que había un mundo más allá de la taciturnidad de la transición, de los clásicos, los modernistas, Machado, Lorca, Hernández y demás.   El libro iba de mano en mano, como la falsa moneda, movido por la avidez de quienes buscan un tesoro de palabras... hasta que se perdió.  De entre todos los muchos y buenos poemas del maestro chileno nos gustaba, por lo coral y surrealista,  "Viva la Cordillera de los Andes".  Esta tarde, cuando he conocido la muerte de Nicanor Parra, he mandado algunos mensajes con ese texto.  Algún amigo de aquellos años me ha llamado preguntándomelo: "¿Ha muerto ya?".  Otros simplemente ha continuado el estribillo de aquel poema: "Muera la cordillera de la costa".  Otro ha opinado que ha sido una anti-muerte, una muerte pasada de fecha (¡103 años!).

 

Con el tiempo cada cual siguió su camino y el mío corrió paralelo a la cordillera de la poesía (explicándola, escribiéndola, recitándola, cantándola...) y cuando andaba buscando un título para uno de mis libros, lo encontré en unos versos de Nicanor Parra: "A propósito de escopeta / les recuerdo que el alma es inmortal".  

 

Y es que siempre (antes de conocer su obra) me encontré muy cómodo en los márgenes de la poesía, en la trinchera contraria a veces, pero sin tanto ahínco y contundencia como el maestro.  Falta de pulso o de valor, pusilanimidad estilística. 

 

Adiós, maestro del disparate razonable, de la rima tonta y profunda, del discurso truncado, de la frase certera, como pedrada de cabrero, el que dijo una cosa por otra, un embutido de carne y bestia.  Viva la cordillera que te parió.

 

 

Viva la Cordillera de los Andes

 

Tengo unas ganas locas de gritar

Viva la Cordillera de los Andes

Muera la Cordillera de la Costa.

 

La razón ni siquiera la sospecha

pero no puedo más:

¡Viva la Cordillera de los Andes!

¡Muera la Cordillera de la Costa!

 

Hace cuarenta años

que quería romper el horizonte

ir más allá de mis propias narices,

pero no me atrevía.

 

Ahora no, señores,

se terminaron las contemplaciones:

¡Viva la Cordillera de los Andes!

¡Muera la Cordillera de la Costa!

 

¿Oyeron lo que dije?

¡Se terminaron las contemplaciones!

¡Viva la Cordillera de los Andes!

¡Muera la Cordillera de la Costa!

 

Claro que no respondo

si se me cortan las cuerdas vocales

(en un caso como éste

es bastante probable que se corten).

 

Bueno, si se me cortan

quiere decir que no tengo remedio

que se perdió la última esperanza.

 

Yo soy un mercader

indiferente a las puestas de sol

un profesor de pantalones verdes

que se deshace en gotas de rocío

un pequeño burgués es lo que soy.

 

¡Qué me importan a mí los arreboles!

Sin embargo me subo a los balcones

para gritar a todo lo que doy

¡Viva la Cordillera de los Andes!

¡¡Muera la Cordillera de la Costa!!

 

Perdonadme si pierdo la razón

en el jardín de la naturaleza

pero debo gritar hasta morir

¡¡Viva la Cordillera de los Andes!!

¡¡¡Muera la Cordillera de la Costa!!

 

 

 

Metáforas monárquicas

La que más me gusta es "el rey de la selva", referida a un animal que ni habita en la selva ni se enfrenta a otros animales.  Es una especie de vago melenudo que vive en la sabana a costa de las hembras.  En otras palabras, un proxeneta de secarral.  Dejemos de lado a El rey león, ese "simbático" y menudo Hamlet, y al rey de León, que sí existió de verdad.  Lo que no existió fue ningún león, ya que, como saben, es una deformación de la palabra latina "legionem".  

 

Luego está el rey del rock, nacido en un país republicano.  Y el del mambo, que no sé muy bien quién es ni a qué se dedica. 

 

Si bajamos el escalafón, tenemos a las princesas que llegan demasiado tarde, como decía la canción, o esperan ser desposadas por un príncipe, que ora es azul, ora verde como una rana, o marrón como una galleta.  Y princesitas en cada casa y en cada franquicia de Disney.

 

También hay príncipes menudos y negros de Minneapolis, que cantan bajo una lluvia púrpura, y graciosas majestades que entonan rapsodias bohemias.  Incluso sultanes del swing y reinonas de altos tacones, que recorren desiertos entre canguros, koalas y pelotas de ping-pong.

 

Todo un mundo de coronas y cetros al servicio de nuestra clasista imaginación.

 

 

 

 

Púlpito libre

El personal se despacha a gusto dando opiniones sin medida.  Una veces lo hacen desde los púlpitos, otras, desde las cátedras, los blogs, los tweets o, lo más clásicos, desde la barra del bar, sobre todo si es barra libre.

 

No hay límites para la doxorrea (o fluido de opiniones).  Ocupan gran parte de discurso doxorreico los políticos, con su ineficacias, distanciamientos y corruptelas.  Les siguen de cerca alteridades varias, es decir, los otros, los enemigos, los que no son como el doxorreico y sus oyentes (futuros doxorreicos activos): las mujeres/hombres, los madrididistas/culés, los guiris, los moros, los ricos, los funcionarios, los ecologistas, los milenials, los calvos...

 

Los púlpitos del doxorreico son variados en el mundo virtual y mediático, pero también lo son a pie de calle.  Uno de los más terribles, por lo que tiene de incontrolable, es el asiento del conductor del taxi.   De ahí no te puedes escapar.  Recuerdo un viaje trepidante y terrorífico por las calles de Málaga en el que el taxista no paraba de opinar sandeces varias.  Para cortarlo, a alguien del pasaje se le ocurrió preguntar por el fútbol, potente desviador temático, pero el hombre dijo que no podía poner la radio porque el médico se lo había desaconsejado: "Por lo nervios".   Y seguimos disfrutando de semáforos en ámbar, curvas cerradas, frenadas y acelerones...

 

Otros son las reuniones de todo tipo: familiares (con el cuñado a la cabeza como arquetipo doxorreico), vecinales o laborales.  En estas últimas predomina el tópico "malditos jefes".  Luego están las colas, casi siempre de tiendas de barrio o de mercado de abastos.   Las de supermercados y bancos son más silenciosas y tristes: los bips del escáner, las deudas vergonzantes...

 

Pero sin duda el rey de los púlpitos populares es la ya mencionada barra del bar.  El efecto desinhibidor de las sustancias ingeridas (excitantes o embriagantes), la postura de codo-en-barra, la falta de libertad de los que han sido invitados a una ronda, la esperanza de tomar la palabra en cuanto se pueda meter cuña... hacen de esta situación el paraíso, el Xanadú, el Shangrilá del doxorreico.  Allí, además, cuenta con el apoyo argumental del televisor, que no para de suministrar catástrofes y chismorreos, con los que el doxorreico apuntala su discurso múltiple e inagotable, como una hidra de mil cabezas a la que no hay un Hércules que le corte el rollo. 

 

 

 

 

Profesionales serios

En España (puede que en otros sitios también) tendemos a confundir profesionalidad con aburrimiento según la siguiente fórmula: si eres profesional, eres un profesional serio, ergo no eres divertido, en consecuencia eres un tipo/a amargado, que no sabe disfrutar de la vida, que son tres días (y uno nublado).  Eso incluye, si me apuran, hasta a los payasos profesionales. 

 

Veo en bares, tiendas y gasolineras a muchos y muchas trabajadores de otros países que hacen sus tareas con ahínco y profesionalidad, con dedicación, concentración y, en el buen sentido de la palabra, seriedad.  Y observo el contraste con muchos compatriotas, para los que el trabajo es algo "demasiado serio", antivital casi, algo que les impide vivir plenamente su existencia de individuos libres: cajeras hablando sin parar sobre sus permisos o la fiebre de sus hijos, fontaneros que no traen las herramientas (¿Tendrá usted por ahí una escalerilla?), repuestos que siempre-hay-que-pedir-a-Barcelona, cartas extraviadas, citas médicas post mortem...

 

Creo (es una teoría endeble) que esta actitud indolente hacia el trabajo proviene de aquellos siglos en los que España creía merecer todo lo que llegaba en los barcos de América y todo el mundo se creía alguien ("Usted no sabe con quién está hablando.   Yo soy un concejal de Cuenca").  El trabajo era indecoroso para la nobleza y oneroso para el pueblo llano, limpio de sangre.  Sólo trabajaban los judíos (en las ciudades) y los moriscos (en el campo).  El resto era una pléyade de quijotes, sanchopanzas y lazarillos buscando el chollo, la prebenda, la herencia o la lotería.   Súmenle a esto la sobrecualificación: soy ingeniero y estoy vendiendo helados de dulce de leche, así que no me pidas que me dedique a esto con demasiada intensidad.  Max Weber ya dijo algo al respecto, pero relacionándolo con la religión. 

 

Vale, lo mismo son generalizaciones y hay inmigrantes que se escaquean y españolitos dando el callo.  Me callo, no vayan a pensar que soy un ensayista antiespañol, poco serio y profesional.

 

 

 

Estabulación

Una pregunta concreta: ¿cuántas veces se han visto ustedes obligados u obligadas a usar la palabra que da título a esta entrada?  Otra pregunta: ¿sabrían definirla de manera más o menos acertada?

 

Hace unos días, en el contexto de una conversación sobre educación, nacida al pairo de un curso que estamos haciendo, una compañera y amiga me contó que su hija (de 4º de primaria) ha tenido que estudiar(se) la palabrita de marras: "estabulación".  (Cuanto más la digo más rara me parece).  

 

Los libros de texto están repletos de vocabulario inútil, inadecuado, cuando no obsoleto; henchidos de contenidos fútiles y banales; hasta arriba de inutilidades que no sirven para ser un ciudadano/a medianamente competente, sociable y, mucho menos, feliz.  A veces me da la impresión de que, en lugar de vender educación, venden mero papel y cartón.

 

El curso al que aludía antes lo ha impartido en el CEP de Marbella el profesor Juan Vaello Orts y se titulaba: "Cómo dar clase a los que no quieren".  Ha terminado esta misma noche y ha sido un placer oír ideas razonables, prácticas, contrastadas, fáciles y rápidas, referentes a tan espinoso y crucial tema.  Una de ellas ha sido la que el autor llama "podar e injertar": quitar contenidos baladíes y meter contenidos interesantes.  Es decir, menos "estabulario" y más enseñar al alumnado a comportarse, controlarse, emocionarse, querer saber, motivarse...

 

 

 

 

La muerte de mi amor

Seguramente no habrán visto (ni oído hablar de) esta película: La muerte de mi amor.  Es de mediados de los cuarenta, en plena posguerra, cuando mi madre tenía diez años aproximadamente.  Digo que no habrán oído hablar de ella, porque no existe.  Es un título que se inventó mi madre sobrevenidamente o, como dicen mis alumnos/as, por la cara.  En una supuesta y remota conversación de aquellos legendarios tiempos alguien le preguntó:

   —Pepita, ¿dónde has estado?".  

   A lo que ella respondió:

   —En el cine Rialto. 

   —Y ¿qué película has visto?

   —La muerte de mi amor.

 

Así, por la buenas, amalgamando con ingenio sincrético las tramas y títulos de muchas películas que tratan esos dos temas axiales de la narrativa de todos los tiempos.

 

En mi modesta opinión de hijo y de fan de una y de otro, Borges no llegó a la altura de mi madre cuando dijo aquello de que cuatro son las historias que se repiten a lo largo de toda la literatura: el cerco, el regreso, la búsqueda y el sacrificio.  

 

Lo siento por mis colegas borgeanos: Borges es único, pero madre no hay más que una.

 

 

 

 

Otra vez la filología etrusca

Hace unos meses escribí una entrada sobre el ministro de educación y la filología etrusca.

 

Pues hoy llega el momento de ya, a las claras, reivindicar tan denostada disciplina.  La razón es que recientemente he sabido algo muy cotidiano que desconocía y que gracias al latín y su relación con la lengua etrusca, se aclara y comprende.  

 

A ver si consigo explicarlo sin que se me duerma nadie.  En griego había una letra para el sonido /g/ de "gato", que se llamaba gamma y que se escribía de una forma (Γ) que no tiene nada que ver con la actual letra G.  Los etruscos no tenían ese sonido /g/ en su lengua, así que cuando copiaron el alfabeto griego pasaron de la gamma.  Cosas más raras se han visto.  Pero los romanos, que copiaron el alfabeto etrusco (no el griego), sí lo tenían y se quedaron a dos velas.  Así que se aguantaron mucho tiempo con la C para los sonidos de la C y de la G.  Por el contexto sabían cómo había que pronunciarla.  Pues bien, así las cosas, cuentan que a un esclavo liberado (o liberto) se le ocurrió marcar con una rayita en la parte baja de la C para indicar que sonaba G. Luego la rayita se enganchó con el resto et voilà, así nació la G.

 

Todo esto estamos contándolo en clave de mayúsculas, que eran las que se usaban por aquel entonces.  Las minúsculas no aparecieron hasta el siglo III d.C. en papiros de la administración romana, pero esa es otra historia tan aburrida o interesante como ésta (o más).

 

 

 

Cuerpo, mente y maquinistas japoneses

 

Nunca me había parado a pensar en los gestos que hacen los maquinistas de los trenes en Japón.  Al salir de las estaciones, al llegar a ellas o en determinados puntos del recorrido señalan hacia adelante o hacia algún lado con el brazo y la mano apuntando con el índice.  Otras veces señalan el listado de estaciones que figura en un papel que está en la cabina.  Me gusta ponerme cerca de la cabina en los pequeños trenes locales y contemplar esta coreografía minimalista, que va acompañada de frases en voz alta que no oía por el cristal aislante.  Supuse que era una tradición más de un país plagado de ellas, pero es algo más.

 

Este ritual, que se llama shisa kanko se remonta a principios del siglo XX, cuando un conductor de trenes de vapor, llamado Yasoichi Hori, había empezado a perder la vista.  Temeroso de saltarse alguna señal, le preguntaba a su compañero, que la confirmaba.  Alguien que fue testigo de la escena pensó que esas confirmaciones podrían ser un buen sistema de seguridad para todos los maquinistas.  Y así nació el código que empezó a utilizarse poco después.

 

En teoría escuchar la propia voz y gesticular estimula la atención del cerebro.  En 1994 se llevó a cabo una investigación que lo demostró.  Los sujetos que verbalizaban y "gestualizaban" los pensamientos redujeron un 85% la tasa de error.

 

Es algo que siempre he pensado de manera más o menos difusa.  Hablar es algo más que comunicar a un oyente una cierta información.  Es también comunicarse (en el sentido reflexivo del "se"), autocomunicar.  Y la expresión física de un pensamiento supongo que pondrá en funcionamiento más zonas del cerebro, distintas de las famosas de Broca y Wernicke.   Los mediterráneos sabemos esto muy bien, por eso quizá a san Agustín de Hipona le resultó tan raro ver a san Ambrosio leyendo en voz baja.

 

Recuerdo que siendo estudiante de instituto, nuestro profesor de Filosofía, José Rodríguez Galán, nos sacó al patio para enseñarnos la teoría heliocéntrica de Copérnico.  Tres alumnos hicimos las veces del Sol, la Luna y la Tierra.  De esta manera comprendimos mucho mejor que con un esquema o una disertación meramente verbal.

 

Cuerpo y pensamiento, esos divorciados artificiales, una dicotomía que no entienden muchas culturas y religiones, porque ¿acaso no es el cerebro una parte más del cuerpo?

 

 

 

 

Esclerosis y obsolescencia

Ya lo decía el viejo don Hilarión en La verbena de la Paloma: "Los tiempos cambian que es una barbaridad".  Y lo repitió más en presente continuo el premio Nobel: "The Times They Are A-Changin´", empezando por la ortografía del inglés.  

 

Acabo de terminar un librito muy interesante titulado Breve historia del mundo, de Luis E. Íñigo Fernández.  Lo recomiendo porque es una visión esencialista de los procesos históricos, sin exceso de nombres ni, por supuesto, de fechas, centrado en la relación entre economía, política y cultura.

 

Al final el autor expone, como en el chiste, un par de profecías, una buena y otra mala.  La buena habla de autogestión, ecología, avances tecnológicos, reducción del ámbito político y social que permitirán volver a la polis griega...  Y la mala ya se la pueden imaginar: escasez energética y alimentaria, macroguerras, desigualdades...  Pero lo que más me ha interesado, por razones obvias, ha sido este párrafo, que, viniendo de un historiador resulta especialmente aleccionador:

 

"Los esclerotizados sistemas educativos actuales, por su parte, se verán también obligados a redefinir por completo su estructura y sus objetivos.  Los densos contenidos hasta ahora hegemónicos en la educación básica y postobligatoria, a los que la informática hace ya muy fácil acceder de inmediato, deberán perder peso en beneficio de las competencias clave, de carácter integrador y global, pues sólo de este modo los distintos sectores productivos tendrán cubierta su creciente necesidad de una  mano de obra infinitamente versátil y capaz de aprender si cesar a lo largo de su existencia, algo imprescindible en un contexto de cambio tecnológico y organizativo acelerado como el que se anticipa".

 

Desde que bajamos de los árboles no hemos parado de evolucionar: cazadores, recolectores, agricultoras, ganaderos, artesanos, burócratas, obreras...  He aquí nuestro siguiente paso para continuar haciéndolo y no acabar como los neanderthales o los vendedores de enciclopedias.

 

 

 

 

 

Saber ser

Valentina Tereshkova, la primera mujer astronauta.
Valentina Tereshkova, la primera mujer astronauta.

No soy muy dado a hablar de evidencias.  Me aburren.  Pero a veces la realidad parece negar a la propia realidad.  Pongamos el caso de las mujeres.  Me parece infinitamente absurdo que se cuestione su valía en cualquier campo, el que sea: escriben, cantan, escalan, corren, cocinan, enseñan, piensan, bailan, esculpen, investigan, legislan, inventan...  No sé.  Es tan, tan evidente, que no merece más comentario.

 

Por otro lado, como ciudadanas que son, tienen todo el derecho del mundo a vivir tranquilas, como los hombres, los bisexuales, y todas las posibles combinaciones identitarias y sexuales.  

 

Hasta aquí no creo que haya que dar demasiadas explicaciones.  Cae por su propio peso.  Ahora bien, esto que pienso yo, que piensan las mujeres y gran parte de los hombres, parece que no es tan claro, ni tan evidente para una parte de la población masculina (ignoro el porcentaje).  Como digo, no me gusta escribir sobre lo que las noticias están todo el santo día contándonos.  En parte porque quizá reincidir en lo evidente puede conducir al hartazgo y la consecuente invisibilidad.  Es como esa frase que sueltan las misses en los concursos, lo de la paz en el mundo y demás, que acaba por convertirse en un cliché, para pasar luego a la inconsciencia o al olvido.

 

Pero a veces, cuando me topo con violaciones grupales, amparadas en la cobardía de unas manadas escondidas en manadas más amplias, como son ciertas fiestas tradicionales masificadas; o con asesinatos truculentos más al por menor, más fríos, intensos y premeditados, me pregunto qué ha fallado y qué está fallando.  Y entonces me invade una parte de culpa y responsabilidad.  La educación debiera ser el dique para este tipo de actos, ideas y personas.  Necesitamos, más que nunca quizá, una educación centrada en los valores y no en los conceptos, más en la ética que en la gramática, la botánica o la trigonometría. Me temo, por experiencia, que ese giro hacia la "desacademización" de la educación sólo puede venir desde arriba, desde unas leyes que obliguen de forma más clara a atajar este y otros problemas de comportamiento que sufre nuestra sociedad.  No esperemos que las editoriales ni gran parte del profesorado motu proprio sacrifiquen su negocio (en el primer caso) y su tradición (en el segundo).

 

El saber no ocupa lugar, pero el ser es el lugar en el que vivimos. Si no sabemos ser, sobran todos los saberes.

 

 

 

 

 

Cáscara y manipulación

El primer día del año llegó un vuelo de Londres al aeropuerto de Málaga.  Una vez en pista y parado, el pasaje no pudo salir en media hora y un señor polaco, residente en Málaga, abrió la puerta de emergencia y se dispuso a bajar por el ala del avión.  No llegó a hacerlo, debido a la altura, lo metieron de nuevo para adentro y se lo llevó la benemérita.

 

Esta es la noticia resumida y asépticamente.  El diario Sur de Málaga, no obstante, la presenta como una especie de locura transitoria y estrafalaria, que fue convenientemente grabada por otro pasajero.

 

Perplejo por la falta de explicación, indagué por ahí y me encontré con la misma notica en el Mail Online.  La cosa ya tomó otro cariz.  Según testimonios de otros pasajeros, el polaco con prisas en realidad tenía un ataque de asma.  Lo comunicó a la tripulación y esta no le permitió salir a la pista, ni abrir ninguna ventana para que este hombre respirara.

 

De modo que una gracieta de alguien mentalmente inestable se convierte en un caso de emergencia sanitaria, como otros tantos que se dan a bordo de los aviones.

 

He aquí dos tipos de periodismo: el serio, que indaga los hechos y las causas; y el otro, el de la cáscara y el titular.

 

 

 

 

Nunca se sabe

Veía anoche una serie en al que varios sabios de múltiples disciplinas se reunían en torno a una mesa para asesorar al FBI.  En un momento dado un científico sacó a colación la famosa inutilidad de las llamadas Humanidades.  La venganza/ironía del asunto es que el caso se resuelve gracias la dialectología, la hermenéutica, la ortografía y el comentario de los textos que el asesino en serie enviaba a los medios y al propio FBI.  

 

Ya ven: nunca se sabe quién ayudará más a sus semejantes, si el filántropo o el torpe oficinista, si las buenas intenciones o el mero azar.  Ahí están la penicilina y el postit para certificarlo, frutos de la dejadez de Fleming, que no limpió bien sus cacharros, y de la ineptitud de Silver, que no daba con un pegamento que pegara de verdad.  Y lo mismo pasó con el velcro, el teflón o el microondas. 

 

Nunca se sabe.  A la ecuación de Cernuda, la realidad y el deseo, le falta un término intermedio: el azar.  De la realidad ya hablaremos cuando termine el año que viene.  Del azar no diré nada porque es intrínsecamente ignoto, pero del tercero les diré que les deseo a todos las lectoras y lectores de este blog (y a quienes no lo son también), que 2018 venga repleto de salud, de paz espiritual y física, del suficiente dinero para sobrevivir y de amor, que, como dijeron los de Liverpool, es en el fondo lo único que necesitamos.

 

 

 

 

El regreso del buen tiempo

Muchos somos los culpables de que José A. Mesa Toré haya tardado casi veinte años en volver a publicar un libro.  Lo dice el mismo autor con un haiku en la página 145:

 

     Libros ajenos.

     En ellos se perdió

     tu poesía.

 

Su labor en el Centro Cultural de la Generación del 27, muchos de cuyos años ha sido director, ha truncado el ritmo de publicaciones de este poeta. Quiero entender con esto que el "buen tiempo" somos los demás (invirtiendo la máxima sartriana de que el infierno son los otros), aquellos y aquellas que, gracias a su labor editora y su gestión cultural, hemos dado recitales, presentado y publicado libros.  En este sentido he de confesar que me alivia especialmente la aparición de este poemario, ya que mitiga mi mala conciencia por haber sido parte del buen/mal tiempo que impidió su escritura y publicación. 

 

El título del volumen, Exceso de buen tiempo, proviene de una excusa/explicación que dio Emilio Prados a Manuel Ángeles Ortiz ante el retraso de la salida de Litoral ("La revista no ha salido por exceso de buen tiempo").  La vinculación de José. A. Mesa Toré con esta prestigiosa publicación es muy estrecha, hasta el punto de que, según contó en la presentación, la foto de la portada es una alusión al transatlántico, una de sus señas de identidad.

 

Pero centrándonos ya en el libro hay que decir que ha merecido la pena esperar.  Con una tesitura cercana a la narrativa pero profundamente lírica, Mesa Toré camina por las vicisitudes de la vida con intensidad y elegancia.  No creo que este sea el espacio adecuado para tentar a su paciencia y hacerles un estudio pormenorizado del libro, amplio en volumen, temas y formas.  Resaltaré unas cuantas cosas que me han gustado especialmente:

 

1.- Su capacidad para transformar lo supuestamente apoético en poético.  Para mí es uno de los asuntos clave de la poesía.  El autor, por ejemplo, aprovecha una soledad coyuntural convaleciente para regalarnos una colección de haikus memorables, en los que los más ínfimo trasciende su propia realidad y nos conmueve, como hicieran Isa, Buson o el propio maestro Matsuo Basho.

 

2.- La intertextualidad, el diálogo a veces sutil y secreto, a veces fehaciente, con sus maestros poéticos ("La voz del poeta (Brines)", "Niños fotografiados por Cernuda"...).  Hay una metáfora axial en este libro que sería bonito desarrollar en un análisis más sesudo que el presente: el hilo como imagen de la sutil correspondencia entre las voces, los hechos, las personas.

 

3.- Su valentía para relatar y reflexionar sobre asuntos de la vida íntima: el matrimonio ("Familienstammbuch"), la introspección ("Mísero Mesa Toré"), la paternidad ("Madre Rusia").  La tarde de la presentación provocó más de una lágrima entre el público con un poema de esta sección.

 

 

Y por lo demás, qué quieren que les diga de un libro plagado de haikus de cabo a rabo, que me gusta por ese mero hecho.  Los hay a la japonesa, descriptivos, sugerentes y elípticos:

 

     En un garaje

     el parasol, la hamaca,

     aquel verano

 

 

     Se está bañando

     en la alberca vacía

     la luna llena.

 

Los hay deslumbrantes y definitivos, como el que lo inaugura:

 

     Ah, nuestra vida

     esos días de luz

     en los que llueve.

 

Cómo pueden caber tanta sabiduría, madurez y sensibilidad en tan pocas sílabas.

 

En resumen, este ha sido un libro que, como he contado más arriba, me ha aliviado por razones personales y que me ha encantado como lector.  Ese tipo de libros al que uno acaba haciéndole pliegues en los picos para marcar poemas memorables.  Lo estoy mirando ahora mismo, mientras escribo esto y casi no veo página sin marcar.  Estoy por ponerles una foto.  O mejor, vayan, cómprenselo y comprueben que no estoy exagerando.

 

 

 

 

 

La luz de las palabras

Como diría un castizo, cuando Juan Manuel Villalba escribe, sube el pan.  Es decir, que su contención escritora augura siempre una explosión de energía poética a modo de cíclico big-bang de las letras españolas.  No hay más que leer el impresionante, conmovedor, espectacular y definitivo inicio de Linterna.  Es un desgarro del autoconocimiento, una bofetada al yo y a los espejos:

 

    Ya puedes olvidar tu vida.

    Asume que carece de interés literario

    incluso para ti, aunque te duela.

       (...)

     Y ahora, con las manos vacías y con frío,

     atrévete a sentarte y contar la verdad.

 

"Aunque te duela": he aquí el fondo de la cuestión.  Como el propio autor adelantó en la redes sociales, este libro es muy, pero que muy poco complaciente con el lector.  A través de la introspección del poeta se revuelven en nosotros (supongo que merced a las neuronas-espejo) sentimientos ocultos, tensiones agazapadas que creíamos perdidas bajo el limo de los trabajos y los años.

 

Con un estilo claro y tajante, a la vez que pulcro y cuidado, Villalba nos lanza versos como cuchillos.  Ahí van algunos tomados al azar de varios poemas.  Tengan cuidado:

 

     La muerte que se escribe

                                                no es un juego;

     jugar con las palabras también mata.

            -

     Salgamos al jardín de los pasos primerizos

     y de las bofetadas en el centro del miedo.

            -

     Pero en aquel infierno aún quedaba cariño,

     diría que hasta amor, amor enfermo,

     ese amor de los perros que olvidan las palizas.

 

Este libro es como una zambullida en el dolor pasado y en la inutilidad de la palabra (no digamos de la literatura) como supuesto bálsamo curativo.  Por eso la palabra se muestra casi desnuda, como una hija de la mar.  Y por eso quizá el autor use una metáfora subacuática para cerrar el último poema.  Pareciera que en eso mundo opresivo, oscuro y sorprendente del fondo del mar estuviera el tesoro de la verdad de cada cual:

 

     Si vuelves la mirada y te contemplas

     te ves sentado y quieto, pasmado como un pájaro

     que alguien sin esperanza olvidó entre las literas

     de un viejo submarino abandonado.

 

 

Aquí tenéis, filólogos ociosos, un filón para vuestras tesis: "El imaginario submarino en la poesía de Juan Manuel Villalba".  Ahora recuerdo que usé unos versos suyos abisales ("Un hombre cabe en el corazón de una ballena") para introducir un poema de Cantos cetáceos.  Las imágenes tienen un enorme poder de evocación, pues apelan a lo que no sabemos que sabemos, a esa realidad que sólo poetas como el que nos ocupa es capaz de sacar a la consciencia con la red de sus palabras.

 

Llama la atención también de este libro, su volumen, o sea, su delgadez.  Como el mismo poeta declaró en una entrevista, esto se debe a que en sus páginas también se trata el asunto de la responsabilidad del escritor, su deber de no entregar a la imprenta lo que no sea meridianamente necesario: "Utilizar la papelera más que el teclado".  Lo que, de camino, explica el título: la linterna es una luz humilde, de uso personal, que ilumina sólo lo que necesitamos iluminar, lo relevante, lo que verdaderamente importa: el dolor, la memoria, el verdadero yo o la tragedia.  Porque, como ya dijo Verlaine, todo el resto es literatura.

 

 

(A este autor también le debo una disculpa, esta vez doble: por la tardanza, como en el caso de Antonio, en la reseña, y por no haber asistido a la presentación).

 

 

 

Aullidos para espantar males

Otro de los libros que no reseñé en su momento, a pesar de que participé en la misma presentación, fue Los naipes sobre el agua, del profesor, novelista, poeta y articulista José L. González Vera.  

 

Se trata del siguiente número de la colección en la que apareció De la palma al cerezo, dirigida por José A. Mesa Toré.  En él se recogen los tres poemarios (hasta el momento) de González Vera: Los barrios lentos, Montaje de autor, A oscuras  más tres poemas inéditos.

 

Ya me tocó escribir una aproximación a su poesía en una separata de la revista Litoral y ahora, presentar Montaje de autor en un acto entrañable y sorprendente celelbrado en el Centro Cultural Mª Victoria Atencia de la Diputación de Málaga.

 

He aquí mis palabras, bien oiréis lo que decía:

 

"A estas alturas cada vez creo menos en las casualidades. 

Cuando José Luis me llamó hace no demasiado tiempo para que presentara Montaje del autor intuí algo.  Al empezar a releerlo capté el guiño.  Estaba apelando a mi niponfilia desde el primer momento.  El libro comienza con un haiku, un haiku heterodoxo en su métrica, en lugar de 5-7-5, usa el 7-5-7.  Más que un haiku podríamos decir que es un koan, una de esas adivinanzas que usa la secta zen rinzai para poner a prueba los límites de la lógica del aspirante al satori.   

El guiño niponfílico continúa en el segundo poema, titulado, oh casualidad, “Geisha”, aunque la tal geisha que lo protagoniza es un ser inerte, una escultura “en el horno de escayola nacida”. Y luego salen películas japonesas, lunas, mangas, nenúfares, kimonos y todo.

Pero volvamos a ese koan/haiku inicial

 

     El cristal bajo el agua

     descubre oculto

     su antigua transparencia.

 

Se trata de una reflexión que nos introduce en la esencia de este libro.  Un libro, como su nombre indica, cinéfilo, pero que va más allá porque incide en algo más general y profundo: la mirada, la acción de mirar y también en el descubrimiento de lo que era evidente.  En este sentido, conecta también con la idea del zen de que la realidad última es la que tenemos delante, pero que no sabemos mirar adecuadamente.

La primera sección, "Ángulo contrapicado" nos ejemplifica a las claras lo que les comento.  Como saben, este ángulo es el que adopta la cámara cuando mira desde abajo hacia arriba.  Es la perspectiva que hace grande lo pequeño, que distorsiona la verdadera dimensión de lo que vemos y que tan hábilmente fue utilizada por Orson Wells en Ciudadano Kane.  Es el punto de vista del que está debajo, del que se siente humillado por el tiempo, por el fracaso, por la vida toda.   He escogido un verso de cada poema: observen el efecto: "frágil humano busco / la calma que no surge de mis versos; un albatros que gruñe su presencia / ante la luna; un tronar de gemidos / frente al supermercado; son muerte y vida diálogo; el tósigo en el aire / las facturas pendientes; escarbo mi refugio  / al hilo de los miedos….”  La sección culmina en un espectacular poema titulado, en clara referencia a Luis Cernuda “Donde anidan las ratas”.

Este poema merece, por su extensión e intensión, bueno, intensidad, un comentario propio.  Se trata de una descripción entre onírica y autobiográfica, es decir, la vida como sueño o, mejor, como pesadilla.  Heredero de las mejores escenas del cine negro, esta silva de heptasílabos y endecasílabos nos lleva de paseo por la una noche de memoria, de muerte, de violencia, un camino sin destino, incluido en otros destinos, como un jardín de senderos que se engullen unos a otros.  Es un poema intenso, con referencias claras, como digo, al cine negro, aquel en el que Joseph Cotten o Edward G. Robinson conducían autos rectangulares ante un ingenuo chroma en noches de lluvia o niebla.  Pero también, por su carácter fragmentario y, permítaseme la pedantería, deconstruido, cercano al expresionismo alemán de Murnau.

La segunda parte del libro, titulada “Línea de fuga”, alude a esas líneas que, aun siendo paralelas, a efectos de la visión, son convergentes en un solo punto al que llamamos punto de fuga.  Se trata pues, de otra lección sobre la visión, de otra forma de re-visar (en el sentido etimológico del término) la realidad.  Y por otro lado el carácter de fuga no invita a salir del libro, a ir hacia el siguiente, titulado A oscuras, nueva alusión a la visión como eje de una poética.

Los siete poemas de esta sección cuentan de manera sesgada e indirecta la autobiografía de una ruptura, de un fracaso probablemente amoroso o sentimental y de una resignación.  Es una historia con altibajos, entre un punzante dolor por la pérdida

Se enmohecieron los días                       

Esta luz daña

No tuvimos piedad ninguna

Sucumbo ante tus zarpas

Y algunos atisbos de ínfima alegría, como puntos de luz que brillan en una densa oscuridad:

No quiero que en el tiempo sólo arraigue lo impuro

Te echo de menos y quizá me acostumbre

Acoge los senderos / y disfruta y defiende los pasos que construyen / tu nombre…

De modo que aquí tenemos otra interpretación para esta sección.  Se trata de una fuga en el sentido musical del término, un contrapunto de esperanza y desesperanza, una lucha de contrarios, una coincidentia oppositorum, un ying-yang que fluyen formando el tejido de la vida.

Esta criptorreferencia musical no es casual ni baladí, porque no olvidemos que José Luis es un lobo, un lobo poco solitario como puede verse en esta mesa, pero ante todo es un lobo que aúlla, un lobo que canta (y que toca: ya saben que lo tengo en nómina como bajista) y su canto son estos versos que hoy presentamos y celebramos.  Un canto nocturnal y trágico, pero canto a fin de cuentas y, como dice el refrán, quien canta sus males espanta".

 

José A. Mesa Toré y Gaby Beneroso glosaron los otros dos libros con humor y sensibilidad.  Yo, como ven, hice lo que pude aquella tarde/noche en la calle Ollerías de Málaga.

 

Espero que esta recopilación se quede corta pronto y que el autor nos vaya dando sin prisa, pero sin pausa, más poesía como esta, conmovedora y estimulante, dura y amarga, como la misma vida, frente a la cual José L. González Vera se planta de pie (así lo pueden ver en la foto de la portada), con los brazos cruzados de espaldas a la luz, encarando la oscuridad, firme como una roca ante el tsunami de la adversidad, que diría Marco Aurelio mezclado con Yukio Mishima. 

 

 

 

 

Las ciudades del maestro

Antonio Jiménez Millán ha sido un maestro en el amplio sentido de la palabra.  Recuerdo mis inicios en el taller de poesía Tediria, al que acudió en petit comité, altruistamente, a dar lo que ahora se llama una master class.  En aquella mesa del instituto Sierra Bermeja nos leyó sus poemas, nos habló de su visión del la poesía actual y habló de nuestros textos, publicados en la revista.  Se puso a elogiar un relato mío muy denso y novelanegresco, que nunca he vuelto a publicar.  Su benevolencia es infinita.   Poco tiempo después fui su alumno, ya formalmente, en la asignatura de Literatura catalano-provenzal (qué tiempos aquellos en los que Cataluña no era una caja de bombas, sino una parte de nuestra cultura). 

 

Ciudades es una antología excepcional que abarca desde 1980 a 2015, con un prólogo espectacular del Luis García Montero.  El autor sabe inmiscuirnos en su mundo con una técnica envidiable, un verso libre de rima, pero exacto y elegante en el uso de la medida, en torno al heptasílabo y el endecasílabo.

 

La voz que nos habla es serena, sobria, culta, lúcida y pausada.  Quizá el meollo de su poética se encuentre en el cruce de los ejes temporales y espaciales, un cronotopos en el que se funden la reflexión sobre la memoria y la ciudad como escenario del proceso vital.   Desde Baudelaire la ciudad se ha convertido en un personaje más de la poesía, en un símbolo también de la fugacidad del mundo, del anonimato de ser humano ante una realidad cambiante, que sólo la fuerza de la palabra poética es capaz de conjurar:

 

     Me pregunto si es ésta mi ciudad,

     si era yo quien subía por las sendas del bosque,

     quien cruzaba los puentes

     cerca de las murallas y del frío

     que ahora me resulta muy extraño.

 

Las referencias a otros escritores son constantes en casi todos los poemas.  La cultura no se entiende aquí como un rasgo de aislamiento y erudición banal, sino en una respuesta consciente, en palabras de García Montero, "un modo de resistir y superar la condena al anonimato de los otros, el deseo de buscar rostros en una multitud que camina hacia la nada".  La conversación con sus colegas presentes y pasados es evidente en las citas y en la presencia de autores en el mismo cuerpo de los poemas, pero otras veces es más sutil, apta sólo para lectores más avezados.

 

En suma, literatura de la buena, de esa que deja un poso inolvidable, que nos ayuda, por identificación o catarsis, a afrontar los fracasos personales y colectivos, a paladear como un licor añejo, las alegrías de la carne y de la propia literatura.

 

Como dice el prologuista, la poesía de Antonio Jiménez Millán es "una de las más sólidas de la literatura española contemporánea".  Este volumen lo atestigua y estos versos que les traslado pueden corroborarlo parcialmente:

 

            CLANDESTINIDAD

                    (1974)

 

     Ha guardado la llave del desván

     que esconde un manifiesto

     con cubierta roja,

     los pasquines,

     la prensa clandestina.

 

     Ha salido a la calle.

     Extraño en su ciudad

     ni un solo día deja de sentir

     los pasos que se acercan,

     los ojos que vigilan sin descanso.

     Ni en sueños lo abandona.

 

     Al cabo de los años,

     ha vuelto a visitar aquella casa.

     El miedo sobrevive en la humedad

     de aquel rincón umbrío,

     igual que algunas páginas borradas

     entre la ropa vieja.

 

(Sé que ha pasado mucho tiempo desde la presentación de este libro en el Centro Andaluz de la Letras.  Pido disculpas a Antonio por la tardanza y le doy las gracias por haber puesto en nuestras estanterías y en nuestras vidas estas Ciudades).