Ya a la venta

Hoy, 16 de enero, se acaba de poner a la venta un libro que recomiendo a todo el mundo.  A pesar de llevar apenas varias horas vivo, ya está siendo un éxito de público, de crítica no tanto.  Ya irán cayendo los sabios.

 

No voy a reventarles el argumento, pero sí les diré que es, antes que nada, un libro de risa, de mucha risa.  Te partes ya desde el título, que  expliqué en otro post de este mismo blog.  El personaje central es un loco delicioso y su compañero de aventuras, tal para cual.  Hay golpes, discursos, palizas, malentendidos, más golpes, promesas de futuras riquezas, polvo, sesudos discursos, vómitos, monstruos falsos, pequeñas historias que cuentan o viven los protagonistas... ¡Hasta sale el mismo autor haciéndose autopropaganda de otra novela suya! Qué cara más dura.  Mucha gente había leído algo de los primeros capítulos.  De hecho se dice que el novelista no tenía pensado continuarlos, pero que, visto el éxito, se animó a seguirla.  No se sabe muy bien si el resto lo escribió en la cárcel y tampoco se sabe exactamente el lugar en el que nació el protagonista.  

 

Puede que haya una segunda parte, pero si la hay, puede que sea mejor.  Este escritor va a más. Se ve que sus peripecias por Italia, la guerra y el secuestro de cinco años han servido para hacerlo madurar en el buen sentido de la palabra.  El éxito le ha sonreído en la última parte de su vida.  Más vale tarde que nunca.  

 

Pero dejen ya de leer esto y salgan corriendo a comprar El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Lo vende en Madrid el librero Francisco de Robles, pero lo mismo se puede pedir por Amazon. 

 

(Pido perdón.  Me he equivocado de siglo, hoy es 16 de enero de 2019, no de 1605.  No importa: todo lo que he dicho vale para cualquier día que lean esto).

 

 

 

 

Caos, cosmos, cajones y poetas

Quizá hayan oído hablar de ella o la hayan visto incluso en su serie de Netflix. La frágil y educada Marie Kondo está siendo sometida a ataques desproporcionados por parte de un sector del público, sobre todo en las redes sociales.

 

Esta japonesa debutó hace unos años con un libro en el que presentaba su sistema para ordenar una casa.  Nada del otro mundo.  No es una filósofa, ni (como la llaman) una gurú, ni mucho menos una ideóloga.  Sólo dice cómo hay que tirar las cosas que nos sobran y cómo hay que guardar las que nos quedamos.  Así de simple.   Pues bien, ya he leído que esta actitud delata una especie de criptofascismo que explica la alianza de Japón con los nazis en la Segunda Guerra Mundial.  Una periodista española, por ejemplo, se veía impulsada a citar a Baudelaire para contrarrestar las ideas "kondianas".  De pronto hemos visto una reivindicación del caos, que no se veía desde los mejores tiempos del anarquismo decimonónico.  

 

No digo yo que el TOC (trastornos obsesivos compulsivos) del orden y la limpieza excesivos sean recomendables.  Tampoco creo que el caos que precede a los momentos creativos de ciertos artistas sea algo intrínsecamente malo.  El asunto aquí radica en que el éxito de Marie Kondo no se lo ha dado gente que se lava las manos cada cinco minutos o que pone las macetas en orden alfabético.  El meollo de todo esto es la conjunción de consumismo, falta de tiempo y casas menguantes.  Los cajones no cierran, las barras de los armarios se comban por el peso de tantas camisas y chaquetones, los salones se convierten en centros de almacenamiento semiprovisionales, los paragüeros esconden bastones de montañismo, las alacenas guardan platos para montar una cena en el palacio de Buckingham...  Y las sillas, las pobres sillas, apenas resisten el peso de la ropa de ayer, de anteayer y de hace dos o tres semanas.  Es así.  No lo neguemos: las cosas nos van a acabar echando de las casas.  

 

La danza dialéctica del caos y el cosmos es tan antigua como la humanidad.  Los antiguos griegos la personificaron con dos dioses: Apolo y Dionisos.  El primero auspiciaba el orden y la claridad; el segundo, lo orgiástico y descontrolado.  En Delfos se adoraba alternativamente a uno y a otro en distintas épocas del año. Así se mantenía el equilibrio universal.  Demasiado caos equivale a la muerte; demasiado orden, también.

 

De un tiempo a esta parte a los poetas se nos ha colocado en el lado oscuro de la balanza, con la absenta, Baudelaire, el rapto inspirador y demás, pero se olvida que el poeta tiene que medir sílabas, calcular posiciones de los acentos, escoger palabras de forma consciente y colocarlas al final de los versos para que rimen.  Un soneto es como una cajonera en la que no puede sobrar ni faltar ni un calcetín.

 

Así que, caófilos de toda índole, no la toméis con Marie Kondo, que en algún sitio habrá que meter ese muñeco diabólico que suena cuando lo pisas y que siempre está en medio del pasillo.  Siempre.

 

 

 

 

Trincheras

Monti Cruz en un fotograma de "El ambidiestro".
Monti Cruz en un fotograma de "El ambidiestro".

Entre quienes se la cogen con papel de fumar y la brocha gorda estamos salvados.  o sea, estamos aviados, que decía mi abuela.

 

Conviven en nuestros días, codo con codo, las opiniones de barra de bar y las de quisquillosos/as de toda índole, extremos que no se tocan porque andan atrincherados en sus respectivas ideas, ideologías o creencias. 

 

A los/as brochagordistas hay que alabarles el gusto por la simplificación contra una realidad confusa y demasiado líquida (en su opinión), pero cuando la simplificación deriva en simplicidad, muta a  imbecilidad.

 

A quienes abogan por el detallismo hay que aplaudirles su búsqueda de la verdad y la justicia, pero esta búsqueda puede incurrir en el ridículo y derribar todo lo conseguido.  Un último ejemplo.  En Alemania se ha prohibido el uso de un artilugio muy cómodo, que permite enviar órdenes a una web de compras cuando se acaba el papel higiénico o la pasta de dientes.  El problema es que en el contrato se habla de "pagador" no de "comprador" y eso acarrea que se pierdan los derechos del consumidor.

 

Hace años el director de cine Nono Palomino escribió y dirigió un magnífico cortometraje titulado El ambidiestro, que,  a la sazón, protagonizaba mi hermano Monti Cruz.  El argumento aborda la situación de un campesino desmemoriado por una explosión, que se encuentra atrapado entre dos trincheras de la Guerra Civil española.  Su imparcialidad amnésica lo convierte en enemigo de ambos bandos. 

 

En estos tiempos de violencia (sobre todo verbal) es más cómodo estar en la trinchera, al amparo de los tuyos, antes que exponerse al fuego cruzado de tirios y troyanos.

 

A pesar de que esta dicotomía no es exclusivamente hispana, vienen aquí pintiparados los versos del maestro Machado.  Él y su hermano también fueron víctimas de estas polarizaciones maniqueas (y que me perdone Mani, que en realidad no era tan maniqueo como cuentan).

 

     Españolito que vienes

     al mundo te guarde Dios.

     Una de las dos Españas,

     ha de helarte el corazón.

 

Hay quienes dirán que por qué "españolito" y no "españolita".  Otros dirán... Bueno, quizá no digan nada, porque no habrán llegado a leer a esta altura y ya se habrán atornillado a la barra del bar a hablar mal de los poetas y de los inmigrantes.  Y he aquí un ejemplo de lo que precisamente estaba argumentando. Quod era demostrandum.

 

 

 

 

 

 

Con papel de fumar

No cabe duda: vivimos un tiempo extraño.  No sé si es el mejor de los tiempos, no sé si es el peor de los tiempos, tomando palabras prestadas de Dickens.

 

En español castizo existe esta expresión un poco escatológica y cuasi soez: cogérsela con papel de fumar.  Alude a actitudes excesivamente pulcras, puristas, remilgadas, puntillosas, legalistas, pseudopuritanas...  

 

En este mundo digital (o no) del insulto instantáneo y de la reivindicación hiperbólica la primera baja ha sido el humor.  La irreverencia es políticamente incorrecta.  No se puede uno reír ni de su propia sombra.  Si bien es cierto que muchos chistes y expresiones partían de una situación pretérita, cargada de estereotipos rancios, que los cambios sociales han ido dejando atrás.  Los humoristas tienen que hacer un esfuerzo triple para buscar motivos de risa que no atenten contra ningún colectivo.  Todo el mundo quiere respeto, pero el respeto cuesta, como decían de la fama en Fama.  Lo que cuesta es que si no quieres que se rían de ti, pues no puedes reírte de nadie y, ya puestos, de nada.  

 

Esta búsqueda incansable de la comodidad y de la dignidad puede llevarnos a lugares insospechados.  Ahí están los que se molestan porque la gente hable como le han enseñado sus madres (de ahí lo de lengua materna) sea un idioma de los varios que se hablan en un país o un dialecto, que es una forma como cualquier otra de hablar una misma lengua.  

 

Hace poco vi una magistral película, Roma, de Alfonso Cuarón.  A mucha gente no le ha gustado y puede que lleven razón desde su punto de vista.  Quizá le sobren diez o quince o treinta minutos, sobre todo al principio.  No está el tiempo para derrocharlo viendo el agua de fregar (por poner el ejemplo de la toma inicial) yéndose por un sumidero, como nuestro propio tiempo.  Gustos aparte, lo interesante es que en cierta plataforma de vídeo y en algunos cines se ha presentado subtitulada en español "¡de España!".  Cuando la vi on line, no se me pasó por la cabeza que esa película necesitara subtítulos: hablaban en mexicano y si entendimos a inentendible Cantinflas, por qué no vamos a entender a gente normal de los años sesenta.  Antes debieran subtitular a algunos actores patrios que vocalizan deficientemente y que están sonorizados a veces de forma no completamente satisfactoria.

 

Y no es que yo esté en contra de la mejoras.  Lo que vengo a decir hoy es que sólo vamos a querer ver y oír lo que nos resulte más fácil y conforme a nuestros parámetros e imaginarios.  Sólo vamos a poder comer caviar en un cruasán de importación, regado con agua de las islas Fidji.

 

 

 

 

 

Un adjetivo para la violencia

En el BOE se ha instalado la expresión "violencia de género" y ya va a costar mucho trabajo cambiarla.  Los filólogos advertíamos hace tiempo que el género es un concepto gramatical, que no hay que confundir con el sexo.  La mesa es femenino, pero no hembra.  El crisantemo es masculino, pero no macho.  La auténtica violencia de género consistiría en decir, por ejemplo, "el cuchara" o "la tenedor".   Pero, como digo, esta batalla está perdida.

 

Ahora que ciertos sectores políticos y sociales están poniendo en tela de juicio la efectividad, legalidad y conveniencia de esta ley, cabe preguntarse si no hubiera sido mejor llamarla como algunos queríamos: violencia machista.  De este modo no cabría ninguna duda de a qué estamos refiriéndonos.  Incluiría así ataques en manada y demás violaciones y asesinatos cometidos por hombres contra mujeres, aprovechando la fuerza física o numérica.  Llamarlo doméstica o familiar sería otra opción, pero quedarían libres los asaltos callejeros o laborales.

 

Dejo para otros/as los análisis numéricos sobre cuántos asesinatos cometen las mujeres, los ancianos/as o los niños/as contra hombres, niños y ancianos.  Pero con los números, como con las palabras, también se puede mentir, dar a entender, tergiversar...  Hay que prestar atención, que el patio se está llenando con una legión de trileros vendedores de humo, himnos y rabia.

 

 

 

 

En caso de despresurización...

Una de las instrucciones de seguridad que se dan en los aviones siempre me pareció un poco extraña.  Normalmente va acompañada de un vídeo una animación en la que se ve a una madre con su hijo/a.  El texto viene a decir que la madre debe colocarse su mascarilla de oxígeno antes de ponérsela a su vástago.  En esos momentos siempre me imagino los instintos maternales saltando y mandando un mensaje, algo así como: "Ja, que te lo has creído.  Yo aguanto la respiración un ratito y le pongo la mascarilla antes a mi hijo.  ¿Qué tipo de inahumanos desaprensivos son estos técnicos en seguridad?".  La verdad es que la razón para dar esa recomendación contra natura es obvia: si te asfixias tú, no podrás ponerle la mascarilla a tu hijo, ergo ambos moriréis. 

 

Este es un asunto ético-pragmático que se puede extender a las religiones.  Algún que otro clérigo cristiano airado (desconocedor contumaz de otros credos) va por ahí predicando en YouTube que el budismo y todas esas creencias orientalizantes son egoístas porque anteponen la salvación o iluminación propias a las de los semejantes.  Lo primero que parece desconocer este hombre de Dios es que el propio cristianismo es una religión oriental que se coló en el sistema límbico del imperio y triunfó, una vez despojada de judaísmo por el caedizo Saúl de Tarso.  Después olvida que Buda, una vez conseguida la iluminación, se dedicó a procurársela a los demás.  ¿Cómo iba a hacerlo si no la había experimentado él mismo en sus, por entonces, escasas carnes?  Y lo mismo hizo el propio san Pablo, que primero vio la luz desde las patas de su caballo y luego intentó difundirla entre los demás a base de viajes y epístolas (palabras viajeras).  Y qué decir de nuestros místicos, que se encerraban en celdas en noches oscuras y a base de penitencias y oraciones veían a Dios y se quedaban "entre las azucenas olvidado"(s).  Más tarde, ya repuestos del éxtasis, se tiraban a la calle y a los pucheros de la monjas (Santa Teresa dixit) a proponer sus técnicas e ideas para mejorar la Iglesia y el mundo, con el consiguiente mosqueo de la Iglesia, que en el caso de San Juan de la Cruz, le costó la cárcel.

 

En otras palabras, todos estos líderes religiosos primero se pusieron la mascarilla y luego se la intentaron poner a los demás, sin que nadie los tildara de egoístas.

 

En su libro Preguntas a un maestro zen, Taisen Deshimaru lo explica mejor que yo:

"PREGUNTA:

¿No es egoísta la búsqueda personal de la liberación comparada con la búsqueda de la liberación colectiva?

RESPUESTA:

Las dos son necesarias.  Si no puedo resolver mi problema, no puedo ayudar a los demás a resolver los suyos.  (...)

Los occidentales siempre quieren ayudar a los demás.  Los católicos también quieren ayudar a los demás para su propia salvación, para su propio bien.  El Mahayana también quiere ayudar a los demás, pero antes debemos comprendernos a nosotros mismos".

 

 

 

 

El año que vi las ballenas

Fotograma del vídeo en el que capté la salida a la superficie de la ballena de Minke.
Fotograma del vídeo en el que capté la salida a la superficie de la ballena de Minke.

El año que vi las ballenas ha sido este, el que está a punto de acabar.

 

Han pasado más cosas, casi todas buenas y un par (o tres) de ellas menos buenas.  Estas, como han ocurrido en el ámbito privado y en el último cuarto, como dicen en el baloncesto, pues me las guardo en la baúl de los esfuerzos.

 

Este verano (lo aludí en otro texto) fuimos a Hokaido, para huir del cargante calor que ha hecho este año en Osaka.  Durante la estancia en Abashiri, a orillas del mar de Ojostsk, cogimos un par de veces un barquito que lleva a ver cetáceos.  Después de casi una hora alejándonos de la costa, el capitán dijo algo y viramos bruscamente hacia estribor (¿o era a babor?).  Pero no había ballenas: eran delfines del Pacífico, blancos y negros como las orcas.  Un grupo de unos veinte saltaba a lo lejos.  El capitán fue haciendo maniobras hasta que los tuvimos delante de la proa y, a veces, debajo de la quilla.  Un rato más tarde de nuevo giramos y aceleramos.  Y de nuevo los delfines.  Supongo que eran los mismos que andaban circulando por la zona.  Pasaron los minutos y el capitán puso rumbo al este, hacia los majestuosos volcanes de la península de Shiretoko (nombre ainu que significa "fin de la tierra").  Entonces, a unos veinte metros a las dos (es decir a mano derecha delante del barco) vimos salir un chorro de aire y agua, enseguida, un lomo gris oscuro casi negro y por último una aleta, pequeña en comparación con el resto del cuerpo.  Era una pareja de ballenas de Minke, un tipo de rorcual (balaenoptera acutorostrata) muy extendido por todo el hemisferio norte.  Parece que hay incluso hay en el mar de Alborán y alrededores.  No hubo saltos espectaculares, ni tocamos el lomo, ni nada de eso que se ve en los documentales que usamos como somníferos en la siesta.  La naturaleza es más conmovedora y menos espectacular.

 

Para un poeta procetácico como yo, fue un momento emotivo que hubiera sido casi imposible vivir sin la persona que me llevó tan lejos, al fin del mundo, donde los volcanes vigilan témpanos de hielo a la deriva.  Ojalá 2019 empiece mejor que está terminando 2018 y podamos volver a ver brillar el lomo de las ballenas en el mar de Ojotsk.

 

 

 

 

 

Dos sutiles menosprecios

En este día tan señalado, me ha dado por informarme (una vez más) sobre Jesús de Nazaret.  No voy a meterme aquí a resumir la casual coincidencia de este nacimiento con el solsticio de invierno o con la fiesta romana del Sol Invictus (propuesta arbitrariamente como Navidad por el papa Julio I el año 335).  Lo que me ha llamado la atención es el apelativo de "nazareno", que ha llevado a casi todos los historiadores a pensar que el futuro Cristo no nació en Belén, sino en Nazaret, como su nombre indica.  Lo de Belén, al parecer, fue una adenda de Lucas y Mateo para justificar cierto pasaje del Antiguo Testamento, en el que se especificaba que ese pueblo cercano a Jerusalén (cuna también del rey David) sería el lugar de nacimiento del mesías.  Lo interesante del asunto es que "nazareno" era una especie de mote despectivo de los propios judíos, porque Nazaret era un pueblo de mala muerte que no conocía ni Dios (válgaseme la hipérbole semiherética).  De hecho no lo cita ninguna fuente romana ni judía en los primeros siglos del cristianismo.  Pongamos que "nazareno" era un híbrido entre lepero y concejal de Cuenca.  Por eso cuando fueron a crucificar a Jesús le colocaron ese cartel humillante en el que se reían (para más inri y de una vez) de su origen y de sus pretensiones: Jesús Nazareno Rey de los Judíos.

 

Este cachondeo sacrílego me ha recordado otro que mucha gente desconoce y que explico a la primera de cambio en mis clases.  El ingenioso hidalgo Alonso Quijano era de la Mancha, como quien dice de un lugar aburrido, polvoriento y vulgar del que no puede salir el protagonista de ninguna novela, menos de una de caballeros y aventuras fantásticas.  El humor cervantino, tan sutil, tan poco español, comienza en el título, antes de empezar a leer propiamente la obra. Y luego don Miguel se dedica a contarnos la dieta y armario del caballero, datos banales y antiheroicos con los que se pitorrea ampliamente de las genealogías de los héroes medievales y antiguos, nacidos muchos de ellos junto a caudalosos ríos, no en eriales resecos donde-nunca-pasa-nada.

 

A los modernistas les pasó algo parecido con su mote, pero esa ya es otra historia que dejaremos para, por ejemplo, el cumpleaños de Rubén Darío o el de Salvador Rueda.

 

 

 

 

 

 

El retorno del sentido común

No es la primera vez que hablo de esto, pero ahora quiero relacionarlo con dos noticias/hechos más o menos recientes.

 

El primero es el fallecimiento de uno de mis maestros, el dramaturgo universal Miguel Romero Esteo.  Pocas veces se tiene la oportunidad de conocer en persona a alguien que cuadre con la categoría de genio.  "Genial" es una adjetivo que no me gusta demasiado.  Es una hipérbole devaluada que se aplica a cualquier tontería:

 

--He pensado que mejor vamos a este otro bar, que ponen dos tapas por una.

--Genial.

 

Menos veces se tiene la suerte de que el genio te dé clases y muchas menos de que te invite a copas, al cine o al teatro, en compañía de otros compañeros y compañeras de facultad, tan afortunados como tú.

 

En una de sus magistrales lecciones semi-improvisadas estaba argumentando algo sobre sociología de la literatura y un alumno (de cuyo nombre no debo acordarme) le replicó que aquello no era "de sentido común".  Ahí fue Troya.  Miguel montó en cólera y empezó a despotricar del sentido común, entendido como una forma de pensamiento plana, anti-intelectual, cutre, fascista y no sé qué más ("cuñada" la llamaríamos hoy).  Aquel alumno no volvió por clase.  De vez en cuando Miguel preguntaba en medio de una explicación: "¿Dónde está el muchachito del sentido común?".  Nunca más se supo.  Quizá otro día me anime y cuente más cosas del gran Miguel.  Sólo diré que, como su tocayo (Unamuno), sin duda fue un "excitator", pero no "Hispaniae", sino "discipulorum".

 

Esta anécdota me resonó en la cabeza el día que se ofrecieron los resultados de las elecciones andaluzas del pasado 2 de diciembre (y aquí va el segundo hecho que anuncié en el primer párrafo).  Uno de los partidos, hasta entonces ninguneado por las encuestas que analizan el sentido común de las gentes, empezó a hacerse un hueco en redes y medios y... allí estaba: el retorno del sentido común.

 

No es de sentido común, dicen ellos, que se den casas y ayudas a los inmigrantes y los españoles no tengan nada.  No es de sentido común, dicen ellos, que se paguen operaciones no vitales y se posterguen las necesarias.  No es de sentido común, dicen ellos, que se defienda a la mujer a toda costa, si las mujeres también pueden estar al borde de un ataque de nervios y matar a sus maridos (de vez en cuando).  

 

No me voy a poner aquí a rebatir estos puntos programáticos.  Este nunca ha sido un blog de política.  Sólo diré que el sentido común nos enseña que el sol "sale" por el este y que la Tierra está quieta, mientras todo el firmamento gira a su alrededor.  Es el sentido común el que proclama que para viajar de Málaga a Osaka el camino más corto es pasando por Italia, Turquía, Irán y China, cuando para ir hacia el este lo más corto es volar hacia el norte, porque vivimos en una esfera, no en un plano.  Es el sentido común el que animó el odio de los nazis hacia el arte "degenerado" (Entartete Kunst): Picasso, Van Gogh, Matisse, Kandinsky, Munch, Klee (mi amado Klee) y todo el jazz (negro), por supuesto...  Imagino a Goebbels recriminando a Picasso la posición de los ojos en la cara, mientras sus correligionarios daban a la palanca del gas zyclon y se cerraban los de quienes estaban en Treblinka.

 

Sí, el sentido común está de vuelta y parece que (lo siento, Oscar Wilde) ya no es el menos común de los sentidos.  Malos tiempos para los pensadores autónomos, las cuestionadoras de toda índole, los meticulosos del razonamiento, las partidarias del sentido propio.  Una gran brocha gorda nos barrerá y empujará hacia la nueva ágora, donde vociferan las grandes mentes de la actualidad: la barra del bar.

 

 

 

 

Palos y astillas

Circula por las redes sociales un vídeo en el que se ve a una niña de espaldas andando por el borde de la carretera.  La toma se hace desde un coche en marcha que va unos cuantos metros detrás.  El móvil que graba lo sostiene el padre, a quien se oye explicar lo que está pasando.  La niña de diez años que camina ocho kilómetros a cuatro grados de temperatura es su hija.  Ha sido expulsada del autobús escolar por acosar a otra alumna.  El padre ha decidido que el castigo para esta actitud debe consistir en ir andando, en lugar de llevarla él en el coche.  Hay otro caso parecido de otro padre con su hijo de diez años corriendo bajo la lluvia.

 

El vídeo ha corrido como la pólvora y ha recibido el beneplácito y aplauso de miles, de cientos de miles de progenitores, alumnado, profesorado y gente ajena a este asunto tan controvertido de la educación.

 

La primera vez que lo vi, me sentí perplejo.  Lo primero que no entendía era por qué un padre grababa la humillación de su hija y la subía a internet.  Luego no entendí la casi unanimidad del público que consideraba la medida acertada.  Por último, no entendí la medida en sí misma.

 

Existen muchas otras posibilidades educativas distintas de esta especie de ley del talión ("si esa niña acosada no puede en ir en transporte por tu culpa, tú tampoco irás"), que en este caso presenta el agravante de ser aplicada a una menor, quien todavía no ha desarrollado plenamente su capacidad de autocontrol (inhibición cortical la llaman los neuropsicólogos).  Si la educación consistiera simplemente en castigar, cualquiera podría ser educador/a, no existirían estudios, facultades, doctorados...  Con un buen látigo, un cuñado en la barra de un bar, una regla o una caja de insultos y menosprecios estaríamos servidos.  Pero no crean que soy un ingenuo.  Llevo veinte años trabajando como jefe de estudios y las actitudes negativas/disruptivas hay que cortarlas lo antes posible (sobre todo el acoso), pero también he comprobado demasiadas veces la inutilidad del castigo, incluso su carácter contraproducente. No voy a ponerme aquí a explicar esas mil maneras que existen de educar; me vale con una: el ejemplo.  Y así enlazo con lo que pienso que es el meollo de la noticia: si un padre puede llegar a ser cruel con su hija (4 grados de temperatura durante un periodo largo puede suponer un riesgo para la salud de una menor), no debe extrañarnos que ésta lo sea con su compañeras.  Es de libro: el acoso como transmisión de violencia.

 

Ignoro si el castigo se levantó dos kilómetros o dos días más allá de la grabación.  Lo mismo este señor se las quiso dar de justiciero ejemplarizante y luego es un cachopán. Cualquiera sabe.  Cosas más falsas se han visto.

 

 

 

 

Beso y lucha en una esquina

Quienes viven en Málaga y alrededores quizá conozcan la noticia.  El gran pintor y dibujante, mi tocayo Ángel Idígoras pintó en la esquina de un derribo de la ciudad una versión espectacualar de la famosa foto del beso de Robert Doisneau.  Lo completó con un verso del Nobel Vicente Aleixandre: "la memoria de un hombre está en sus besos".  Al poco tiempo alguien apostilló con una pintada en la que preguntaba sobre los besos de las mujeres.  Y culminó su intervención escribiendo "machirulo" junto a la firma del dibujante.  Hasta aquí, los datos.  

 

Ahora viene la polémica, que, como dijo Heráclito, es el padre (no la madre) de todas las cosas.  Cierto sector de las feministas defienden la idea de que se hagan pintadas sobre las pintadas.  Este es un país libre petado de artistas, opinadores y opinadoras.  También han afeado a los hombres que salieran en tromba en defensa de un macho (un machista, según ellas).  Los defensores y defensoras (que las hubo y hay) de la magnífica pintura (ya desaparecida por el afán despolemizador del autor, que la borró días después) hablan de falta de respeto a la cultura (sin duda la pintura lo era y con mayúsculas) y de ignorancia contextualizadora con respecto al verso del poeta.

 

Y ahí va mi opinión.  Bueno, la acabo de dar en la segunda parte del párrafo anterior.  Por lo que conozco de Ángel personalmente y por el resto de su obra no me cabe la menor duda de su compromiso con los derechos de las mujeres.  El mero hecho de que haya borrado él mismo su obra para evitar el conflicto dice mucho más que cualquier disquisición culturalista o historicista.  El conflicto no es malo en sí (a veces, incluso, es necesario), pero el hiperpolemismo que respiramos en este país de caínes machadianos y abeles unamunianos debería ser sopesado para no acabe siendo una cansina e inútil letanía de rabias, cabreos y lamentos. 

 

 

 

Los tejados azules de Takatsuki

Luna sobre la península de Shiretoko desde el mar de Ojotsk.
Luna sobre la península de Shiretoko desde el mar de Ojotsk.

Cuando llegué a Japón a mediados de julio pude ver desde el monorraíl elevado los tejados azules del norte de Osaka.  No se trata de una cerámica especial, ni de un rasgo de arquitectura popular, sino de unos toldos de plástico que se colocan sobre las casas que han perdido parte de sus tejas tras un terremoto.  Razones económicas aparte, entiendo que no se dieron prisa en cambiar las tejas porque se esperaban nuevas réplicas.  El paisaje resultaba especialmente inquietante en la localidad de Takatsuki, a medio camino entre Osaka y Kioto.

 

Este verano ha sido (y está siendo) muy intenso en desgracias para aquel país al que tantas cosas y personas me unen.  Tras el terremoto de junio ha seguido una ola de calor como las que no se recuerdan en muchos años.  La hemos vivido a pie y en bicicleta, por la mañana y la noche, y he sufrido algún que otro desvanecimiento que por poco me lleva al suelo.  Luego llegaron los tifones (consecuencias de la excesiva evaporación que acarrean las altas temperaturas) de los que solo viví uno de los más débiles.  Otro me cogió en la fresca y acogedora isla de Hokaido.  El último llegó a Minoh justo dos días después de mi partida.  La pista del aeropuerto del que salí quedó totalmente inundada por el oleaje.  Para culminar la cadena de desastres naturales, a los pocos días otro fuerte seísmo sacudió precisamente Hokaido.

 

Como ya conté cuando el terremoto y tsunami de marzo de 2011, el comportamiento ciudadano ha sido ejemplar, sereno, cívico, responsable...  Y en lo tocante a la parte de mi familia allí residente (que es el 50%), ha demostrado una entereza y valentía de la que me siento verdaderamente orgulloso.

 

Pero, claro, no resulta muy "japonés", ponerse aquí a lamentarse y clamar a los cielos por tantas desgracias, de modo que, al igual que hacen ellos, me repongo, rectifico el tono y les digo que, a pesar de esos pesares, merece la "pena" ir a Japón.  Son demasiadas las razones para enumerarlas aquí.  Quienes siguen este blog las conocen.  Hokaido, por ejemplo, es una joya para los amantes de la gastronomía, la tranquilidad y la naturaleza.  En el mar de Ojotsk hemos visto delfines, ballenas, osas cazando salmones junto a sus crías, cataratas de aguas termales cayendo desde los acantilados volcánicos de la península de Shiretoko, zorros cruzando pasos de cebra en Utoro, un museo de los pueblos del norte, esas gentes que viven en el extremo de la habitabilidad y que comparten, a pesar de las fronteras modernas, costumbres, mitos, artesanía y alimentos.

 

 

En un post anterior dije que no iba a hablar más de Japón y al final me he autoconvertido en agente turístico.  Ya no prometo nada más.  Lo prometo.

 

 

 

 

Personas que no tienen que venir a Japón

-Quienes crean que lo contrario de la ineficacia es la seriedad y la antipatía.

-Quienes odien comer carne, frutas y verduras de calidad.

-Quienes no sepan manejar los palillos.

-Quienes crean que van a encontrar robots por todas partes.

-Quienes amen los bares y restaurantes ruidosos, aunque, si se lo proponen, también pueden encontrarlos.

-Quienes odien la comida barata pero de calidad.

-Quienes estén en contra de que el servicio al cliente sea una prioridad total y absoluta en cualquier tipo de negocio cara al público.

-Quienes piensen que solo van a comer sushi.

-Quienes odien que los trenes, los autobuses y las calles estén siempre limpios.

-Quienes odien las cigarras en verano, los cerezos en flor en primavera y los arces rojos en otoño.

-Quienes consideren estúpido que los empleados de un banco cuiden las plantas que hay en los arriates que rodean la sucursal.

-Quienes crean que las telarañas son un síntoma de suciedad en lugar de un modo de dejar a la naturaleza autorregularse.

-Quienes piensen que los jóvenes japoneses están encerrados en sus casas videojugando y pidiendo pizza con una app.

-Quienes piensen que los deseos personales son más importantes que el respeto a los demás y la convivencia.

-Quienes odien que te agradezcan todo lo que haces.

-Quienes piensen que los japoneses son fríos y distantes porque no se abrazan en público.

-Quienes odien que en Osaka se puedan pedir por teléfono paellas mejores que las que se comen en muchos restaurantes de la madre patria.

-Quienes tengan el ego hipertrofiado.

-Quienes piensen que las papeleras son el único medio para mantener limpias las ciudades.

-Quienes odien que los trenes y los autobuses siempre lleguen a tiempo.

-Quienes odien que en las puertas de todas las casas y edificios haya flores o bonsáis.

-Quienes odien las bicicletas.

-Quienes amen la estridencia gratuita.

 

-Quienes crean que van a toparse por la calle con personajes de manga, samuráis y ninjas.  Geishas sí podrán ver en algunas zonas de Kioto.

-Quienes odien que se reverencie, respete y tema a la naturaleza.

 

NOTA: Empecé a escribir este post en Japón, de ahí los de "venir" en lugar de "ir".

 

 

 

Parábola del paramecio

Me imagino a mí mismo ante un ventanal. Veo un bosque con un río rumoroso, o una ciudad, o un digno desierto sin fin, quizá, no importa para este cuento.  Miro hacia abajo y hay un microscopio.  Alguien ha preparado un cultivo.  Acerco mi ojo derecho y observo multiplicidad de formas en una incesante orgía entrópica, comiéndose o evitándose las unas a las otras.  El espectáculo me causa vértigo y tengo que apartar la vista.

 

Esto es más o menos lo que se ve de España desde lejos: un pequeño pedazo del mundo agitado, convulso, caótico y, en cierto sentido, divertido.  Pero aquí no acaba la parábola.  Miro hacia arriba y observo que alguien me está observando tras una gran lente de aumento, porque yo soy uno de esos paramecios que eventualmente soñó que había salido del cultivo y era un poeta bloguero en oriente, aséptico y cosmopolita.  El pobre.

 

 

 

Insistencia

Seré breve.  En el país de la sutileza, del haiku y la cortesía no cuadra que venga un gaijin, un extranjero, un guiri calvo como yo a dar la tabarra con Japón.

 

Me imagino a muchas y muchos de ustedes cada vez que saco alguna entrada sobre este país: "Ya está el pesado este con su niponfilia, que si los japoneses son así, que si son asao, que si son crudos, que si allí todo funciona muy bien, que si los ninjas dan saltos espectaculares, que si el sushi, que si la puntualidad de los trenes que si la educación y la eficacia...  Qué pesado.  Pues aquí también se vive muy bien, con nuestra paella, nuestros bomberos toreros y nuestros políticos que no iban mucho a clase".

 

Así que, invirtiendo la frase publicitaria de un seguro, diré: "Permítanme que no insista".  Sé que otros y otras no estarán de acuerdo con esta decisión.  Lo siento.  No querría pecar de pesado y resultar contraproducente.  No quiero decir con esto que no vaya a volver a hablar de Japón, porque va a resultar casi imposible.  Mientras tanto me limitaré a subir algunas fotos de vez en cuando y a repetir, como en el viejo romance del conde Arnaldos, "yo no digo mi canción / sino a quien conmigo va".

 

 

 

Zen y hostelería

Ayer por la tarde decidimos entrar en un minúsculo local del barrio para huir de la ola de calor.  Se trata de apenas una barra con diez o doce taburetes.  La decoración es escasa: una postal de París y una torre Eiffel a su lado.  La música de jazz y el aire acondicionado provocaban una cambio brutal con el exterior.  En dos pasos parecía que habíamos entrado en el mismísimo cielo.  La carta también era escueta.  Pedimos un café con hielo y un ginger-ale.  La camarera, cocinera y (supongo) dueña se dispuso a hacer el café.  Sacó un paquete de grano, midió la cantidad y la insertó en una maquina para molerlo.  Puso agua a calentar en una cafetera.  Dispuso un filtro de papel en una cafetera de cristal.  Con un poco de agua caliente la lavó por dentro.  Luego comenzó a verter el agua con parsimonia, como haciendo dibujos concéntricos sobre el café molido. Creo que estaba distribuyendo el agua para que cogiera el sabor de todo el café depositado.  Por último, lo echó todo en un vaso con hielo y lo acompañó con dos pequeñas jarritas, poco más que que un dedal, una con leche y otra con sirope transparente.  Total, casi diez minutos para completar el proceso de hacer un café.

 

Muchas veces leo por ahí que el zen, tan conocido fuera de Japón por intelectuales y artistas desde los años sesenta sobre todo, no es seguido por gran parte de la población.  Hay más creyentes de otras ramas del budismo, como la Tierra Pura o Nichiren.  Dejemos de lado el extraño porcentaje según el cual aproximadamente el 80% de los japoneses se considera sintoísta, el 70 %, budista y el 10%, no creyente.  El asunto es que el zen ha infundido en la manera de estar y de trabajar de los japoneses.  No soy el primero que lo dice.  Ahí está el libro de Suzuki, El zen y la cultura japonesa.  De todo lo que supone el zen, en esta ocasión se aprecia claramente la concentración en las tareas cotidianas, en el aquí y ahora, del que tanto habla el famoso mindfulness.  Reza una parábola zen (cito de memoria) que un estudiante iba buscando a un gran maestro en cierto templo perdido en los bosques.  De camino encontró a un viejo cortando leña.  Le preguntó por el maestro y este le respondió: "Mira mi hacha, ¡qué afilada está!"  Y lo amenazó como para agredirlo.  El muchacho salió por piernas y llegó por fin al monasterio.  Preguntó por el gran maestro zen y alguien le dijo: "Está en el campo cortando leña".  Lo que estaba haciendo en ese momento era lo más importante para él y quiso enseñarle, a la manera brusca del zen antiguo, que todo lo demás carecía de importancia.  Otro maestro decía cuando le preguntaban por la sabiduría zen: "Cuando tengo que comer como; cuando tengo que dormir, duermo".  A lo que se podría añadir: "Cuando hay que hacer un café café, se hace".

 

 

 

 

Cuestión de perspectiva

Cuando uno está lejos del objeto pasa como cuando está demasiado cerca.  Pongamos por caso "Las meninas": si te pones a verlas a un centímetro del lienzo no apreciarás la grandeza de Velázquez.  Si la ves desde lo alto de una noria un día nublado, pues tampoco.

 

Ahora que estoy lejos, el ruido que llega de la madre patria se oye distinto, como tamizado.  Y eso que lo hace con más nitidez que antes, vía internet: el prior falangista, la bebedora de leche cruda, el avión fiestero del presi, el atropellador de cruces, los abusos machistas...  La distancia sirve para filtrar un poco el grano de la paja y las vigas.  Incluso ha habido una frecuencia del ruido ibérico que provenía, precisamente, de aquí cerca de donde estoy escribiendo, de las botas con la bandera de España que se enfundó Iniesta en un partido en Kobe.

 

Y por otro lado, está James Rhodes, el pianista hispanófilo, que presenta "este país" (o sea, aquel) como un paraíso que no reconozco. Alaba a las señoras que hacen torrijas, las croquetas, a la gente esperando el semáforo en verde... en las antípodas de Max Estrella.

Quizá, como en aquel cuento de Borges, todo consista en ir al quinto infierno para buscar un tesoro y que, cuando llegues, alguien te diga que el tesoro está enterrado en el patio de tu casa.  Ese cuento, por cierto, quizá se lo pueda aplicar el mismo Rhodes, que echa pestes del Brexit y de un Londres orwelliano y triste.  

 

Hace años la sonda Cassini hizo una foto de la Tierra a 1400 millones de kilómetros, entre los inmensos anillos de Saturno.  ¡Qué ínfima mota de polvo! ¡Qué minúsculo Alejandro Magno! ¡Qué rifirrafe la Segunda Guerra Mundial! ¡Qué escuchimizado el increíble Hulk! ¡Qué risa ese mosquito que no te deja dormir hace semanas!

 

 

 

Konnichiwa

Ayer, a pesar de la alerta por altas temperaturas, iba yo por una calle de Minoo (Osaka) justo después del almuerzo. En la misma acera, en sentido contrario y cuesta arriba, venía una niña de unos cinco años, con su gorro de ala ancha y su mochila de colores.  Al verla pensé que podría resultar idónea como una de las imágenes con las que ilustran las guías de viaje o las páginas web sobre Japón.  Cuando nos íbamos acercando noté que la pequeña desviaba un poco su dirección como acercándose a mí.  Temí por un momento que estuviera sintiéndose mal por el calor sofocante y perdiera el equilibrio,  pero al estar a mi altura se detiene, se gira, me mira, me sonríe y dice "Konnichiwa". Le respondí con la misma palabra y siguió su camino cuesta arriba, bajo el sol implacable de la tres de la tarde.

 

Eso es todo, algo así como un haiku.

 

 

 

 

Filosofía en la ESO

Hace tiempo que se oyen voces que apuestan por insertar la filosofía en tempranas edades del sistema educativo.  A ver, no se trata de explicar el concepto de übermensch en sexto de primaria, ni el hilemorfismo aristotélico en cuarto, sino de enseñar a pensar y de familiarizar al alumnado con algunos conceptos básicos, por lo menos de ética, para que empiecen a dejar de ser meras máquinas de masticar y vomitar contenidos.  

 

Viene esto a cuento de una anécdota que viví hace unos días.  En medio de jefatura de estudios, en el transcurso una conversación con alumnos de 2º de ESO (12-13 años aprox.) acerca de algún conflicto de los muchos que hay en un centro con 800 alumnos y 75 profesores, una profesora dijo que eso "no era normal".   Uno de aquellos chavales interpeló con algo así como: "Pero el filósofo Focul dice que no hay nada normal".  Yo estaba en una mesa contigua trabajando y oí la frase de lejos.  No me lo podía creer.  Intervine: "¿Tú te refieres al filósofo francés Michel Foucault?".  "Sí, ese, es que no sé decirlo bien", me respondió el alumno.  Me quedé pasmado, como quizá se habrán quedado ustedes al leer esto. 

 

Más tarde indagué por ahí y di con el responsable indirecto de este excelente incidente.  Fue un profesor (tan alopécico como el filósofo francés) el que les comentó durante alguna conversación que el concepto de normalidad es relativo, que el tiempo pasa, que las normalidades mutan y que buscaran en la Wikipedia a Foucault.  Ignoro si el alumno en cuestión llegó a ampliar el tema, pero se quedó con la copla y la soltó a la primera de cambio, en medio de la jefatura de estudios.  Sócrates y Foucault tienen que estar desternillándose en su tumba.  Si eso no es educación, que venga Giner de los Ríos y lo vea. 

 

 

 

Impotencia

Mi caediza bicicleta en el barrio de casas antiguas de Minoh.
Mi caediza bicicleta en el barrio de casas antiguas de Minoh.

Hace unos días me levanté y vi que tenía mensajes desde Japón.  Un terremoto de fuera 6-bajo había sacudido varias localidades de Osaka, sobre todo del norte (Toyonaka, Suita, Takatsuki...).  Como muchos sabrán, la mitad de mi familia vive precisamente allí, en la localidad de Minoh.  El edificio se zarandeó ostensiblemente y el frigorífico (que es enorme y se adhiere al suelo más de lo que quisiéramos cuando queremos moverlo para limpiar) se desplazó casi medio metro: un susto de los grandes.  La escala Shindo establece que el 6-bajo implica: dificultad para mantenerse en pie, desencaje de puertas correderas, caída de muebles, colapso de casas no resistentes, rotura de conducciones de gas, grietas y deslizamientos del terreno.

 

Como los mensajes que me mandaron ya avisaban de que no había habido daños (bueno, se cayó mi bicicleta nueva y unos libros de la estantería), me tranquilicé al mismo tiempo que me preocupaba.  Extraña sensación.  Lo malo era que se esperaban réplicas casi de la misma intensidad.  Las hubo, pero no alcanzaron el mismo nivel.  Al rato puse un aviso en Facebook para tranquilizar a los amigos.  Curiosamente muchos no sabían nada.  De hecho la noticia apareció más tarde, varios titulares debajo del ingreso en prisión de un ex-jugador de balonmano y otras cosas, como el omnipresente mundial de fútbol.  Pero el sentimiento que más me acosaba era el de impotencia, el de no poder hacer absolutamente nada por ayudar en esa situación, ni siquiera abrazar.  Es el mismo que sienten las personas que viven seísmos de ese tipo.  Salvo seguir las instrucciones de seguridad, nada se puede hacer; sólo queda esperar que pase.

 

Se me antoja que esta impotencia es casi un símbolo del ser humano ante el porvenir y las fuerzas de la naturaleza.  Los románticos lo intuyeron y por eso saboreaban las tormentas, los acantilados y las ruinas, todo aquello que les recordaba la vanidad de la existencia ante la grandeza del cosmos.  Quizá de ahí provenga el interés de los japoneses por destacar la eventualidad del nacimiento y muerte de las flores del cerezo o de la instantánea trascendencia del haiku.  Quizá por eso también el símbolo del país sea un crisantemo y un volcán, vida y muerte, pequeñez y grandeza.  

 

Hubo varios muertos en el terremoto de Osaka, entre ellos una niña de 9 años de Takatsuki, localidad donde tenemos unos amigos.  Hace apenas un mes estuve paseando por esas calles que aparecían con socavones y dormía en esa casa que se movía como una cuna espantosa.  Es el sino de aquel país colocado en una de las líneas de terremotos más activa del planeta. 

 

La situación me recordó el fatídico 11 de marzo de 2011, que me pilló allí, justo el día en que salía mi vuelo de vuelta.  Lo conté en este post: http://montecoronado.blogspot.com/2011/03/japon-japon.html.   Al igual que aquella vez, los japoneses han demostrado su civismo, abnegación y capacidad de trabajo. Circula por las redes la foto de un gran agujero en una carretera que fue reparado en menos de 72 horas.  La Universidad de Osaka informó por correo electrónico de que se suspendían las clases hasta que los técnicos revisaran el estado de los edificios.  Ayer empezaron de nuevo.  Fina contó con el apoyo de muchos amigos y compañeros japoneses que se ofrecieron para ayudarla inmediatamente. 

 

Así son las cosas.  Por suerte tengo previsto ir pronto para allá.  Voy a sacar la maleta.  Me resulta reconfortante verla en medio del salón, con las dos hojas abiertas, como queriendo dar un abrazo.

 

 

 

 

Élites y selectividad

El martes pasado acompañé a mis alumnas a selectividad.  En medio de la vorágine de risas nerviosas, una de ellas se me acercó y me mostró su camiseta, autodiseñada, en la que criticaba el valor intelectual de las pruebas (por delante) y los precios de tasas y matrículas (por detrás).  A los pocos días me escribió diciéndome que el asunto se le había ido de las manos.  Sus dos fotos con la camiseta (anverso y reverso), que había subido a Twitter, se habían convertido en trending topic o algo así y había tenido quince mil likes y no sé cuántos retuiteos y comentarios.  La cosa fue tan desmesurada que llamó la atención del Huffington Post y días después la invitaron a una entrevista radiofónica.

 

Como pasa con casi todo en este país, surgió la polémica: ¿Es verdaderamente elitista, como rezaba la camiseta, la educación en España?  ¿Hay becas suficientes y en cuantía suficiente para todos y todas? ¿Hay pobres que se gastan el dinero de las becas de sus hijos comprando móviles y viajes a Disney?  Etc.  No tengo datos fidedignos de fraudes becarios, ni de gente de clase media/baja que estudia o no estudia grados.  Lo que sí sé es que entre quienes se quedan por el camino son mayoría los hijos e hijas de familias desfavorecidas.  Eso lo puedo certificar en cualquier momento.  Y también tengo datos, con nombres y apellidos, de excelentes alumnos y alumnas, cuya continuidad en el sistema educativo superior está fuertemente amenazada por razones estrictamente económicas.

 

Sea como fuere, quienes hemos dado clase de esta alumna nos sentimos muy orgullosos/-as de que haya demostrado esa creatividad, valentía y empatía con los que menos tienen, porque lo que pedía no era estrictamente para ella, sino para gente que ella conoce.  En ese sentido ella sí ha entrado en la élite, en la de la buena gente. 

 

Y para colmo tuve el honor de dirigirla como actriz en el Secuestro en el Orient Express.  ¿Qué mayor recompensa podemos esperar los docentes?

 

 

 

El hombre que resucitó (a don Quijote)

Vale, el título es un poco retorcido, como la novela y la película.  Paso a explicarlo.

 

El quijotesco Terry Gillian, que tiene aspecto de Sancho Panza, se propuso hace años (lo recuerda ahora en los títulos de crédito iniciales) hacer esta película.  El actor que hacía de don Quijote (Jean Rochefort) enfermó, llovió a cántaros, diluvió durante el rodaje (también alude a eso),  pasaban aviones norteamericanos por el cielo, Johnny Depp, que hacía de Sancho (sí, se lo pueden creer), tenía que irse a hacer de pirata o de lo que fuera que hiciera en aquellos momentos... Total, un desastre descomunal. La ruina de la producción.  Pero Terry siguió en sus trece, se levantó de aquel testarazo contra los molinos del azar y perseveró y perseveró y al final, lo consiguió.  

 

El fruto de semejante testarudez es El hombre que mató a don Quijote y... bueno, veamos.  El mismo director lo advirtió: no se puede hacer una película de esa novela.  Imposible.  La genialidad de Cervantes no es fácilmente trasvasable al cine.  También lo supo Orson Welles y por eso quizá no la terminó.  Se ha hecho cosas para cine, televisión y dibujos... aburrimientos garantizados, meros traslados, homenajes carentes de gracia, chispa y profundidad.  A los clásicos hay que faltarles al respeto, por eso son clásicos, porque ellos lo hicieron (tranquilidad, que no voy a soltar aquí el rollo que suelto en las clases) y porque, si lo son, lo resisten.  

 

Así que Gilliam ha tirado por el camino de en medio y ha hecho una película metacinematográfica, arriesgada, valiente, irregular, no excesivamente graciosa y con algunas pinceladas discutibles de españolismo castizo (gitanos, flamenco, picoletos...).  Pero el resultado es encomiable, porque ha sabido que el Quijote no es una obra lineal sobre un amor platónico, ni un retrato de la sociedad del momento (que también lo es), sino una reflexión sobre el arte de narrar y sobre la relación que tiene esto con la mismísima vida.  Demasiado asunto quizá para una película, incluso para la mayoría de los libros.

 

Quienes quieran ver lo que escribió Cervantes tal cual, en orden cronológico en la pantalla, que se olviden.  Quienes quieran hartarse de reír con el autor Los caballeros de la mesa cuadrada, que no vayan.  Quienes quieran estremecerse reflexionando sobre el tiempo, o la alienación y sus entresijos como en 12 monos o Brazil, que se queden en casa.

 

Cuando he llegado a comprar las entradas la taquillera me ha dicho que el cine estaba vacío.  Fui a almorzar y cuando entré en la sala sólo había un señor regordete.  Ya estábamos los dos.  La película podía empezar.

 

 

  

 

Pelo y paz

A ver si no me sale una teoría muy disparatada: el pelo no contiene la fuerza, sino la tolerancia.

 

Veamos algunos casos.  El primero que me viene a la cabeza es el de Sansón.  Nada más conocer el traicionero rapado de Dalila, montó en cólera y demolió el palacio.  No perdió la fuerza, sino la capacidad de diálogo. Y lo del crecimiento súbito del pelo no se lo traga nadie.  A pesar de su brillante cráneo, Gandhi no fue ningún santo y se enfrentó concienzudamente a los ingleses, de buen rollo, pero sin dar un paso atrás.

 

Jesucristo llevaba el pelo largo (o eso nos han comunicado sus muchos pintores, que nunca lo vieron, pero lo intuyeron).  Buda lucía también una buena mata, con moño y todo.  Y por no hablar de los jipis o los skinheads, en las antípodas de la tolerancia y la intolerancia respectivamente. Todos recordamos aquella memorable escena de Hair, en la que, tras pasar por la barbería, el joven protagonista sube en formación al avión que que lo llevará a darle para el pelo a los charlies en el barro tropical.  Era la era de Acuario, que iba a venir con sus sirenas de largas cabelleras a traer la armonía a este mundo nuestro, el de Mr. Burns controlando centrales nucleares.  

 

Todo esto lo traigo a colación porque noto que cuanto menos pelo tengo, menos condescendiente me noto.  Puede que sea la edad.  Habría que investigar si mis hirsutos coetáneos son más empáticos que yo y mis coetáneos alopécicos.  

 

Yo antes no era así.  Tendré que comprarme una peluca.  Mientras me decido por algún modelo, espero que los lectores aporten ejemplos que contradigan esta extraña teoría y empiece a recuperar mi tradicional paciencia y empatía.  Peace and hair.

 

 

 

Escuela nocturna

Imagen de Pixabay
Imagen de Pixabay

Así se llama el libro que quiero recomendarles muy especialmente.  Lo leí a colación de otro del mismo Richard Wiseman, 59 segundos, que quizá reseñe otro día.  Escuela nocturna es casi un manual para dormir.  Está dividido en dos partes, que en inglés están claras y en español no tanto: el sueño y los sueños (to sleep y to dream).

 

En la primera hace un repaso a cientos de investigaciones realizadas a lo largo de los últimos cincuenta años y extrae sabrosos consejos.  Aparte de los ya consabidos de la temperatura, el ruido y la luz, para dormir bien recomienda cosas como estas.  

- Al parecer dormimos en "trozos" de 90 minutos.  De modo que si queremos levantarnos bien, tenemos que hacer coincidir el despertador con el final de uno de esos periodos.  Por ejemplo, si usted se levanta a las 7:00, duérmase a las 11:30 o a la 1:00.  Si lo hace a las 7:30, pues a las 12:00...

- Evite la luz en general a la hora de acostarse, sobre todo las azules de ordenadores o fluorescentes.

- Duerma siestas.  Una investigadora americana dice que no nos sintamos culpables por dormirlas, sino por no hacerlo.

- Estudie antes de dormir, así recordará mejor.

- Duerma junto al mar.

- Báñese antes de meterse en la cama.

- Ponga un poco de olor a lavanda en la almohada.

- Si no se puede dormir, propóngase no dormir en toda la noche.  Verá qué pronto se duerme.

 

Y como estos, muchos consejos más que pueden servirles a los que tengan cualquier tipo de trastorno del sueño.  Al parecer la falta de sueño está detrás de accidentes como el de Chernobil, el Exon Valdez o el Challenger, amén de depresiones, obesidad y bajo rendimiento académico.

 

Y sí, también habla de las erecciones nocturnas.  Y de mi amigo el jet-lag y de los sonámbulos (algunos casos son espectaculares, como el de una española que mandaba correos electrónicos dormida).  No se le escapa nada.  Y nada de agobiar a los adolescentes porque se levanten y acuesten tarde: es natural.  Lo antinatural es tenerlos a las 8:30 despejando ecuaciones cuando ellos todavía no están, ni por asomo, despejados.

 

Luego está el asunto de los sueños.  No esperen interpretaciones estúpidas del tipo "si sueñas con caballos, te va a tocar la lotería...".  Ni siquiera le hace mucho caso al famoso Freud, aunque le reconoce que inauguró en 1900 la interpretación científica de los sueños.  

 

El de los sueños es un mundo fascinante.  Propone soluciones para las pesadillas recurrentes y excesivas, para los terrores nocturnos infantiles y post-infantiles...

Dice Weisman que tenemos cinco sueños cada noche, pero que los olvidamos casi todos.  Los especialistas creen que las pesadillas son mecanismos del cerebro para ayudarnos a afrontar preocupaciones y temores cotidianos. Es decir, los sueños son "terapeutas nocturnos".

 

Hay personas que controlan y dirigen sus sueños y algunas consiguen adiestrar a los personajes que aparecen en ellos para inspirarse o aprender habilidades como esquiar.  Walter Scott resolvía las tramas de sus novelas mientras dormía.  Coleridge soñó 200 versos de un poema nuevo.  Lo mismo cuenta Stephen King.  Mary Shelley soñó Frankenstein y Stephanie Meyer, Crepúsculo. El mismísimo Paul McCartney se levantó tarareando "Yesterday".  Mendeléyev soñó la tabla periódica y Elias Howe vio en sueños la primera máquina de coser.

 

Ah, se me olvidaba: comer queso por la noche no provoca pesadillas.  Lo malo es que el estudio estaba patrocinado por el Consejo de Queso Británico.

 

Tendré como doscientas notas tomadas de este fascinante libro.  Les recomiendo que lo lean por la mañana.  Por la noche los puede enganchar y provocar lo contrario de lo que pregona.

 

 

 

La princesa Alice y el Gran Hermano

Imagen de Pixabay
Imagen de Pixabay

Tres psicólogos británicos hicieron el siguiente experimento con niños de 5 a 9 años.  Les pidieron que tiraran de espaldas bolas del velcro a una diana que había a unos metros.  La cosa era difícil.  Luego los separaron en dos grupos.  Al primero le pidieron que fueran entrando de uno en uno y lanzaran lo mejor posible.  Los pobres y las pobres, al percatarse de que  no daban una y viendo que estaban solos, se volvían sigilosamente y colocaban las bolas donde les parecía para conseguir más puntos.  Al segundo grupo le contaron que en una silla que había junto a la diana estaba sentada la invisible princesa Alice, que vigilaba por si alguno hacía trampas.  Sí, es lo que están pensando. Los niños del segundo grupo actuaron con un nivel de ética/moral intachable, temiendo el ojo invisible de la invisible princesa.  No faltó alguna que se fue hacia la silla y la palpó, para ver si en efecto había tal princesa en la silla.  Empiristas y materialistas, futuros filósofos.

 

La moraleja está bastante clara: la existencia de los dioses es un hecho eminentemente práctico, un rastro bastante claro de la psique infantil, de aquellos tiempos en que los padres controlan toda la vida de sus hijos.  Fue Voltaire quien lo intuyó: "Si Dios no existiera, sería necesario inventarlo".  Y tiene toda la guasa que el gran azote de la Iglesia sea precisamente quien lo diga.  La frase es, pues, ambigua.  Los creyentes ven en lo que demuestra el experimento británico una "razón para la fe" (gran paradoja donde las haya) y los ateos y agnósticos, precisamente lo contrario, que Dios es un invento y que se podrían hacer las cosas bien sin su necesidad.

 

Hace años en un libro de texto de Lengua encontré un reportaje sobre una monja española que prestaba sus servicios a las víctimas de aquella masacre de hutus y tutsis, que dejó en estado de shock a la opinión pública mundial.  En un momento la religiosa afirmaba que estaba allí por su fe y que no sabía por qué estaban allí las otras personas, que ayudaban, pero no la tenían.  Me pareció una duda curiosa.  

 

Sea el hombre un lobo para la mujer o un perfecto salvaje roussoniano, no creo que a estas alturas de la historia quepa duda de que pueda existir una ética y una moral laicas, como la que propuso Sócrates y, en cierto sentido, Buda.  Una ética en sí y por sí misma, sin premios ni castigos a posteriori, sin grandes hermanos ni princesas invisibles sentadas en sillas de jardines de infancia.

 

 

 

No

Desde hace mucho tiempo en las comunicaciones entre aviones y torres de control se han eliminado las negaciones.  Ningún controlador dice a una pilota (saludos a mi prima Inés): "No proceda a entrar en pista".  ¿Por qué? Porque si, por mano del diablo, se interrumpe la comunicación justo en el momento de decir "no" o "don´t", el avión se mete en pista y ya tenemos más boletos para la tragedia sin más rodeos, como ocurrió en el aeropuerto del mismo nombre.  Así que si el avión se tiene que estar quieto no le dice "No se mueva", sino "Quieto y parao donde estás".

 

En el famoso caso de la violación de los Sanfermines el asunto es en parte similar. 

No soy muy de unirme a hordas con antorchas que se  autoenardecen en las barras de los bares (virtuales o físicas), pero hay que ser muy parcial para, siendo juez, no entender que lo que pasó allí fue un acto no consentido.  Y aquí viene la RAE, la otras veces tan denostada RAE, a dejar las cosas bastante claritas haciendo, esta vez sí, honor a su lema ("Limpia, fija y da esplendor").  

 

"VIOLAR: Tener acceso carnal con alguien en contra de su voluntad o cuando se halla privado de sentido o discernimiento".

 

Pues eso, que no, que ni siquiera hace falta decir no.  Si no hay sí, es que no, no entren en pista.  Sin más rodeos.  Los jueces han caído en la trampa etimológica de que "violar" y "violencia" tienen el mismo origen latino.  De modo que habrán pensado que sin pistolas, bofetadas, navajas o mordazas, no hay violación.  Muchos han interpretado este matiz casi como una incitación a la provocación de violencia para conseguir la calificación de violación.  Abuso o muerte, no hay término medio.  ¡Pues no!

 

 

 

 

Milagro en el Orient Express

 

No sé por dónde empezar a hablar de lo que pasó ayer en el estreno de Secuestro en el Orient Express.

 

Lo primero es lo primero: me dio la impresión de que fue un éxito de público.  De crítica no sé, porque no vinieron los medios (ni se les esperaba, por suerte).  Era una fecha mala y mucha gente estaba ocupada en viajes, enfermedades y espectáculos alternativos varios.   No importa.  Intentaremos hacerla otra vez y, además, está grabada en vídeo por si las moscas.

 

Lo segundo en realidad es lo primero: la valía, la entereza, el entusiasmo, la simpatía, la entrega, la humanidad y la calidad interpretativa de las alumnas y alumnos.  Fue verdaderamente impresionante, para todos y, sobre todo, para quienes vimos cómo iban solucionando los problemas que iban surgiendo.  Impactante.  El único mérito mío ha sido el casting, más, mucho más que el texto, la dirección y la composición de la mini-banda sonora.

 

Con respecto a la obra en sí, solo diré que es una mezcla de Ionesco, Pirandello, Gila y los Monty Python.

 

Una tarde que estábamos ensayando, acudió al centro mi bajista y sin embargo doctor, novelista, poeta y columnista José L. González Vera.  Teníamos que ensayar para el conciertal que dimos el martes.  Hizo una reflexión que me pareció oportuna: si estuviéramos en otro país, todos estos alumnos habrían aprobado con sobresaliente un taller o una asignatura y formaría parte de su currículum oficial.  Pero en nuestro sistema educativo este tipo de actividades se llaman extraescolares, como si fueran algo externo, un postizo a la verdadera formación.  Pocos disparates podremos encontrar mayor que ese.  

 

Bueno, lo dejo ya, que me pongo reivindicativo y se me pasa la alegría que me dieron los actores y actrices y el público que asistió y se entregó a lo que estaba pasando sobre el escenario y, en ocasiones, fuera de él.

 

Gracias, arigato, como dicen en Japón, "honto ni", de verdad.

 

 

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