De dioses y tortillas

A ver, un poquito de árabe para periodistas.  "Allahu akbar" no se traduce como "Alá es grande", sino como "Alá es más grande".  "Alá es grande" sería "Allahu kabir", con i larga.  (Fin de la clase de árabe gratuita).

 

Este comparativo viene de los tiempos de Mahoma, cuando en Arabia había dioses a espuertas o cascoporro.  Precisamente lo que hizo el profeta fue unificar el asunto, poner un poquito de orden y paz entre tantos diosecillos tribales.  Poco más o menos lo mismo había hecho el cristianismo con la pesca o famiglia del Olimpo, que era un cachondeo digno de Telecinco (en el mal sentido de la palabra Telecinco).  Verdad es que luego el catolicismo volvió a las andadas, en un rasgo de nostalgia politeísta mediterránea, y colocó santos, beatos y vírgenes en los altares, a imagen y semejanza de Apolo, Afrodita y demás.  

 

También en el Antiguo Testamento se decía que Yahvé era más poderoso que otros dioses vecinos, mesopotámicos sobre todo.  Incluso hubo algo raro dentro del judaísmo entre el dios de Judea y el de Israel (sur y norte) El y Yahvé.  Ya ven, ¿quién lo iba a pensar?

 

Es un poco como las tortillas de la madre de cada cual.

 

 

 

 

Jaleo en el Ateneo

Pasado un par de días del conciertal del jueves 20 toca hacer reseña y recapitulación.  Como dije allí, puede que sea el último de esta serie.  Desde que comenzamos a principios de mayo en el Centro Internacional de Español de la Universidad de Málaga hasta hoy, han sido cuatro conciertales, cada cual distinto al anterior en formato, poemas o acompañantes.

 

Este último ha contrastado con el anterior, que fue en petite comité.  Aquí rozaban las doscientas personas y había gente en los pasillos de pie.  Tengo que agradecer a Inés Guzmán y al Ateneo su colaboración en estas fechas tan extrañas a los eventos culturales.  Parece, como rezaba aquella canción de Eduardo Retamero, que los intelectuales padecen estiofobia y que el invierno es el hábitat natural de recitales y presentaciones de libros.  

 

Otra característica de este conciertal fue el reencuentro con ciertas amigas y amigos a los que hacía años que no veía.  Ellos saben quiénes son.

 

Además en esta ocasión contamos con la colaboración de Beatriz Cervera, que cantó, de verdad, una canción nueva en los conciertales, "Excusoteca".  Espero que ya abandone este barco lleno de aficionados. ("¡Vivan los aficionados!" exclamaba Erik Satie).

 

Pero lo más sorprendente de la tarde fueron los presentadores.  A pesar de que Fran Cuevas ya había demostrado su ingenio y capacidad emotiva en La Mínima, la combinación con el profesor y escritor Lucas Ruiz resultó explosiva y divertidísima.  Se desgranaron anécdotas personales colectivas, individuales y de pareja.  Entre bambalinas estábamos tronchándonos, pero detecté algo que me iba preocupando conforme avanzaba la presentación: no se hablaba mucho de nuestras compañeras de carrera.  Me dije: "No me cuadra. Nunca he tenido a Fran y Lucas por machistas, ni micromachistas siquiera".  En un momento Lucas, con un dominio total de la escena y del público, dio una pista y al poco, Fran remató la (dulce) faena haciendo un retrato y alabanza de alguien muy importante para mi carrera vital y literaria: Fina García Naranjo.  A quienes la conocen no les descubro su capacidad de trabajo, su entusiasmo con su profesión, su defensa de los alumnos, el cariño que demuestra con tantas personas...  A ella le debo, entre otras muchas cosas, mis largas estancias en Japón, cuya cultura y literatura siempre he admirado.  Y a ella le debe mucho el público de los conciertales, porque los ha animado, fomentado y casi organizado.  Aquello de que "detrás de una gran hombre..." es una falacia desfasada.  En este caso, habría que decir que delante de una canturreautor va una gran mujer.  Fue justo y merecido el homenaje que le hicieron los presentadores del conciertal.  Nada más por eso mereció la pena el esfuerzo de los ensayos, aunque la expresión no vale para el acto en sí, porque penas no hubo.

 

Así pues, si no lo impiden compromisos u otras vicisitudes, volveré a la caverna, en la que los escritores tenemos que meternos para enfrentarnos a nuestros retos, nuestros fantasmas y el papel en blanco.

 

Gracias a todos por leer hasta aquí.  Sigan sudando, entrando y saliendo del agua o pagando facturas de aire acondicionado.

 

Aquí van unas fotillos.  A ver si tengo tiempo y monto algún vídeo.

 

 

 

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Conciertal de julio

Aquí va el cartel del último conciertal de presentación de De la palma al cerezo. Con él se cierra esta etapa de presentaciones.   De ahora en adelante presentaré nuevos libros, discos o disco-libros que estén por venir, o daré recitales genéricos a petición del respetable.  En esta ocasión habrá un presentador nuevo (más): el escritor Lucas Ruiz, llegado de Dinamarca, y una cantante invitada, Beatriz Cervera.  Por problemas de agenda no estará Cristina Gallego para acompañar el recitado de Cantos cetáceos. No obstante, sigue en marcha la idea del disco-libro, que muchos han reclamado.

 

Tengo que agradecer al Ateneo y, en especial, a su vocal de poesía, Inés María Guzmán, la colaboración en la cesión del local y la organización del evento.

 

Así pues, el jueves 20 de julio a las 20:00 horas en el número 2 de calle Compañía, de facto ya Plaza de la Constitución (Málaga), esperamos a quienes quieran pasar un rato al fresco oyendo música y poesía.  No sé si llenará, pero siempre queda bien lo de "hasta completar aforo".

 

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Piratas, corsarios y ex-malditos

Hace muchos años (unos lo recordarán, otras no lo creerán) existían solo dos cadenas de televisión.  Salir en la tele era como entrar en la fama.  No hacía falta promoción, ni evento de Facebook, ni tweets, ni carteles...  Había en una de aquellas dos cadenas, en la primera, un programa de sobremesa que se llamaba muy originalmente "La tarde".  Lo presentaba la ahora novelista Ángeles Caso.  Estaba yo en la facultad y una de esas tardes, de pronto, me encuentro allí sentado junto a la presentadora nada menos que a uno de mis maestros (del que quizá otro día hablaré con más detalle): Miguel Romero Esteo, premio del Consejo de Europa de Teatro, premio nacional de literatura dramática, dramaturgo de culto, profesor nuestro de Sociología de la Literatura en Málaga...  En un momento dado Ángeles le preguntó a Miguel si era o se consideraba (no recuerdo literalmente) un maldito.  Miguel, con la calma, la sorna, la sabiduría y el desparpajo del que siempre hace gala, se balanceó, bajó la cabeza unos segundos, la levantó y sentenció: "Malditos son los otros".

 

He recordado esta escena de mi juventud porque hace poco me topé con este vídeo de TED, en el que el compañero Alberto Sacido defiende su visión de ese cambio educativo que, como Tántalo con las manzanas o Sísifo con la piedra, no acaba de llegar nunca o nunca acabamos de palpar.   A este profesor lo llaman el "profe pirata", porque, supuestamente, rompe los esquemas de las clases convencionales trabajando por grupos y proyectos.  Lo curioso (y de ahí viene la relación con la reacción de Romero Esteo) es que comienza su disertación alegando que todo lo que hace está respaldado, incluso recomendado por la ley, ¡por la LOMCE!.  De manera que este hombre más bien debiera considerarse un corsario, que eran aquellos piratas con permiso de la reina para sabotear a los pobres galeones españoles cargados de plata y oro.

 

Se da pues una paradoja en la que quienes se presentan como partidarios de la tradición académica son los que no siguen las recomendaciones metodológicas de la ley, mientras los renovadores son los legalistas.  

 

Es como cuando Miguel Romero Esteo era un maldito marginal al que daban premios por Europa, metían en la lista de posibles nobeles y entrevistaban en una de las dos cadenas que existían.  Bendito sea, que diría un sorprendido parroquiano.

 

 

 

 

Esto es agua

Un poco por casualidad otro poco por el calor que hace, acabó en mis manos este librito (Esto es agua) de David Foster Wallace, el malogrado novelista norteamericano.  Digo librito por no decir discurso, que es lo que es en realidad.  Lo dio en la graduación de la Universidad de Kenyon en 2005 y es una magnífica reflexión divulgativa sobre cómo afrontar los sinsabores de la vida.  

 

El enfoque, en mi modesta opinión, es bastante zen, o budista, o místico casi.  Coloca al público ante un supuesto cotidiano, un atasco y una aglomeración en un centro comercial tras una larga jornada de trabajo: "Tendréis el poder real de experimentar una situación masificada, calurosa y lenta del tipo infierno consumista como algo no solo lleno de sentido, sino también sagrado, que arde con la misma fuerza que ilumina las estrellas: la compasión, el amor, la unidad de todas las cosas bajo su superficie", porque para él ese es "el verdadero valor de una verdadera educación, que no pasa por las notas ni los títulos y sí en gran medida por la simple conciencia: la conciencia de que algo es tan real y tan esencial, y que está tan oculto delante de nuestras narices y por todas partes, que nos vemos obligados a recordarnos a nosotros mismos una y otra vez: "Esto es agua"".

 

 

El nivel

En muchas ocasiones oigo hablar del nivel.  Quienes hablan de él lo usan como argumento.  Entienden que si se aplicaran ciertas metodologías que propone la ley (incluso la actual LOMCE, que tan poco de innovadora y solidaria tiene), bajaría el nivel.  El nivel es un concepto cuantitativo, muy propio del lenguaje de la hidrología (el nivel de los pantanos) o de cualquier otra dimensión que se quiera medir en altura, fuerza, calidad, volumen...  Dicho esto cabe preguntarse qué es el nivel en educación.  ¿Es el número de alumnos que aprueban? ¿Es el porcentaje de alumnado que supera pruebas externas como la selectividad o las futuras reválidas? ¿Es el índice de inserción en el sistema educativo, es decir, de alumnos que no fracasan en él? ¿Es la calidad y/o cantidad de materia impartida?

 

Pienso que es solo a esta pregunta a la que se refiere el nivel del que tanto habla un sector del profesorado, de las familias y de la sociedad en general.  Circulan por ahí fotocopias de exámenes disparatados, de faltas de ortografías espeluznantes, de jóvenes descerebrados con cabezas inverosímilmente rapadas y jovencitas malhabladas, fanes inquebrantables de selfies y programas nauseabundos.  Todo este paisanaje y pruebas son considerados una bajada de nivel motivado por la laxitud de familias, colegios e institutos, que van regalando títulos y móviles sin pedir nada a cambio.

 

El problema, en mi modesta opinión de docente con más de veintitantos años en el tajo, es que se ha perdido doblemente la perspectiva, como decía doña Rosa, la dueña del café de La colmena.

 

Primero se ha olvidado el analfabetismo del pasado.  Cuando no había reguetón ni móviles oía la misma cantinela de la bajada del nivel.  Y eran los tiempos del BUP y el COU, que hoy se ven poco menos que como Harvard y el MIT, cuando en realidad estaban hasta las trancas de repetidores, huelgas, porros y falta de respeto al profesorado.  Recuerdo un libro divertidísimo tituada Antología del disparate, escrito por un catedrático de Málaga, en el que se recopilaban respuestas erróneas de alumnos de... ¡1972! y antes, de los sesenta y todo.  Un ejemplo: "Algunos anfibios tienen rabo y son muy grandes como el hipopótamo".  Si el nivel hubiera seguido bajando al ritmo que auguraban aquellas respuestas, hoy estaríamos ya hablando "atapuerqués".

 

Y también se ha perdido la perspectiva espacial.  Seguimos enseñando contenidos inabarcables y las más de las veces inadecuados (cuando no inútiles) usando unas metodologías que nos retrotaen directamente a 1875, por irnos al año anterior a la creación de la Institución Libre de Enseñanza.  Se suele contar entre docentes aquello de que un médico de 1900 no podría hacer nada en un hospital, pero un maestro de aquellos años entra en un aula actual, agarra la tiza y, poco más o menos, se defiende.  Pues bien, esto no es lo que sucede en otros (muchos) países europeos.  Pongamos el caso de las famosas competencias (antes básicas, ahora claves).  Este asunto, que está en el día a día de la educación europea, aquí se ha convertido en el fantasma de Damocles (por jugar con mitos y leyendas), en una cosa que hay que hacer, pero que nadie hace, porque antes están los afluentes del Tajo por la derecha, el complemento agente y otra sarta de contenidos enciclopédicos que, tarde o temprano, el alumnado digiere y posteriormente regurgita en un examen teórico o teórico práctico.  Eso de saber hacer algo distinto del propio examen queda lejos todavía.  La administración educativa andaluza ha dado un toque atención este curso al incluir en las actas de calificaciones la valoración de las competencias.  No creo que esta indirecta (alguien tiene que evaluar algo, citando a Gila) haya sido captada total ni parcialmente.  

 

Y luego está esa cosa espantosa de los repetidores, incomprensibles para docentes que nos visitan.  La eficacia de la repetición ha sido calificada a lo largo de muchos años como tendente a cero.  En mi experiencia no habré visto más de dos o tres casos a los que les haya sentado bien repetir.  Es como aquello que decían que estaba escrito en la puerta de la cárcel: "Aquí el bueno se hace malo y el malo se hace peor".

 

Y así van pasando los años y las leyes y las generaciones y asumimos como normal que en un instituto entren 180 alumnos/as y salgan 110 en 4º y 80 en 2º de bachillerato, de los que solo van a selectividad 35.  Luego vendemos que aprueban la dichosa selectividad un 98% y nos quedamos con la conciencia tan tranquila.  Es una pirámide discriminatoria, fruto de un sistema que busca solo la excelencia de los excelentes, no de sí mismo.   Por supuesto que hay gente más inteligente que otra, vive Dios, pero no todo debe girar en torno a ellas y ellos.

 

Y volviendo a lo del nivel: si pedimos a los alumnos lo máximo y los aprobamos cuando dan la mitad, en lugar de pedir lo mínimo y luego ya se verá quién da más de sí, pues seguirán cayéndose alumnos y alumnas por el camino.  Es como querer ir al ritmo del que más corre, en lugar de remar juntos, como una sociedad que somos.  Esa huida hacia adelante en busca del máximo de contenidos provoca que, como me han comentado varios profesores universitarios, los alumnos lleguen sin saber escribir, leer o hablar en el "nivel" que les corresponde.  Y, para remate, las empresas no quieren empollones especialistas, sino trabajadores y trabajadoras flexibles, que sepan hacer, plantear, solucionar, no recitar datos o resolver problemas abstractos y más o menos memorizados.  En otras palabras, estamos construyendo un gigante con los pies de barro.

 

Y para rematar el pastel está la administración (en general) que se inhibe y no acaba de arrancarse por peteneras, temiendo la reacción de docentes, familias y medios de comunicación, sedientos de novedades catastrofistas que alimenten sus burdos telediarios.

 

Con esto no quiero decir que vivamos en pleno pleistoceno educativo.  Muchísimos docentes están ya implementando proyectos valientes, novedosos, integradores y elevadores del "nivel".  Tengo la suerte de conocer un centro, el I.E.S. Cartima de Cártama (Málaga), que está en la vanguardia española bajo la batuta dinámica de José María Ruiz.  En nuestro centro modestamente también estamos intentando con mayor o menor fortuna echar andar la enseñanza basada en proyectos (ABP), el aprendizaje cooperativo, la digitalización, alumnado ayudante y dinamizador...

 

Por otra parte el profesor tradicional que explica en su pizarra, manda ejercicios y hace exámenes no tiene por qué ser un mal docente.  A fin de cuentas los resultados siguen mejorando lentamente desde hace años, pero se echa de menos un salto cualitativo, que nos acabe de poner en el mapa de la educación moderna, aquella que soñó el rondeño Francisco Giner de los Ríos: "Los nuevos educadores en ningún momento tratarán de ser meros transmisores del saber... será su ideal el formar hombres nuevos y esto significa atención a todas las facultades del hombre, físicas y espirituales (...) escolares activos, que piensan, que hablan, que discuten, que se mueven, que están vivos en suma".

 

A fin de cuentas el único nivel que deberíamos medir es el de humanidad.

 

 

 

 

¿Qué se dice? Gracias

Eso es lo que dicen las madres a los hijos cuando reciben un regalo. 

 

Tengo la mala costumbre de no dar mucho las gracias.  Supongo que es el eco de una ética de barrio lento y duro, donde cualquier atisbo de educación o bondad podía ser tomado por debilidad, lo que podía acarrear problemas inmediatos de sociabilidad y/o salud.

 

Pero hoy toca dar las gracias.  No  nos faltan razones.  Tenemos trabajo, salud (más o menos), viajamos, vemos películas, oímos sinfonías y cuartetos, podemos leer libros que nos llevan a tiempos, lugares y mentes lejanos y atractivos...

 

Además, en muchos casos, como el mío, agradezco la ayuda de personas con las que vivo, trabajo o comparto parte de mi tiempo, digital o analógico.   También a aquellos con quienes discrepo.  Seguro que parte de razón no les falta y que me ayudan a mejorar en la mía.  Y para colmo, este año he tenido la suerte de dar clase a dos grupos de alumnado distinto pero igualmente entusiasmante, por distintas razones.  En el caso de la Literatura Universal de bachillerato hubo sesiones que hubiera pagado por impartir.  Lo digo para quienes duden de esta juventud que, como todas, está perdida, buscándose, luchando, divirtiéndose y diciendo tonterías de cuando en vez.

 

Jean de La Bruyère en el siglo XVII dejó escrito: "Sólo un exceso es recomendable; el exceso de gratitud".  Así que, arigato, gràcies, thank you, shukran, grazas, xie xie, Danke, merci, grazie, eskerrik asko, tak, obrigado...  Esta es de las mejores, obligado a reconocer lo que los demás hacen por cada cual.  Cosas de bien nacidos.

 

 

 

 

¡Decimonónico!

Antes de usar alegremente el adjetivo decimonónico como insulto sinónimo de rancio, atrasado, anquilosado, etc., deberíamos recordar que en aquel siglo vivieron, entre otros y otras, Beethoven, Goethe, Mary Shelley, Van Gogh, Hegel, Byron, Pardo Bazán, Austen, Marx, Bakunin, Baudelaire, Puccini, Galdós, Bécquer, Wagner, Wilde, Poe, Nietzsche, Flaubert, Balzac, Dostoievski, Twain, Tolstoi, Mendel, Darwin... cuyas ideas, colores, palabras, historias y sonidos forman parte del pensamiento y arte vigésimoprimario (o como se llame o se vaya a llamar).


Y tres cuartos de los mismo podríamos decir de la Edad Media, de la que el personal apenas conoce cuatro generalidades peliculeras, cuando no francas falsedades.  Un ejemplo: la gente estaba todo el día lamentándose de la vida y deseando morirse para ir al cielo.  Pregúntenle al arcipreste de Hita, a Boccaccio o a aquellas muchachitas mozárabes que cantaban pronográfica y contorsionistamente:

 

     ¡Tanto te amaré

     solo con que juntes

     mi ajorca del tobillo

     con mis pendientes!

 

 

Conciertal neoclásico

Como no hay dos sin tres, tampoco hay tres sin cuatro.

 

El primer conciertal de este año tan conciertalero fue a principios de mayo en el Centro Internacional de Español de la Universidad de Málaga.  Allí se estrenó mi nuevo bajista, José Luis González Vera, escritor, poeta, columnista y docente.  Aquel acto no fue propiamente la presentación de De la palma al cerezo, sino un conciertal que me pidieron con motivo del septuagésimo aniversario de su creación.

 

El segundo fue el oficial, de la mano de José A. Mesa Toré, alma mater de todo este asunto de las obras completas, al que tengo tanto, tantísimo que agradecer.  Allí estuvo también el ínclito, el de los dedos vertiginosos, Eduardo Retamero, cantando y tocando según mis tiránicas instrucciones.  Y también, para muchos, lo mejor de la tarde, la composición e interpretación de Cantos cetáceos, una pieza pianística de la compositora Cristina Gallego Fernández, que dejo al público con ganas de más, de mucho más.

 

El tercero fue un concierhaiku (por el espacio, no por el tiempo) que celebramos en La Mínima, una librería grande de corazón, sita en el Rincón de la Victoria.  Allí el que se estrenó fue el presentador, que me emocionó especialmente con esa mezcla especial de cariño, erudición y sentido del humor, Fran Cuevas Alzuguren.

 

Y ahora llega el cuarto. Muchas y muchos (bueno, no tantos ni tantas) se preguntarán por qué, a qué diantres viene tanto presentar un libro (que además no se puede comprar) y que ya ha sido presentado dos veces.  Pues porque hay gente que no ha podido asistir a los anteriores, a saber: emigrantes, estudiantes, diletantes, distantes, amnésicos, estresados... que han manifestado su intención de querer haber ido, pero que no pudieron.  Doy fe.  También son las ganas que tiene/tenemos gran parte del personal de salir de sus casas y patear la calles nuevamente.

 

Así pues, el jueves 2o de julio a las 20:00 horas, con el permiso de la autoridad y si el tiempo no lo impide (que no lo impedirá, porque hay aire acondicionado en la sala), estaremos González Vera, Eduardo, Cristina, dos invitados más (en la presentación y las voces) y este que les escribe, en el incomparable y neoclásico marco del Ateneo de Málaga, sito en calle compañía, casi ya plaza de la Constitución.

 

Se remozará el repertorio de poemas y canciones.  Entrada libre hasta completar aforo, que no se completará (demasiado salón regio para un poetastro alopécico).

 

Esperamos verlas y verlos por allí.

 

 

 

De tripas y tramoyas

Si De los que hablo cuando hablo de correr fue un libro interesantísimo, incluso para mí (que hago menos deporte que un funcionario calvo de baja), este de ahora (De lo que hablo cuando hablo de escribir), lo es mucho más.

 

Con un lenguaje fácil Murakami es capaz de llevar al lector por los motivos y las técnicas que él utiliza para escribir.  Y digo "él", porque no es libro de teoría literaria al uso, que solo leen la mitad de los alumnos matriculados en teoría de la literatura (o menos).  De hecho se ha colocado en el número uno de no-ficción.  

 

De todos los detalles y anécdotas que cuenta, sin duda destaca el momento fulminante (que el zen llama satori) en el que decidió escribir su primera novela.  No se lo adelanto, pero les diré que las razones y ambiente no tenían que ver nada con la literatura.  Quizá por ello Murakami enganche a tantos lectores, porque, como cuenta en este libro, nunca se ha sentido parte de ese mundo endogámico de premios, firmas de libros, envidias y alabanzas (mayoritariamente falaces).  Él es más de pegar el culo a la silla sistemáticamente y trabajar, sobre todo trabajar, que para eso es japonés.

 

 

Momento kafkiano

Ayer mis alumnos vivieron un momento kafkiano.

 

Yo pensé que teníamos el examen sobre La metamorfosis y resulta que me había equivocado de semana.  Cuando vieron el texto y las preguntas preparados encima de la mesa, pusieron cara de "no, cielos, esto es una pesadilla, no he estudiado nada...".  Duró poco, porque se miraron unos a otros y comprobaron que ninguno de ellos estaba equivocado, que el equivocado era yo.

 

Insistí un instante en que sí había examen y volvieron a sus rostros el miedo y el estupor.  Cuando ya me convencieron de mi error les dije: "Bien, ya habéis vivido en vuestras propias carnes lo que es un momento kafkiano".

 

Algo tenía que decir.

 

 

Lo bello, lo malo, lo bueno y lo feo

Baudelaire hacia 1850.
Baudelaire hacia 1850.

Hace unos días, hablando en clase de Literatura Universal sobre Baudelaire, surgió esta sistema de ecuaciones: lo bello es bueno y lo feo es malo.

Es lo que dicta el sentido común, o el vulgar, que dirían los "niños malos" de la literatura.  Convencí a las alumnas (son mayoría) fácilmente con una breve antología de malos feos de varias películas y guapos buenos de otras tantas (o de las mismas).

 

Es la forma más simple que encontré de explicar la inversión estética y moral que tuvo lugar a finales del siglo XIX en lo que se llamó el Decadentismo: lo bello es malo.  El mismo título de la obra principal del parisino, Las flores del mal, ya presenta la paradoja a las claras.

 

Supongo que algún historiador lo habrá dicho ya, pero aquí va mi (simplista) teoría.  Cuando la sociedad industrial propuso sus "buenos" inventos, que iban a mejorar la vida de todos, resulta que eran "feos" y que "afeaban" el aire con sus humaredas tóxicas (trenes, calderas... el caso de Londres es paradigmático) y con su estrépito de sirenas de fábricas, locomotoras (más tarde automóviles)...  De modo que si lo bueno era feo, lo malo podía ser bello.  De ahí al satanismo, la necrofilia, la escatología, los paraísos artificiales y demás solo hay un paso.  

 

Es cierto que los románticos tempranos ya habían adelantado gran parte de estas ideas, pero ellos reaccionaron contra la Razón y el utilitarismo ilustrados.  A los artistas de las segunda parte del siglo XIX les tocó lidiar ya con un progreso burgués a toda máquina, que, en su opinión, iba a acabar con el misterio y la trascendencia de la vida. 

 

El futuro no les dio exactamente la razón (tampoco la querrían ellos, tan irracionales), pero esa es otra historia, la del eterno apocalipsis, del que siempre, no se sabe cómo, acabamos escapándonos de chiripa, de soslayo, de potra...

 

 

 

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La inutilidad de la filología etrusca

El señor ministro del ramo, Íñigo Méndez de Vigo, ignora que no existe la carrera de filología etrusca, pero sí sabe hacer chistes tendenciosos sobre ella.  Esta mañana le he oído decir que el ministerio va a incentivar los estudios que tengan repercusión práctica en la vida de los ciudadanos.  Y acto seguido ha hecho el chiste de la filología etrusca.  

 

La verdad sea dicha es que stricto sensu estoy de acuerdo con él, pero lo que insinúa es otra cosa.  Los etruscos, ya se sabe, no cotizan en bolsa, pero las humanidades, que es a lo que se refería senso lato, son otra cosa.  No voy a traer aquí demasiados datos sobre el valor económico de la cultura y las humanidades (estudio de la lengua española, arte español, música española, cine español...).  Bueno, uno solo: el peso de la lengua española se considera que supone un 15% del PIB.  Lo que sí sabe a ciencia cierta el ministro es que un pueblo ignorante de su propia lengua es fácil de dominar y se le pueden colar trucos retóricos como el de la filología etrusca: se llama reductio ad absurdum.

 

¿Han notado la cantidad de latinajos que he usado en un artículo sobre los etruscos'  (icono de cara guiñando).

 

 

En la muerte de 007

Hoy que se anuncia la muerte de Roger Moore, uno de los dos mejores 007s en opinión de los entendidos, traigo aquí este poema de la sección "Lo que he visto me ha hecho dos tontos" de Múltiplos de uno.

 

 

 

007

 

 

Bucea, salta, esquía,

lucha, mata y fornica,

pero nunca jamás

se despeina, ni suda,

ni defeca, ni escupe.

 

Nunca jamás James Bond

sucumbe a los encantos sibilinos

de los dedos de oro de odaliscas,

sicarias de perversos poderosos

muy antianglosajones,

enemigos del té y de la graciosa

majestad del rosbif y de la niebla.

 

Una vez disfrutadas, les extrae

la cámara instalada en los pezones

y el dardo con cianuro de las uñas.

 

James viste como un dandy,

ríe como una esfinge

y huele a las colonias del Imperio.

 

Y al final del cañón

pasea de perfil y nos dedica

un disparo exclusivo a nuestros ojos

que nos tiñe de rojo la pantalla.

 

 

Vídeos de la presentación "De la palma al cerezo"

Aquí están los enlaces a los vídeos del concierta del 16 de mayo de 2017.

Todo fue grabado (a pulso) por Isabel Rojas Paredes.  Yo me he limitado a editarlo y ponerle carteles y musiquillas.

 

1.- Presentación de José A. Mesa Toré y José Luis González Vera.

https://www.youtube.com/watch?v=8oUG0_Mh-1M

 

2.- Recitado del autor e intervenciones musicales de Eduardo Retamero a la voz y la guitarra.

https://www.youtube.com/watch?v=TKNnIB-rkbI

 

3.- Segunda parte del recitado.

https://www.youtube.com/watch?v=nAyEf5kZlpA&t=24s

 

4.- Recitado de "Cantos cetáceos", acompañado de una composición de Cristina Gallego Fernández (al piano).

https://www.youtube.com/watch?v=XiRB26qhW9g&t=135s

 

5.- Final: "La canción que me encargaste" y "Cuando seamos felices".

https://www.youtube.com/watch?v=09ge52m04f4&t=485s

 

 

P.S.: Reseña de esta entrada por parte de la novelas y poeta Isabel Bono: 

http://algunascosasqueleo.blogspot.com.es/2017/05/angel-luis-montilla-poeta-y-cantautor.html 

 

 

 

 

De la palma al cerezo

Al fin presentamos oficialmente De la palma al cerezo en un acto que no voy a calificar por razones obvias.  Anécdotas hubo un montón entre ensayos y presentación propiamente dicha: público que va al servicio y al salir acaban en la calle que lleva al escenario, olvido de poemas por parte del poeta en el maletero del coche, la sensación tan rara que tuve cuando por megafonía anunciaron que quedaban cinco minutos para el comienzo del "espectáculo" (pensé, en efecto, como salga mal, vamos a darlo)...

 

Pero me gustaría resaltar varias cosas:

 

1.- El apoyo de José Antonio Mesa Toré y del Centro Cultural de la Generación del 27, del área de Cultura de la Diputación de Málaga, que se merece, por mi parte, todos los agradecimientos posibles.

 

2.- Gracias también a los técnicos de la sala y a los músicos acompañantes, Eduardo Retamero, José Luis González Vera y Cristina Gallego Fernández.  De esta última quiero destacar que compuso especialmente para ciertos textos de "Cantos cetáceos" unos pasajes al piano, que han llevado a muchas personas a pensar que deberíamos grabar el resultado.  Y en eso estamos.  Ya iremos informando.

 

3.- El formato de conciertal que llevamos creo que, por los comentarios que oigo, interesa al público.  Seguiremos por ahí.

 

4.- Mi debut como cantautor tardío no lo valoraré.  Como dijo Nietzsche: "Uno es verdaderamente libre cuando deja de sentir vergüenza de sí mismo".

(Lo bien que queda citar filósofos para justificar ridículos).

 

5.- ¿Y qué me dicen de la gente que se sobrepone al estrés o a los kilómetros (de Madrid vinieron algunas ex profeso) para oír poemas?  Sin duda la crisis de la poesía es una de las más eternas de la historia.

 

6.- Estamos gestionando la posibilidad de repetir presentación en otro lugar.  

 

7.- Más pronto aún haré de presentador de otro libro.

 

8.- Como dije ayer, estoy ya metido en nuevos proyectos (un nuevo libro de poemas, el ya mencionado disco Cantos cetáceos, algunos relatos, un disco con las canciones que van saliendo (creo que suman ya siete),...).  En otras palabras, tengo que conjurar la sensación de obra completa, acabada, que comunica el libro que ayer presentamos.

 

9.- Cuando me vayan llegando, iré subiendo vídeos al canal de Youtube o a las redes sociales.

 

10.- No, ya no tengo nada más que añadir.  Es que queda mejor 10 puntos que nueve.  Más redondo.

 

 

 

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Creencias

Ahora que ha recién pasado el aluvión de la Pascua judeocristiana, con sus tradicionales (des)encuentros entre opiniones y sentires, puede que sea el momento más adecuado para tratar este tema.  Luego el calendario continúa su paseo y lo religioso se difumina tras el incienso de las tragedias, la monotonía profana y los becerros de oro.

 

Pero ¿qué es una creencia?  Vayamos al verbo (que es lo primero, según el primer renglón del Evangelio según San Juan).  Yo creo algo o creo en algo (o alguien).  La preposición no es baladí en este caso.  Se creen hechos (creo que va a llover) y se cree en personas o entidades (creo en Alá, creo en mi país).  Así las cosas, alguien puede creer que va a llover y otro, lo contrario; incluso se puede mofar de mi opinión al ver el cielo azul y luminoso.  No hay por qué enfadarse, ni quemarlo en una hoguera, ni nada.  Pongamos un ejemplo más práctico: yo creo en Cervantes.  Me parece un tío magnífico y desgraciado que tuvo una intuición genial, etc.  Si alguien viene y se ríe de él, pues nada, me aguanto.  Si fuéramos denunciando a todas las personas que se ríen de lo que creemos, no habría calabozos suficientes para tanto gracioso.  Lo malo viene cuando el sarcasmo, la ironía, la mofa... se ejercen sobre/contra ciertas creencias, en especial las llamadas creencias religiosas.  A eso se le llama blasfemia, porque se considera que esas creencias son distintas de las demás: son sagradas, es decir, intocables.  Y he aquí el problema.  Reírse de la barriga de Buda (que nunca tuvo, pero ese es otro tema) es sacrilegio; reírse de Mendel, de Aristóteles, de Descartes, de Homero, de Velázquez, de Epicuro, de Georgie Dann, de mí... no.

 

Afinemos más.  No se sabe a ciencia cierta (a fe cierta sí) si existió Jesús de Nazaret, ni si hizo o dijo (en arameo) lo que escribieron (en griego) muchos años más tarde que hizo y dijo.  Estamos seguros de que en la puerta de al lado no nació un niño rubio llamado Bryan, pero yo podría creerlo con toda mi alma y podría considerar que, como escribió Cervantes, "quien dijere lo contrario, miente".  Y entonces esperaría a la Inquisición española (es un chiste pythoniano) para que ajusticiara a quienes se mofaran de mis creencias.  

 

Las creencias deberían ser tan fuertes como aguante cada una.  No deberíamos necesitar el apoyo de jueces y fiscales para sostenerlas.  Nadie debería tener derecho a conculcar la libertad ni la vida de nadie por esta razón.  La consideración de la blasfemia como delito es precisamente lo que llevó (en parte) a Jesús de Nazaret a la cruz.  A él, a Pablo de Tarso y a miles de mártires.  Blasfemo fue Mahoma cuando atacó la oligarquía de la Meca y propugnó la igualdad de todos los árabes, incluidas las mujeres.  Blasfemo fue Buda cuando rompió la disciplina de las castas brahmánicas. Blasfemo fueron Sócrates, Lutero y Darwin, Galileo y Stravinsky.  Sin estos blasfemos ilustres no existirían nuestras creencias.  

 

Respetemos a los que no nos respetan.  ¿Cómo era aquello de las mejillas?

 

 

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Grandes aforismos

Antonio Rivero Taravillo, traductor, poeta, viajero, novelista y biógrafo, ha publicado en La Isla de Siltolá Vilanos por el aire, una colección de aforismos de altísima calidad, dividida en tres secciones: escribir, lascas de realidad y glosario editorial.  Como se ve, gana dos a uno la literatura a lo no literario.  Normal en el caso de un homme de lettres, que diría el pedante (o sea yo).

 

Los fragmentos que componen el volumen son mayoritariamente verdaderos aforismos, con su contundente carga de aplomo y verdad ("Escribir es cribar"; "Un poeta aficionado suele ser lo contrario de un aficionado a la poesía") .  Otras veces el tono y la forma giran hacia la anotación poética ("A la primera mosca se le perdona todo.  Heraldo de la inminente primavera, no es insecto sino casi golondrina"), hacia el haiku incluso ("Se aferra un eco.  / aceras pegajosas,  / las jacarandas.") y la greguería ("La alcantarilla es el código de barras de la lluvia").

 

Los inteligentes y múltiples juegos de palabras no son un mero artificio, sino que delatan un profundo conocimiento del mundo, sobre todo el de la literatura y sus aledaños (edición, publicación...):

"Usaba la escuadra y el compás para escribir sus versos. Y, claro, no producía logos, sino logias".

"Más raro que un libro de poesía en la lista de los libros más vendidos de poesía".

 

Pero no crean que este es un libro torremarfilesco, solo para connoiseurs (vaya tarde pedante que llevo) y gente culta.  La realidad más cotidiana se cuela por donde menos se lo espera uno: "Antes del primer IKEA, ya existían los libros intonsos"; "Los retretes del Congreso deben de estar limpísimos.  Sus señorías dejan las deposiciones en el hemiciclo".

 

En conclusión, los lectores pasarán un rato profundo y divertido por estas páginas, que tienen las dosis exactas de metaliteratura como para no convertirse en un producto endogámico y exclusivista.

 

Como dicen los cánticos antiguos, aquí va una despedida, sutil e irónica donde las haya:

"No ha ganado uno el premio al que se había presentado. ¡Bien! Mejorará el libro, lo corregirá.  ¿Y qué son 12.000€ comparados con una coma bien puesta?".

 

 

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Diez mil vidas

Ko Un es, hoy por hoy, el poeta más importante de Corea (del Sur, se sobreentiende).  Ha sufrido la guerra de Corea y varias dictaduras de las que pocos hablan (la dictadura por antonomasia es la otra, la loca del norte).  Fue monje budista, fundó una escuela benéfica en los sesenta, se intentó suicidar varias veces, se opuso activamente en los ochenta al golpe de estado de Chun Doo-hwan y acabó el cárcel.  La última parte de su vida está siendo más tranquila.  Es profesor de la Universidad Nacional de Seúl y viaja por el mundo, donde ha sido alabado por Ginsberg, Antonio Colinas y otros.

    Su poesía evoluciona desde el existencialismo hasta el compromiso.  A esta parte pertenece el libro que brevemente les presento, Diez mil vidas, única traducción (que yo sepa) de su obra en español.  En la línea de un Pablo Neruda un Walt Whitman o un Balzac, Ko Un pretende contar el mundo de las personas, recoger literalmente la vida de diez mil seres humanos que ha conocido a lo largo de la suya.

    Su estilo es relajado, casi prosaico, con un toque de humor y amargura muy interesante.  En resumen, me ha gustado y ya me he hecho con otra colección suya en italiano, L´Isola che canta, que también me está gustando.

    Les dejo unos cuantos ejemplos.

 

 

Una suegra de Seúl

 

Aquella venerable suegra de Seúl,

según se dice, 

su nuera la saca bajo el sol en primavera,

su hija, en cambio, la saca bajo el sol de otoño.

 

Con este pícaro capricho alcanzó una larga vida:

llegó a los noventa y dos años.

 

 

 

 

Una tumba infantil en Kalmoi

 

No llegaba al año

y no tenía nombre.

 

Vino a este mundo,

respiró unas pocas veces, y luego se fue

sin inscribirse en el registro familiar.

 

Su madre no derramó lágrimas

ni hubo lamentos.

 

Eran tiempos de hambruna,

un perro husmeaba cerca de la tumba;

escarbó la tierra,

se comió lo que estaba enterrado y enloqueció.

 

Aquel perro loco mordió a dos personas.

 

Ese niño,

ese niño que no tenía ni siquiera un nombre,

vino a este mundo 

y todo lo que hizo fue

enloquecer a un perro.

 

Alguien de Mijei sacrificó al perro loco.

 

 

 

 

Abuelo materno

 

Choi Hong.kwan, nuestro abuelo materno,

era tan algo que su sombrero alto llegaba hasta el alero,

rozando allí el nido de los gorriones.

Siempre estaba sonriente.

Si la abuela daba de comer a alguien,

era el primero en alegrarse.

Si la abuela le hablaba con severidad,

se reía y hacía como si no la oyese.

Una vez, siendo yo pequeño, me dijo:

"Mira, si barres bien el patio,

el patio se echará a reír.

Si el patio se ríe,

el vallado también se reirá.

Hasta las maravillas que han florecido en el patio,

se morirán de risa".

 

 

 

 

La pareja de mendigos

 

Rondan por cinco aldeas:

Okjong-gol, Yongdun-ri, Chaetjong-ji.

Chigok-ri, y por las afueras de Somun:

perdón, seis, son seis

si se incluye Tambuk-ri, en el municipio de Oksan.

Eran tiempos en que no quedaba comida:

"Si les ha sobrado arroz, ¿podrían darnos una cucharada?"

Su humildad era tan notable

que se les compara a la generosa mujer de Somun-ri, en Jungnttum,

al susurrar apenas "podría darme...".

Durante aquellos días desolados,

en la dura primavera de la penuria,

cuando ni siquiera tienen una fría ración de arroz con restos de cebada:

"Bebamos agua en su lugar".

Y se dirigen al pozo de Sonjong-ji

para recoger una vasija de agua;

entonces la pareja de mendigos,

el marido y la mujer, beben con deleite

y toman el camino de regreso.

En el crepúsculo, cuando bajan grandes bandadas de cornejas;

en el crepúsculo, cuando la luz del día se desvanece;

cuando el marido y la mujer atraviesan los montes de Ongjong-kol;

en el crepúsculo, cuando el humo del fuego de la estufa

solamente brota de unas cuantas casas.

 

 

 

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Del amor y la cólera

No voy a esperar al martes 14 de febrero, que la semana se enreda sola y puede que no tenga tiempo.  Prometí por ahí que escribiría sobre el amor romántico y la violencia machista.  Allá vamos.

 

La idea no ha sido muy intrínseca ni original.  Oí parcialmente en la radio que algún organismo oficial va a poner en marcha una campaña en contra los mitos del amor romántico.  Me sonó familiar.  Llevo años haciéndolo en clase.  

 

Sin ir más lejos, este curso en Literatura Universal hemos leído una jornada el Decamerón que me ha servido para dejarles claro a las alumnas y, sobre todo, a los alumnos, un par de cosas: a) que la Edad Media no es ese tiempo oscuro, triste y violento que nos quisieron vender los listos renacentistas; b) que el concepto de amor con el que trabaja Boccaccio no es, ni mucho menos, el que tenemos nosotros.  Todo es carnal, perentorio y extramatrimonial.  De camino, el florentino presenta una imagen de la mujer como inteligentísima emprendedora sexual.  

 

La segunda lectura ha sido (hace poco que la terminamos) Romeo y Julieta.  Otros que tal andan.  El epítome del amor romántico (doscientos años antes de que llegase el Romanticismo propiamente dicho) son un par de jovencitos, niños casi, ciclotímicos (él por lo menos) e hiperhormonados, que acaban como acaban por las prisas de casarse en secreto para pasar del balcón a la alcoba.  Y lo de casarse es una concesión que hizo Shakespeare para que no se le echara encima el público más conservador.  Una locura provocada por un muchachito veleidoso que minutos antes de conocer a Julieta estaba sumido en una depresión patológica por el amor no correspondido de otra damisela veronesa.

 

Y luego vendrá el pobre Werther, ese sí ya un puro (pre)romántico, que se mete en la boca del lobo él solito, movido por un zánatos (que diría Freud) gordianamente anudado con un eros.  

 

A lo largo de todas estas lecturas intento exponer la idea central de que el amor es algo así como lo que dice Esperanza Bosch en su estudio Del mito del amor romántico a la violencia contra las mujeres: "El amor es un construcción cultural y cada período histórico ha desarrollado una concepción diferente del amor y de los vínculos que deben existir o no entre el matrimonio, el amor y el sexo".  Mi objetivo es que, si llega el momento, racionalicen y/o relativicen al máximo su relación con una persona que les haga cualquier tipo de daño o microdaño, que no se vean (y aquí me dirijo a las alumnas) como heroínas trágicas de un amor incuestionable, que deben soportar lo insoportable en nombre de una idea a fin de cuentas convencional y pasajera.  A ellos (que cada vez, dicho sea de paso, son menos en los estudios) los miro de soslayo y creo que también lo entienden.  Son buena gente.

 

Y cuando llega el Romanticismo les digo que aquellos poetas eran más unos revolucionarios, alocados antisistema, cheguevaras en Grecia, piratas, ocultistas, necrófilos y demás lindezas.  Para sellar la cuestión les pongo Remando al viento para y les digo una frase que les repele y sorprende a partes iguales: un verdadero romántico no va a una tienda a comprar flores; entra en la tienda y la quema.

 

Supongo que la campaña que se va a poner en marcha irá por esos mismos caminos, pero sin tanto peso intelectuoso y pedante como el que he expuesto.  Si la educación y la formación no se usan con estas finalidades no sé para qué sirven, la verdad.  Mejor sería enchufarlos a la Wikipedia con un cable usb y que sigan mojando con lágrima y sangre los corazones partíos de sus carpetas.

 

 

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Títere sin cabeza

Lo de los titiriteros que eran terroristas (pero que luego no lo eran, pero que ocuparon portadas cuando lo eran) me ha irritado especialmente.

 

No, no voy a caer en la burda trampa de decir que no soy español (sería una falacia administrativa), ni que no me siento.  Prefieron que no se sientan (ni sienten) los que maquinaron semejante injusticia (ahora demostrada).  Es verdad que parece que son mayoría, por el ruido que hacen y las pocas nueces que reparten.

 

No sé si Platón contempló en su mundo de las ideas la de "españolidad", pero no estoy dispuesto a reconocer la que algunos o muchos propugnan y ejecutan.

 

Tanto derecho tengo yo como ellos a leer a Cervantes, a pasear por Toledo o por las Ramblas, a comer espetos y a ver atardecer en Finisterre.

 

 

 

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Mi abuela y Manolita Chen

Esta es una historia verídica, aunque puede que un tanto distorsionada por los años.  Me la contó hace poco mi madre y me ha venido a la memoria ahora con motivo del fallecimiento de Manolita Chen.  

 

A los más jóvenes les diré que, aunque yo también soy joven para haberlo visto en persona, el teatro chino de Manolita Chen era un teatro musical y cómico itinerante que estaba siempre en un tris de que la censura lo cerrara, ya que era un sumidero de cuplés  picantes y atrevidos como "Arrímame la estufita", "Mi fiel pajarito" o "Qué sustito me entra".  Imaginen y pónganse en situación de postguerra moral.  En el teatro chino, creado por el marido de Manolita, Chen Tse-Ping, ex-lanzador de cuchillos que decidió no volver a su país por las revueltas de Chiang Kai Shek, empezaron artistas como El Fary, Tony Leblanc, Pajares, Esteso, Farina...  

 

Pues bien, a lo que íbamos.  En 1944 Manuela Fernández Pérez, ex-diana de cuchillos de Chen, se casó con su lanzador.  Supongo que la boda fue en Madrid (no he encontrado la referencia), pero por lo menos hubo una fiesta en las instalaciones del teatro, que en Málaga se asentaba junto al río Guadalmedina en la zona del Perchel.  Cuenta mi madre que ella y sus padres fueron a los alrededores del evento por pura curiosidad, supongo.  Por no sé qué misteriosas razones, mi abuela fue invitada (o arrastrada o convencida) a entrar en el convite.  Mi abuelo, hombre serio y cabal donde los hubiera, se volvió a casa ipso facto con mi madre.  Al tiempo mi abuela mandó a alguien con el recado de que estaba allí metida y no podía salir.  Este es otro de los misterios que rodean a esta historia.  ¿Por qué mi abuela no podía salir de la fiesta?, ¿feroces guerreros de terracota se lo impedían?, ¿compromiso social?  Nunca lo sabremos.  Lo que sí sabemos es que cuando volvió dijo que no había comido nada porque la comida no le gustaba.  He aquí otro enigma:  ¿había comida china?, ¿era comida convencional de poca calidad?, ¿no eran los "tiempos de la hambre"?  

 

La historia acaba aquí.  No hay moralejas.  No es un cuento chino.  Es real, pero un tanto incomprensible.  Como la vida misma.

 

 

 

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La monja y el santo de las epístolas

Los que van y los que iban/mos a misa recordamos siempre ese momento en el que el cura decía lo de "epístola de San Pablo a los tesalonicenses".  Era un momento especial porque nadie sabía quiénes eran los tesalonicenses.  Los imaginábamos perdidos en las brumas de la antigüedad, vestidos con sabias barbas y túnicas de muchos pliegues. 

 

El autor de aquellas epístolas es el famoso Pablo de Tarso, que se cayó de un caballo y pasó de perseguir cristianos a difundir el cristianismo.  Karen Armstrong repasa amenamente la biografía de este apóstol que nunca vio a Cristo y aclara un par de cuestiones muy interesantes, para los que estén interesados en saber cómo una secta minoritaria del judaísmo pasó a ser la religión oficial (y más tarde la obligatoria) de Europa.  

 

Lo primero que llama la atención es el asunto espinoso sobre el que muchos pasan de puntillas: el duro enfrentamiento dialéctico y quizá algo más que hubo entre Pablo y las llamadas "columnas" o "pilares" del cristianismo, encabezados por Jacob o Santiago el Justo, hermano menor de Jesucristo.  El dilema era si los cristianos debían seguir siendo judíos (circuncisión, comida kosher, pascua, tabernáculos...) o, por el contrario, debían formar una nueva religión en la que acogieran a los gentiles (griegos y romanos de entrada).  Con el tiempo ya se sabe que ganó Pablo, pero la polémica fue dura y se mezcló con otras interpretaciones más o menos alocadas del mismo cristianismo.  Los pneumatikoi de Corinto, por ejemplo, se consideraban ya salvados por el espíritu y eso les daba carta blanca para todo tipo de orgías, incorrecciones y demás.  Pablo consiguió acallarlos a epistolazos, pero la cosa estuvo en un tris de acabar en una especie de espiritismo elitista tipo Blavatsky.

 

El otro asunto interesante del libro es que, al parecer, el tal Pablo era una especie de revolucionario asambleario que invento precisamente la ekklesía, o asamblea, en la que ricos y pobres, hombres y mujeres eran todos iguales ante Dios.  Pero henos aquí que, una vez muerto, sus seguidores intercalaron pasajes (a veces de manera un tanto burda) y cartas enteras en las que se proclamaba aquello de que la mujer debe estar sometida al varón y el esclavo al señor, etc.  Todo para intentar colar el cristianismo entre el público grecorromano, que no estaba muy por la labor del comunismo feminista paulino.  

 

Y al final llegamos a lo de siempre, a que los exégetas, los copistas, los subprofetas y demás tergiversan el mensaje original, se hacen posibilistas, lo adaptan a lo que hay y acaban vendiendo un producto que se parece casi nada al original.  Pasó con el islam, pasó en parte con el budismo y, cómo no, pasó con el cristianismo.  

 

En una escena del tercer Padrino, Michael Corleone se confiesa con un obispo que le explica el fenómeno a la manera zen.  Saca una pequeña piedra del agua y le dice (cito de memoria) que así como el agua no ha entrado en la piedra, a lo largo de dos mil años el cristianismo no ha entrado en el alma de occidente.  

 

Y así terminamos con estas entrañables fiestas que festejan ideas que apenas han llegado a las entrañas de nadie.  

 

Amen (y amén).

 

 

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Liberados

A partir del día uno de este año quedan liberadas para el uso público las obras de los autores fallecidos en 1936, entre los que destacan Unamuno, Lorca, Muñoz Seca y Valle-Inclán.   Con motivo de tan funesta y mercantil efeméride, he repasado una colección de poesía de este último, el más prolífico, polifacético y "extravagante ciudadano" (Primo dixit), que murió precisamente el 5 de enero.

 

Valle era un prestidigitador del lenguaje, de la estirpe de Quevedo, que juntaba churras con merinas y hacía saltar chispas en la Academia.  Melancólico, provocativo, telúrico y sarcástico, supo como nadie calar España como un melón maduro y exprimir todo lo que tiene de risible y patética.  En un poema de A propósito, titulado "A propósito de España" lo imité tímidamente.  Sé que muchos pensaron que tanta irreverencia y tanto sarcasmo antipatriótico no casaba demasiado bien con el resto de mi obra.  Además, para los conciertales, Eduardo Retamero lo musicó con un pasodoble, al que yo aporté un kazoo carnavalesco que incrementaba su raigambre esperpéntica y, por ende, valleinclanesca.  Qué le vamos a hacer, es lo que tenemos los poetas, que vamos dando la nota allá por do pasamos.

 

Pero volvamos a don Ramón.  En estas Claves líricas de Austral está el famoso libro La pipa de Kif, en cuyo interior hay un largo poema titulado "La tienda del herbolario".  Del fragmento 11 entresacaron los Tabletom unos versos para una de sus míticas coplas sativescas.

 

Así que ya están liberados don Mendo y Bernarda Alba, Max Estrella y Augusto Pérez, la reina castiza y el cura que no creía en Dios.  Yo por mi parte, me apunto a la liberación que propone Valle:

 

       "Por la divina primavera

       Me ha venido la ventolera

 

       De hacer versos funambulescos

       -Un purista diría grotescos-

 

       Para los grandes respetables

       Son cabriolas espantables.

 

       (...)

 

       En mi verso rompo los yugos

       Y hago la higa a los verdugos.

 

       Yo anuncio la era argentina

       de socialismo y cocaína.

 

       (...)

 

       ¡Pálida flor de la locura

       Con normas de literatura!

 

       ¿Acaso esta musa grotesca

       -Ya no digo funambulesca-

 

       Que con sus gritos espasmódicos

       Irrita a los viejos retóricos,

 

       Y salta luciendo la pierna

       No será la musa moderna?".

 

 

Cráneo previlegiado.

 

 

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El 2017 que fantaseó Rodari

Hay personas que dicen que el azar no existe, que lo que existe es el desconocimiento de causas y relaciones.  Puede.  ¿Quién soy yo para refutarlo? ¿Acaso lo sé todo? ¿Acaso lo sabe alguien?  Supongo que en los albores de la humanidad, cuando veíamos llover y escampar lo aceptábamos sin más.  Luego fuimos atando cabos y entendimos que cuando ciertas estrellas están en ciertos lugares del cielo y el sol a cierta altura, hay más posibilidades de que llueva o de que nieve o de que el Tigris se salga de su cauce.  

 

Pasada ya la convencional frontera del año, acabo de ser testigo de una casualidad que quizá no lo sea.  Moviendo libros de una minibiblioteca de uso inmediato he dado con la Gramática de la fantasía, del gran Gianni Rodari.  Siempre lo tengo a mano por razones laborales.  Lo he abierto al azar y me encuentro con el capítulo 34, titulado "Historias "tabú"".  El autor propone la inclusión de lo escatológico en la narrativa infantil y juvenil.  Pocas mierdas, orinas, penes y vaginas aparecen en las novelas y cuentos escritos para estas edades. "Caca", dicen los editores y los inspectores educativos.  Rodari se lamenta de este atraso y pensaba que "sólo después del 2000 tendremos autores con el valor suficiente para hacerlo...".  A continuación esboza una historia sobre un orinal que nunca se ha atrevido a desarrollar, pero puntualiza: "Si un día escribo esta historia, confiaré el manuscrito a un notario , con la orden de que la publique en el año 2017, cuando el concepto de "mal gusto" haya sufrido la necesaria e inevitable evolución".  El pobre continúa: "En esa época será de "mal gusto" explotar el trabajo ajeno y poner en prisión a los inocentes".  

 

El inocente era él.  Guantánamo, los becarios y Disney lo demuestran.

 

 

 

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El padre de Hamnet

A diferencia del libro anterior que leí de Bill Bryson, Aventuras y desventuras del Chico Centella, en este Shakespeare, no hay nada de autobiografía y mucho de información ajena, bien tamizada, dosificada y, sobre todo, contada.   Nada como el sentido del humor para abordar un tema tan... filológico.  

 

Bryson contextualiza adecuada y divertidamente la labor de los dramaturgos del siglo XVII, la mal llamada época isabelina, porque Shakespeare estrenó más con el siguiente rey, Jacobo I, que con la reina virgen.

 

Dedica muchas páginas a cuestiones textuales (versiones, erratas, encuadernaciones...), lo que hace aun más arriesgado su intento divulgador.  Pero lo consigue.  

 

Al final Bryson hace un repaso expeditivo por las muchas teorías (más de cincuenta) que han propuesto que Shakespeare era analfabeto, un simple actor, un hombre de paja, un colectivo, un pseudónimo...  No deja títere con cabeza.  Incluso la más sólida de todas, la que atribuye sus obras al conde de Oxford (en la que se basó la película Anonymous), recibe su varapalo.

 

En suma un libro entretenido para cualquier interesado en el autor de Hamlet, cuyo hijo, dicho sea de paso, se llamó Hamnet y murió a los once años.  No como el príncipe de Dinamarca, que tuvo tiempo para liarla parda en la corte y hacer un par de monólogos memorables.

 

 

 

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Injusto secreto

Por pura casualidad di con este libro.  El autor colocó uno de sus relatos en una red social que compartimos (y cuyo nombre que contiene precisamente la palabra libro).  La fuerza de aquel ejemplo me impulsó a comprar el resto, como esas chicas que dan a probar queso o mojitos en los supermercados.  Y mereció la pena.  Un mundo secreto se publicó en 2001.  No sé qué estaría pensando, haciendo o rumiando por aquel famoso año, pero no me enteré.

 

Solo he encontrado ahora una reseña (quizá hubo más que no constan en la red) muy acertada en el suplemento cultural de El Mundo, a cargo de Care Santos.  

 

Esta colección de relatos es sobrecogedora por su intensidad, su capacidad de evocación y de simbolismo, por su lenguaje exacto (de casta le viene al poeta), directo unas veces (agrio cuando viene al cuento), alusivo y elíptico otras.  Los argumentos son intensos, turbadores y bucean muchas veces en el pozo inagotable de la infancia o, al menos, del pasado.  Villalba parece un Chéjov del recién estrenado siglo XXI, atento a la realidad, pero con el arte suficiente para superarla.  

 

Un pequeño gran libro para empezar este año que se nos echa encima.  Métanlo en las alforjas de los nigromantes de oriente.  No es una novedad.  Lo mismo es porque es un clásico.

 

 

 

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