Filosofía en la ESO

Hace tiempo que se oyen voces que apuestan por insertar la filosofía en tempranas edades del sistema educativo.  A ver, no se trata de explicar el concepto de übermensch en sexto de primaria, ni el hilemorfismo aristotélico en cuarto, sino de enseñar a pensar y de familiarizar al alumnado con algunos conceptos básicos, por lo menos de ética, para que empiecen a dejar de ser meras máquinas de masticar y vomitar contenidos.  

 

Viene esto a cuento de una anécdota que viví hace unos días.  En medio de jefatura de estudios, en el transcurso una conversación con alumnos de 2º de ESO (12-13 años aprox.) acerca de algún conflicto de los muchos que hay en un centro con 800 alumnos y 75 profesores, una profesora dijo que eso "no era normal".   Uno de aquellos chavales interpeló con algo así como: "Pero el filósofo Focul dice que no hay nada normal".  Yo estaba en una mesa contigua trabajando y oí la frase de lejos.  No me lo podía creer.  Intervine: "¿Tú te refieres al filósofo francés Michel Foucault?".  "Sí, ese, es que no sé decirlo bien", me respondió el alumno.  Me quedé pasmado, como quizá se habrán quedado ustedes al leer esto. 

 

Más tarde indagué por ahí y di con el responsable indirecto de este excelente incidente.  Fue un profesor (tan alopécico como el filósofo francés) el que les comentó durante alguna conversación que el concepto de normalidad es relativo, que el tiempo pasa, que las normalidades mutan y que buscaran en la Wikipedia a Foucault.  Ignoro si el alumno en cuestión llegó a ampliar el tema, pero se quedó con la copla y la soltó a la primera de cambio, en medio de la jefatura de estudios.  Sócrates y Foucault tienen que estar desternillándose en su tumba.  Si eso no es educación, que venga Giner de los Ríos y lo vea. 

 

 

 

Impotencia

Mi caediza bicicleta en el barrio de casas antiguas de Minoh.
Mi caediza bicicleta en el barrio de casas antiguas de Minoh.

Hace unos días me levanté y vi que tenía mensajes desde Japón.  Un terremoto de fuera 6-bajo había sacudido varias localidades de Osaka, sobre todo del norte (Toyonaka, Suita, Takatsuki...).  Como muchos sabrán, la mitad de mi familia vive precisamente allí, en la localidad de Minoh.  El edificio se zarandeó ostensiblemente y el frigorífico (que es enorme y se adhiere al suelo más de lo que quisiéramos cuando queremos moverlo para limpiar) se desplazó casi medio metro: un susto de los grandes.  La escala Shindo establece que el 6-bajo implica: dificultad para mantenerse en pie, desencaje de puertas correderas, caída de muebles, colapso de casas no resistentes, rotura de conducciones de gas, grietas y deslizamientos del terreno.

 

Como los mensajes que me mandaron ya avisaban de que no había habido daños (bueno, se cayó mi bicicleta nueva y unos libros de la estantería), me tranquilicé al mismo tiempo que me preocupaba.  Extraña sensación.  Lo malo era que se esperaban réplicas casi de la misma intensidad.  Las hubo, pero no alcanzaron el mismo nivel.  Al rato puse un aviso en Facebook para tranquilizar a los amigos.  Curiosamente muchos no sabían nada.  De hecho la noticia apareció más tarde, varios titulares debajo del ingreso en prisión de un ex-jugador de balonmano y otras cosas, como el omnipresente mundial de fútbol.  Pero el sentimiento que más me acosaba era el de impotencia, el de no poder hacer absolutamente nada por ayudar en esa situación, ni siquiera abrazar.  Es el mismo que sienten las personas que viven seísmos de ese tipo.  Salvo seguir las instrucciones de seguridad, nada se puede hacer; sólo queda esperar que pase.

 

Se me antoja que esta impotencia es casi un símbolo del ser humano ante el porvenir y las fuerzas de la naturaleza.  Los románticos lo intuyeron y por eso saboreaban las tormentas, los acantilados y las ruinas, todo aquello que les recordaba la vanidad de la existencia ante la grandeza del cosmos.  Quizá de ahí provenga el interés de los japoneses por destacar la eventualidad del nacimiento y muerte de las flores del cerezo o de la instantánea trascendencia del haiku.  Quizá por eso también el símbolo del país sea un crisantemo y un volcán, vida y muerte, pequeñez y grandeza.  

 

Hubo varios muertos en el terremoto de Osaka, entre ellos una niña de 9 años de Takatsuki, localidad donde tenemos unos amigos.  Hace apenas un mes estuve paseando por esas calles que aparecían con socavones y dormía en esa casa que se movía como una cuna espantosa.  Es el sino de aquel país colocado en una de las líneas de terremotos más activa del planeta. 

 

La situación me recordó el fatídico 11 de marzo de 2011, que me pilló allí, justo el día en que salía mi vuelo de vuelta.  Lo conté en este post: http://montecoronado.blogspot.com/2011/03/japon-japon.html.   Al igual que aquella vez, los japoneses han demostrado su civismo, abnegación y capacidad de trabajo. Circula por las redes la foto de un gran agujero en una carretera que fue reparado en menos de 72 horas.  La Universidad de Osaka informó por correo electrónico de que se suspendían las clases hasta que los técnicos revisaran el estado de los edificios.  Ayer empezaron de nuevo.  Fina contó con el apoyo de muchos amigos y compañeros japoneses que se ofrecieron para ayudarla inmediatamente. 

 

Así son las cosas.  Por suerte tengo previsto ir pronto para allá.  Voy a sacar la maleta.  Me resulta reconfortante verla en medio del salón, con las dos hojas abiertas, como queriendo dar un abrazo.

 

 

 

 

Élites y selectividad

El martes pasado acompañé a mis alumnas a selectividad.  En medio de la vorágine de risas nerviosas, una de ellas se me acercó y me mostró su camiseta, autodiseñada, en la que criticaba el valor intelectual de las pruebas (por delante) y los precios de tasas y matrículas (por detrás).  A los pocos días me escribió diciéndome que el asunto se le había ido de las manos.  Sus dos fotos con la camiseta (anverso y reverso), que había subido a Twitter, se habían convertido en trending topic o algo así y había tenido quince mil likes y no sé cuántos retuiteos y comentarios.  La cosa fue tan desmesurada que llamó la atención del Huffington Post y días después la invitaron a una entrevista radiofónica.

 

Como pasa con casi todo en este país, surgió la polémica: ¿Es verdaderamente elitista, como rezaba la camiseta, la educación en España?  ¿Hay becas suficientes y en cuantía suficiente para todos y todas? ¿Hay pobres que se gastan el dinero de las becas de sus hijos comprando móviles y viajes a Disney?  Etc.  No tengo datos fidedignos de fraudes becarios, ni de gente de clase media/baja que estudia o no estudia grados.  Lo que sí sé es que entre quienes se quedan por el camino son mayoría los hijos e hijas de familias desfavorecidas.  Eso lo puedo certificar en cualquier momento.  Y también tengo datos, con nombres y apellidos, de excelentes alumnos y alumnas, cuya continuidad en el sistema educativo superior está fuertemente amenazada por razones estrictamente económicas.

 

Sea como fuere, quienes hemos dado clase de esta alumna nos sentimos muy orgullosos/-as de que haya demostrado esa creatividad, valentía y empatía con los que menos tienen, porque lo que pedía no era estrictamente para ella, sino para gente que ella conoce.  En ese sentido ella sí ha entrado en la élite, en la de la buena gente. 

 

Y para colmo tuve el honor de dirigirla como actriz en el Secuestro en el Orient Express.  ¿Qué mayor recompensa podemos esperar los docentes?

 

 

 

El hombre que resucitó (a don Quijote)

Vale, el título es un poco retorcido, como la novela y la película.  Paso a explicarlo.

 

El quijotesco Terry Gillian, que tiene aspecto de Sancho Panza, se propuso hace años (lo recuerda ahora en los títulos de crédito iniciales) hacer esta película.  El actor que hacía de don Quijote (Jean Rochefort) enfermó, llovió a cántaros, diluvió durante el rodaje (también alude a eso),  pasaban aviones norteamericanos por el cielo, Johnny Depp, que hacía de Sancho (sí, se lo pueden creer), tenía que irse a hacer de pirata o de lo que fuera que hiciera en aquellos momentos... Total, un desastre descomunal. La ruina de la producción.  Pero Terry siguió en sus trece, se levantó de aquel testarazo contra los molinos del azar y perseveró y perseveró y al final, lo consiguió.  

 

El fruto de semejante testarudez es El hombre que mató a don Quijote y... bueno, veamos.  El mismo director lo advirtió: no se puede hacer una película de esa novela.  Imposible.  La genialidad de Cervantes no es fácilmente trasvasable al cine.  También lo supo Orson Welles y por eso quizá no la terminó.  Se ha hecho cosas para cine, televisión y dibujos... aburrimientos garantizados, meros traslados, homenajes carentes de gracia, chispa y profundidad.  A los clásicos hay que faltarles al respeto, por eso son clásicos, porque ellos lo hicieron (tranquilidad, que no voy a soltar aquí el rollo que suelto en las clases) y porque, si lo son, lo resisten.  

 

Así que Gilliam ha tirado por el camino de en medio y ha hecho una película metacinematográfica, arriesgada, valiente, irregular, no excesivamente graciosa y con algunas pinceladas discutibles de españolismo castizo (gitanos, flamenco, picoletos...).  Pero el resultado es encomiable, porque ha sabido que el Quijote no es una obra lineal sobre un amor platónico, ni un retrato de la sociedad del momento (que también lo es), sino una reflexión sobre el arte de narrar y sobre la relación que tiene esto con la mismísima vida.  Demasiado asunto quizá para una película, incluso para la mayoría de los libros.

 

Quienes quieran ver lo que escribió Cervantes tal cual, en orden cronológico en la pantalla, que se olviden.  Quienes quieran hartarse de reír con el autor Los caballeros de la mesa cuadrada, que no vayan.  Quienes quieran estremecerse reflexionando sobre el tiempo, o la alienación y sus entresijos como en 12 monos o Brazil, que se queden en casa.

 

Cuando he llegado a comprar las entradas la taquillera me ha dicho que el cine estaba vacío.  Fui a almorzar y cuando entré en la sala sólo había un señor regordete.  Ya estábamos los dos.  La película podía empezar.

 

 

  

 

Pelo y paz

A ver si no me sale una teoría muy disparatada: el pelo no contiene la fuerza, sino la tolerancia.

 

Veamos algunos casos.  El primero que me viene a la cabeza es el de Sansón.  Nada más conocer el traicionero rapado de Dalila, montó en cólera y demolió el palacio.  No perdió la fuerza, sino la capacidad de diálogo. Y lo del crecimiento súbito del pelo no se lo traga nadie.  A pesar de su brillante cráneo, Gandhi no fue ningún santo y se enfrentó concienzudamente a los ingleses, de buen rollo, pero sin dar un paso atrás.

 

Jesucristo llevaba el pelo largo (o eso nos han comunicado sus muchos pintores, que nunca lo vieron, pero lo intuyeron).  Buda lucía también una buena mata, con moño y todo.  Y por no hablar de los jipis o los skinheads, en las antípodas de la tolerancia y la intolerancia respectivamente. Todos recordamos aquella memorable escena de Hair, en la que, tras pasar por la barbería, el joven protagonista sube en formación al avión que que lo llevará a darle para el pelo a los charlies en el barro tropical.  Era la era de Acuario, que iba a venir con sus sirenas de largas cabelleras a traer la armonía a este mundo nuestro, el de Mr. Burns controlando centrales nucleares.  

 

Todo esto lo traigo a colación porque noto que cuanto menos pelo tengo, menos condescendiente me noto.  Puede que sea la edad.  Habría que investigar si mis hirsutos coetáneos son más empáticos que yo y mis coetáneos alopécicos.  

 

Yo antes no era así.  Tendré que comprarme una peluca.  Mientras me decido por algún modelo, espero que los lectores aporten ejemplos que contradigan esta extraña teoría y empiece a recuperar mi tradicional paciencia y empatía.  Peace and hair.

 

 

 

Escuela nocturna

Imagen de Pixabay
Imagen de Pixabay

Así se llama el libro que quiero recomendarles muy especialmente.  Lo leí a colación de otro del mismo Richard Wiseman, 59 segundos, que quizá reseñe otro día.  Escuela nocturna es casi un manual para dormir.  Está dividido en dos partes, que en inglés están claras y en español no tanto: el sueño y los sueños (to sleep y to dream).

 

En la primera hace un repaso a cientos de investigaciones realizadas a lo largo de los últimos cincuenta años y extrae sabrosos consejos.  Aparte de los ya consabidos de la temperatura, el ruido y la luz, para dormir bien recomienda cosas como estas.  

- Al parecer dormimos en "trozos" de 90 minutos.  De modo que si queremos levantarnos bien, tenemos que hacer coincidir el despertador con el final de uno de esos periodos.  Por ejemplo, si usted se levanta a las 7:00, duérmase a las 11:30 o a la 1:00.  Si lo hace a las 7:30, pues a las 12:00...

- Evite la luz en general a la hora de acostarse, sobre todo las azules de ordenadores o fluorescentes.

- Duerma siestas.  Una investigadora americana dice que no nos sintamos culpables por dormirlas, sino por no hacerlo.

- Estudie antes de dormir, así recordará mejor.

- Duerma junto al mar.

- Báñese antes de meterse en la cama.

- Ponga un poco de olor a lavanda en la almohada.

- Si no se puede dormir, propóngase no dormir en toda la noche.  Verá qué pronto se duerme.

 

Y como estos, muchos consejos más que pueden servirles a los que tengan cualquier tipo de trastorno del sueño.  Al parecer la falta de sueño está detrás de accidentes como el de Chernobil, el Exon Valdez o el Challenger, amén de depresiones, obesidad y bajo rendimiento académico.

 

Y sí, también habla de las erecciones nocturnas.  Y de mi amigo el jet-lag y de los sonámbulos (algunos casos son espectaculares, como el de una española que mandaba correos electrónicos dormida).  No se le escapa nada.  Y nada de agobiar a los adolescentes porque se levanten y acuesten tarde: es natural.  Lo antinatural es tenerlos a las 8:30 despejando ecuaciones cuando ellos todavía no están, ni por asomo, despejados.

 

Luego está el asunto de los sueños.  No esperen interpretaciones estúpidas del tipo "si sueñas con caballos, te va a tocar la lotería...".  Ni siquiera le hace mucho caso al famoso Freud, aunque le reconoce que inauguró en 1900 la interpretación científica de los sueños.  

 

El de los sueños es un mundo fascinante.  Propone soluciones para las pesadillas recurrentes y excesivas, para los terrores nocturnos infantiles y post-infantiles...

Dice Weisman que tenemos cinco sueños cada noche, pero que los olvidamos casi todos.  Los especialistas creen que las pesadillas son mecanismos del cerebro para ayudarnos a afrontar preocupaciones y temores cotidianos. Es decir, los sueños son "terapeutas nocturnos".

 

Hay personas que controlan y dirigen sus sueños y algunas consiguen adiestrar a los personajes que aparecen en ellos para inspirarse o aprender habilidades como esquiar.  Walter Scott resolvía las tramas de sus novelas mientras dormía.  Coleridge soñó 200 versos de un poema nuevo.  Lo mismo cuenta Stephen King.  Mary Shelley soñó Frankenstein y Stephanie Meyer, Crepúsculo. El mismísimo Paul McCartney se levantó tarareando "Yesterday".  Mendeléyev soñó la tabla periódica y Elias Howe vio en sueños la primera máquina de coser.

 

Ah, se me olvidaba: comer queso por la noche no provoca pesadillas.  Lo malo es que el estudio estaba patrocinado por el Consejo de Queso Británico.

 

Tendré como doscientas notas tomadas de este fascinante libro.  Les recomiendo que lo lean por la mañana.  Por la noche los puede enganchar y provocar lo contrario de lo que pregona.

 

 

 

La princesa Alice y el Gran Hermano

Imagen de Pixabay
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Tres psicólogos británicos hicieron el siguiente experimento con niños de 5 a 9 años.  Les pidieron que tiraran de espaldas bolas del velcro a una diana que había a unos metros.  La cosa era difícil.  Luego los separaron en dos grupos.  Al primero le pidieron que fueran entrando de uno en uno y lanzaran lo mejor posible.  Los pobres y las pobres, al percatarse de que  no daban una y viendo que estaban solos, se volvían sigilosamente y colocaban las bolas donde les parecía para conseguir más puntos.  Al segundo grupo le contaron que en una silla que había junto a la diana estaba sentada la invisible princesa Alice, que vigilaba por si alguno hacía trampas.  Sí, es lo que están pensando. Los niños del segundo grupo actuaron con un nivel de ética/moral intachable, temiendo el ojo invisible de la invisible princesa.  No faltó alguna que se fue hacia la silla y la palpó, para ver si en efecto había tal princesa en la silla.  Empiristas y materialistas, futuros filósofos.

 

La moraleja está bastante clara: la existencia de los dioses es un hecho eminentemente práctico, un rastro bastante claro de la psique infantil, de aquellos tiempos en que los padres controlan toda la vida de sus hijos.  Fue Voltaire quien lo intuyó: "Si Dios no existiera, sería necesario inventarlo".  Y tiene toda la guasa que el gran azote de la Iglesia sea precisamente quien lo diga.  La frase es, pues, ambigua.  Los creyentes ven en lo que demuestra el experimento británico una "razón para la fe" (gran paradoja donde las haya) y los ateos y agnósticos, precisamente lo contrario, que Dios es un invento y que se podrían hacer las cosas bien sin su necesidad.

 

Hace años en un libro de texto de Lengua encontré un reportaje sobre una monja española que prestaba sus servicios a las víctimas de aquella masacre de hutus y tutsis, que dejó en estado de shock a la opinión pública mundial.  En un momento la religiosa afirmaba que estaba allí por su fe y que no sabía por qué estaban allí las otras personas, que ayudaban, pero no la tenían.  Me pareció una duda curiosa.  

 

Sea el hombre un lobo para la mujer o un perfecto salvaje roussoniano, no creo que a estas alturas de la historia quepa duda de que pueda existir una ética y una moral laicas, como la que propuso Sócrates y, en cierto sentido, Buda.  Una ética en sí y por sí misma, sin premios ni castigos a posteriori, sin grandes hermanos ni princesas invisibles sentadas en sillas de jardines de infancia.

 

 

 

No

Desde hace mucho tiempo en las comunicaciones entre aviones y torres de control se han eliminado las negaciones.  Ningún controlador dice a una pilota (saludos a mi prima Inés): "No proceda a entrar en pista".  ¿Por qué? Porque si, por mano del diablo, se interrumpe la comunicación justo en el momento de decir "no" o "don´t", el avión se mete en pista y ya tenemos más boletos para la tragedia sin más rodeos, como ocurrió en el aeropuerto del mismo nombre.  Así que si el avión se tiene que estar quieto no le dice "No se mueva", sino "Quieto y parao donde estás".

 

En el famoso caso de la violación de los Sanfermines el asunto es en parte similar. 

No soy muy de unirme a hordas con antorchas que se  autoenardecen en las barras de los bares (virtuales o físicas), pero hay que ser muy parcial para, siendo juez, no entender que lo que pasó allí fue un acto no consentido.  Y aquí viene la RAE, la otras veces tan denostada RAE, a dejar las cosas bastante claritas haciendo, esta vez sí, honor a su lema ("Limpia, fija y da esplendor").  

 

"VIOLAR: Tener acceso carnal con alguien en contra de su voluntad o cuando se halla privado de sentido o discernimiento".

 

Pues eso, que no, que ni siquiera hace falta decir no.  Si no hay sí, es que no, no entren en pista.  Sin más rodeos.  Los jueces han caído en la trampa etimológica de que "violar" y "violencia" tienen el mismo origen latino.  De modo que habrán pensado que sin pistolas, bofetadas, navajas o mordazas, no hay violación.  Muchos han interpretado este matiz casi como una incitación a la provocación de violencia para conseguir la calificación de violación.  Abuso o muerte, no hay término medio.  ¡Pues no!

 

 

 

 

Milagro en el Orient Express

 

No sé por dónde empezar a hablar de lo que pasó ayer en el estreno de Secuestro en el Orient Express.

 

Lo primero es lo primero: me dio la impresión de que fue un éxito de público.  De crítica no sé, porque no vinieron los medios (ni se les esperaba, por suerte).  Era una fecha mala y mucha gente estaba ocupada en viajes, enfermedades y espectáculos alternativos varios.   No importa.  Intentaremos hacerla otra vez y, además, está grabada en vídeo por si las moscas.

 

Lo segundo en realidad es lo primero: la valía, la entereza, el entusiasmo, la simpatía, la entrega, la humanidad y la calidad interpretativa de las alumnas y alumnos.  Fue verdaderamente impresionante, para todos y, sobre todo, para quienes vimos cómo iban solucionando los problemas que iban surgiendo.  Impactante.  El único mérito mío ha sido el casting, más, mucho más que el texto, la dirección y la composición de la mini-banda sonora.

 

Con respecto a la obra en sí, solo diré que es una mezcla de Ionesco, Pirandello, Gila y los Monty Python.

 

Una tarde que estábamos ensayando, acudió al centro mi bajista y sin embargo doctor, novelista, poeta y columnista José L. González Vera.  Teníamos que ensayar para el conciertal que dimos el martes.  Hizo una reflexión que me pareció oportuna: si estuviéramos en otro país, todos estos alumnos habrían aprobado con sobresaliente un taller o una asignatura y formaría parte de su currículum oficial.  Pero en nuestro sistema educativo este tipo de actividades se llaman extraescolares, como si fueran algo externo, un postizo a la verdadera formación.  Pocos disparates podremos encontrar mayor que ese.  

 

Bueno, lo dejo ya, que me pongo reivindicativo y se me pasa la alegría que me dieron los actores y actrices y el público que asistió y se entregó a lo que estaba pasando sobre el escenario y, en ocasiones, fuera de él.

 

Gracias, arigato, como dicen en Japón, "honto ni", de verdad.

 

 

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Atajos y educación

Imagen de Pixabay.
Imagen de Pixabay.

Voy a contarles una anécdota docente.  No me gusta contar muchas porque hay un nivel de discrecionalidad que no quiero rebasar.  Lo que pasa en la clase se queda en la clase (salvo que pregunten los padres o los inspectores).  Creo que en esta ocasión no se menosprecia ni vilipendia a nadie, sobre todo al alumnado, que siempre es el blanco de todas las chanzas posibles por parte del público general y no general.  Pero ese es otro tema peliagudo que se merece una entrada él solo.

 

Hace unos días  estábamos en clase haciendo un ejercicio de ampliación de vocabulario, (ese gran olvidado de los libros de texto, que lo trata de forma asistemática, esporádica y tangencial.  Salió la palabra "atajo".  Más de la mitad la conocía.  Pedí que pensaran ejemplos de contextos educativos, de su mundo, en los que se pudieran usar atajos.  Era de esperar que los más "brillantes", los "mejores" alumnos y alumnas levantaran la mano, pero de pronto veo que las manos que estaban levantadas eran las de los "malos" estudiantes, los desahuciados del sistema, los objetores, los cansados, los playstationadictos...  Ellos sabían los verdaderos atajos de la educación.  O creían saber, porque el primero que intervino dijo: "Que te aprueben por la cara".   Luego se habló de Formación Profesional Básica y de pruebas especiales para estudiar F. P.  Lástima que terminó la clase y no hubo tiempo para conocer más, como las chuletas, el gran clásico de los atajos, copiarse del compañero o del libro, los "cambiazos" o el último grito en tecnología, el pinganillo.

 

Esta anécdota viene a demostrar que el alumnado interviene, participa y se interesa cuando le interesa, es decir, cuando el asunto es de su interés.  Después de la clase, comentando el caso con una compañera, se me ocurrió un proyecto o un trabajo que se titulara "¿Cómo aprobar sin estudiar ni dar golpe?", "¿Cómo escaquearse constantemente en clase?", etc.  Sería la trampa perfecta: conseguir que los que no hacen nada escriban cien páginas sobre cómo no escribir nada.

 

 

 

 

Retrosorpresa

Imagen de Pixabay.
Imagen de Pixabay.

La semana pasada se me ocurrió hacer un ejercicio de creatividad literaria en clase.  Les dicté el principio de un cuento que escribí allá a finales del siglo pasado, en la década de los noventa, año arriba, año abajo.  Se titula "La tarde que volamos las cometas" y se publicó en una antología de la editorial SGEL, en 2001.

 

El ejercicio consistía en que ellos continuaran el argumento.  Unos han tirado por lo cotidiano, otros por lo fantástico, incluso uno ha hecho directamente un cómic.

 

Hoy hemos repasado sus continuaciones, les he revelado quién era el autor y he leído un fragmento más del original.   Para mi sorpresa (amnésica) el jefe de la banda de niños anima a los demás a que vayan a volar sus cometas y con el siguiente argumento: "Es la moda en Japón".  Les enseña a sus amigos una revista en la que se ve a japoneses manejando cometas y los convence. 

 

La verdad es que, como recuerda nuestra corresponsal, la "voladura" de cometas no es especialmente popular en Japón.  Fue una licencia distópica que me permití o, más bien, un garrafal error.  Lo bueno es la latencia del tema de Japón diez o más años antes de visitar el país.  No es el primer japonismo latente o patente en mi obra.  En La dulce faena ya había unos cuantos haikus y allá por el 88 pinté una caligrafía en un gran abanico con el celebérrimo poema de Matsuo Basho y la rana (Furuike ya / kawazu tobikomu /mizu no oto).

 

Cosas de profesores nipónfilos desmemoriados. 

 

 

 

 

 

Coco y el óxido del sombrero

Todavía no me he encontrado a nadie que me haya dicho que la película Coco no es una especie de maravilla.  La vi en el avión desde Helsinki a Osaka y eso es lo que me pareció.  

 

No voy a hablar del argumento, de la naturalidad de los movimientos, del mensaje oculto anti-Trump, sino de dos detalles.

 

1.- Todos y cada uno de los acordes y punteos de los guitarristas que salen en la película son rigurosamente reales, cosa que se agradece.  EStoy cansado de soportar vergonzosas posiciones y recortes de plano para evitarlas.

 

2.- En una de las escenas iniciales el niño protagonista admira en una plaza la estatua de su héroe cantante.  La "cámara" se coloca en posición de picado y deja ver una pequeña mancha de óxido en el ala del gran sombrero mexicano.  Esta mancha, absolutamente innecesaria, es una premonición del lado oculto del adorado personaje.  En eso consiste el verdadero arte, en lanzar múltiples mensajes para múltiples personas.  Así se hace un clásico.

 

 

El regreso de la palabra

Ahora que la imagen estaba terminando de zamparse a la palabra, ahora que todo es apariencia, 3D, HD y demás, ahora que la palabra (poesía incluida) estaba terminando de ser fagocitada, justo cuando las últimas hilachas pendían de las fauces de Netflix y Youtube, la palabra se revuelve y resucita.  He aquí a lo que me refiero.

 

En un famosísimo concurso televisivo de talentos todos han caído rendidos ante el  poder del verso de un muchacho llamado César Brandon.  Este guineano, rozando levemente la estilística del rap, pero con los atributos más de poeta/rapsoda, ha puesto en pie al público a capella.  Su belleza moderna que engancha a mucha gente ajena a la poesía parte de una hábil alternancia de códigos lingüísiticos, unas gotas de leve rima y una reflexión del ser humano contemporáneo perfectamente comprensible.

 

En paralelo ha ocurrido algo en mi centro que ha remachado esta idea.  Hace unos meses el departamento de Filosofía, formado por Inmaculada Gutiérrez y Miguel Heras, puso en funcionamiento un club de discusión filosófica durante el recreo.  Fui el primer día y luego ya no pude por evidentes razones laborales.  Desde entonces no he comentado nada con él hasta que ayer me dijo en el pasillo que no caben en un aula pequeña que le habíamos asignado, que son ya casi treinta los jóvenes que quieren hablar de filosofía, exponer sus ideas, oír las de los demás, interactuar, pensar...  Una hazaña pedagógica que viene a aportar un chorro de aire fresco en la enrarecida atmósfera de la agria monotonía escolar.  

 

Y es que no todo va a ser ver, aparentar y pantallear.  La gente quiere hablar en directo, quiere expresarse a golpe de lengua, glotis y cuerdas vocales, quiere volver al ágora, a pasear con sandalias junto al viejo Sócrates, aun a riesgo de acabar tomando cicuta por inciviles y antisistemas.

 

 

 

Tediria

Libro de firmas con la foto del taller de poesía Tediria.  Dámaso Chicharro es el tercero por la izquierda sentado, junto a mi amigo Emilio Lobato.  Yo estoy delante de la primera i de Tediria, en una pose que no sé ni cómo calificar.
Libro de firmas con la foto del taller de poesía Tediria. Dámaso Chicharro es el tercero por la izquierda sentado, junto a mi amigo Emilio Lobato. Yo estoy delante de la primera i de Tediria, en una pose que no sé ni cómo calificar.

Acabo de llegar de un acto entrañable.  Después de casi 25 años nos hemos reunido ex-alumnos y ex-profesores del Instituto Sierra Bermeja de Málaga, para recordar la revista Tediria, en la que vieron la luz mis primeros textos, y la figura de Dámaso Chicharro, su creador e impulsor. 

 

Se han leído poemas y se han cantado canciones y cada cual ha contado su experiencia de aquellos años mágicos en los que surgieron músicos, poetas, actores y pintores en un nivel por encima de la media.  Mi visión del asunto es que lo que ocurrió en realidad sigue ocurriendo en el mero hecho de que estemos hablando de ello y de que muchos hayamos seguido creando desde aquellos años.

 

La presencia de la familia de Dámaso le ha dado al acto un sentido aun más entrañable si cabe y el reencuentro con antiguos compañeros y profesores ha sido muy reconfortante para todos.

 

Sé que esta entrada no va resultar interesante para muchas personas que no vivieron aquel momento ni conocieron a Dámaso Chicharro Duarte, a quien tanto le debo en mi vertiente de poeta.  Nunca podré olvidar que fue él quien publicó mi primer libro (La dulce faena) incluyéndome, como un polizón, en una nómina de poetas prestigiosos y consagrados.  Esta es la razón por la que quería dar, ahora mismo y en caliente, testimonio de este acto que acabamos de vivir y de esta persona con la que, como he dicho antes de leer mis poemas, a veces sueño.  En esos sueños Dámaso viene siempre hacia mí sonriente, me saluda cariñosamente y me mira con una curiosa connivencia, como queriéndome contar un valioso secreto del más allá que nunca acabo de conocer.  Quizá lo único que está diciendo es que, en realidad, no está muerto, sino dentro de mí y dentro de todos aquellos que lo conocimos, a los que quiso y que lo quisimos, cada vez más con el tiempo.

 

Por eso cuando he firmado sobre el escenario el libro de visitas que han abierto para el evento, he escrito: "Va por ti, Dámaso. Gracias".

 

 

 

De niños y de cerezos

Pétalos de sakura caídos tras la lluvia.
Pétalos de sakura caídos tras la lluvia.

Ya estoy de vuelta de este viaje tan especial a Japón.  Especial por las fechas que han abarcado (plena floración de los sakuras en Osaka) y por razones familiares, que son una mezcla agridulce de alegría y tristeza, tan paradójica y vital como el propio auge y caída de los pétalos del cerezo.

 

Cada vez que vuelvo tengo la tentación de contar una gran cantidad de cosas que luego no cuento.  Temo incurrir en el tópico del amigo pesado que no para de soltar anécdotas sin fin y de enseñar fotos a traición.  Por eso utilizo este medio, el blog, para ir dando fe de cosas que he visto, comido, olido y oído en mis estancias en Japón.  

 

A pesar de que hemos estado ocupados con asuntos domésticos, ha habido tiempo para ver y aprender.  Y para aprender a ver.  De esto quiero hablarles.  

 

Iba por la calle camino del supermercado y observo a un niño de unos seis años que iba solo por la calle a eso del mediodía.  No es la primera vez que veo niños yendo solos al colegio con sus mochilas impecables, pero este iba ligero de equipaje, que diría don Antonio, y como mirando a los lados, edificios, carteles... y hablando solo también.  Aunque me intrigó, no le di más importancia, pero a los pocos días nos contó una profesora de la Universidad de Osaka que existe la costumbre en Japón de que los niños vayan sin compañía de adultos al colegio desde el primer día.  Y, por supuesto andando o en autobús/metro.  Nada de atascos multitudinarios con policías y doblesfilas.  También nos dijo que, como Osaka (y sus alrededores) está considerada una gran zona urbana más o menos "peligrosa", las madres se colocan en ciertos tramos o esquinas y van "redirigiendo" a los niños en su recorrido de forma sutil e indirecta.  Al parecer el niño que me encontré estaba "en prácticas", ya que precisamente a principios de abril empiezan las clases en todos los niveles.  En ese sentido, como en otros, los japoneses viven según los ritmos de la naturaleza.

 

Y conforme a esos ritmos también llegué con la flor de cerezo y me fui cuando la lluvia arrancó y esparció sus pétalos por el suelo, lo que me llevó a escribir el siguiente haiku que ha traducido amablemente la profesora Tamiko Nakamura.  Han salido más.  Ya veré que hago con ellos.  Quizá acabarán siendo una sección de un futuro libro.

 

Y todo esto (no se olviden) gracias a la valentía y valía de nuestra corresponsal y ,desde ahora, profesora de español de la Universidad de Osaka, Fina G. Naranjo.

 

NOTA: Quienes quieran ver fotos de este viaje y un par de haikus más pueden entrar en la cuenta de Instagram "montecoronado".

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Mujeres y perspectiva

Dice la paleoantropología que cuando bajamos de los árboles necesitamos ponernos de pie para ver presas y/o para no ser una de ellas en las hostiles sabanas africanas.  Así comenzó la bipedestación, por la que tuvimos que pagar un precio: las caderas se nos estrecharon, lo que provocó que los recién nacidos tuvieran que ser más pequeños y, en consecuencia, menos desarrollados.  De modo que, por el bien de la especie, comenzamos a nacer más indefensos y las hembras se encargaron de cuidarnos, mientras los machos se iban por ahí de caza, de pesca o de farra prehistórica.

 

Ahí comenzó la famosa división del trabajo por sexos, que continúa más o menos hasta nuestros días.  No obstante, a partir de las ideas igualitarias de la Ilustración y, más recientemente, del trabajo femenino en las fábricas cuando los hombres nos matábamos vivos en las trincheras de la Gran Guerra, la mujer comenzó a replantearse(nos) el asunto de la domesticación (de "domos", casa) y del menosprecio masculino y surgió una corriente de pensamiento que acabó llamándose feminismo. 

 

Y así hasta el pasado jueves 8 de marzo, que, en muchos sentidos, puede ser considerado un día histórico, al menos en España.  A pesar de que tuve que trabajar el triple para cubrir servicios mínimos, creo que mereció la pena (?) si se empieza a ver la luz del final del largo túnel de injusticias y crímenes cometidos contra madres, hermanas, esposas, hijas, cuñadas, sobrinas...

 

A lo largo de mi vida he conocido a tantas y tantas mujeres valiosas, dinámicas, inteligentes, capaces... que jamás me entrarán en la cabeza ninguna de esas ideas retrógradas que circulan todavía por ciertos (¿muchos?) cerebros anquilosados, sean del sexo que sean.

 

Lo único que temo es que todo quede en otra revolución mediática más y que se disuelva tras una cortina de partidos del siglo, guerras lejanas, chismorreos, "trumpadas" o mero cansancio.  Y a mis cosexuados les digo que se relajen, que verán cómo nada malo vendrá de nuestras compañeras, las que nos parieron, amamantaron, aguantaron y mimaron.

 

No perdamos las perspectiva que ganamos estrechando nuestras caderas hace millones de años.

 

 

 

 

 

 

Monólogo viendo llover sobre Andalucía

Andalucía está acostumbrada a recibir el agua procedente de las lágrimas de sus habitantes; no tanto la que cae de las nubes.  Salvo en algunas de las montañas que la circundan o dividen, esta es tierra de sequías pertinaces, de desiertos peliculeros, de costas soleadas y olivares calcinados.  Por eso resulta tan extraño este día "mininacional", nublado, celta, gris como un atardecer en Escocia.

 

Hay quienes hoy gritan a los cuatro vientos el orgullo de haber nacido aquí.  Yo lo llamaría, en todo caso y con mucha precaución, suerte.  Ser coterráneo de Séneca, Lorca, Velázquez, Picasso, Ibn Hazm, Góngora, Juan Ramón, Ibn Firnás, María Zambrano, Camarón, Falla o Vicente Aleixandre es eso, una suerte casual, no un proyectil argumental que haya que lanzar sobre otros (que sí los lanzan).  

 

Hay quienes consideran Andalucía un invento político de la transición y que hablan solo de España o de alguna de nuestras ocho provincias.  Allá cada cual con su adhesiones.  

 

Por mi parte hablo andaluz, escribo castellano, leo en inglés o en francés, estudié varias lenguas que no llegué a hablar demasiado bien.  Me gustan el gazpacho y la paella, los quesos suizos (que no puedo comer por razones cálcicas) y el okonomiyaki (tortilla japonesa típica de Osaka).  Lo mismo escucho blues que bulerías, a Satie que al ilustre Eduardo Retamero.  Leo a Matsuo Basho y a Mesa Toré, a Azorín y a Nietzsche, a Safo y a Machado.  Porque una cosa es haber nacido, habitar incluso, y otra es vivir, ser, sentir(se).

 

En este día en que la lluvia, evaporada a miles de kilómetros de aquí, desdibuja el paisaje y el paisanaje, les deseo a todos un feliz día de Andalucía, es decir, de la Humanidad.

 

 

 

  

 

 

Los límites de la literatura

No me canso de decirlo cuando viene al cuento: la literatura está en todas partes; algunas veces, incluso, en la literatura.  Decir que tal canción no es literatura equivale a menospreciar a los juglares medievales, al Nobel de Minnesota y hasta el propio Homero ("Canta, oh musa, la cólera del Pélida Aquiles...").  La lingüística se ha encargado de recordarnos que cualquier acto de habla puede obedecer a lo que Roman Jakobson bautizó como "función poética".  Llamar a alguien "prenda", "tesoro", "princesa" o "picha" es construir una metáfora, una hipérbole o una ironía, según sea el caso.  Y así hasta el infinito (hipérbole).  El lenguaje coloquial está atestado de función poética (metáfora e hipérbole).

 

Cuando falleció el gran Chiquito (paradoja) hablé de la creatividad lingüística, tan querida por los poetas de la cuerda de Quevedo, por poner un caso.  Ayer en clase de literatura, hablando precisamente de los límites de la literatura, una alumna me preguntó si las chirigotas y comparsas del carnaval se pueden considerar teatro. A lo que respondí: "Una hamburguesa no es".  Es decir, es un producto humano verbal humano (y teatral) y, como digo, un tenedor no es, ni una vaca.  Así que nos vemos obligados a reconocer que es literatura.

 

Y hoy nos deja, volando hacia el cielo de los maestros del lenguaje, Forges, el dibujante que consiguió la unanimidad de una país tan enemigo de las unanimidades (al menos cada cuatro años, o sea, de mundial en mundial).  Sí, ya sé que tampoco es literatura, pero la gracia de sus diálogos no tienen nada que envidiar a Benavente o Esquilo.  No es teatro, pero tampoco es pintura y no colgarán sus viñetas en el Louvre.  

 

Mejor, así no habrá que hacer cola para verlas.  Opino.

 

 

 

Tiquismiquis now

Todos somos tiquismiquis.  Cada cual se molesta cuando se le toca el más mínimo matiz de su incumbencia.  Los gramáticos abominan de las "portavozas", los obispos, de las blasfemias en distinto grado; las feministas, de los matices acerca de la presunción de inocencia.  Y así los taurinos, los antitaurinos, las nacionalistas, las pro y los contras...

 

Nos creíamos que el apocalipsis iba a ser una fanfarria de caballería (de equinos o helicópteros wagnerianos), un hongo letal radioactivo, un ataque de naves extraterrestres, o una lenta degeneración del medio ambiente.  Y resulta que vamos camino de lo que el ensayista francés René Girard llama una "crisis sacrificial", una situación de caos en el que todos van contra todos porque todos son, en el fondo, iguales y  creen tener derecho a torear o a prohibir el toreo, a abortar o a defender al feto, a reírse de todo Cristo o a que nadie se ría de las creencias...  Se trata de una igualdad insoportable que sólo se resuelve con la aparición de un "chivo expiatorio", un "otro", un "marcado", normalmente el extranjero, el "loco", el "raro"...  Ignoro quién pagará semejante pato, pero sospecho que a fecha de hoy los no tiquismiquis son los que tienen más papeletas.  En ocasiones me imagino a los chivos expiatorios en sus despachos, en sus palacios, en sus mansiones tropicales, frotándose las pezuñas y repitiéndose el mantra que los mantiene con vida: "Divide y vencerás".

 

 

 

 

La pista de los pronombres

Un reciente estudio realizado en la Universidad de Reading (Reino Unido) ha desvelado que los pronombres constituyen una pista excelente para revelar tendencias suicidas.  El uso abusivo de "yo/mí" (y el determinante derivado "mi") es la clave.  Claro que también aparecen adjetivos sospechosos, como "miserable", "triste" y "solitario",  y adverbios como "siempre", "nada" y "completamente", pero confían más en la eficacia predictiva de los pronombres. 

 

Mohammed Al-Mosaiwi y Tom Johnstone (autores del estudio) han rastreado con análisis computerizados de textos foros de internet dedicados al suicidio y han llegado a la conclusión de que en ellos se da un lenguaje "absolutista", una especie de ideolecto radical, propio de aquellos que han llegado a posiciones extremas, que no admiten matices ni interferencias de terceras y segundas personas del singular y, mucho menos, del plural (tú, ella, él, vosotras, ellos...).

 

Los pronombres son la esencia de la persona, el tuétano, podríamos decir.  Pedro Salinas lo supo y fruto de ello fue aquel magistral poema de amor en La voz a ti debida, que hace unos días les leí a mis alumnas.

 

 

    Para vivir no quiero

    islas, palacios, torres.

    ¡Qué alegría más alta:

    vivir en los pronombres!

 

    Quítate ya los trajes,

    las señas, los retratos;

    yo no te quiero así,

    disfrazada de otra,

    hija siempre de algo.

    Te quiero pura, libre,

    irreductible: tú.

    Sé que cuando te llame

    entre todas las gentes

    del mundo,

    sólo tú serás tú.

    Y cuando me preguntes

    quién es el que te llama,

    el que te quiere suya,

    enterraré los nombres,

    los rótulos, la historia.

    Iré rompiendo todo

    lo que encima me echaron

    desde antes de nacer.

    Y vuelto ya al anónimo

    eterno del desnudo,

    de la piedra, del mundo,

 

    te diré:

    "Yo te quiero, soy yo".

 

 

 

 

Satoris

La historia está llena de momentos cruciales (casualidades, traiciones, caídas de caballos...) que cambiaron el curso de los acontecimientos.  En la vida personal también los hay.  

 

Es cierto lo que dicen muchos sabios: que todo es un flujo indefinido de tendencias, movimientos sociales, características psicológicas...  Pero no menos verdad es que si, por poner un caso, el chófer de archiduque de Austria-Hungría no se hubiera equivocado de calle en Sarajevo, lo mismo el famoso atentado no se hubiera producido y se podrían haber evitado las dos guerras mundiales.  Nunca se sabe.  No creo que esos dos grandes conflictos fueran el colofón inexorable de un destino ineludible.  No quiero creerlo.

 

Un caso memorable de momento de cambio, de iluminación, de satori (como lo llaman en el zen) es el que cuenta Haruki Murakami.  Estaba en un partido de béisbol y en medio de una jugada entendió que tenía que escribir una novela.  Más tarde ahondó en el descubrimiento y resultó que era un novelista, no el dueño de un bar de jazz en Tokio.

 

En la vida de cada cual hay satoris de todo tipo e intensidad.  Unas veces descubrimos en una sonrisa una traición, en una noticia, la solución a un problema; en el reflejo de un charco, un recuerdo que nos conduce a la depresión; en el sabor de una magdalena, la decisión que no queríamos tomar.  El zen trabaja mucho este concepto y sus apólogos están llenos de repentinas iluminaciones, que llegan tras un golpe, una frase, un pájaro que canta a lo lejos...  Muchos haikus son el rastro de pequeñas iluminaciones que el poeta vierte en diecisiete sílabas con la esperanza de que otros se transformen momentáneamente:

 

      Canta el pequeño cuco

      precisamente hoy

      que no hay nadie.

 

Ayer en clase, explicando a Miguel Hernández, les conté a las alumnas (para dos alumnos que hay generalizo con el femenino) que leyendo la "Elegía a Ramón Sijé" sufrí una especie de iluminación "de piedras, rayos y hachas estridentes".   Luego vinieron más satoris y personas/satoris y casualidades... y acabé con un puñado de versos publicados por ahí.  Quizá si no me hubiera topado con ese poema en precisamente ese momento, ahora sería médico, novelista, cura o pertiguista.  Nunca se sabe. Por suerte.

 

 

 

¡Viva la Cordillera de los Andes!

Corrían los albores de los ochenta, aquellos años en los que nadie era responsable de casi nada.  Habíamos escapado indemnes de una dictadura, de un golpe de estado zarzuelero y pronto lo haríamos de Curro y Cobi.

 

En el instituto donde era alumno (el Sierra Bermeja de Málaga) nos reuníamos unos cuantos atrevidos y atrevidas adolescentes, en torno a poemas y a la buena compaña de Dámaso Chicharro, creador del taller de poesía Tediria.  Un buen día Dámaso apareció por allí con los antipoemas de Nicanor Parra y allí fue Troya.  De pronto descubrimos que había un mundo más allá de la taciturnidad de la transición, de los clásicos, los modernistas, Machado, Lorca, Hernández y demás.   El libro iba de mano en mano, como la falsa moneda, movido por la avidez de quienes buscan un tesoro de palabras... hasta que se perdió.  De entre todos los muchos y buenos poemas del maestro chileno nos gustaba, por lo coral y surrealista,  "Viva la Cordillera de los Andes".  Esta tarde, cuando he conocido la muerte de Nicanor Parra, he mandado algunos mensajes con ese texto.  Algún amigo de aquellos años me ha llamado preguntándomelo: "¿Ha muerto ya?".  Otros simplemente ha continuado el estribillo de aquel poema: "Muera la cordillera de la costa".  Otro ha opinado que ha sido una anti-muerte, una muerte pasada de fecha (¡103 años!).

 

Con el tiempo cada cual siguió su camino y el mío corrió paralelo a la cordillera de la poesía (explicándola, escribiéndola, recitándola, cantándola...) y cuando andaba buscando un título para uno de mis libros, lo encontré en unos versos de Nicanor Parra: "A propósito de escopeta / les recuerdo que el alma es inmortal".  

 

Y es que siempre (antes de conocer su obra) me encontré muy cómodo en los márgenes de la poesía, en la trinchera contraria a veces, pero sin tanto ahínco y contundencia como el maestro.  Falta de pulso o de valor, pusilanimidad estilística. 

 

Adiós, maestro del disparate razonable, de la rima tonta y profunda, del discurso truncado, de la frase certera, como pedrada de cabrero, el que dijo una cosa por otra, un embutido de carne y bestia.  Viva la cordillera que te parió.

 

 

Viva la Cordillera de los Andes

 

Tengo unas ganas locas de gritar

Viva la Cordillera de los Andes

Muera la Cordillera de la Costa.

 

La razón ni siquiera la sospecha

pero no puedo más:

¡Viva la Cordillera de los Andes!

¡Muera la Cordillera de la Costa!

 

Hace cuarenta años

que quería romper el horizonte

ir más allá de mis propias narices,

pero no me atrevía.

 

Ahora no, señores,

se terminaron las contemplaciones:

¡Viva la Cordillera de los Andes!

¡Muera la Cordillera de la Costa!

 

¿Oyeron lo que dije?

¡Se terminaron las contemplaciones!

¡Viva la Cordillera de los Andes!

¡Muera la Cordillera de la Costa!

 

Claro que no respondo

si se me cortan las cuerdas vocales

(en un caso como éste

es bastante probable que se corten).

 

Bueno, si se me cortan

quiere decir que no tengo remedio

que se perdió la última esperanza.

 

Yo soy un mercader

indiferente a las puestas de sol

un profesor de pantalones verdes

que se deshace en gotas de rocío

un pequeño burgués es lo que soy.

 

¡Qué me importan a mí los arreboles!

Sin embargo me subo a los balcones

para gritar a todo lo que doy

¡Viva la Cordillera de los Andes!

¡¡Muera la Cordillera de la Costa!!

 

Perdonadme si pierdo la razón

en el jardín de la naturaleza

pero debo gritar hasta morir

¡¡Viva la Cordillera de los Andes!!

¡¡¡Muera la Cordillera de la Costa!!

 

 

 

Metáforas monárquicas

La que más me gusta es "el rey de la selva", referida a un animal que ni habita en la selva ni se enfrenta a otros animales.  Es una especie de vago melenudo que vive en la sabana a costa de las hembras.  En otras palabras, un proxeneta de secarral.  Dejemos de lado a El rey león, ese "simbático" y menudo Hamlet, y al rey de León, que sí existió de verdad.  Lo que no existió fue ningún león, ya que, como saben, es una deformación de la palabra latina "legionem".  

 

Luego está el rey del rock, nacido en un país republicano.  Y el del mambo, que no sé muy bien quién es ni a qué se dedica. 

 

Si bajamos el escalafón, tenemos a las princesas que llegan demasiado tarde, como decía la canción, o esperan ser desposadas por un príncipe, que ora es azul, ora verde como una rana, o marrón como una galleta.  Y princesitas en cada casa y en cada franquicia de Disney.

 

También hay príncipes menudos y negros de Minneapolis, que cantan bajo una lluvia púrpura, y graciosas majestades que entonan rapsodias bohemias.  Incluso sultanes del swing y reinonas de altos tacones, que recorren desiertos entre canguros, koalas y pelotas de ping-pong.

 

Todo un mundo de coronas y cetros al servicio de nuestra clasista imaginación.

 

 

 

 

Púlpito libre

El personal se despacha a gusto dando opiniones sin medida.  Una veces lo hacen desde los púlpitos, otras, desde las cátedras, los blogs, los tweets o, lo más clásicos, desde la barra del bar, sobre todo si es barra libre.

 

No hay límites para la doxorrea (o fluido de opiniones).  Ocupan gran parte de discurso doxorreico los políticos, con su ineficacias, distanciamientos y corruptelas.  Les siguen de cerca alteridades varias, es decir, los otros, los enemigos, los que no son como el doxorreico y sus oyentes (futuros doxorreicos activos): las mujeres/hombres, los madrididistas/culés, los guiris, los moros, los ricos, los funcionarios, los ecologistas, los milenials, los calvos...

 

Los púlpitos del doxorreico son variados en el mundo virtual y mediático, pero también lo son a pie de calle.  Uno de los más terribles, por lo que tiene de incontrolable, es el asiento del conductor del taxi.   De ahí no te puedes escapar.  Recuerdo un viaje trepidante y terrorífico por las calles de Málaga en el que el taxista no paraba de opinar sandeces varias.  Para cortarlo, a alguien del pasaje se le ocurrió preguntar por el fútbol, potente desviador temático, pero el hombre dijo que no podía poner la radio porque el médico se lo había desaconsejado: "Por lo nervios".   Y seguimos disfrutando de semáforos en ámbar, curvas cerradas, frenadas y acelerones...

 

Otros son las reuniones de todo tipo: familiares (con el cuñado a la cabeza como arquetipo doxorreico), vecinales o laborales.  En estas últimas predomina el tópico "malditos jefes".  Luego están las colas, casi siempre de tiendas de barrio o de mercado de abastos.   Las de supermercados y bancos son más silenciosas y tristes: los bips del escáner, las deudas vergonzantes...

 

Pero sin duda el rey de los púlpitos populares es la ya mencionada barra del bar.  El efecto desinhibidor de las sustancias ingeridas (excitantes o embriagantes), la postura de codo-en-barra, la falta de libertad de los que han sido invitados a una ronda, la esperanza de tomar la palabra en cuanto se pueda meter cuña... hacen de esta situación el paraíso, el Xanadú, el Shangrilá del doxorreico.  Allí, además, cuenta con el apoyo argumental del televisor, que no para de suministrar catástrofes y chismorreos, con los que el doxorreico apuntala su discurso múltiple e inagotable, como una hidra de mil cabezas a la que no hay un Hércules que le corte el rollo. 

 

 

 

 

Profesionales serios

En España (puede que en otros sitios también) tendemos a confundir profesionalidad con aburrimiento según la siguiente fórmula: si eres profesional, eres un profesional serio, ergo no eres divertido, en consecuencia eres un tipo/a amargado, que no sabe disfrutar de la vida, que son tres días (y uno nublado).  Eso incluye, si me apuran, hasta a los payasos profesionales. 

 

Veo en bares, tiendas y gasolineras a muchos y muchas trabajadores de otros países que hacen sus tareas con ahínco y profesionalidad, con dedicación, concentración y, en el buen sentido de la palabra, seriedad.  Y observo el contraste con muchos compatriotas, para los que el trabajo es algo "demasiado serio", antivital casi, algo que les impide vivir plenamente su existencia de individuos libres: cajeras hablando sin parar sobre sus permisos o la fiebre de sus hijos, fontaneros que no traen las herramientas (¿Tendrá usted por ahí una escalerilla?), repuestos que siempre-hay-que-pedir-a-Barcelona, cartas extraviadas, citas médicas post mortem...

 

Creo (es una teoría endeble) que esta actitud indolente hacia el trabajo proviene de aquellos siglos en los que España creía merecer todo lo que llegaba en los barcos de América y todo el mundo se creía alguien ("Usted no sabe con quién está hablando.   Yo soy un concejal de Cuenca").  El trabajo era indecoroso para la nobleza y oneroso para el pueblo llano, limpio de sangre.  Sólo trabajaban los judíos (en las ciudades) y los moriscos (en el campo).  El resto era una pléyade de quijotes, sanchopanzas y lazarillos buscando el chollo, la prebenda, la herencia o la lotería.   Súmenle a esto la sobrecualificación: soy ingeniero y estoy vendiendo helados de dulce de leche, así que no me pidas que me dedique a esto con demasiada intensidad.  Max Weber ya dijo algo al respecto, pero relacionándolo con la religión. 

 

Vale, lo mismo son generalizaciones y hay inmigrantes que se escaquean y españolitos dando el callo.  Me callo, no vayan a pensar que soy un ensayista antiespañol, poco serio y profesional.

 

 

 

Estabulación

Una pregunta concreta: ¿cuántas veces se han visto ustedes obligados u obligadas a usar la palabra que da título a esta entrada?  Otra pregunta: ¿sabrían definirla de manera más o menos acertada?

 

Hace unos días, en el contexto de una conversación sobre educación, nacida al pairo de un curso que estamos haciendo, una compañera y amiga me contó que su hija (de 4º de primaria) ha tenido que estudiar(se) la palabrita de marras: "estabulación".  (Cuanto más la digo más rara me parece).  

 

Los libros de texto están repletos de vocabulario inútil, inadecuado, cuando no obsoleto; henchidos de contenidos fútiles y banales; hasta arriba de inutilidades que no sirven para ser un ciudadano/a medianamente competente, sociable y, mucho menos, feliz.  A veces me da la impresión de que, en lugar de vender educación, venden mero papel y cartón.

 

El curso al que aludía antes lo ha impartido en el CEP de Marbella el profesor Juan Vaello Orts y se titulaba: "Cómo dar clase a los que no quieren".  Ha terminado esta misma noche y ha sido un placer oír ideas razonables, prácticas, contrastadas, fáciles y rápidas, referentes a tan espinoso y crucial tema.  Una de ellas ha sido la que el autor llama "podar e injertar": quitar contenidos baladíes y meter contenidos interesantes.  Es decir, menos "estabulario" y más enseñar al alumnado a comportarse, controlarse, emocionarse, querer saber, motivarse...

 

 

 

 

La muerte de mi amor

Seguramente no habrán visto (ni oído hablar de) esta película: La muerte de mi amor.  Es de mediados de los cuarenta, en plena posguerra, cuando mi madre tenía diez años aproximadamente.  Digo que no habrán oído hablar de ella, porque no existe.  Es un título que se inventó mi madre sobrevenidamente o, como dicen mis alumnos/as, por la cara.  En una supuesta y remota conversación de aquellos legendarios tiempos alguien le preguntó:

   —Pepita, ¿dónde has estado?".  

   A lo que ella respondió:

   —En el cine Rialto. 

   —Y ¿qué película has visto?

   —La muerte de mi amor.

 

Así, por la buenas, amalgamando con ingenio sincrético las tramas y títulos de muchas películas que tratan esos dos temas axiales de la narrativa de todos los tiempos.

 

En mi modesta opinión de hijo y de fan de una y de otro, Borges no llegó a la altura de mi madre cuando dijo aquello de que cuatro son las historias que se repiten a lo largo de toda la literatura: el cerco, el regreso, la búsqueda y el sacrificio.  

 

Lo siento por mis colegas borgeanos: Borges es único, pero madre no hay más que una.