¿Dónde está el futuro?

Bandera wiphala de los aymara.
Bandera wiphala de los aymara.

Este año no voy a caer en la cansina polémica genocidio/invasión/raza/hispanidad...  Pero sí quiero comentar algo que he leído por ahí sobre uno de los pueblos indígenas de América.  Al parecer los aymara, que sobreviven en Bolivia, Perú y Argentina, tienen un concepto muy curioso de dónde están el futuro y el pasado. 

 

Para nosotros el futuro está delante ("tienes toda la vida por delante", "debes seguir adelante con tu vida") y el pasado está detrás ("dejó atrás una vida de vicio y depravación", "tiene una gran experiencia a sus espaldas").  La metáfora (alegoría más bien) consiste en que caminamos por el sendero del tiempo y vamos encontrando lo que va sucediendo y dejamos atrás lo que sucedió.  Pero los aymara opinan lo contrario: el futuro está a nuestras espaldas porque no lo conocemos, mientras que el pasado está delante, porque sí podemos verlo o recordarlo.  A mí me parece impecable el razonamiento.  No entiendo cómo no ha caído en ello ninguno de los múltiples filósofos que han alumbrado con su sapiencia estos últimos dos mil y pico años.  

 

Al ir hacia el futuro de espaldas se explican los tropezones que damos y los abismos en los que nos precipitamos, individual y colectivamente.  Podría poner muchos ejemplos recientes pero seguro que ya están imaginándolos.

 

 

 

Tal vez dormir

Un grupo de investigadores de Austria, Finlandia y Hungría ha descubierto que los árboles duermen.  Al parecer, cuando decae la luz pierden presión de turgencia, es decir, el agua que contienen se va hacia abajo y lo árboles dejan de hacer el esfuerzo de mantener las ramas erguidas, en busca del sol.  No es que se echen a roncar como un gato o se pongan pijama o chanel como una humana, pero se inclinan diez centímetros.  Se puede decir que echan una "ramada" o cabezada, como, por otra parte, ya sabíamos que hacen los girasoles.

 

Las personas gastamos ingentes cantidades de energía, es decir, de dinero, en mantener la luz durante las cíclicas tinieblas del planeta.  A veces, los fines de semana sobre todo, usamos persianas, cortinas, antifaces y almohadas, para evitar lo contrario y seguir durmiendo.  Dicen los investigadores que estamos haciendo la puñeta a los árboles de las ciudades, ya que, debido a la presencia de luz constante, no pueden descansar y acaban como los presos de Guantánamo, estresados y derrotados.

 

Y ¿cuál es la moraleja de esta historia?  Que hay que dormir, que hay saber seguir el ritmo de la naturaleza, que hay que darse de baja de Netflix, que hay que ver amanecer, un espectáculo maravilloso que sucede demasiado temprano.  En estos días tan ajetreados para los que nos dedicamos a la administración educativa, se echa de menos especialmente esa cronosincronía.  Los días se agolpan con sus tardes y sus noches y todo es un continuum de tablas, pantallas, papeles y peticiones.  Un no parar, pero hay que parar.  Aunque sea para escribir textos como este, para vivir y luego, si Hamlet me lo permite, tal vez dormir.

 

 

 

Raros

Cansa ya tanta falta de información y perspectiva.  En relación con el temita del semen de pulpo y otras rarezas gastronómicas japonesas, en un muy pequeño paseo por redes sociales me encuentro otras supuestas rarezas japonesas (u orientales en general): que si niños embutidos en paraguas gigantes, que si mujeres-mesa sobre las que se come sushi...  Un no parar.

 

Como ya he dicho un montón de veces, en Japón hay pocas cosas raras, al menos a la vista, en las calles y lugares más o menos cotidianos (no digo que no haya frikeríos en algunos barrios de Tokio).  Muy al contrario, la normalidad y la tranquilidad inundan la vida cotidiana de aquel país, incluso en grandes urbes como Osaka, que es la que más conozco.  Es más, cuando uno se acostumbra a que los trenes, autobuses y aviones lleguen y salgan a su hora, cuando uno ve como normal que le resuelvan los pocos problemas que surgen (derivados casi siempre por nuestra incompetencia lingüística o cultural) con tranquilidad y predisposición positiva, cuando el camarero da un salto para reponer un palillo que se te ha caído antes de que casi caiga al suelo, cuando... entonces vas y tienes una iluminación: los raros somos nosotros, que no paramos de meter palos en las ruedas, de postergar, de protestar, de escindirnos, de envidiar, de (casi) prohibir las placas solares, de decir que "esa pieza hay que pedirla a Alemania" y... Bueno, mejor lo dejo, que luego dicen que no soy patriota, o español o lo que sea que se supone que debo ser.  Además, ya lo conté hace seis años en un post del viejo Monte Coronado.

 

En otras palabras: nos reímos de las rarezas de los otros, quizá para no lamentar las nuestras, tan evidentes que no las vemos o no queremos verlas.  Vigas y pajas, pajas y vigas.

 

 

 

Imaginarios

Hace años el azar me llevó a leer, estudiar, fichar incluso, gran parte de la bibliografía (casi toda francesa) sobre la poética de lo imaginario, una tendencia/escuela de pensamiento que está entre la crítica literaria, la mitología, el simbolismo, la filosofía cultural...

 

En ella se argumenta que todo lo que pensamos está sometido a unas estructuras o funcionamientos más o menos rígidos o flexibles a los que llamamos "imaginarios".  Por ejemplo, en la Edad Media existió un imaginario de la "fugacidad de la vida", en el Renacimiento el imaginario preponderante era el del "disfrute de los bienes materiales y del tiempo vital", etc.  Los imaginarios son como grandísimas redes dentro de las cuales vivimos y de las que, por supuesto, no somos conscientes.  Se necesita mucho tiempo o mucho poder de abstracción para saber localizarlos y comprenderlos.  

 

El mundo actual también es presa de un imaginario que algunos han llamado "pensamiento líquido", otros postmodernidad, o postverdad, o virtualismo...  Si uno echa un vistazo somero a las carteleras de los cines observará cuerpos musculosos, jóvenes, atractivos, violentos, dispuestos a salvar el mundo de incontables peligros extra o intraterrestres.  Decimos que somos democráticos, liberales, permisivos, respetuosos, ecológicos..., pero quizá se trate de un exoimaginario que nos hemos creado, una cáscara biempensante que trata de protegernos de peligros y miedos más profundos.  Junto a este imaginario occidental, consumista, frenético, tecnológico, competitivo, antirracista, democraticista, feminista, ecologista y demás, existen otros imaginarios, que son infundidos en ciertos jóvenes cuyos orígenes raciales o religiosos son distintos.  Los imanes a sueldo del petrowahabismo inoculan en ellos la idea de venganza, de lucha santa, de paraísos prometidos en un libro hace milenio y medio.  Y cuando un imaginario arraiga en una mente, hay que ser muy filósofo francés, muy Bachelard, muy Gilbert Durand, para escapar a su influjo.  

 

Somos lo que imaginamos ser.  Si imaginamos ser justicieros vengadores, salvadores del mundo, sea de transformers, americanos, alienígenas, negros, zombies, occidentales, judíos, moros o cristianos, lo seremos y no dudaremos en ponernos al volante de una furgoneta o en ir apuñalando transeúntes en el nombre del dios, la patria o la idea que imaginamos.

 

Por eso es tan importante saber en qué red imaginaria estamos atrapados, porque los pescadores que las echan saben manejar los hilos y vendernos en el mercado.  A saber en qué red están atrapados ellos mismos.  Pero ese es su problema.

 

Y por eso también, más allá de los conocimientos técnicos, teóricoprácticos, como las partes de la célula, las de la oración o las ecuaciones de segundo grado; más allá incluso de la consecución de bienes materiales, hay que apostar sin duda por la educación en valores.  Serán también imaginarios, pero son los únicos que tenemos y no propugnan el odio ni la violencia.  Si no sabemos venderlos, otros vendrán con imaginarios más atractivos, tejerán sus redes delante de nuestras narices y pasará lo que tenga que pasar.

 

 

Semen a la brasa, ninjas, geishas y toreros

La paella (paeria dice el cartel en katakana) del bufé del hotel de Sounkyo.
La paella (paeria dice el cartel en katakana) del bufé del hotel de Sounkyo.

Justo antes de salir para Japón hace dos semanas leí una noticia.  El chef Dabiz Muñoz iba para allá también, imagino que en business, con sus tatuajes, rapados y pendientes antisistema.  Como otros tantos, va periódicamente a vampirear ideas.  Como tiene que ser, por otra parte.  La historia es un flujo de ideas o no es nada.

 

Desde allí retransmitió que había probado por primera vez el semen.  Eso decía el titular, que (lo sabemos ya de sobra) es una reducción antibalsámica de la verdad.  El semen que había probado era de pulpo.  Si el titular contribuía a cuestionar la heerosexualidad del cocinero, el desarrollo de la noticia remarcaba el carácter "extraño" de la cocina japonesa y, por extensión, de lo japonés.  Luego hubo una contranoticia.  Entrevistaron a cocineros japoneses que trabajan en España y afirmaron que ni el semen de pulpo ni las hormigas vivas son algo que se coma normalmente en Tokio, Asahikawa o Hiroshima.  Hay que ir a buscarlos a ciertos sitios recónditos y/o exquisitos.  Además lo de las hormigas vivas es un invento de un chef danés que tiene el gorro puesto en Chiba o por ahí.

 

Desmontado el artificio, queda desnuda la verdad, la que hemos vivido en este último viaje a Hokaido y que no es otra que: patatas fritas, sandías, melones, ramen, edamame, sashimi, algo de sushi (poco), huevas de salmón, pescado a la brasa, helados... hasta paella había en el bufé del hotel.  Ni geishas, ni toreros, ni ninjas, ni semen de cachalote... Gente normal viviendo vidas normales debajo de un misil intercontinental.  Pero esa es otra historia que contaré otro día, como digo, si tengo tiempo y ganas.

 

Aquí les dejo fotos de algunas comidas y bebidas consumidas en este viaje:

 

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1937, 1984, 1997

George Orwell (el más alto de la foto) en la Guerra Civil española.
George Orwell (el más alto de la foto) en la Guerra Civil española.

El Gran Hermano estuvo a punto de no llegar a existir una madrugada de 1937.  George Orwell lo cuenta con detalle en su Homenaje a Cataluña.  Un francotirador fascista acertó a meterle una bala en el cuello durante el cerco de Huesca.  Detalles escabrosos aparte, lo evacuaron y uno de los médicos le dijo que había faltado exactamente un milímetro para que la bala le hubiera destrozado la carótida, lo que habría provocado una hemorragia masiva y forzosamente mortal.

 

Si Orwell hubiera muerto en 1937, en 1949 no habría publicado 1984 (cuya idea central se basa en la fuerte represión estalinista que se dio en aquella España múltiplemente dividida y radicalizada), por lo que en 1997 los holandeses de John de Mol Produkties tendrían que haber buscado otro título para ese programa de teleirrealidad que en España conduce (y el círculo se cierra) una presentadora catalana.

 

 

 

Visitas

Las visitas son una ancestral costumbre humana.  Supongo que empezarían hace millones de años en las míticas gargantas de Olduvai, allá en Tanzania.  Un clan "x", asentado en un refugio vería acercarse a un clan "y".  Se husmearían, se hablarían (o lo que fuese), tal vez se tocarían y luego alguien de la tribu "x" sacaría una escoba y simularía barrer alrededor del fuego.  A continuación un miembro anciano del clan "y" diría en su protodialecto: "Bueno, va siendo hora de que nos vayamos, que esta gente se querrá acostar".  Y, si no albergaban algún gen español, se irían inmediatamente hacia su pétreo sweet home.

 

Más tarde la historia siguió su curso y ya los sapiens se fueron de visita por todo el mundo, los judíos visitaron la tierra que les prometieron; los aqueos, la ciudad de Troya; Odiseo, medio Mediterráneo; Napoleón, los alrededores de Cádiz; Hitler, Varsovia, etc.  Durante ese tiempo también se dieron visitas más protocolarias y no tan violentas.  Entonces se inventó el turismo.  Puede que el primer turista fuera Heródoto.  En la Edad Media hicieron lo mismo Marco Polo e Ibn Battuta, aunque algunos de estos viajes eran más de trabajo que de ocio.  Los románticos sí que ya establecieron las bases del turismo moderno: ese Washington Irving en la Alhambra, ese Byron en los lagos, ese Goethe en Roma...  Cuando la cosa fue a más, algunos turistas, movidos por un afán claramente elitista, se autoproclamaron "viajeros" y aplicaron el término "turista" a las masas de japoneses con banderitas o de ingleses saltadores de balcones, por ejemplo.  Cuestión de orgullo.

 

Y luego están las otras visitas, las de personas que no pueden permanecer donde vivían porque las están bombardeando, matando de hambre o ambas cosas.  A esas visitas las llamamos "refugiados".  Cuestión de semántica.

 

En estos tiempos, a quienes nos ha tocado vivir en los lugares "turísticos", tenemos un evidente conflicto de intereses: necesitamos que vengan las visitas con su dinero, pero no las que no lo tienen o lo gastan poco.  Y además queremos que no vengan todas a la vez y a los mismos sitios.  Cuestión de seguridad casi, de higiene también.  Hay quienes incluso han sacado la escoba insinuadora, aunque la gallina de los huevos de oro es grande y pesada y no se va así como así.  Y para colmo está el asunto de las ganancias.  Piensan muchos que estas visitas masivas solo benefician a unos cuantos empresarios y a unos cientos o miles de camareros explotados, que tardan una eternidad en traerte el tinto de verano.  Y entre los enfados del vecindario y la falta de calidad del servicio, al final lo mismo la gallina, que a la par de grande es volátil, se va a poner sus áureos huevos a Cancún, a Croacia, o al Norte de Marruecos. Cuestión de gustos y de agencias.  

 

Para terminar quiero señalar la existencia de un tercer o cuarto tipo de turista, mezcla de dos de los anteriores: el "refugiado turístico", es decir, aquel que se va de turismo porque en su ciudad hay ya demasiados turistas.  Muchos malagueños, por ejemplo, entramos en esa categoría.  Lo malo es que salgamos de Guatemala para meternos en guatepeor.  Deberíamos reservar hotel en esas ciudades abandonadas, cuyos habitantes invaden nuestras playas y chiringuitos: Madrid, Nueva York, Córdoba, Bonn, Manchester... Cuestión de presupuesto.

 

 

 

Plato o patria

Al igual que aquel dilema que presentaba Pablo Escobar (plomo o plata, con su aliteración y paronomasia y todo), a veces la gente tiene que escoger: plato o patria.

 

El presidente del gobierno ha declarado que una sindicalista que busca provocar largas colas en el aeropuerto del Prat es muy "patriota" (con su ironía y todo).  Esta observación me parece de tremendo interés.  Según él, si una persona tiene un problema laboral (ignoro las cuantías salariales en juego) debe anteponer la patria al plato, es decir, el interés general al propio.  En algunas sociedades esta es la norma, pero en la nuestra, paradigma del salvesequienpuedismo o tontoelultimismo, resulta sospechosa esta invocación al patriotismo y al (tan citado por el prócer) "sentido común".  Para que haya un sentido común, es decir, un ir juntos hacia algún lado, habría que definir claramente entre todos hacia dónde queremos ir, cosa que ni social, ni geográfica, ni políticamente hemos hecho nunca, ni parece ser vayamos a hacer en los próximos siglos.

 

De modo que esta mujer debería dar prioridad a la bandera, el himno (sea cuales sean) y el bien de los demás, al plato de comida o los zapatos de sus hijos.  Todo esto en un contexto de sueldos a la baja y contratos menguantes hasta el infinito.  Y con la turismofobia, más de lo mismo.

 

 

 

La guerra buscada

En un programa de radio de ámbito nacional (español) acabo de oír algo que me ha hecho pensar.  Han invitado a dos economistas para que opinen sobre los posibles efectos económicos de una supuesta independencia de Cataluña.  Los expertos han coincidido en sus respuestas con mesura y educación, pero, pasado un ratito, uno de ellos ha discrepado.  El presentador, que estaba casi ausente tras la lista de cuestiones que le habían preparado los guionistas, ha saltado alborozado y triunfalista: "¡Por fin! Hemos tardado siete minutos, pero lo hemos conseguido.  ¡Ya hay debate!" (cito de memoria).  O sea, le importaba una escalivada que los sabios hablaran, explicaran, reflexionaran... Lo que quería era ¡que se pelearan!  

 

Fue Heráclito el Oscuro quien dejó escrito/dicho aquello de que "la guerra es el padre de todas las cosas" o "la guerra es el origen de todo".  Parece que no han cambiado mucho las cosas desde aquella presocrática época, con el cristianismo y sus mejillas por medio.  Puede que sea un gen, puede que sea un meme.  La cosa es que empezamos matando a nuestro hermano y de ahí en adelante...  No sé si la cultura y la civilización debieran consistir en ir minimizando o erradicando esta fea costumbre de levantar la quijada de un burro contra el semejante más próximo, sea persona, pueblo, barrio, país o equipo de fútbol.  O quizá haya que asumir el conflicto como germen, como ruptura con lo aceptado, con lo estático, con lo enquistado, con el tedio y el conservadurismo.  Este tema da mucho de sí y no está agosto para devanarse demasiado los sesos.

 

Recuerdo en la infancia cómo se enardecían los ánimos cuando alguien en la calle gritaba: "¡Pelea, pelea!".  Era como el canto de las sirenas al que todos acudíamos movidos por el pacífico tedio, nuestro semejante, nuestro hermano.

 

 

 

 

De Ulises, toallas, poesía y cintas de vídeo

En el conciertal del Ateneo, el amigo Eduardo Retamero me hizo entrega de un suvenir muy especial: una bolsita de piedras de las playas de Ítaca.  El regalo tenía su aquel, porque detrás de él estaba el asunto que hoy tocamos en el blog.

 

Resulta que, una vez alcanzada la playa de aquella famosísima isla, mi guitarrista y compositor tuvo el detalle de acordarse de mí y de leer el poema que cierra Múltiplos de uno, "Ulises monologa en las playas de Ítaca".  Tendrán que convenir conmigo que el detalle fue grandioso.  

 

No contento con leerlo, dado que vivimos en este mundo icónico, entrelazada y virtual, se envolvió en unas toallas de ciclópeas dimensiones (permítaseme el guiño pedante), se colocó sus gafas y se hizo grabar este vídeo que aquí les dejo.

 

Muchas gracias a Eduardo y a Penélope, perdón, Rocío.

 

https://www.youtube.com/watch?v=AjOvOAZe0Qs

 

 

 

De dioses y tortillas

A ver, un poquito de árabe para periodistas.  "Allahu akbar" no se traduce como "Alá es grande", sino como "Alá es más grande".  "Alá es grande" sería "Allahu kabir", con i larga.  (Fin de la clase de árabe gratuita).

 

Este comparativo viene de los tiempos de Mahoma, cuando en Arabia había dioses a espuertas o cascoporro.  Precisamente lo que hizo el profeta fue unificar el asunto, poner un poquito de orden y paz entre tantos diosecillos tribales.  Poco más o menos lo mismo había hecho el cristianismo con la pesca o famiglia del Olimpo, que era un cachondeo digno de Telecinco (en el mal sentido de la palabra Telecinco).  Verdad es que luego el catolicismo volvió a las andadas, en un rasgo de nostalgia politeísta mediterránea, y colocó santos, beatos y vírgenes en los altares, a imagen y semejanza de Apolo, Afrodita y demás.  

 

También en el Antiguo Testamento se decía que Yahvé era más poderoso que otros dioses vecinos, mesopotámicos sobre todo.  Incluso hubo algo raro dentro del judaísmo entre el dios de Judea y el de Israel (sur y norte) El y Yahvé.  Ya ven, ¿quién lo iba a pensar?

 

Es un poco como las tortillas de la madre de cada cual.

 

 

 

 

Jaleo en el Ateneo

Pasado un par de días del conciertal del jueves 20 toca hacer reseña y recapitulación.  Como dije allí, puede que sea el último de esta serie.  Desde que comenzamos a principios de mayo en el Centro Internacional de Español de la Universidad de Málaga hasta hoy, han sido cuatro conciertales, cada cual distinto al anterior en formato, poemas o acompañantes.

 

Este último ha contrastado con el anterior, que fue en petite comité.  Aquí rozaban las doscientas personas y había gente en los pasillos de pie.  Tengo que agradecer a Inés Guzmán y al Ateneo su colaboración en estas fechas tan extrañas a los eventos culturales.  Parece, como rezaba aquella canción de Eduardo Retamero, que los intelectuales padecen estiofobia y que el invierno es el hábitat natural de recitales y presentaciones de libros.  

 

Otra característica de este conciertal fue el reencuentro con ciertas amigas y amigos a los que hacía años que no veía.  Ellos saben quiénes son.

 

Además en esta ocasión contamos con la colaboración de Beatriz Cervera, que cantó, de verdad, una canción nueva en los conciertales, "Excusoteca".  Espero que ya abandone este barco lleno de aficionados. ("¡Vivan los aficionados!" exclamaba Erik Satie).

 

Pero lo más sorprendente de la tarde fueron los presentadores.  A pesar de que Fran Cuevas ya había demostrado su ingenio y capacidad emotiva en La Mínima, la combinación con el profesor y escritor Lucas Ruiz resultó explosiva y divertidísima.  Se desgranaron anécdotas personales colectivas, individuales y de pareja.  Entre bambalinas estábamos tronchándonos, pero detecté algo que me iba preocupando conforme avanzaba la presentación: no se hablaba mucho de nuestras compañeras de carrera.  Me dije: "No me cuadra. Nunca he tenido a Fran y Lucas por machistas, ni micromachistas siquiera".  En un momento Lucas, con un dominio total de la escena y del público, dio una pista y al poco, Fran remató la (dulce) faena haciendo un retrato y alabanza de alguien muy importante para mi carrera vital y literaria: Fina García Naranjo.  A quienes la conocen no les descubro su capacidad de trabajo, su entusiasmo con su profesión, su defensa de los alumnos, el cariño que demuestra con tantas personas...  A ella le debo, entre otras muchas cosas, mis largas estancias en Japón, cuya cultura y literatura siempre he admirado.  Y a ella le debe mucho el público de los conciertales, porque los ha animado, fomentado y casi organizado.  Aquello de que "detrás de una gran hombre..." es una falacia desfasada.  En este caso, habría que decir que delante de una canturreautor va una gran mujer.  Fue justo y merecido el homenaje que le hicieron los presentadores del conciertal.  Nada más por eso mereció la pena el esfuerzo de los ensayos, aunque la expresión no vale para el acto en sí, porque penas no hubo.

 

Así pues, si no lo impiden compromisos u otras vicisitudes, volveré a la caverna, en la que los escritores tenemos que meternos para enfrentarnos a nuestros retos, nuestros fantasmas y el papel en blanco.

 

Gracias a todos por leer hasta aquí.  Sigan sudando, entrando y saliendo del agua o pagando facturas de aire acondicionado.

 

Aquí van unas fotillos.  A ver si tengo tiempo y monto algún vídeo.

 

 

 

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Conciertal de julio

Aquí va el cartel del último conciertal de presentación de De la palma al cerezo. Con él se cierra esta etapa de presentaciones.   De ahora en adelante presentaré nuevos libros, discos o disco-libros que estén por venir, o daré recitales genéricos a petición del respetable.  En esta ocasión habrá un presentador nuevo (más): el escritor Lucas Ruiz, llegado de Dinamarca, y una cantante invitada, Beatriz Cervera.  Por problemas de agenda no estará Cristina Gallego para acompañar el recitado de Cantos cetáceos. No obstante, sigue en marcha la idea del disco-libro, que muchos han reclamado.

 

Tengo que agradecer al Ateneo y, en especial, a su vocal de poesía, Inés María Guzmán, la colaboración en la cesión del local y la organización del evento.

 

Así pues, el jueves 20 de julio a las 20:00 horas en el número 2 de calle Compañía, de facto ya Plaza de la Constitución (Málaga), esperamos a quienes quieran pasar un rato al fresco oyendo música y poesía.  No sé si llenará, pero siempre queda bien lo de "hasta completar aforo".

 

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Piratas, corsarios y ex-malditos

Hace muchos años (unos lo recordarán, otras no lo creerán) existían solo dos cadenas de televisión.  Salir en la tele era como entrar en la fama.  No hacía falta promoción, ni evento de Facebook, ni tweets, ni carteles...  Había en una de aquellas dos cadenas, en la primera, un programa de sobremesa que se llamaba muy originalmente "La tarde".  Lo presentaba la ahora novelista Ángeles Caso.  Estaba yo en la facultad y una de esas tardes, de pronto, me encuentro allí sentado junto a la presentadora nada menos que a uno de mis maestros (del que quizá otro día hablaré con más detalle): Miguel Romero Esteo, premio del Consejo de Europa de Teatro, premio nacional de literatura dramática, dramaturgo de culto, profesor nuestro de Sociología de la Literatura en Málaga...  En un momento dado Ángeles le preguntó a Miguel si era o se consideraba (no recuerdo literalmente) un maldito.  Miguel, con la calma, la sorna, la sabiduría y el desparpajo del que siempre hace gala, se balanceó, bajó la cabeza unos segundos, la levantó y sentenció: "Malditos son los otros".

 

He recordado esta escena de mi juventud porque hace poco me topé con este vídeo de TED, en el que el compañero Alberto Sacido defiende su visión de ese cambio educativo que, como Tántalo con las manzanas o Sísifo con la piedra, no acaba de llegar nunca o nunca acabamos de palpar.   A este profesor lo llaman el "profe pirata", porque, supuestamente, rompe los esquemas de las clases convencionales trabajando por grupos y proyectos.  Lo curioso (y de ahí viene la relación con la reacción de Romero Esteo) es que comienza su disertación alegando que todo lo que hace está respaldado, incluso recomendado por la ley, ¡por la LOMCE!.  De manera que este hombre más bien debiera considerarse un corsario, que eran aquellos piratas con permiso de la reina para sabotear a los pobres galeones españoles cargados de plata y oro.

 

Se da pues una paradoja en la que quienes se presentan como partidarios de la tradición académica son los que no siguen las recomendaciones metodológicas de la ley, mientras los renovadores son los legalistas.  

 

Es como cuando Miguel Romero Esteo era un maldito marginal al que daban premios por Europa, metían en la lista de posibles nobeles y entrevistaban en una de las dos cadenas que existían.  Bendito sea, que diría un sorprendido parroquiano.

 

 

 

 

Esto es agua

Un poco por casualidad otro poco por el calor que hace, acabó en mis manos este librito (Esto es agua) de David Foster Wallace, el malogrado novelista norteamericano.  Digo librito por no decir discurso, que es lo que es en realidad.  Lo dio en la graduación de la Universidad de Kenyon en 2005 y es una magnífica reflexión divulgativa sobre cómo afrontar los sinsabores de la vida.  

 

El enfoque, en mi modesta opinión, es bastante zen, o budista, o místico casi.  Coloca al público ante un supuesto cotidiano, un atasco y una aglomeración en un centro comercial tras una larga jornada de trabajo: "Tendréis el poder real de experimentar una situación masificada, calurosa y lenta del tipo infierno consumista como algo no solo lleno de sentido, sino también sagrado, que arde con la misma fuerza que ilumina las estrellas: la compasión, el amor, la unidad de todas las cosas bajo su superficie", porque para él ese es "el verdadero valor de una verdadera educación, que no pasa por las notas ni los títulos y sí en gran medida por la simple conciencia: la conciencia de que algo es tan real y tan esencial, y que está tan oculto delante de nuestras narices y por todas partes, que nos vemos obligados a recordarnos a nosotros mismos una y otra vez: "Esto es agua"".

 

 

El nivel

En muchas ocasiones oigo hablar del nivel.  Quienes hablan de él lo usan como argumento.  Entienden que si se aplicaran ciertas metodologías que propone la ley (incluso la actual LOMCE, que tan poco de innovadora y solidaria tiene), bajaría el nivel.  El nivel es un concepto cuantitativo, muy propio del lenguaje de la hidrología (el nivel de los pantanos) o de cualquier otra dimensión que se quiera medir en altura, fuerza, calidad, volumen...  Dicho esto cabe preguntarse qué es el nivel en educación.  ¿Es el número de alumnos que aprueban? ¿Es el porcentaje de alumnado que supera pruebas externas como la selectividad o las futuras reválidas? ¿Es el índice de inserción en el sistema educativo, es decir, de alumnos que no fracasan en él? ¿Es la calidad y/o cantidad de materia impartida?

 

Pienso que es solo a esta pregunta a la que se refiere el nivel del que tanto habla un sector del profesorado, de las familias y de la sociedad en general.  Circulan por ahí fotocopias de exámenes disparatados, de faltas de ortografías espeluznantes, de jóvenes descerebrados con cabezas inverosímilmente rapadas y jovencitas malhabladas, fanes inquebrantables de selfies y programas nauseabundos.  Todo este paisanaje y pruebas son considerados una bajada de nivel motivado por la laxitud de familias, colegios e institutos, que van regalando títulos y móviles sin pedir nada a cambio.

 

El problema, en mi modesta opinión de docente con más de veintitantos años en el tajo, es que se ha perdido doblemente la perspectiva, como decía doña Rosa, la dueña del café de La colmena.

 

Primero se ha olvidado el analfabetismo del pasado.  Cuando no había reguetón ni móviles oía la misma cantinela de la bajada del nivel.  Y eran los tiempos del BUP y el COU, que hoy se ven poco menos que como Harvard y el MIT, cuando en realidad estaban hasta las trancas de repetidores, huelgas, porros y falta de respeto al profesorado.  Recuerdo un libro divertidísimo tituada Antología del disparate, escrito por un catedrático de Málaga, en el que se recopilaban respuestas erróneas de alumnos de... ¡1972! y antes, de los sesenta y todo.  Un ejemplo: "Algunos anfibios tienen rabo y son muy grandes como el hipopótamo".  Si el nivel hubiera seguido bajando al ritmo que auguraban aquellas respuestas, hoy estaríamos ya hablando "atapuerqués".

 

Y también se ha perdido la perspectiva espacial.  Seguimos enseñando contenidos inabarcables y las más de las veces inadecuados (cuando no inútiles) usando unas metodologías que nos retrotaen directamente a 1875, por irnos al año anterior a la creación de la Institución Libre de Enseñanza.  Se suele contar entre docentes aquello de que un médico de 1900 no podría hacer nada en un hospital, pero un maestro de aquellos años entra en un aula actual, agarra la tiza y, poco más o menos, se defiende.  Pues bien, esto no es lo que sucede en otros (muchos) países europeos.  Pongamos el caso de las famosas competencias (antes básicas, ahora claves).  Este asunto, que está en el día a día de la educación europea, aquí se ha convertido en el fantasma de Damocles (por jugar con mitos y leyendas), en una cosa que hay que hacer, pero que nadie hace, porque antes están los afluentes del Tajo por la derecha, el complemento agente y otra sarta de contenidos enciclopédicos que, tarde o temprano, el alumnado digiere y posteriormente regurgita en un examen teórico o teórico práctico.  Eso de saber hacer algo distinto del propio examen queda lejos todavía.  La administración educativa andaluza ha dado un toque atención este curso al incluir en las actas de calificaciones la valoración de las competencias.  No creo que esta indirecta (alguien tiene que evaluar algo, citando a Gila) haya sido captada total ni parcialmente.  

 

Y luego está esa cosa espantosa de los repetidores, incomprensibles para docentes que nos visitan.  La eficacia de la repetición ha sido calificada a lo largo de muchos años como tendente a cero.  En mi experiencia no habré visto más de dos o tres casos a los que les haya sentado bien repetir.  Es como aquello que decían que estaba escrito en la puerta de la cárcel: "Aquí el bueno se hace malo y el malo se hace peor".

 

Y así van pasando los años y las leyes y las generaciones y asumimos como normal que en un instituto entren 180 alumnos/as y salgan 110 en 4º y 80 en 2º de bachillerato, de los que solo van a selectividad 35.  Luego vendemos que aprueban la dichosa selectividad un 98% y nos quedamos con la conciencia tan tranquila.  Es una pirámide discriminatoria, fruto de un sistema que busca solo la excelencia de los excelentes, no de sí mismo.   Por supuesto que hay gente más inteligente que otra, vive Dios, pero no todo debe girar en torno a ellas y ellos.

 

Y volviendo a lo del nivel: si pedimos a los alumnos lo máximo y los aprobamos cuando dan la mitad, en lugar de pedir lo mínimo y luego ya se verá quién da más de sí, pues seguirán cayéndose alumnos y alumnas por el camino.  Es como querer ir al ritmo del que más corre, en lugar de remar juntos, como una sociedad que somos.  Esa huida hacia adelante en busca del máximo de contenidos provoca que, como me han comentado varios profesores universitarios, los alumnos lleguen sin saber escribir, leer o hablar en el "nivel" que les corresponde.  Y, para remate, las empresas no quieren empollones especialistas, sino trabajadores y trabajadoras flexibles, que sepan hacer, plantear, solucionar, no recitar datos o resolver problemas abstractos y más o menos memorizados.  En otras palabras, estamos construyendo un gigante con los pies de barro.

 

Y para rematar el pastel está la administración (en general) que se inhibe y no acaba de arrancarse por peteneras, temiendo la reacción de docentes, familias y medios de comunicación, sedientos de novedades catastrofistas que alimenten sus burdos telediarios.

 

Con esto no quiero decir que vivamos en pleno pleistoceno educativo.  Muchísimos docentes están ya implementando proyectos valientes, novedosos, integradores y elevadores del "nivel".  Tengo la suerte de conocer un centro, el I.E.S. Cartima de Cártama (Málaga), que está en la vanguardia española bajo la batuta dinámica de José María Ruiz.  En nuestro centro modestamente también estamos intentando con mayor o menor fortuna echar andar la enseñanza basada en proyectos (ABP), el aprendizaje cooperativo, la digitalización, alumnado ayudante y dinamizador...

 

Por otra parte el profesor tradicional que explica en su pizarra, manda ejercicios y hace exámenes no tiene por qué ser un mal docente.  A fin de cuentas los resultados siguen mejorando lentamente desde hace años, pero se echa de menos un salto cualitativo, que nos acabe de poner en el mapa de la educación moderna, aquella que soñó el rondeño Francisco Giner de los Ríos: "Los nuevos educadores en ningún momento tratarán de ser meros transmisores del saber... será su ideal el formar hombres nuevos y esto significa atención a todas las facultades del hombre, físicas y espirituales (...) escolares activos, que piensan, que hablan, que discuten, que se mueven, que están vivos en suma".

 

A fin de cuentas el único nivel que deberíamos medir es el de humanidad.

 

 

 

 

¿Qué se dice? Gracias

Eso es lo que dicen las madres a los hijos cuando reciben un regalo. 

 

Tengo la mala costumbre de no dar mucho las gracias.  Supongo que es el eco de una ética de barrio lento y duro, donde cualquier atisbo de educación o bondad podía ser tomado por debilidad, lo que podía acarrear problemas inmediatos de sociabilidad y/o salud.

 

Pero hoy toca dar las gracias.  No  nos faltan razones.  Tenemos trabajo, salud (más o menos), viajamos, vemos películas, oímos sinfonías y cuartetos, podemos leer libros que nos llevan a tiempos, lugares y mentes lejanos y atractivos...

 

Además, en muchos casos, como el mío, agradezco la ayuda de personas con las que vivo, trabajo o comparto parte de mi tiempo, digital o analógico.   También a aquellos con quienes discrepo.  Seguro que parte de razón no les falta y que me ayudan a mejorar en la mía.  Y para colmo, este año he tenido la suerte de dar clase a dos grupos de alumnado distinto pero igualmente entusiasmante, por distintas razones.  En el caso de la Literatura Universal de bachillerato hubo sesiones que hubiera pagado por impartir.  Lo digo para quienes duden de esta juventud que, como todas, está perdida, buscándose, luchando, divirtiéndose y diciendo tonterías de cuando en vez.

 

Jean de La Bruyère en el siglo XVII dejó escrito: "Sólo un exceso es recomendable; el exceso de gratitud".  Así que, arigato, gràcies, thank you, shukran, grazas, xie xie, Danke, merci, grazie, eskerrik asko, tak, obrigado...  Esta es de las mejores, obligado a reconocer lo que los demás hacen por cada cual.  Cosas de bien nacidos.

 

 

 

 

¡Decimonónico!

Antes de usar alegremente el adjetivo decimonónico como insulto sinónimo de rancio, atrasado, anquilosado, etc., deberíamos recordar que en aquel siglo vivieron, entre otros y otras, Beethoven, Goethe, Mary Shelley, Van Gogh, Hegel, Byron, Pardo Bazán, Austen, Marx, Bakunin, Baudelaire, Puccini, Galdós, Bécquer, Wagner, Wilde, Poe, Nietzsche, Flaubert, Balzac, Dostoievski, Twain, Tolstoi, Mendel, Darwin... cuyas ideas, colores, palabras, historias y sonidos forman parte del pensamiento y arte vigésimoprimario (o como se llame o se vaya a llamar).


Y tres cuartos de los mismo podríamos decir de la Edad Media, de la que el personal apenas conoce cuatro generalidades peliculeras, cuando no francas falsedades.  Un ejemplo: la gente estaba todo el día lamentándose de la vida y deseando morirse para ir al cielo.  Pregúntenle al arcipreste de Hita, a Boccaccio o a aquellas muchachitas mozárabes que cantaban pronográfica y contorsionistamente:

 

     ¡Tanto te amaré

     solo con que juntes

     mi ajorca del tobillo

     con mis pendientes!

 

 

Conciertal neoclásico

Como no hay dos sin tres, tampoco hay tres sin cuatro.

 

El primer conciertal de este año tan conciertalero fue a principios de mayo en el Centro Internacional de Español de la Universidad de Málaga.  Allí se estrenó mi nuevo bajista, José Luis González Vera, escritor, poeta, columnista y docente.  Aquel acto no fue propiamente la presentación de De la palma al cerezo, sino un conciertal que me pidieron con motivo del septuagésimo aniversario de su creación.

 

El segundo fue el oficial, de la mano de José A. Mesa Toré, alma mater de todo este asunto de las obras completas, al que tengo tanto, tantísimo que agradecer.  Allí estuvo también el ínclito, el de los dedos vertiginosos, Eduardo Retamero, cantando y tocando según mis tiránicas instrucciones.  Y también, para muchos, lo mejor de la tarde, la composición e interpretación de Cantos cetáceos, una pieza pianística de la compositora Cristina Gallego Fernández, que dejo al público con ganas de más, de mucho más.

 

El tercero fue un concierhaiku (por el espacio, no por el tiempo) que celebramos en La Mínima, una librería grande de corazón, sita en el Rincón de la Victoria.  Allí el que se estrenó fue el presentador, que me emocionó especialmente con esa mezcla especial de cariño, erudición y sentido del humor, Fran Cuevas Alzuguren.

 

Y ahora llega el cuarto. Muchas y muchos (bueno, no tantos ni tantas) se preguntarán por qué, a qué diantres viene tanto presentar un libro (que además no se puede comprar) y que ya ha sido presentado dos veces.  Pues porque hay gente que no ha podido asistir a los anteriores, a saber: emigrantes, estudiantes, diletantes, distantes, amnésicos, estresados... que han manifestado su intención de querer haber ido, pero que no pudieron.  Doy fe.  También son las ganas que tiene/tenemos gran parte del personal de salir de sus casas y patear la calles nuevamente.

 

Así pues, el jueves 2o de julio a las 20:00 horas, con el permiso de la autoridad y si el tiempo no lo impide (que no lo impedirá, porque hay aire acondicionado en la sala), estaremos González Vera, Eduardo, Cristina, dos invitados más (en la presentación y las voces) y este que les escribe, en el incomparable y neoclásico marco del Ateneo de Málaga, sito en calle compañía, casi ya plaza de la Constitución.

 

Se remozará el repertorio de poemas y canciones.  Entrada libre hasta completar aforo, que no se completará (demasiado salón regio para un poetastro alopécico).

 

Esperamos verlas y verlos por allí.

 

 

 

De tripas y tramoyas

Si De los que hablo cuando hablo de correr fue un libro interesantísimo, incluso para mí (que hago menos deporte que un funcionario calvo de baja), este de ahora (De lo que hablo cuando hablo de escribir), lo es mucho más.

 

Con un lenguaje fácil Murakami es capaz de llevar al lector por los motivos y las técnicas que él utiliza para escribir.  Y digo "él", porque no es libro de teoría literaria al uso, que solo leen la mitad de los alumnos matriculados en teoría de la literatura (o menos).  De hecho se ha colocado en el número uno de no-ficción.  

 

De todos los detalles y anécdotas que cuenta, sin duda destaca el momento fulminante (que el zen llama satori) en el que decidió escribir su primera novela.  No se lo adelanto, pero les diré que las razones y ambiente no tenían que ver nada con la literatura.  Quizá por ello Murakami enganche a tantos lectores, porque, como cuenta en este libro, nunca se ha sentido parte de ese mundo endogámico de premios, firmas de libros, envidias y alabanzas (mayoritariamente falaces).  Él es más de pegar el culo a la silla sistemáticamente y trabajar, sobre todo trabajar, que para eso es japonés.

 

 

Momento kafkiano

Ayer mis alumnos vivieron un momento kafkiano.

 

Yo pensé que teníamos el examen sobre La metamorfosis y resulta que me había equivocado de semana.  Cuando vieron el texto y las preguntas preparados encima de la mesa, pusieron cara de "no, cielos, esto es una pesadilla, no he estudiado nada...".  Duró poco, porque se miraron unos a otros y comprobaron que ninguno de ellos estaba equivocado, que el equivocado era yo.

 

Insistí un instante en que sí había examen y volvieron a sus rostros el miedo y el estupor.  Cuando ya me convencieron de mi error les dije: "Bien, ya habéis vivido en vuestras propias carnes lo que es un momento kafkiano".

 

Algo tenía que decir.

 

 

Lo bello, lo malo, lo bueno y lo feo

Baudelaire hacia 1850.
Baudelaire hacia 1850.

Hace unos días, hablando en clase de Literatura Universal sobre Baudelaire, surgió esta sistema de ecuaciones: lo bello es bueno y lo feo es malo.

Es lo que dicta el sentido común, o el vulgar, que dirían los "niños malos" de la literatura.  Convencí a las alumnas (son mayoría) fácilmente con una breve antología de malos feos de varias películas y guapos buenos de otras tantas (o de las mismas).

 

Es la forma más simple que encontré de explicar la inversión estética y moral que tuvo lugar a finales del siglo XIX en lo que se llamó el Decadentismo: lo bello es malo.  El mismo título de la obra principal del parisino, Las flores del mal, ya presenta la paradoja a las claras.

 

Supongo que algún historiador lo habrá dicho ya, pero aquí va mi (simplista) teoría.  Cuando la sociedad industrial propuso sus "buenos" inventos, que iban a mejorar la vida de todos, resulta que eran "feos" y que "afeaban" el aire con sus humaredas tóxicas (trenes, calderas... el caso de Londres es paradigmático) y con su estrépito de sirenas de fábricas, locomotoras (más tarde automóviles)...  De modo que si lo bueno era feo, lo malo podía ser bello.  De ahí al satanismo, la necrofilia, la escatología, los paraísos artificiales y demás solo hay un paso.  

 

Es cierto que los románticos tempranos ya habían adelantado gran parte de estas ideas, pero ellos reaccionaron contra la Razón y el utilitarismo ilustrados.  A los artistas de las segunda parte del siglo XIX les tocó lidiar ya con un progreso burgués a toda máquina, que, en su opinión, iba a acabar con el misterio y la trascendencia de la vida. 

 

El futuro no les dio exactamente la razón (tampoco la querrían ellos, tan irracionales), pero esa es otra historia, la del eterno apocalipsis, del que siempre, no se sabe cómo, acabamos escapándonos de chiripa, de soslayo, de potra...

 

 

 

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La inutilidad de la filología etrusca

El señor ministro del ramo, Íñigo Méndez de Vigo, ignora que no existe la carrera de filología etrusca, pero sí sabe hacer chistes tendenciosos sobre ella.  Esta mañana le he oído decir que el ministerio va a incentivar los estudios que tengan repercusión práctica en la vida de los ciudadanos.  Y acto seguido ha hecho el chiste de la filología etrusca.  

 

La verdad sea dicha es que stricto sensu estoy de acuerdo con él, pero lo que insinúa es otra cosa.  Los etruscos, ya se sabe, no cotizan en bolsa, pero las humanidades, que es a lo que se refería senso lato, son otra cosa.  No voy a traer aquí demasiados datos sobre el valor económico de la cultura y las humanidades (estudio de la lengua española, arte español, música española, cine español...).  Bueno, uno solo: el peso de la lengua española se considera que supone un 15% del PIB.  Lo que sí sabe a ciencia cierta el ministro es que un pueblo ignorante de su propia lengua es fácil de dominar y se le pueden colar trucos retóricos como el de la filología etrusca: se llama reductio ad absurdum.

 

¿Han notado la cantidad de latinajos que he usado en un artículo sobre los etruscos'  (icono de cara guiñando).

 

 

En la muerte de 007

Hoy que se anuncia la muerte de Roger Moore, uno de los dos mejores 007s en opinión de los entendidos, traigo aquí este poema de la sección "Lo que he visto me ha hecho dos tontos" de Múltiplos de uno.

 

 

 

007

 

 

Bucea, salta, esquía,

lucha, mata y fornica,

pero nunca jamás

se despeina, ni suda,

ni defeca, ni escupe.

 

Nunca jamás James Bond

sucumbe a los encantos sibilinos

de los dedos de oro de odaliscas,

sicarias de perversos poderosos

muy antianglosajones,

enemigos del té y de la graciosa

majestad del rosbif y de la niebla.

 

Una vez disfrutadas, les extrae

la cámara instalada en los pezones

y el dardo con cianuro de las uñas.

 

James viste como un dandy,

ríe como una esfinge

y huele a las colonias del Imperio.

 

Y al final del cañón

pasea de perfil y nos dedica

un disparo exclusivo a nuestros ojos

que nos tiñe de rojo la pantalla.

 

 

Vídeos de la presentación "De la palma al cerezo"

Aquí están los enlaces a los vídeos del concierta del 16 de mayo de 2017.

Todo fue grabado (a pulso) por Isabel Rojas Paredes.  Yo me he limitado a editarlo y ponerle carteles y musiquillas.

 

1.- Presentación de José A. Mesa Toré y José Luis González Vera.

https://www.youtube.com/watch?v=8oUG0_Mh-1M

 

2.- Recitado del autor e intervenciones musicales de Eduardo Retamero a la voz y la guitarra.

https://www.youtube.com/watch?v=TKNnIB-rkbI

 

3.- Segunda parte del recitado.

https://www.youtube.com/watch?v=nAyEf5kZlpA&t=24s

 

4.- Recitado de "Cantos cetáceos", acompañado de una composición de Cristina Gallego Fernández (al piano).

https://www.youtube.com/watch?v=XiRB26qhW9g&t=135s

 

5.- Final: "La canción que me encargaste" y "Cuando seamos felices".

https://www.youtube.com/watch?v=09ge52m04f4&t=485s

 

 

P.S.: Reseña de esta entrada por parte de la novelas y poeta Isabel Bono: 

http://algunascosasqueleo.blogspot.com.es/2017/05/angel-luis-montilla-poeta-y-cantautor.html 

 

 

 

 

De la palma al cerezo

Al fin presentamos oficialmente De la palma al cerezo en un acto que no voy a calificar por razones obvias.  Anécdotas hubo un montón entre ensayos y presentación propiamente dicha: público que va al servicio y al salir acaban en la calle que lleva al escenario, olvido de poemas por parte del poeta en el maletero del coche, la sensación tan rara que tuve cuando por megafonía anunciaron que quedaban cinco minutos para el comienzo del "espectáculo" (pensé, en efecto, como salga mal, vamos a darlo)...

 

Pero me gustaría resaltar varias cosas:

 

1.- El apoyo de José Antonio Mesa Toré y del Centro Cultural de la Generación del 27, del área de Cultura de la Diputación de Málaga, que se merece, por mi parte, todos los agradecimientos posibles.

 

2.- Gracias también a los técnicos de la sala y a los músicos acompañantes, Eduardo Retamero, José Luis González Vera y Cristina Gallego Fernández.  De esta última quiero destacar que compuso especialmente para ciertos textos de "Cantos cetáceos" unos pasajes al piano, que han llevado a muchas personas a pensar que deberíamos grabar el resultado.  Y en eso estamos.  Ya iremos informando.

 

3.- El formato de conciertal que llevamos creo que, por los comentarios que oigo, interesa al público.  Seguiremos por ahí.

 

4.- Mi debut como cantautor tardío no lo valoraré.  Como dijo Nietzsche: "Uno es verdaderamente libre cuando deja de sentir vergüenza de sí mismo".

(Lo bien que queda citar filósofos para justificar ridículos).

 

5.- ¿Y qué me dicen de la gente que se sobrepone al estrés o a los kilómetros (de Madrid vinieron algunas ex profeso) para oír poemas?  Sin duda la crisis de la poesía es una de las más eternas de la historia.

 

6.- Estamos gestionando la posibilidad de repetir presentación en otro lugar.  

 

7.- Más pronto aún haré de presentador de otro libro.

 

8.- Como dije ayer, estoy ya metido en nuevos proyectos (un nuevo libro de poemas, el ya mencionado disco Cantos cetáceos, algunos relatos, un disco con las canciones que van saliendo (creo que suman ya siete),...).  En otras palabras, tengo que conjurar la sensación de obra completa, acabada, que comunica el libro que ayer presentamos.

 

9.- Cuando me vayan llegando, iré subiendo vídeos al canal de Youtube o a las redes sociales.

 

10.- No, ya no tengo nada más que añadir.  Es que queda mejor 10 puntos que nueve.  Más redondo.

 

 

 

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Creencias

Ahora que ha recién pasado el aluvión de la Pascua judeocristiana, con sus tradicionales (des)encuentros entre opiniones y sentires, puede que sea el momento más adecuado para tratar este tema.  Luego el calendario continúa su paseo y lo religioso se difumina tras el incienso de las tragedias, la monotonía profana y los becerros de oro.

 

Pero ¿qué es una creencia?  Vayamos al verbo (que es lo primero, según el primer renglón del Evangelio según San Juan).  Yo creo algo o creo en algo (o alguien).  La preposición no es baladí en este caso.  Se creen hechos (creo que va a llover) y se cree en personas o entidades (creo en Alá, creo en mi país).  Así las cosas, alguien puede creer que va a llover y otro, lo contrario; incluso se puede mofar de mi opinión al ver el cielo azul y luminoso.  No hay por qué enfadarse, ni quemarlo en una hoguera, ni nada.  Pongamos un ejemplo más práctico: yo creo en Cervantes.  Me parece un tío magnífico y desgraciado que tuvo una intuición genial, etc.  Si alguien viene y se ríe de él, pues nada, me aguanto.  Si fuéramos denunciando a todas las personas que se ríen de lo que creemos, no habría calabozos suficientes para tanto gracioso.  Lo malo viene cuando el sarcasmo, la ironía, la mofa... se ejercen sobre/contra ciertas creencias, en especial las llamadas creencias religiosas.  A eso se le llama blasfemia, porque se considera que esas creencias son distintas de las demás: son sagradas, es decir, intocables.  Y he aquí el problema.  Reírse de la barriga de Buda (que nunca tuvo, pero ese es otro tema) es sacrilegio; reírse de Mendel, de Aristóteles, de Descartes, de Homero, de Velázquez, de Epicuro, de Georgie Dann, de mí... no.

 

Afinemos más.  No se sabe a ciencia cierta (a fe cierta sí) si existió Jesús de Nazaret, ni si hizo o dijo (en arameo) lo que escribieron (en griego) muchos años más tarde que hizo y dijo.  Estamos seguros de que en la puerta de al lado no nació un niño rubio llamado Bryan, pero yo podría creerlo con toda mi alma y podría considerar que, como escribió Cervantes, "quien dijere lo contrario, miente".  Y entonces esperaría a la Inquisición española (es un chiste pythoniano) para que ajusticiara a quienes se mofaran de mis creencias.  

 

Las creencias deberían ser tan fuertes como aguante cada una.  No deberíamos necesitar el apoyo de jueces y fiscales para sostenerlas.  Nadie debería tener derecho a conculcar la libertad ni la vida de nadie por esta razón.  La consideración de la blasfemia como delito es precisamente lo que llevó (en parte) a Jesús de Nazaret a la cruz.  A él, a Pablo de Tarso y a miles de mártires.  Blasfemo fue Mahoma cuando atacó la oligarquía de la Meca y propugnó la igualdad de todos los árabes, incluidas las mujeres.  Blasfemo fue Buda cuando rompió la disciplina de las castas brahmánicas. Blasfemo fueron Sócrates, Lutero y Darwin, Galileo y Stravinsky.  Sin estos blasfemos ilustres no existirían nuestras creencias.  

 

Respetemos a los que no nos respetan.  ¿Cómo era aquello de las mejillas?

 

 

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