Negar, temer

Hay un colectivo de personas que está haciendo más ruido del que le corresponde proporcionalmente.  Son los llamados negacionistas.  Estoy muy interesado en ellos/as porque provienen de ideologías y/o psiques muy dispares.  Encontramos postjipis antimedicina oficial junto a jóvenes pijos ansiosos por irse de farra, personas de ideología contraria al gobierno de turno en cada país, terraplanistas de youtube, trumpistas sobrevenidos, anarcoides diletantes y la clásica y minoritaria reata de iluminados del quinto milenio, cuestionadores de cualquier cosa menos de ellos mismos.

 

Estaremos de acuerdo en que siempre y en todos los sitios ha habido un reducto de incomprendidos que no comprenden ni aceptan la realidad que les ha tocado vivir.  Algunos de ellos han sido grandes cerebros y almas que han llegado a cambiar esa realidad a base de investigar, escribir o convencer, a veces post-mortem.  Ahí están Jesús de Nazaret, Marx (Karl), Freud, Buda, Galileo y demás.  Y también coincidiremos en que a la sombra de estos gigantes surgen imitadores del tres al cuarto que se creen (como los primeros) en posesión de la verdad y que, como en el chiste del conductor que iba en sentido contrario por la autovía, piensan que todos los demás están equivocados.  

 

Lo que está ocurriendo ahora es que quizá este porcentaje de inconformistas, autoalimentados mediante las nuevas (ya no tan nuevas) tecnologías, han crecido y se han hecho oír, como decíamos, un poco más de lo que les corresponde proporcionalmente.  Pienso que esto es debido a una sola razón: el miedo. 

 

Aunque los negacionistas crean que no les va a pasar nada si no se vacunan o si no usan las mascarillas, en realidad son los que más miedo tienen, porque su reacción no es al virus, sino al cambio de paradigma.  Es el fruto de no querer aceptar que estamos ante un problema de dimensiones colosales.  Niegan la realidad porque no la entienden o creen entenderla de otra forma.  Da igual, al final lo único que tenemos es gente asustada que no acepta que las reglas del juego han cambiado y que cree que negándolas va a desaparecer, cual avestruz que mete la cabeza en el agujero (cosa, por cierto, no rigurosamente cierta).   Para ellos/as, quienes seguimos (y hacemos seguir) las indicaciones de los especialistas sanitarios somos meros peleles del sistema, timoratos obedientes de los medios y de conspiraciones extrañísimas en las que se mezclan las churras con el 5G.  

 

Lo malo de todo esto es que su pánico a afrontar la realidad está empeorándola, al practicar y fomentar conductas insolidarias y peligrosas para el conjunto de la sociedad.  Algunos de ellos, por desgracia, ya han probado su propia medicina y han fallecido.  Llámenlo karma, coherencia cósmica, justicia poética o simple mala suerte, esa cosa que nos cuesta tanto aceptar cuando nos creemos más listos que nadie, aunque en el fondo estemos temblando como un corderito.

 

 

 

 

El piano de Chernóbil

Ayer vi en un documental sobre Chernóbil una escena en la que un antiguo habitante de la zona volvía al bloque de apartamentos donde había vivido hasta el 26 de abril de 1986.  El cámara y él paseaban por un laberinto apocalíptico de paredes putrefactas, suelos levantados, escombros, hierbas insospechadas colándose por cualquier ranura...  Y en un giro fugaz de la cámara, que duraba un segundo o menos, se veía una habitación en la que alguien había olvidado un piano de pared.

 

Hay imágenes que llaman poderosamente la atención, que contactan con zonas arcanas del inconsciente individual o colectivo y con un poco de suerte acaban convirtiéndose en símbolos.  Dejo a los imaginólogos el trabajo de estudiar a fondo ese misterioso proceso.

 

La cuestión es que ese piano me provocó cuatro ideas que paso a explicarles.

 

La primera, de carácter socio-histórico, fue que en viviendas tan humildes como esas hubiera un lugar y un tiempo para la música.  El pueblo ruso ha demostrado con creces a lo largo de la historia su apego a esta arte intangible y ni el materialismo soviético se atrevió a menospreciarla.

 

La segunda, de carácter poético, fue la primera estrofa de la rima VII de Bécquer, que uso en clase para explicar que el orden sintáctico normativo es más ilógico que el orden irracional de la poesía:

 

    Del salón en el ángulo oscuro,

    de su dueño tal vez olvidada,

    silenciosa y cubierta de polvo,

    veíase el arpa.

 

La tercera, de carácter histórico-naval, fue la famosa imagen (o idea) de los músicos del Titanic, tocando valses vieneses mientras el mundo se iba a pique.  El contraste entre el abandono del piano y el tesón de los músicos activó un puñado de neuronas que no sabían muy bien qué conclusión sacar de todo aquello, así que desistieron y se pusieron a pensar en otras cosas.

 

La cuarta me llevó al presente.  Las neuronas antes mencionadas se volvieron a congregar para comparar la imagen del documental con los conciertos multitudinarios en medio de la segunda ola, los teatros semivacíos y otras noticias relacionadas con las artes, que nos llegan mientras tomamos infusiones y leemos por fin a los clásicos, tanto tiempo postergados.  Al final, las pobres volvieron a desistir y se pusieron a recordar atardeceres, a retocar versos, a cortar calabacines y a escribir artículos como este, que no tiene ni mucho pie ni mucha cabeza.  Es decir, casi como la vida misma.

 

Ustedes perdonen.

 

 

 

Non multa sed multum

Cuando estábamos a punto de sufrir ya el síndrome de abstinencia, por fin llega otra ley de educación. ¿Qué haríamos docentes, familias, alumnado y "tertulianado" sin una nueva ocasión para enfrentarnos, hablar sin saber demasiado y recordar aquella distorsionada época dorada llamada "en mis tiempos"?

 

Como las anteriores, esta ley viene cargada de buenas intenciones.  Como las anteriores, viene vacía de dinero (por el momento).  Y como dice un refrán que me acabo de inventar, sin guita nada se excita, nada se mueve.  Mientras no multipliquen por veinte el gasto que se han visto obligados a hacer en la situación actual, no habrá solución.  A nuestro centro (donde hay más de cien profesores/as) han llegado cuatro, cuando debieran haber llegado al menos ochenta para poder abordar de una vez por todas la tan deseada mejora real del sistema educativo.  Pero, bueno, tampoco vamos a pedirle plazas al olmo.  Eso supondría una inversión tan grande que ningún político estará nunca dispuesto a acometerla.

 

De esta reforma no me interesa el tema de la lengua vehicular, ni el de las tumultuosas relaciones del estado con la Iglesia y la enseñanza concertada.  Verán, no es que no me interese, es que es un tema tan rancio e irresoluble como el de la bajada de la ratio.

 

Lo que quiero comentar esta vez es lo de los contenidos.  A ver si me explico de la manera más clara posible: el currículum es inabarcable.  Demasiadas materias y demasiado contenido en cada materia.  No hay más que ver la radiografías de las columnas vertebrales de las chicas y chicos de doce años para darme la razón.  Esas mochilas no las levanta fácilmente ni el más corpulento profesor/a de Educación Física.  No ignoro que hay personas que opinan lo contrario, que los jóvenes no dan un palo al agua y que hay que fomentar la cultura del esfuerzo y demás.  Cuando me encuentro con ellos/as, los intento convencer con información atesorada durante los treinta años que llevo en el negocio de la tiza y el boli rojo.  Pedir más esfuerzo a los más débiles me parece una pedagogía espartana que quizás algunos/as no practican con ellos mismos/as.

 

Vaya por delante que me encanta la diversidad de saberes, pero hay un trecho entre que a mí me encante y la considere enriquecedora y que se la metamos en esas cabecitas por decreto y con métodos muchas veces arcaicos y contraproducentes.

 

Podría poner montones de ejemplos de saberes superfluos de cada materia .  Unos están en las leyes y hay que impartirlos con sabia contención, pero otros solo están en las cajas registradoras de las editoriales y las inercias de una parte del profesorado.  En cuanto un docente conoce los contenidos del docente de la puerta de al lado, los detecta.   Como dijo un compañero hace unos días en una reunión, si a las editoriales se le permite que un libro valga 30 euros, lo rellenarán con información no pertinente (enciclopédica que dijo la ministra) hasta que los valga.  Ellos a cobrar, el profesorado a recortar y el alumnado a soportar.  Todavía no conozco la ley como para saber si lo que se propone en este sentido es lo que yo quiero que se proponga, pero sonar ya me suena bien.

 

Para ir concluyendo, que ustedes tendrán otras cosas no superficiales que hacer: es mejor saber pocas cosas bien que muchas mal.  Un ejemplo: para saber en qué consiste el arte literario no es necesario conocer la biografía y clasificación de las obras de veinte o treinta escritores/as.  Basta con leer a fondo un poema de Lorca, degustando y descubriendo la inmensa belleza y sabiduría que contiene.  Tenemos que encender llamas, no ahogar en ríos de datos, fórmulas y conceptos.

 

Dicen que escribió Plinio el Joven: "Non multa sed multum":  No muchas cosas, sino pocas (y bien explicadas).  Quien mucho abarca, mucho aprieta.  Aunque quizá su Viejo pensaba lo contrario.  

 

 

 

 

El ángel exterminador

[NOTA PREVIA: Escribí esta entrada el 28 de marzo de 2020.  Por alguna desconocida razón, no tuve ganas de publicarla, pero la fecha misma puede dar alguna pista]

 

Seguro que no seré el único al que en estos días le ha venido a la memoria aquella inquietante película de Buñuel.  Para quienes no la hayan visto, les diré que cuenta una aburrida cena de la alta burguesía mexicana allá a principio de los años sesenta.  Todo es muy normal y convencional hasta que llega el momento de irse.  Entonces resulta que nadie se va, que nadie se atreve a dar el primer paso para salir de aquel salón.  No hay razón ninguna para no hacerlo, pero no lo hacen.  No tiene sentido lo que pasa, de ahí que se considere una película surrealista, aunque eso habría que discutirlo más pausadamente.  La decisión de no salir va a más y... quien quiera saber el final, que la vea.  Solo diré que el de Calanda aprovecha para darle un repaso ácido a la burguesía y, ya de camino, a la tradición judeocristiana, al relacionar (con el título y alguna escena) la situación con la décima plaga, aquella que Yahvé infligió a los egipcios cuando mandó que su ángel exterminara a los primogénitos no judíos.

 

Cierto que ahora sabemos por qué estamos encerrados y que tenemos medios tecnológicos para evadirnos mentalmente, pero la situación guarda un inquietante paralelismo por lo que tiene de universal y apocalíptico.  Nosotros, la gente que vivía en el mejor de los mundos posibles, sumidos en nuestra virtualidad y nuestra frágil felicidad, pendientes de dietas, pantallas y autorretratos, atemorizados de vez en cuando por terroristas y crisis económicas, hemos visto restringidas nuestras libertades, mermado nuestro consumismo y pospuestas nuestras fiestas populares.  Buñuel tal vez diría que estamos pecando por nuestro exceso de superficialidad y egocentrismo, por nuestra prepotencia. 

 

Por mi parte, opino que las cosas pasan porque pasan.  No creo que estemos pecando por nada, a lo más por hacer del mundo un pequeño pañuelo. Pienso más bien que somos vulnerables, que siempre lo hemos sido y que ocultarlo tras una cascada de risas y rosas enlatadas ha sido contraproducente.  Hace más o menos cien años, tras una horrorosa guerra, el mundo se puso a bailar el charlestón y a beber champán en grandes mansiones cuando "París era una fiesta", pero un jueves de 1929 explotó la bolsa de confeti y comenzó otra triste historia de hambre, guerras y populismos.  No digo que la historia se repita rítmicamente, pero quizá nos vendría bien tomar nota de caídas anteriores. 

 

Y por eso mismo tampoco me voy a subir al carro de los agoreros y casandristas.  Precisamente el exceso de fines del mundo que hemos estado consumiendo durante años, vía medios de comunicación, ha impedido que cuando ha llegado una amenaza de verdad le hayamos hecho menos caso que al pastor que anunciaba cada día la llegada del lobo.

 

Saldremos de esta, como salimos de males y epidemias pasadas.  El ángel exterminador levantará el vuelo hasta cuando sea y volveremos a olvidar nuestra vulnerabilidad colectiva.

 

 

 

 

Mariquita

Yo también creía que no iba a volver a escribir en este blog.  Han pasado siete meses más o menos sin que tuviera tiempo o algo que contar que no fuera darle vueltas al famoso tema que nos tiene acordonados, amordazados y estupefactos.  Una buena razón me ha traído de vuelta.  Durante este tiempo he podido reseñar varios libros y alguna película que me han gustado especialmente, pero al final ha sido por un libro conmovedor y cercano. 

 

Hace tres años en septiembre estaba en mi despacho de jefetura de estudios y recibí la visita de un profesor que venía a explicarme que no se podría incorporar porque tenía un problema médico que lo iba a llevar al quirófano.  Sonaba mal lo que me contaba, lo mismo que me sonaba mal tener una ausencia prolongada a principio de curso sin saber si habría rápida sustitución.  Me dio mala espina este inicio porque (el inconsciente es un tirano irracional) el profesor en cuestión se parecía físicamente a (y era de la misma materia que) otro anterior que había resultado un desastre total en todos los niveles posibles.  Al poco tiempo me enteré de que este profesor con ese problema de salud era youtuber, una ocupación que en esos días no conocía demasiado bien y que tenía asociada básicamente a niñatos hiperactivos adictos a los videojuegos.  Por momentos pensé que el día menos pensado el profesor se iba a enfadar con el centro por alguna ignota razón (ya digo el inconsciente es un... mejor me callo) y nos iba a poner de vuelta y media en el e-mundo.  Pasó el tiempo y lo que ocurrió fue exactamente lo contrario de lo que el inconsciente había previsto.  Juan Naranjo, conocido extramuros del instituto como Juanito Libritos, resultó ser un excelente profesor y compañero, presto a arrimar el hombro.  Durante mi primer año como director le pedí que llevara la coeducación en el centro.  Se puso manos a la obra y lo hizo muy bien.

 

Un día estábamos en la sala de profesorado hablando de literatura y me confesó que estaba escribiendo algo así como una novela.  Otro día lo vi con una especie de cartapacio lleno de hojas y me concretó que se trataba de una novela gráfica.  Pasó el tiempo, contactó con una editorial y fue dando pinceladas de lo que contenía.  Y ayer, por fin, tras varios aplazamientos por el tema de marras, se presentó oficialmente Mariquita.  Ha llegado a mis manos esta mañana y ya (son las 20:23 de la tardenoche) la he acabado.

 

Se trata de un relato autobiográfico terapéutico magistral en el que conviven rasgos de humor de alta calidad con momentos desgarradores.  El lector se siente en una montaña rusa de emociones, llevado por los carriles de una prosa ágil, fresca, divertida, inteligente y honesta que no puede dejar indiferente a nadie. Los dibujos, deliberadamente ingenuos, acompañan, enmarcan y subrayan una narración que no languidece en ningún momento. 

 

No cabe duda de que Juan Naranjo ha sufrido y disfrutado escribiéndola y esos disfrutes y sufrimientos los ha transmitido a la perfección a los lectores.

 

Por el título quizá adivinarán que el tema central es la homosexualidad y que esta historia que les comento es una sucesión de acoso, insultos, frustraciones y descubrimientos, de decepciones y esperanzas que nos emocionan fuertemente. 

 

Pero lo mejor es el final.  No lo voy a contar, pero ustedes lo pueden imaginar si el autor es quien es, un profesional de la educación con varias carreras y autor de un libro como este.

 

Para mí y para mis compañeros/as es un honor compartir aulas, pasillos y salas con un autor que ha tenido el valor de sacar su primer libro en este maldito año que estamos deseando que concluya.  Dentro de diez, de quince diremos: "Ah, 2020, el maldito año de la pandemia; sí, el año esperanzador en el que se publicó Mariquita".

 

 

 

 

 

Eslabones

En estos días se están evidenciando cosas que estaban más o menos ocultas bajo toneladas de superficialidad, virtualidad y prepotencia. Me refiero a todas esas partes de la sociedad a las que normalmente no se les da la importancia que tienen, mientras se encumbra a las cimas de la fama a unos cuantos futbolistas, influencers y tertulianos.

 

Pongamos el caso de los camioneros y camioneras. En un programa de entrevistas una de ellas denunciaba la sobrecarga de trabajo y la escasez de lugares para ducharse y comer caliente, una vez clausurados hoteles y restaurantes. Si no fuera por ellos/as, de dónde íbamos a sacar el añorado papel higiénico, otro eslabón de la cadena menospreciado antes y anhelado ahora.  

 

Precisamente en los supermercados encontramos otro eslabón indispensable para que podamos comer, ducharnos y lavarnos los dientes.  Cajeras, reponedoras, organizadoras de tiendas y demás están ahí, al pie del cañón de saliva, prestando un servicio valiosísimo.

 

Lo mismo podríamos decir de las fuerzas de seguridad, que están echando más horas que un reloj para que el imbécil de turno no salga a hacer running o dogging o lo que sea.

 

Los profesores también están llevando a cabo una labor callada pero efectiva.  Me consta que la inmensa mayoría se ha puesto las pilas y en tres días se ha formado en e-learning  más que en toda su vida.  Incluso están sonando voces entre las familias para que se levante el pie del acelerador de los deberes a distancia.

 

Por supuesto que la primera línea del frente, la sanidad, ha sido reconocida ya unánimemente como el gran eslabón de esta cadena.  Faltaría más. 

 

Precisamente en ese mundo de la salud hay otro ejemplo de eslabón olvidado: los investigadores.  Hace unos días alguien se preguntaba si el gobierno español hubiera dado dinero (y cuánto) para investigar la mutación de un virus de un murciélago asiático.  Esa gente que se tira años de su vida analizando una molécula, una enfermedad olvidada, un poema, un reinado, lo que sea, nunca ha tenido el reconocimiento social que se merece, a pesar de que, como se ha visto, el efecto mariposa ha demostrado contundentemente ser algo más que una teoría de salón.

 

Y para terminar están los virus, apenas una cadena química que no es materia inerte, pero que no es vida, un eslabón perdido, ínfimo e invisible al que tampoco se puede menospreciar, quod erat demonstrandum.

 

 

 

 

Himnos

Ayer a las ocho, en medio del aplauso unánime a los servicios sanitarios, se coló un himno, palabra de origen griego que originariamente designaba un cántico  coral entonado en honor a los dioses y que luego derivó en animador espiritual de grupos humanos como países, regiones, clubes deportivos o instituciones educativas.  En España tenemos uno anómalo porque carece de letra, así que no se puede cantar, sino escuchar y tararear. Compartimos esta peculiaridad con Bosnia-Herzegovina y Kosovo, que yo sepa.

 

El de anoche era el de un cuerpo del ejército español, famoso por su cabra, sus pechos descubiertos y su arrojo en el combate contra las aguerridas y salvajes tropas del norte de África.  Su letra, que habla de relaciones amorosas con La de la Guadaña, la considero poco apropiada para estos días, pero allá cada cual con lo que entona.  Cuando lo oí, pensé que el disyoquei se había equivocado de pandemia y creyó que estábamos ante un caso de legionella, pero al final lo entendí como una especie de alabanza al valor y la resistencia de los españoles frente a una invasión o ataque foráneo, al que vencerán los anticuerpos españoles, según palabras de un político.

 

Otros días ha sonado esa canción tan española que compuso el belga Leo Caerts y cantó con gran éxito el esposo almeriense de la alemana Anita Marx: "Que viva España".

 

En otro bloque cercano alguien difundió gratuitamente música infantil y, más tarde, otro vecino ignoto enchufó los éxitos de los últimos diez o quince veranos (macarenas, aserejés y venaos), himnos también de la masa sudorosa y eufórica.

 

Si algo está dejando claro esta situación es que el ser humano es, como dijo Aristóteles, un ser o animal político, imposible de entenderse a sí mismo sin pertenecer a una comunidad y que en cuanto se queda solo o aislado, grita a los cuatro vientos: "¡A mí la Legión!".

 

 

 

 

Y se quedaron los pájaros cantando

Esta mañana a una hora a la que usualmente solo se oyen coches, motos y máquinas cortacésped, el trino de los pájaros era el único sonido que reinaba en la calle.  La disminución del tráfico rodado y peatonal ha permitido oír lo que casi nunca oímos.  De igual modo en Venecia parece que las aguas se han aclarado y se pueden ver peces donde antes corría un agua verdosa y triste, decadente, como esa ciudad.  

 

Así que esta mañana me he acordado de aquel gran poema de Juan Ramón Jiménez, "El viaje definitivo", en el que los pájaros son el símbolo de lo eterno, de lo espiritual, de lo que permanece cuando el ruido y la furia, el anhelo, la gloria y la mezquindad del ser humano desaparecen:

 

          ...Y yo me iré.  Y se quedarán los pájaros

          cantando.

 

Es un poema que habla de la extinción del ser, del ego, pero no es un canto de desesperación ni amargura.  Al contrario, propugna la trascendencia de la naturaleza y de la propia poesía, que, en realidad, conociendo a Juan Ramón, es más bien la suya.  Pero, bueno, perdonémosle este pequeño atisbo de vanidad y disfrutemos de un poema que se parece tanto a estos días que hoy vivimos, en los que la presencia del ser humano se ha visto minimizada y la realidad tiene unos tintes fantasmagóricos.  De no ser por el aplauso de las ocho de la tarde, podríamos decir que nuestra sociedad solo existe virtualmente, como un Matrix sobrevenido.

 

Muchas ideas me están viniendo estos días, frutos de la perplejidad casi todas ellas.  Quizá

otro tarde las saque a pasear por aquí.  O quizá aproveche el paseo para tirarlas a la basura.  Mientras tanto sigamos oyendo a los pájaros, que son los que se han quedado solos, cantando.

 

 

 

 

 

¿Estudias o trabajas?

Hace (muchos) años esta era la entradilla de los ligones aficionados.  Se acercaban a la chica con sus acampanados pantalones y soltaban la pregunta al modo de Hamlet.  Hoy en día todo es más confuso.  Es lo que tienen todos los presentes, que, como los comparamos con criterios de supuestos pasados, no acabamos de entenderlos.  Puede haber gente que trabaja para estudiar, gente que estudió pero trabaja en puestos para los que no estudió, etc. 

 

Me ha venido a las mientes todo esto por una anécdota que viví ayer.  En la cola de la caja de un supermercado, la dependienta se lamentaba en voz alta de no poder disfrutar del puente de la Inmaculada Constitución y remató su lamento con estas palabras: "¡Qué lástima no haber estudiao!".

 

Me hubiera gustado que ciertos alumnos y alumnas hubieran estado en esos momentos ahí.  No es una idea nueva la de que los estudios propician un estatus social más elevado: más ingresos, más tiempo libre...  Hay estadísticas por ahí que lo demuestran (lo del dinero), aunque la cosa no está tan clara.  Por un lado tenemos a esos licencidados y graduadas infraempleados y por otro, a esos/as trabajadores cualificados trabajando fines de semana, ya sea en empresas atosigadoras o en cargos de la administración pública (y puedo certificarlo), sin contar la pléyade de médicas de guardia y profesores corrigiendo exámenes y trabajos los domingos por la tarde.

 

Y luego están los ni-ni, los hijos del desamparo familiar y educativo, los esclavos del fornái y la pleisteichion, pero eso da para tres o cuatro entradas más.  Si esto no es un desequilibrio, que venga Marx y lo vea.

 

 

 

Escucha al colibrí

Debido a su timbre grave, decían que Leonard Cohen tenía voz de ultratumba.  Para más guasa azarosa grave es tumba en inglés.  Y para rematar el chiste su voz nos llega póstumamente desde ultratumba con Thanks for the dance, un disco compuesto por canciones que sobraron del majestuoso You want it darker.  Su hijo Adam se ha encargado de rematar la petición que le hizo el cantautor canadiense en los días finales de su vida.  Otro atractivo añadido es que se incluye una versión de "La casada infiel" de Lorca, "The night of Santiago", poema que convirtió en un blues mi amigo el cantautor Eduardo Retamero cuando perpetrábamos canciones muy discutibles a principio de los ochenta con el ya extinto grupo Talycual.

 

El último tema de este álbum se titula "Listen to the hummignbird" y me parece la despedida perfecta de un hombre que practicó el zen durante años.  Son versos simples, intensos, profundos, casi tres haikus filosóficos y humildes, en los que mezcla la naturaleza y la divinidad, lo cercano y lo trascendente, como hicieron Issa, Basho o Buson.  Al menos es lo que a mí me ha parecido.

 

 

      Escucha al colibrí

 

 

      Escucha al colibrí

      cuyas alas no puedes ver.

      Escucha al colibrí;

      no me escuches a mí.

 

      Escucha a la mariposa,

      cuya vida no llega a tres días.

      Escucha a la mariposa

      no me escuches a mí.

 

      Escucha la mente de Dios,

      que no necesita existir.

      Escucha la mente de Dios;

      no me escuches a mí.

 

 

 

 

Las sobras de las educación

Que la educación es el asunto generalizado más complejo que existe no lo duda nadie.  El futuro de la ciencia, de las artes, de la política, de la salud, de las guerras y del amor depende de ella.  Si enseñamos a pensar, las futuras ciudadanas pensarán.  Si enseñamos a empatizar, los futuros hombres empatizarán.  Y si educamos mal (o no educamos) se perderá la oportunidad de hacer del mundo un lugar mejor.

 

En las últimas semanas un grupo de compañeros hemos asistido a un curso que imparte en el Centro de Profesores de Marbella el profesor, autor y pedagogo Juan Vaello Orts.  Todavía no ha terminado.  Tenemos que volver el año que viene a rematar la faena.  No hemos ido para conseguir puntos, porque a muchos ya no nos hacen falta para nada.  Estamos allí porque ya conocíamos el buen decir y hacer del ponente.  Sus propuestas son amplias y ambiciosas, pero concretas, ingeniosas, fáciles y claras.  Este años estamos empezando a implementarlas con ilusión, prudencia y humildad.  Cuando tengamos resultados, ya les contaré.

 

En una de las jornadas se abordó un asunto que me parece crucial, de modo que no me pude resistir y tuve que intervenir para dar mi opinión al respecto.  Se hablaba de la pertinencia de los famosos deberes vespertinos que apabullan a los alumnos y alumnas que quieren hacerlos.  En una encuesta a mano alzada, la mayoría de los presentes creían que gran parte del fracaso escolar se debe a que los discentes no saben estudiar y/o trabajar solos en casa.  Yo argumenté que los deberes, en cierto sentido, suponen una exteriorización de la labor docente y que esos ejercicios de repaso o remache, deberían hacerse en clase, bajo la supervisión del docente, no en el azaroso ambiente de un hogar que a veces es propicio y otras (muchas, quizá demasiadas) no lo es tanto.  Como dijo un compañero filósofo: la hija de la abogada sé que va a hacer los deberes; la de otros, no lo tengo tan claro.  Tras mi intervención una compañera contraargumentó con dos razones, una de las cuales, me pareció razonable.  1.- Los jóvenes deben aprender a ser autónomos.  Coincido con matices: depende de la edad, del contexto social y de sus características psíquicas. 2.- No hay tiempo para repasar tanto en clase, porque tenemos que dar... (redoble de tambores) el temario. 

 

Aquí quería llegar yo y parece que también el ponente.  Propuse una reducción racional de los contenidos en la ESO, con especial atención al alumnado con riesgo de salirse del sistema por un ataque de impotencia.  Esto, que a muchos oídos docentes y no docentes, suena a apocalipsis y degeneración intelectual, no es ningún disparate.  El mismo profesor Vaello lo resumió con su estilo lacónico: "En la ESO o sobran contenidos, o sobran alumnos".  No se trata de no dar la mitad ni la cuarta parte, se trata de no exigir muchas cosas que, vistas desde la óptica de otras asignaturas (o desde fuera), son indiscutiblemente prescindibles.  Gran parte de culpa de esto la tienen los libros de texto, voluminosas (ergo caras) y pesadas minienciclopedias que maltratan las espaldas de los infantes, repletas de conceptos tales como alegoría, determinantes, sinclinales, semicorchea o estabulación, endiablada palabra a la que ya dediqué una entrada hace tiempo

 

Hay que aclarar a los ajenos al asunto este de la docencia que en las leyes no aparecen semejantes términos de forma explícita ni (casi nunca) ímplicita.  Quizá esto sea lo más extraño/triste del caso: se pide al alumnado que sepa y sepa hacer cosas que stricto sensu no están en la ley y, por contra, otras que sí lo están no se exigen tanto o, al menos, no con tanta vehemencia como las arriba mencionadas.  Podría poner ejemplos de todo esto, pero sería un tostón considerable.

 

Pero lo que más me preocupa de todo esto es que la inmensa mayoría de los docentes son magníficos profesionales, que se dejan la piel cada día a pie de pizarra, ya sea verde analógica o blanca digital, y que se devanan los sesos en el ascensor, en la ducha y en la cola del cajero para conseguir que sus alumnos y alumnas aprendan más, cuando quizá lo que deben intentar es que aprendan mejor.

 

 

 

 

De origamis, volcanes y reencuentros

Volcán Sakurajima visto desde una playa de Kagoshima a finales de agosto de 2019.
Volcán Sakurajima visto desde una playa de Kagoshima a finales de agosto de 2019.

Ha pasado algo más de un verano desde la última entrada del blog.  Cosas que pasan.  Nada grave.  El poder reparador del silencio del que tanto, paradójicamente, se habla y tan poco se practica.  No quiero decir que haya estado en una cámara insonorizada durante casi tres meses.  Al contrario.  He ido dos veces a Japón (imaginen esos motores surcando el cielo de Siberia), he paseado por las laderas del volcán Sakurajima (que está justo ahora un poco cabreado), he visitado el epicentro de la bomba y el lugar de los mártires cristianos de Nagasaki (a los que dedicó Lope de Vega una obra), he visto los primeros arces rojo del otoño de Minoh, he votado hace un rato, he incrementado mi nivel de responsabilidad en el trabajo, me ha dado por pintar digitalmente (me encanta la expresión "me ha dado", tiene tanto de involuntario y arrebatador)...

 

Así que esta entrada cumple lo que los semiólogos llaman la función fática del lenguaje, o sea, usar las palabras tan solo para decir al interlocutor que la comunicación se mantiene.  Frases como "¿se me escucha?", "te estoy entendiendo", "dígame", etc. son ejemplos de esto que digo.

 

Pero ya que estamos en faena, usaré también la función referencial porque me apetece contar una anécdota que viví ayer en el aeropuerto de Osaka.  Por los altavoces anunciaron que ya podíamos ponernos en cola los viajeros del grupo 5, el último en entrar.  No había prisa. Nos esperaban casi doce horas de Osaka a Ámsterdam y tendríamos tiempo de sobra para hartarnos de estar dentro del avión.  La cuestión es que en un momento dado fui a incorporarme a la fila que se estaba formando.  En ese momento casi tropecé una pareja de ancianos japoneses y los dejé pasar.  Dije: "dozo" y ellos sonrieron por la cortesía y por hablarles en japonés.  Pues bien, unos segundos más tarde el hombre se volvió hacia mí y me regaló un pequeño y espectacular origami de un pavo real diciéndome: "Arigato".  He vivido muchos ejemplos de la educación y la amabilidad japonesa, pero este último, ocurrido justo antes de abandonar el país, tiene un regusto especial no sé si simbólico, sentimental o lo que sea.  

 

Yo por mi parte he hecho esta mañana mi origami simplón con la papeleta del congreso.  No es para dar las gracias.  Las gracias nos la tienen que dar a los ciudadanos quienes no se ponen de acuerdo, ni tienen pinta de ponerse.  Más bien se parece a las grullas de Sadako Sasaki, hibakusha o superviviente de la bomba de Hiroshima, una plegaria para la curación de la leucemia provocada por la lluvia negra que siguió a la detonación y que más tarde se transformó en petición por la paz mundial.  Así espero que mi humilde pliegue sirva, junto con el de otros muchos y muchas para que este país de santos, mártires, héroes, pícaros y futbolistas acabe teniendo un gobierno.  Y que a mí me guste, claro.

 

 

 

 

Nuestras calderadas

Supongo que no es algo premeditado, pero los asiduos y asiduas de este blog se habrán venido percatando de que muy, pero que muy pocas veces, me tiro al barro de la política.  Quizá obedezca a una mezcla de ecuanimidad mal entendida y pusilanimidad genética.  No sé.  No tengo tiempo, ganas ni dinero para averiguarlo.  Y no es que, como dijo Aristóteles, no sea un "ser político".  Todos irremediablemente lo somos.  No podemos dejar de serlo.  Fuera de este ámbito expongo sin problema mis ideas sobre cómo debemos organizarnos en estas polis enormes en las que vivimos.

 

El culpable de que hoy rompa esta discutible costumbre es Andrés Villena Oliver, autor de Las redes de poder en España.  Se trata de un libro valiente.  Y no lo digo en un sentido metafórico ni hiperbólico.  No es que presente ideas novedosas que expongan al autor a la crítica intelectual de sus colegas.  Lo que se expone en este ensayo/monografía son datos, datos irrefutables, contrastados, conocidos, bien hilados y justificados.  El riesgo que corre el autor es el de poner negro sobre blanco que la democracia en España está, cuando menos, descafeinada, si no adulterada, manipulada, vapuleada y... mejor me callo.

 

De manera incontestable el autor va desgranando los nudos de estas redes, algunos más conocidos que otros.  Un tupido entramado de cargos medios y altos, incrustados (atados y bien atados, que dijo aquél) en el funcionamiento del estado ha venido a prolongar gran parte del aparato del poder del régimen político anterior.  Familias, luengos apellidos de rancio abolengo, amistades, puertas giratorias, asientos a medida en consejos de dirección... dibujan un paisaje medio dantesco medio kafkiano, que acaba quitándote el sueño.  Un grueso tapiz de componendas que deprimen al más optimista paladín de la justicia social y política.  Y junto a, o sobre, o bajo estas redes burocráticas gubernamentales y empresariales, la no menos tupida red de los medios de comunicación, encargados (vía créditos que existen o no existen, vía favores biyectivos) de ocultar o hacer olvidar las otras y cualesquiera que se tejan para pescar puestos, dádivas o emolumentos.  Y lo más inquietante es que no se trata de una teoría de la conspiración tipo Bildergerg.  Qué va.  Todo sucede delante de nuestras olvidadizas narices, esas que muchas veces nos tapamos en el momento justo de depositar el voto en la urna.

 

 

Hace poco asistí a la presentación del libro en Málaga y alguien del público preguntó si quedaba algún atisbo de esperanza frente a semejante cúmulo de componendas y engañifas.  La repuesta del autor fue esperanzadora.  Habló de que en Estados Unidos cada vez hay más voces que abogan por un cambio de rumbo en las concepciones económicas que arrancaron ferozmente en los ochenta y que nos llevaron a la debacle de 2008.  De modo que este minucioso estudio, más que una elegía derrotisma/abstencionista, es una llamada a la indignación, a la participación, al conocimiento y a la madurez ciudadana.  No faltarán quienes opinen que las redes ocultas de poder existen en todo el mundo y, como dijo el entrañable refrán-man Sancho Panza, "en otras casas cuecen habas".    Lo que ocurre es que, como continúa el adagio, "en la mía, calderadas". 

 

 

 

 

Cubismo al cubo

Para contrarrestar la caló y otros artículos anteriores, quizá demasiado densos, traigo ahora una anécdota ligerita.

 

Hace unos meses un pequeño tornado destrozó algunas zonas del instituto en el que trabajo.  Entre ellas cayó un fragmento de un mosaico, hecho por el alumnado, que reproduce "Las señoritas de Avignon".  El departamento de Dibujo hizo una réplica de las partes destruidas y esta misma mañana unos operarios han procedido colocarlas.  Y aquí viene el chiste. Han confundido una hilera con otra y las ya distorsionadas perspectivas cubistas que pergeñó Picasso se han visto elevadas al cubo: narices en lugar de barbillas, ojos en lugar de cuellos, etc.  Se trata de una deconstrucción involuntaria y ultrapostmoderna de la pintura contemporánea, digna del MOMA o del ecce homo de Borja.

 

Por suerte el jefe del departamento, que ha sacrificado azarosamente parte de sus vacaciones, lo ha visto a tiempo y ha suspendido la instalación.  

 

Fin de la anécdota.  Sigan con sus cosas.

 

 

 

 

El pajarito de Rubik

Quizá lo hayan visto por ahí.  Es un niño chino que hace malabares con tres cubos de Rubik y mientras los lanza y entrelaza en el aire ¡los hace!, es decir, ordena todos los colores.  Uno no puede más que maravillarse y quedarse con la boca abierta.  Y ahí es cuando llega el problema.  Nuestra estupefacción nos deja como a esos conejos que se cazan deslumbrándolos.

 

Los ciudadanos de aquel milenario y enorme país malgastan su tiempo y sus energías mirando embobados la habilidad de este chaval, en lugar de centrarse en los muchos problemas e injusticias que existen tras la Gran Muralla y The Great Firewall, que impide cualquier tipo de reivindicación o insurgencia digital.

 

Y aquí por occidente no estamos para dar lecciones de nada.  Desde el panen et circenses, hasta la telebasura o los videos de gatitos tocando el piano, pasando por Goebbels, el fútbol, Gibraltar-español y otras famosas manipulaciones y distracciones, el poder siempre ha tenido a mano algún pajarito al que quieren que miremos.   Así nos tienen embobados, o sea, transformados momentánea o definitivamente en bobos y bobas.

 

 

 

Jekyll, Hyde y Alcàsser.

A principio de los noventa yo era un joven profesor con pelo y sin triglicéridos que veía poquísima televisión, pero no pude abstraerme de lo que pasó en Alcàsser. Pronto tuve la intuición ética o estética de que el circo de Nieves Herrero en el salón de conciertos cruzaba una frontera que aún no estaba bien marcada.  Me repelió tanto que en los siguiente meses y años no quise volver a saber nada del asunto.  La serie de Netflix, muy bien realizada, me ha servido para ponerme al día y refrescar algunos datos que, pese a mi huelga de espectador, me fueron llegando. 

 

Como quizá ya intuyen, no es mi estilo ponerme a despotricar perogrullescamente sobre la crueldad indescriptible de los asesinos, cuyo estudio pormenorizado quizá sería de gran ayuda para intentar evitar crímenes tan horrendos.  Tampoco soy de los que van pidiendo patíbulos portátiles al calor de las noticias.  La misma plebe que pedía pena de muerte en directo con Nieves Herrero, años más tarde clamaba por cruzar "el Misisipi" para liberar al único detenido, por otras razones, más mediáticas todavía.

 

Después de ver los reportajes de la serie me ha asaltado una idea.  Los asesinos (fueren quienes fueren) se movían por instintos primigenios, menos que animales.   Algo radicalmente malévolo, insano y cruel surgía de una parte de su cerebro no controlada por... nada, ni los circuitos de la moralidad, ni los de la ética, ni los de la misma supervivencia, porque arriesgaban sus vidas o libertades cometiendo estos actos.  Por otra parte, en el juicio se desarrollaron argumentos hiperbólicamente racionales, burocráticos, científicos: que si la fecha de una orden de registro, que si la morfología de unos pelos, que si el tamaño de unas larvas, que si pistas falsas, que si manchas o no manchas, que si testigos que callan, que si alfombra persa o moqueta nacional, que si el fiscal construye frases que hacen que el acusado incurra ante la sala en contradicciones...  Todo un despliegue de sutilezas químicas, retóricas y forenses, que contrastan con las simples intenciones de los que cometieron las violaciones y asesinatos.  (Semi)analfabetos irracionales, frente a cultos letrados y catedráticos.  Un cóctel que dice mucho de la condición humana jekylhaydeana.  No nos extrañe, pues, que en nuestras pantallas convivan productos como esta serie y tanta, tanta, tanta, telebasura.

 

 

 

 

Ese invisible yo

Las personas se dividen en tres grandes grupos: la "gente", las "personas que conozco" y "yo" (es decir, cada cual).  Entre los dos primeros se establece cierta movilidad, regida por el azar y la pérdida progresiva de memoria.  Gente que no conozco se convierte en conocida y personas conocidas se van olvidando y acaban convirtiéndose en gente.

 

Entre el yo y los conocidos también hay intercambio.  Los pensamientos, tics, formas de hablar o comportarse pueden pasar de unos a otro.  Al yo le cuesta mucho reconocer que está siendo influenciado por los conocidos, pero suele ser más ágil detectando su huella en los demás.

 

Dicen los neuropsicólogos que existe una zona del cerebro, el área 10 o capa granular interna IV, situada en la corteza prefrontal lateral (no soy neurólogo, lo he copiado de un libro), que es dos veces más grande en los humanos que en los simios.  Puede que ahí viva la conciencia del "yo", porque se dedica a emitir lucecitas en las pantallas cuando la memoria, la planificación, el pensamiento abstracto y la adopción de comportamientos adecuados están funcionando.  Pero la cosa es más complicada y otras zonas de la sesera también están implicadas en estos procesos.  Como dijo Leibniz, "si agrandásemos el cerebro hasta que tuviese el tamaño de un molino, y así pudiésemos caminar por su interior, no encontraríamos la conciencia".

 

El yo es mutable a nivel psíquico, moral y político (sobre todo político después de unos resultados electorales no concluyentes) y además lo es a nivel físico.  Cada diez años más o menos las células que nos componen ya no son las que nos componían.  Nuestro cuerpo de ahora no es el que teníamos hace once años.

 

Resumiendo: si lo que pienso, siento y hago está influido por los demás; si no hay un lugar exacto en el que exista el yo, si mi cuerpo es nuevo cada década, ¿de dónde proviene es(t)e egocentrismo (selfismo) insano que nos encorseta y delimita y que pretende ser eterno a base de poemas, intervenciones quirúrgicas, sinfonías o cremas antiarrugas?  Buda, Ortega y Gasset y otros muchos ya lo intuyeron: apenas somos, o somos nosotros y nuestras circunstancias. 

 

 

 

 

Fuera del juego

Sorpresa: voy a empezar hablando de fútbol.  El miércoles pasado en la final de la UEFA se enfrentaron dos equipos londinenses, el Chelsea y el Arsenal.  Entre los veintidós jugadores solo uno era inglés.  A partir de 1995, la sentencia Bosman del Tribunal de Luxemburgo abrió el melón (o la cornucopia) de los fichajes internacionales.  Hasta entonces el máximo de jugadores extranjeros por equipo era de tres.  Ese mismo año el Ayax ganó la Copa de Europa y, tras la sentencia, su plantilla se esfumó y las estrellas se esparcieron, como en un big-bang cuantificable en el infinito universo de las cifras astronómicas.

 

Es el signo de los tiempos que nos han tocado vivir.  Las empresas emigran en busca de inversiones o beneficios, es decir, de pagar lo menos posible a sus empleados y a sus fiscos.  El dinero no entiende de fronteras.  El capital fluye como un tsunami de chapapote hundiendo y levantando países, políticas, políticos, personas.  Es lo que hay.  Se llama globalización y ha venido para quedarse. 

Nota paradójica 1: cuanto más hablamos de "globalización", más terraplanistas surgen.

 

El neonacionalismo populista que tanto ha crecido en Europa y Estados Unidos (Trump, Le Pen, Salvini, Brexit, Vox...) es una respuesta visceral y, como ellos dicen, de "sentido común", basada en un principio incuestionable: "sálvese quien pueda".  Los curritos de Nebraska no quieren que sus fábricas de tractores se vayan a Shanghai, ni que los malolientes mexicanos les quiten los sucios trabajos que ellos antes no aceptaban y ahora anhelan.  Y quien dice tijuaneros y nebraskeños, dice marselleses (enfants de la patrie) y damascenos, madrileños y tangerinos... 

Nota paradójica 2: los nacionalistas de distintos países unen sus intereses en el parlamento europeo, a pesar de que su seña de identidad es rechazar al extranjero.

 

Lo más interesante es que el pueblo llano ha entendido que la globalización le está dando por saco y ha reaccionado, en distinto grado según el país, votando a sus respectivos salvapatrias. Pero los domingos, cuando van al fútbol, cuando invaden ciudades extranjeras para beber cerveza barata y airear sus flácidos vientres en las fuentes, olvidan que sus clubes son el ejemplo más claro de la globalización.  Muchos chavales de las canteras de esas ciudades nunca llegarán al primer equipo, porque siempre vendrá un senegalés o un brasileño que juega mejor que ellos.  Lo importante es la fidelidad a los colores.  No se han dado cuenta de que los poderosos, los que mueven el cotarro de las fichas, los contratos y las subcontratas textiles o automovilísticas, sí han abrazado la globalización y se han organizado para aprovecharla.  Falta que los hooligans se quiten la camiseta de delante de los ojos, dejen la lata en una papelera y vean que, detrás de los colores de su club, se oculta una realidad que los ha dejado fuera del juego y los ha convertido en meros espectadores.  Tienen voto, pero muchos no votan.  Tienen voz, pero se quedan afónicos insultando a árbitros y contrincantes.  No se trata de encerrarse en la aldea gala y defenderse de los pobres de otros países.  Hay de bajar al césped e intentar revertir la situación, de manera global y eficiente, como ya han hecho los que les venden las camisetas made in China.

 

 

 

 

 

Esta juventud

Los cuatro jinetes del apocalipsis del Beato de Liébana.
Los cuatro jinetes del apocalipsis del Beato de Liébana.

Cuando llegan estas fechas finales de exámenes últimos del último curso del bachillerato, me gusta airear mi opinión sobre la vilipendiada, descerebrada y desconocida juventud que tenemos.  En otros artículos he alabado su capacidad de sacrificio y concentración en un mundo de dispersiones y recompensas fáciles.  Este año, además, tengo una anécdota jugosa que ha sucedido esta misma mañana.

 

Vienen a verme al despacho las delegadas de un grupo.  Consideran que sus compañeros no se están comportando bien con una profesora que acaba de llegar al centro para sustituir a un profesor: que había ruido en la clase, que no se oía bien lo que decía la profesora...

 

He subido al aula a decirles que la información que tenía sobre ellos y ellas (no les doy clase) por medio de su tutor y otros profesores era muy positiva y que me extrañaba mucho la queja de los representantes.  Se estableció un debate muy sosegado y educado, en presencia del profesor de Filosofía, que estaba intentando explicarles la dialéctica hegeliana de la tesis la antítesis y la síntesis.   Allí los dejé medio compungidos, medio sorprendidas, a la puerta de los abismos de la metafísica.

 

Un poco después me he cruzado con la profesora en cuestión y casi me he disculpado por lo sucedido en clase.  Ella se ha extrañado de lo que le contaba y le ha dado la risa.  No entendía en qué consistía ese "mal comportamiento".  Consideraba, al contrario de un sector del alumnado, que se habían comportado excelentemente.  

 

He aquí la juventud que se preocupa de esta manera por la calidad de su enseñanza, la que no lee, la que no despega los ojos de las pantallas, la que no piensa, la consumista, la que pasa (¿pasaba?) de votar, la del botellón, las drogas de diseño y el after hour.   Esta es la juventud que gran parte de la senectud no ve o no quiere ver, la juventud que soporta un sistema educativo demasiado cargado de materias (y de pesados y caros libros de textos) y demasiado anquilosado en muchos aspectos.  A quienes piensen que después de nosotros, los mayores, vendrá el diluvio, les mando un mensaje de tranquilidad.  Llevo treinta años oyendo hablar de la decadencia de la juventud, de un apocalipsis que nunca llega y que, después de anécdotas como la de esta mañana, cada vez veo más lejano. No es cuestión de fe, ni de optimismo bobalicón.  Es la verdad.  Palabra de jefe de estudios.

 

 

 

 

De la poesía a los zombies

Esta entrada relata el osado viaje desde Juan Ramón Jiménez y Luis Cernuda hasta los zombies. Paso a explicarme. 

 

Hace un par de días en clase de bachillerato andábamos comentando dos textos de estos autores, "El viaje definitivo" y un fragmento de Ocnos.  Tras el análisis formal, más o menos aburrido y mecánico (tiene una estructura en tres partes, aquí hay una metáfora, allí hay un quiasmo), incité al alumnado a bucear en los posibles simbolismos implícitos en algunas palabras (pozo, túnel, serpiente, pájaros...) que aparecían desperdigadas por la prosa y la poesía.  Al principio andaban un poco parados, inexpertos en dar su opinión en un lugar donde pocas veces se la pedimos, y también recelosos de excederse en las interpretaciones.  Pero poco a poco fueron envalentonándose y aportando puntos de vistas interesantes.  La cosa fue a más y me animé a hablarles del psicoanálsis literario de Freud y sus famosos símbolos fálicos.  De ahí pasamos a los combates masculinos con espadas láser de La guerra de las galaxias (ahora conocida como Star Wars).  Y ya puestos, salté en el vacío y les pedí que intentaran interpretar el boom del vampirismo literario y cinematográfico de hace unos años y el de los zombies actuales.  Coincidimos en muchas opiniones y les expuse la mía: los zombies son un símbolo (casi una metáfora) de los desarrapados, malolientes y balbuceantes inmigrantes, que vienen del "más allá" a comernos vivos y a acabar con nuestro statu quo, por miserable que este resulte.  Una alumna replicó de inmediato, un tanto ofendida, que a ella le gustan las películas de zombies y los inmigrantes al mismo tiempo.  Le expliqué que los imaginarios colectivos son más sibilinos y potentes que las opiniones personales y que ocultan (o evidencian) ideas, sentimientos, temores, que ni siquiera sabemos que tenemos.

 

No sé si los convencí totalmente, pero al final de la clase varias alumnas y alumnos me propusieron hacer más comentarios, porque es una cosa sorprendente y, creo recordar que dijeron, "rayante".

 

 

Cada día que pasa en esta carrera de fondo docente por la que transito desde hace ya casi treinta años, confirmo la vieja cita del sabio Plutarco: "La educación es el encendido de una llama, no el llenado de una vasija".  Si hay que invadir la generación del 27 con zombies y espadas fálicas láser, se invade.  Cernuda y Juan Ramón aguantarán el tirón.  La cultura con mayúsculas lo resiste todo, o no es cultura, sino mera erudición academicista.

 

 

 

 

Lengua Castellana y Anatomía

Un día de esta pasada (y pesada) semana me ocurrió algo sorprendente, interdisciplinar, insospechado, mágico, curioso... Bueno, califíquenlo ustedes cuando termine de contarlo.

 

Llegué a la clase de 1º de Bachillerato de ciencias, de la que soy profesor de Lengua Castellana y Literatura.  El alumnado estaba terminando un examen de matemáticas.  Unos escribían a toda prisa las últimas operaciones, otras repasaban signos y otros ya se habían levantado y se dirigieron a mí: "Profe, ayer estuvimos leyendo tus poemas en clase de Anatomía".  Se rieron al ver mi cara de asombro.  Me contaron que la profesora estaba explicando el cerebro y las supuestas dos mitades, la analítica y la creativa, y le pareció adecuado ponerme como ejemplo de alguna de las dos (o de las dos).  Se llevó mi primer libro serio (Múltiplos de uno) y algún que otro alumno o alumna leyó en voz alta un poema.  No sé si llegaron a comentarlos a fondo, porque para eso iba yo precisamente ese día, para darles los instrumentos retóricos, genéricos, estructurales, simbólicos y demás que se usan para tal fin.   

 

Cuando la clase empezó y las cosas se asentaron les pregunté si es que yo tenía que impartir, a cambio, clases de anatomía.  Más tarde le di las gracias a la compañera y le dije que yo ya había explicado un poco de anatomía cuando hablé del funcionamiento del aparato fonador  (dientes, alveolos, cuerdas vocales)...  ¿Acaso no se llama mi asignatura como una parte de la anatomía humana, esa que sirve para paladear, besar y pedir la comida o que te besen?

 

 

 

 

 

Bisílabos

Facha, rojo, guiri, progre, jipi, choni, pijo, carca, chusma, indie... ¿Notan algo curioso en esta lista de calificativos del español? 

 

Son palabras bisílabas llanas que usamos para clasificar a la gente.  En teoría poética se llaman pies trocaicos o troqueos, es decir, un conjunto de dos sílabas que tienen acento en la primera.  

 

Con motivo de la pasada campaña electoral he notado esta tendencia del español al troqueo (al menos en el español de España), hasta el punto de que a veces oímos que la sílaba anterior al acento (pretónica) casi desaparece: "Paña" por "España", "quillo" por chiquillo, "ñoras" por señoras...  Otras veces se esfuman las posteriores (postónicas), como en los ya citados "progre" (progresista), "carca" (carcamal) o "finde" (fin de semana).  Y últimamente se recurre al anglicismo: "indie", "fashion", "runner".  Hace décadas ya que el fútbol (foot-ball) remató al balompié y (más recientemente) el basket, al baloncesto.

 

Muchos y muchas recordarán el soniquete trocaico que se producía en las "manifestaciones" de fervor patrio, cuando el pueblo repetía incansablemente el apellido del Jefe del Estado español hasta 1975.

 

No ignoro que en nuestra lengua hay insultos bisílabos agudos terminados en -ón, de enorme dureza y contundencia.  También tenemos un símbolo rotundo de españolidad, el jamón, que ya propuse que se incluyera en el escudo del estado, en lugar de ese potaje de leones, cadenas, barras, frutas y castillos. 

 

Pero creo que la tendencia al trocaico es imparable y proviene de la influencia secreta de palabras básicas con esa estructura acentual: madre, padre, patria, cielo, agua, tierra, aire, sangre, casa, cama, calle, muerte, vida, pasta, mucho, poco, novia, boda, ojo, ajo, mano, dedo, cosa, niño, suegro, guerra, sopa, olla, fuego, blanco, negro, dame, toma, calla, caca, culo... 

 

Fascista, comunista, librepensador, progresista y conservador suenan demasiado... largos.  Mientras terminas de decirlos, el contrincante, como quien agarra un buen guijarro al borde del camino y lo coloca en su honda, te ha podido lanzar un "rojo" o un "facha" que, como a Goliat, te deja cao (1).

 

 

 

 

1.- Cao no existe en el DRAE.  Lo pongo para hacer otro trocaico.

 

 

 

 

 

Atención al pasaje

Carteles electorales en la estación Senri-Chuo de Osaka.
Carteles electorales en la estación Senri-Chuo de Osaka.

Me fui a Japón el sábado antes del domingo de Ramos y me encontré en medio de otra campaña electoral, elecciones locales en este caso, si no he entendido mal a los candidatos que iban por Osaka en sus diminutas caravanas electorales.  No me voy a poner pesado con el civismo japonés y la forma de hacer las cosas allí, porque no quiero tentar la paciencia patriótica de parte de mi "lectorado".  Quien quiera, que vaya y lo vea.

 

La cosa es que, a pesar de las muchas veces que he visitado Japón en general y Osaka en particular, todavía he encontrado rincones y actitudes que me sorprenden.  Sólo voy a contarles una de ellas.  En los autobuses de línea del norte de Osaka hay un cartel luminoso que se enciende y se apaga casi continuamente.  Yo pensaba, en mi cuasianalfabetismo, que era el aviso de petición de parada.  Pero resulta que no.  El conductor lleva un micrófono inalámbrico y, aparte de dar las gracias cualquier persona que sale del autobús (y la mayoría de las veces se apean unas diez o quince personas), se dedica a decir frases que hasta ahora no entendía.  Poco a poco mi nivel de comprensión oral ha ido creciendo y, en un momento dado, entendí una palabra, hidari, que significa izquierda.  Más tarde creí oír migui, que significa derecha y me percaté de que cuando las decía, el autobús giraba en esos sentidos o direcciones.  Y decía también que íbamos a parar o que íbamos a arrancar...  Esta costumbre tiene un efecto inmediato en la seguridad de los pasajeros, pero también obedece a una técnica/hábito llamada shisha kanko, que consiste en verbalizar lo que se está haciendo.  La usan desde hace décadas los maquinistas de tren. Al parecer proviene de la meditación zen y con ella se consigue reducir el riesgo de error en un 85%.  Cuando vayan a Japón y monten en un tren, procuren ir al vagón de cabeza para observar al conductor. 

 

En esta jornada de meditación electoral, mi objetivo era concentrarme en pensar el voto, pero no voy a malgastar mis energías en ello, porque ya tengo el sobre cerrado y colocado en el mueble de la entrada desde hace días.  Lo que importa mañana es hacia qué lado queremos que gire el autobús (¿migui?, ¿hidari?), o si queremos que arranque, o que dé un frenazo brusco y nos estrellemos todos y todas contra el cristal del futuro.  Y, como decían Tip y Coll, la semana que viene, ya hablaremos del silencio.

 

 

 

 

 

Si Larra levantara la cabeza

Vale, es verdad que si la levantara iba a ser un espectáculo macabro, porque se la voló con una pistola, pero supongámoslo a modo de frase hecha metafórica.

 

El gran afrancesado, tildado de antiespañol por los definidores oficiales de la españolidad, hizo un dibujo implacabable de ¿aquellla? España reaccionaria y maleducada, que se comportaba en la diligencias como en el salón de su casa y en el salón de su casa como en un infierno doméstico.  Me acordé de él hace unos días en un restaurante muy concurrido.  Había personas de, por lo menos, tres nacionalidades (europeas), pero los que estaban armando el follón con voces y cánticos eran unos señores mayores franceses o belgas, que habrían bebido algo más que vasos de agua del grifo.

 

Aquellas críticas de Larra a la manera de comportarse de los españoles hoy día pueden seguir teniendo sentido, pero un sentido lato, no estricto.  Es decir, se comportan como españoles no sólo los españoles (y no todos), sino todo aquel que vive, come, duerme y paga parte de sus impuestos en España.  Porque me imagino muy fácilmente a todos esos francófonos en sus lugares de origen comportándose educadamente y sufriendo una metamorfosis ética en los aviones que los traen a estas "asoleadas" costas.  Fui testigo de una de esas transformaciones en un vuelo desde Amsterdam a Málaga, volviendo de Osaka.

 

No quiero unirme, vive Dios, al coro de quienes pretenden excusar todo lo malo propio minimizándolo o contrastándolo con los males ajenos.   Sé que la leyenda negra fue un invento anglofrancés para socavar los cimientos morales del imperio español,  pero es que entre que todo el mundo "espera a la inquisición española", famélicos lazarillos e invasiones más o menos heroicas, se lo pusimos a tiro o en bandeja de plata.

 

Más tarde Europa se arrepintió en el siglo XIX y decretó que todas esas cosas que nos hacían despreciables eran precisamente las más atractivas.  Y España se convirtió en el destino romántico de Byron y sus secuaces.  Buscaban el primitivismo rudo y sincero que Europa había perdido durante la Ilustración.  Ansiaban ser conquistados por cigarreras voluptuosas sevillanas, encontrar un tesoro de oro del moro en un castillo encantado, caballeros individualistas y utópicos con una escupidera en la cabeza...   Y el pobre Larra... buscando lo contrario.  Dicen que se dio un tiro por despecho amoroso, pero en esa cabeza que proponíamos levantar había más conflictos latentes.

 

 

 

 

 

Ética y estética del jurel

El jurel del índico (caranx ignobilis) tiene una extraña y hermosa costumbre.  En determinado momento del año remonta un río caudaloso del este de África y, al llegar a un punto concreto más remansado, se ponen a dar vueltas y a danzar sin ningún motivo conocido.  No van a aparearse, ni a desovar y morir como los salmones.  Simplemente se pegan una paliza de no sé cuántos kilómetros para bailar en agua dulce y volverse luego a la mar salada. 

 

Es el encanto hipnótico de las cosas inútiles, pero hermosas.  Hay inutilidades insidiosas y molestas  (que le pregunten a nuestros alumnos), lo mismo que existen hermosas y eficientes actividades en las ciencias exactas e inexactas.

 

La poesía quizá sea la máxima expresión de hermosa inutilidad practicada por el ser humano.  La danza ya sabemos que cumple varias funciones: cohesión social, mantenimiento físico y captación de posibles parejas.  La poesía, sin embargo, (salvo algunos casos de poetas maquiavélicos) no sirve para nada.  Esta falta de finalidad no implica que no tenga una causa.  En la universidad de Bangor (Reino Unido), el profesor Guillaume Thierry (que no parece, por cierto, muy inglés) ha descubierto una especie de mecanismo innato de disfrute de la poesía, al margen de su significado.  Los oyentes detectaban cacofonías y eufonías, sílabas que sonaban bien o mal, de forma inconsciente, sin poder explicar la razón.  El estudio concluía que el sonido de la poesía está relacionado con partes de nuestro cerebro, ajenas a la lógica del lenguaje comunicativo normal.  En otras palabras, que hay cosas que disfrutamos sin saber muy bien por qué ni para qué, cual si fuéramos jureles del índico.  

 

Cabría preguntarse cuánto de nuestro comportamiento corre tras algo y cuánto corre desde algo.  Esta reflexión que acabo de hacer puede ser un buen ejemplo de lo segundo, porque, la verdad, no sé para qué sirve saber que los jureles del índico son unos estúpidos estetas.  Como decían los Rolling Stones: "I know it´s only rock ´n´ roll but I like it".

 

 

 

 

 

Malabarismos semánticos

"La semántica es un arma de los rojos contra la libre empresa".  Creo que no es la primera vez que cito esta frase impactante que leí en un libro de Pierre Giraud, que,  a su vez, citaba al New York Times.   Última y curiosamente es otro sector político en España quien está también haciendo cuatro malabares léxico-semánticos para intentar parar la abrumadora adhesión de la sociedad al movimiento feminista.

 

1.- En primer lugar ha montado una falsa igualdad: feminismo es igual a machismo.  Es decir, según los proponentes, el feminismo intenta que la mujer tenga el mismo poder que ha tenido el hombre durante siglos, o más, cual erinias, gorgonas, sirenas o amazonas. Se salta así la definición del DRAE: "Principio de igualdad de derecho de la mujer y el hombre".

 

2.- Luego han procedido (al amparo, esta vez sí, de la RAE) a desmontar el sintagma "violencia de género".  Es cierto que la expresión no es muy afortunada.  El género es un concepto gramatical, el sexo no (la mesa es femenino, pero no es hembra y el cielo es masculino, pero no macho).  De modo que proponen "violencia doméstica" para sacar a la luz escasos casos de violencia infantil (activa y pasiva), violencia femenina (activa contra hombres) y violencia anciana (esta casi siembre pasiva).  Olvidan la violencia ejercida contra las mujeres fuera del ámbito doméstico, como, por ejemplo, en una encerrona durante los encierros de manadas de toros o humanos. Yo siempre he propuesto violencia machista, que creo que deja más claro de qué estamos hablando.  

 

3.- En paralelo han inventado el término "feminazi", derivado del tosco argumento retórico "ad hitlerum". Este consiste en atacar los argumentos del contrario diciendo que, por ejemplo, no lleva razón porque tiene bigote, como Hitler.  Y lo mismo vale para tener perro, flequillo, ser vegetariano, moreno o austriaco.  Este truco tiene unas altas dosis de hipérbole.  Si alguien prohíbe matar personas con un hacha, puedo rebatirlo diciendo que es un nazi dictador y como sigamos así, nos van a prohibir hasta comer jamón y cantar en la ducha.  De modo que si alguien propone vehementemente un cambio en las leyes por una flagrante indefensión de las víctimas, se le acusa de dictatorial, represiva, es decir, nazi.

 

4.- Y el último invento es el "feminismo liberal".  Aquí rige el principio de contaminación aproximativa.  Con él se intentan vincular las reivindicaciones femeninas a una tendencia política, con la consecuente creación de antónimos como "feminismo rojo", "feminismo comunista"..., que acaban por contaminar el término neutro y convirtiéndolo en algo negativo y no deseable.  Este fenómeno se estudió muy bien cuando en Estados Unidos la derecha empezó a llamar al impuesto de sucesiones, el "impuesto de la muerte", lo que hizo que muchos votantes lo vieran como algo funesto, en lugar de como una fuente de ingresos para la comunidad.

 

Se demuestra así que la semántica (y la lengua en general) es un arma de doble filo, que lo mismo sirve a tirios y troyanos para un roto que para un descosido.

 

 

 

 

 

Memoria y memorización

Una de las muchas polémicas que circulan en redes y barras de cafeterías de la educación es la gran (o pequeña) importancia de la memoria.

 

A poca gente le puede caber la menor duda de que si no sabes algo no podrás saber más cosas, ni hacer cosas con esas cosas que conoces.  Si no sabes qué es un destornillador no podrás ni sabrás usarlo.  Y dejemos de lado (por el momento) la infoxicación reinante, la abrumadura invasión de noticias que sólo buscan aturdirnos y no dejarnos ver el bosque.

 

El problema creo que se ha salido de madre.  No es que no haya que saber cosas; lo que no puede ser es que se aprendan (se memoricen) cosas por saberlas, sin saber para qué, por qué hay que saberlas, qué importancia tienen, ni nada que se le parezca. Y además se "explican" de una forma, vamos a decir, "inadecuada", mecánica a veces, no adaptada al universo mental ni al lenguaje de los receptores, sin relacionar lo explicado con lo que se vive día a día.   Unos ejemplos.  Hay que saber que la constitución de 1812 fue muy importante para la historia de España, que el ADN transmite la información genética a nuevas generaciones y que las palabras llanas llevan tilde cuando no terminan en vocal, en ene o en ese.  Saber hay que saberlo, el problema es cómo hacer que quienes tienen que saberlo sepan que hay que saberlo y no crean que estamos vendiéndoles motos antiguas, ajenas, abstractas, inservibles...

 

El quid de la cuestión está en que si una profesora o maestro llega a clase y suelta eso sin más (o el alumnado lo lee en un libro o en una web), incurrirá en una inocencia docente, que consiste en creer que, dado que tú crees (y sabes) que algo es importante, la muchachada y la chiquillada ya va a captar inmediatamente la relevancia (no digamos ya la belleza) de, por poner otro caso, la regla de tres o los sonetos de Garcilaso (perdón por el ripio, no lo he querido evitar). 

 

De modo que al final llegamos a la triste situación que vivimos gran parte del tiempo en gran número de lugares: el/la rapaz/a engullirá  esos conceptos o procedimientos (o los camuflará en una chuleta o pinganillo) y, llegado el momento, los regurgitará sobre el papel, cual madre de pingüino.  Posteriormente engullirá otros nuevos cruciales conocimientos, que nuevamente regurgitará y así (nunca mejor dicho) ad nauseam.

 

Por eso hay docentes que proponen construir una memoria significativa, basada en experiencias, en la diversificación de medios, en la implicación emocional, en la cooperación... En algo parecido a la vida, en suma, cualquier sistema que valide aquel viejo adagio atribuido a Benjamin Franklin: "Si me lo dices, lo olvido; si me lo enseñas, recuerdo; si me involucras, aprendo".