Parábola del paramecio

Me imagino a mí mismo ante un ventanal. Veo un bosque con un río rumoroso, o una ciudad, o un digno desierto sin fin, quizá, no importa para este cuento.  Miro hacia abajo y hay un microscopio.  Alguien ha preparado un cultivo.  Acerco mi ojo derecho y observo multiplicidad de formas en una incesante orgía entrópica, comiéndose o evitándose las unas a las otras.  El espectáculo me causa vértigo y tengo que apartar la vista.

 

Esto es más o menos lo que se ve de España desde lejos: un pequeño pedazo del mundo agitado, convulso, caótico y, en cierto sentido, divertido.  Pero aquí no acaba la parábola.  Miro hacia arriba y observo que alguien me está observando tras una gran lente de aumento, porque yo soy uno de esos paramecios que eventualmente soñó que había salido del cultivo y era un poeta bloguero en oriente, aséptico y cosmopolita.  El pobre.

 

 

 

Insistencia

Seré breve.  En el país de la sutileza, del haiku y la cortesía no cuadra que venga un gaijin, un extranjero, un guiri calvo como yo a dar la tabarra con Japón.

 

Me imagino a muchas y muchos de ustedes cada vez que saco alguna entrada sobre este país: "Ya está el pesado este con su niponfilia, que si los japoneses son así, que si son asao, que si son crudos, que si allí todo funciona muy bien, que si los ninjas dan saltos espectaculares, que si el sushi, que si la puntualidad de los trenes que si la educación y la eficacia...  Qué pesado.  Pues aquí también se vive muy bien, con nuestra paella, nuestros bomberos toreros y nuestros políticos que no iban mucho a clase".

 

Así que, invirtiendo la frase publicitaria de un seguro, diré: "Permítanme que no insista".  Sé que otros y otras no estarán de acuerdo con esta decisión.  Lo siento.  No querría pecar de pesado y resultar contraproducente.  No quiero decir con esto que no vaya a volver a hablar de Japón, porque va a resultar casi imposible.  Mientras tanto me limitaré a subir algunas fotos de vez en cuando y a repetir, como en el viejo romance del conde Arnaldos, "yo no digo mi canción / sino a quien conmigo va".

 

 

 

Zen y hostelería

Ayer por la tarde decidimos entrar en un minúsculo local del barrio para huir de la ola de calor.  Se trata de apenas una barra con diez o doce taburetes.  La decoración es escasa: una postal de París y una torre Eiffel a su lado.  La música de jazz y el aire acondicionado provocaban una cambio brutal con el exterior.  En dos pasos parecía que habíamos entrado en el mismísimo cielo.  La carta también era escueta.  Pedimos un café con hielo y un ginger-ale.  La camarera, cocinera y (supongo) dueña se dispuso a hacer el café.  Sacó un paquete de grano, midió la cantidad y la insertó en una maquina para molerlo.  Puso agua a calentar en una cafetera.  Dispuso un filtro de papel en una cafetera de cristal.  Con un poco de agua caliente la lavó por dentro.  Luego comenzó a verter el agua con parsimonia, como haciendo dibujos concéntricos sobre el café molido. Creo que estaba distribuyendo el agua para que cogiera el sabor de todo el café depositado.  Por último, lo echó todo en un vaso con hielo y lo acompañó con dos pequeñas jarritas, poco más que que un dedal, una con leche y otra con sirope transparente.  Total, casi diez minutos para completar el proceso de hacer un café.

 

Muchas veces leo por ahí que el zen, tan conocido fuera de Japón por intelectuales y artistas desde los años sesenta sobre todo, no es seguido por gran parte de la población.  Hay más creyentes de otras ramas del budismo, como la Tierra Pura o Nichiren.  Dejemos de lado el extraño porcentaje según el cual aproximadamente el 80% de los japoneses se considera sintoísta, el 70 %, budista y el 10%, no creyente.  El asunto es que el zen ha infundido en la manera de estar y de trabajar de los japoneses.  No soy el primero que lo dice.  Ahí está el libro de Suzuki, El zen y la cultura japonesa.  De todo lo que supone el zen, en esta ocasión se aprecia claramente la concentración en las tareas cotidianas, en el aquí y ahora, del que tanto habla el famoso mindfulness.  Reza una parábola zen (cito de memoria) que un estudiante iba buscando a un gran maestro en cierto templo perdido en los bosques.  De camino encontró a un viejo cortando leña.  Le preguntó por el maestro y este le respondió: "Mira mi hacha, ¡qué afilada está!"  Y lo amenazó como para agredirlo.  El muchacho salió por piernas y llegó por fin al monasterio.  Preguntó por el gran maestro zen y alguien le dijo: "Está en el campo cortando leña".  Lo que estaba haciendo en ese momento era lo más importante para él y quiso enseñarle, a la manera brusca del zen antiguo, que todo lo demás carecía de importancia.  Otro maestro decía cuando le preguntaban por la sabiduría zen: "Cuando tengo que comer como; cuando tengo que dormir, duermo".  A lo que se podría añadir: "Cuando hay que hacer un café café, se hace".

 

 

 

 

Cuestión de perspectiva

Cuando uno está lejos del objeto pasa como cuando está demasiado cerca.  Pongamos por caso "Las meninas": si te pones a verlas a un centímetro del lienzo no apreciarás la grandeza de Velázquez.  Si la ves desde lo alto de una noria un día nublado, pues tampoco.

 

Ahora que estoy lejos, el ruido que llega de la madre patria se oye distinto, como tamizado.  Y eso que lo hace con más nitidez que antes, vía internet: el prior falangista, la bebedora de leche cruda, el avión fiestero del presi, el atropellador de cruces, los abusos machistas...  La distancia sirve para filtrar un poco el grano de la paja y las vigas.  Incluso ha habido una frecuencia del ruido ibérico que provenía, precisamente, de aquí cerca de donde estoy escribiendo, de las botas con la bandera de España que se enfundó Iniesta en un partido en Kobe.

 

Y por otro lado, está James Rhodes, el pianista hispanófilo, que presenta "este país" (o sea, aquel) como un paraíso que no reconozco. Alaba a las señoras que hacen torrijas, las croquetas, a la gente esperando el semáforo en verde... en las antípodas de Max Estrella.

Quizá, como en aquel cuento de Borges, todo consista en ir al quinto infierno para buscar un tesoro y que, cuando llegues, alguien te diga que el tesoro está enterrado en el patio de tu casa.  Ese cuento, por cierto, quizá se lo pueda aplicar el mismo Rhodes, que echa pestes del Brexit y de un Londres orwelliano y triste.  

 

Hace años la sonda Cassini hizo una foto de la Tierra a 1400 millones de kilómetros, entre los inmensos anillos de Saturno.  ¡Qué ínfima mota de polvo! ¡Qué minúsculo Alejandro Magno! ¡Qué rifirrafe la Segunda Guerra Mundial! ¡Qué escuchimizado el increíble Hulk! ¡Qué risa ese mosquito que no te deja dormir hace semanas!

 

 

 

Konnichiwa

Ayer, a pesar de la alerta por altas temperaturas, iba yo por una calle de Minoo (Osaka) justo después del almuerzo. En la misma acera, en sentido contrario y cuesta arriba, venía una niña de unos cinco años, con su gorro de ala ancha y su mochila de colores.  Al verla pensé que podría resultar idónea como una de las imágenes con las que ilustran las guías de viaje o las páginas web sobre Japón.  Cuando nos íbamos acercando noté que la pequeña desviaba un poco su dirección como acercándose a mí.  Temí por un momento que estuviera sintiéndose mal por el calor sofocante y perdiera el equilibrio,  pero al estar a mi altura se detiene, se gira, me mira, me sonríe y dice "Konnichiwa". Le respondí con la misma palabra y siguió su camino cuesta arriba, bajo el sol implacable de la tres de la tarde.

 

Eso es todo, algo así como un haiku.