¿Dónde está el futuro?

Bandera wiphala de los aymara.
Bandera wiphala de los aymara.

Este año no voy a caer en la cansina polémica genocidio/invasión/raza/hispanidad...  Pero sí quiero comentar algo que he leído por ahí sobre uno de los pueblos indígenas de América.  Al parecer los aymara, que sobreviven en Bolivia, Perú y Argentina, tienen un concepto muy curioso de dónde están el futuro y el pasado. 

 

Para nosotros el futuro está delante ("tienes toda la vida por delante", "debes seguir adelante con tu vida") y el pasado está detrás ("dejó atrás una vida de vicio y depravación", "tiene una gran experiencia a sus espaldas").  La metáfora (alegoría más bien) consiste en que caminamos por el sendero del tiempo y vamos encontrando lo que va sucediendo y dejamos atrás lo que sucedió.  Pero los aymara opinan lo contrario: el futuro está a nuestras espaldas porque no lo conocemos, mientras que el pasado está delante, porque sí podemos verlo o recordarlo.  A mí me parece impecable el razonamiento.  No entiendo cómo no ha caído en ello ninguno de los múltiples filósofos que han alumbrado con su sapiencia estos últimos dos mil y pico años.  

 

Al ir hacia el futuro de espaldas se explican los tropezones que damos y los abismos en los que nos precipitamos, individual y colectivamente.  Podría poner muchos ejemplos recientes pero seguro que ya están imaginándolos.

 

 

 

Tal vez dormir

Un grupo de investigadores de Austria, Finlandia y Hungría ha descubierto que los árboles duermen.  Al parecer, cuando decae la luz pierden presión de turgencia, es decir, el agua que contienen se va hacia abajo y lo árboles dejan de hacer el esfuerzo de mantener las ramas erguidas, en busca del sol.  No es que se echen a roncar como un gato o se pongan pijama o chanel como una humana, pero se inclinan diez centímetros.  Se puede decir que echan una "ramada" o cabezada, como, por otra parte, ya sabíamos que hacen los girasoles.

 

Las personas gastamos ingentes cantidades de energía, es decir, de dinero, en mantener la luz durante las cíclicas tinieblas del planeta.  A veces, los fines de semana sobre todo, usamos persianas, cortinas, antifaces y almohadas, para evitar lo contrario y seguir durmiendo.  Dicen los investigadores que estamos haciendo la puñeta a los árboles de las ciudades, ya que, debido a la presencia de luz constante, no pueden descansar y acaban como los presos de Guantánamo, estresados y derrotados.

 

Y ¿cuál es la moraleja de esta historia?  Que hay que dormir, que hay saber seguir el ritmo de la naturaleza, que hay que darse de baja de Netflix, que hay que ver amanecer, un espectáculo maravilloso que sucede demasiado temprano.  En estos días tan ajetreados para los que nos dedicamos a la administración educativa, se echa de menos especialmente esa cronosincronía.  Los días se agolpan con sus tardes y sus noches y todo es un continuum de tablas, pantallas, papeles y peticiones.  Un no parar, pero hay que parar.  Aunque sea para escribir textos como este, para vivir y luego, si Hamlet me lo permite, tal vez dormir.

 

 

 

Raros

Cansa ya tanta falta de información y perspectiva.  En relación con el temita del semen de pulpo y otras rarezas gastronómicas japonesas, en un muy pequeño paseo por redes sociales me encuentro otras supuestas rarezas japonesas (u orientales en general): que si niños embutidos en paraguas gigantes, que si mujeres-mesa sobre las que se come sushi...  Un no parar.

 

Como ya he dicho un montón de veces, en Japón hay pocas cosas raras, al menos a la vista, en las calles y lugares más o menos cotidianos (no digo que no haya frikeríos en algunos barrios de Tokio).  Muy al contrario, la normalidad y la tranquilidad inundan la vida cotidiana de aquel país, incluso en grandes urbes como Osaka, que es la que más conozco.  Es más, cuando uno se acostumbra a que los trenes, autobuses y aviones lleguen y salgan a su hora, cuando uno ve como normal que le resuelvan los pocos problemas que surgen (derivados casi siempre por nuestra incompetencia lingüística o cultural) con tranquilidad y predisposición positiva, cuando el camarero da un salto para reponer un palillo que se te ha caído antes de que casi caiga al suelo, cuando... entonces vas y tienes una iluminación: los raros somos nosotros, que no paramos de meter palos en las ruedas, de postergar, de protestar, de escindirnos, de envidiar, de (casi) prohibir las placas solares, de decir que "esa pieza hay que pedirla a Alemania" y... Bueno, mejor lo dejo, que luego dicen que no soy patriota, o español o lo que sea que se supone que debo ser.  Además, ya lo conté hace seis años en un post del viejo Monte Coronado.

 

En otras palabras: nos reímos de las rarezas de los otros, quizá para no lamentar las nuestras, tan evidentes que no las vemos o no queremos verlas.  Vigas y pajas, pajas y vigas.

 

 

 

Imaginarios

Hace años el azar me llevó a leer, estudiar, fichar incluso, gran parte de la bibliografía (casi toda francesa) sobre la poética de lo imaginario, una tendencia/escuela de pensamiento que está entre la crítica literaria, la mitología, el simbolismo, la filosofía cultural...

 

En ella se argumenta que todo lo que pensamos está sometido a unas estructuras o funcionamientos más o menos rígidos o flexibles a los que llamamos "imaginarios".  Por ejemplo, en la Edad Media existió un imaginario de la "fugacidad de la vida", en el Renacimiento el imaginario preponderante era el del "disfrute de los bienes materiales y del tiempo vital", etc.  Los imaginarios son como grandísimas redes dentro de las cuales vivimos y de las que, por supuesto, no somos conscientes.  Se necesita mucho tiempo o mucho poder de abstracción para saber localizarlos y comprenderlos.  

 

El mundo actual también es presa de un imaginario que algunos han llamado "pensamiento líquido", otros postmodernidad, o postverdad, o virtualismo...  Si uno echa un vistazo somero a las carteleras de los cines observará cuerpos musculosos, jóvenes, atractivos, violentos, dispuestos a salvar el mundo de incontables peligros extra o intraterrestres.  Decimos que somos democráticos, liberales, permisivos, respetuosos, ecológicos..., pero quizá se trate de un exoimaginario que nos hemos creado, una cáscara biempensante que trata de protegernos de peligros y miedos más profundos.  Junto a este imaginario occidental, consumista, frenético, tecnológico, competitivo, antirracista, democraticista, feminista, ecologista y demás, existen otros imaginarios, que son infundidos en ciertos jóvenes cuyos orígenes raciales o religiosos son distintos.  Los imanes a sueldo del petrowahabismo inoculan en ellos la idea de venganza, de lucha santa, de paraísos prometidos en un libro hace milenio y medio.  Y cuando un imaginario arraiga en una mente, hay que ser muy filósofo francés, muy Bachelard, muy Gilbert Durand, para escapar a su influjo.  

 

Somos lo que imaginamos ser.  Si imaginamos ser justicieros vengadores, salvadores del mundo, sea de transformers, americanos, alienígenas, negros, zombies, occidentales, judíos, moros o cristianos, lo seremos y no dudaremos en ponernos al volante de una furgoneta o en ir apuñalando transeúntes en el nombre del dios, la patria o la idea que imaginamos.

 

Por eso es tan importante saber en qué red imaginaria estamos atrapados, porque los pescadores que las echan saben manejar los hilos y vendernos en el mercado.  A saber en qué red están atrapados ellos mismos.  Pero ese es su problema.

 

Y por eso también, más allá de los conocimientos técnicos, teóricoprácticos, como las partes de la célula, las de la oración o las ecuaciones de segundo grado; más allá incluso de la consecución de bienes materiales, hay que apostar sin duda por la educación en valores.  Serán también imaginarios, pero son los únicos que tenemos y no propugnan el odio ni la violencia.  Si no sabemos venderlos, otros vendrán con imaginarios más atractivos, tejerán sus redes delante de nuestras narices y pasará lo que tenga que pasar.

 

 

Semen a la brasa, ninjas, geishas y toreros

La paella (paeria dice el cartel en katakana) del bufé del hotel de Sounkyo.
La paella (paeria dice el cartel en katakana) del bufé del hotel de Sounkyo.

Justo antes de salir para Japón hace dos semanas leí una noticia.  El chef Dabiz Muñoz iba para allá también, imagino que en business, con sus tatuajes, rapados y pendientes antisistema.  Como otros tantos, va periódicamente a vampirear ideas.  Como tiene que ser, por otra parte.  La historia es un flujo de ideas o no es nada.

 

Desde allí retransmitió que había probado por primera vez el semen.  Eso decía el titular, que (lo sabemos ya de sobra) es una reducción antibalsámica de la verdad.  El semen que había probado era de pulpo.  Si el titular contribuía a cuestionar la heerosexualidad del cocinero, el desarrollo de la noticia remarcaba el carácter "extraño" de la cocina japonesa y, por extensión, de lo japonés.  Luego hubo una contranoticia.  Entrevistaron a cocineros japoneses que trabajan en España y afirmaron que ni el semen de pulpo ni las hormigas vivas son algo que se coma normalmente en Tokio, Asahikawa o Hiroshima.  Hay que ir a buscarlos a ciertos sitios recónditos y/o exquisitos.  Además lo de las hormigas vivas es un invento de un chef danés que tiene el gorro puesto en Chiba o por ahí.

 

Desmontado el artificio, queda desnuda la verdad, la que hemos vivido en este último viaje a Hokaido y que no es otra que: patatas fritas, sandías, melones, ramen, edamame, sashimi, algo de sushi (poco), huevas de salmón, pescado a la brasa, helados... hasta paella había en el bufé del hotel.  Ni geishas, ni toreros, ni ninjas, ni semen de cachalote... Gente normal viviendo vidas normales debajo de un misil intercontinental.  Pero esa es otra historia que contaré otro día, como digo, si tengo tiempo y ganas.

 

Aquí les dejo fotos de algunas comidas y bebidas consumidas en este viaje:

 

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