Élites y selectividad

El martes pasado acompañé a mis alumnas a selectividad.  En medio de la vorágine de risas nerviosas, una de ellas se me acercó y me mostró su camiseta, autodiseñada, en la que criticaba el valor intelectual de las pruebas (por delante) y los precios de tasas y matrículas (por detrás).  A los pocos días me escribió diciéndome que el asunto se le había ido de las manos.  Sus dos fotos con la camiseta (anverso y reverso), que había subido a Twitter, se habían convertido en trending topic o algo así y había tenido quince mil likes y no sé cuántos retuiteos y comentarios.  La cosa fue tan desmesurada que llamó la atención del Huffington Post y días después la invitaron a una entrevista radiofónica.

 

Como pasa con casi todo en este país, surgió la polémica: ¿Es verdaderamente elitista, como rezaba la camiseta, la educación en España?  ¿Hay becas suficientes y en cuantía suficiente para todos y todas? ¿Hay pobres que se gastan el dinero de las becas de sus hijos comprando móviles y viajes a Disney?  Etc.  No tengo datos fidedignos de fraudes becarios, ni de gente de clase media/baja que estudia o no estudia grados.  Lo que sí sé es que entre quienes se quedan por el camino son mayoría los hijos e hijas de familias desfavorecidas.  Eso lo puedo certificar en cualquier momento.  Y también tengo datos, con nombres y apellidos, de excelentes alumnos y alumnas, cuya continuidad en el sistema educativo superior está fuertemente amenazada por razones estrictamente económicas.

 

Sea como fuere, quienes hemos dado clase de esta alumna nos sentimos muy orgullosos/-as de que haya demostrado esa creatividad, valentía y empatía con los que menos tienen, porque lo que pedía no era estrictamente para ella, sino para gente que ella conoce.  En ese sentido ella sí ha entrado en la élite, en la de la buena gente. 

 

Y para colmo tuve el honor de dirigirla como actriz en el Secuestro en el Orient Express.  ¿Qué mayor recompensa podemos esperar los docentes?

 

 

 

El hombre que resucitó (a don Quijote)

Vale, el título es un poco retorcido, como la novela y la película.  Paso a explicarlo.

 

El quijotesco Terry Gillian, que tiene aspecto de Sancho Panza, se propuso hace años (lo recuerda ahora en los títulos de crédito iniciales) hacer esta película.  El actor que hacía de don Quijote (Jean Rochefort) enfermó, llovió a cántaros, diluvió durante el rodaje (también alude a eso),  pasaban aviones norteamericanos por el cielo, Johnny Depp, que hacía de Sancho (sí, se lo pueden creer), tenía que irse a hacer de pirata o de lo que fuera que hiciera en aquellos momentos... Total, un desastre descomunal. La ruina de la producción.  Pero Terry siguió en sus trece, se levantó de aquel testarazo contra los molinos del azar y perseveró y perseveró y al final, lo consiguió.  

 

El fruto de semejante testarudez es El hombre que mató a don Quijote y... bueno, veamos.  El mismo director lo advirtió: no se puede hacer una película de esa novela.  Imposible.  La genialidad de Cervantes no es fácilmente trasvasable al cine.  También lo supo Orson Welles y por eso quizá no la terminó.  Se ha hecho cosas para cine, televisión y dibujos... aburrimientos garantizados, meros traslados, homenajes carentes de gracia, chispa y profundidad.  A los clásicos hay que faltarles al respeto, por eso son clásicos, porque ellos lo hicieron (tranquilidad, que no voy a soltar aquí el rollo que suelto en las clases) y porque, si lo son, lo resisten.  

 

Así que Gilliam ha tirado por el camino de en medio y ha hecho una película metacinematográfica, arriesgada, valiente, irregular, no excesivamente graciosa y con algunas pinceladas discutibles de españolismo castizo (gitanos, flamenco, picoletos...).  Pero el resultado es encomiable, porque ha sabido que el Quijote no es una obra lineal sobre un amor platónico, ni un retrato de la sociedad del momento (que también lo es), sino una reflexión sobre el arte de narrar y sobre la relación que tiene esto con la mismísima vida.  Demasiado asunto quizá para una película, incluso para la mayoría de los libros.

 

Quienes quieran ver lo que escribió Cervantes tal cual, en orden cronológico en la pantalla, que se olviden.  Quienes quieran hartarse de reír con el autor Los caballeros de la mesa cuadrada, que no vayan.  Quienes quieran estremecerse reflexionando sobre el tiempo, o la alienación y sus entresijos como en 12 monos o Brazil, que se queden en casa.

 

Cuando he llegado a comprar las entradas la taquillera me ha dicho que el cine estaba vacío.  Fui a almorzar y cuando entré en la sala sólo había un señor regordete.  Ya estábamos los dos.  La película podía empezar.

 

 

  

 

Pelo y paz

A ver si no me sale una teoría muy disparatada: el pelo no contiene la fuerza, sino la tolerancia.

 

Veamos algunos casos.  El primero que me viene a la cabeza es el de Sansón.  Nada más conocer el traicionero rapado de Dalila, montó en cólera y demolió el palacio.  No perdió la fuerza, sino la capacidad de diálogo. Y lo del crecimiento súbito del pelo no se lo traga nadie.  A pesar de su brillante cráneo, Gandhi no fue ningún santo y se enfrentó concienzudamente a los ingleses, de buen rollo, pero sin dar un paso atrás.

 

Jesucristo llevaba el pelo largo (o eso nos han comunicado sus muchos pintores, que nunca lo vieron, pero lo intuyeron).  Buda lucía también una buena mata, con moño y todo.  Y por no hablar de los jipis o los skinheads, en las antípodas de la tolerancia y la intolerancia respectivamente. Todos recordamos aquella memorable escena de Hair, en la que, tras pasar por la barbería, el joven protagonista sube en formación al avión que que lo llevará a darle para el pelo a los charlies en el barro tropical.  Era la era de Acuario, que iba a venir con sus sirenas de largas cabelleras a traer la armonía a este mundo nuestro, el de Mr. Burns controlando centrales nucleares.  

 

Todo esto lo traigo a colación porque noto que cuanto menos pelo tengo, menos condescendiente me noto.  Puede que sea la edad.  Habría que investigar si mis hirsutos coetáneos son más empáticos que yo y mis coetáneos alopécicos.  

 

Yo antes no era así.  Tendré que comprarme una peluca.  Mientras me decido por algún modelo, espero que los lectores aporten ejemplos que contradigan esta extraña teoría y empiece a recuperar mi tradicional paciencia y empatía.  Peace and hair.

 

 

 

Escuela nocturna

Imagen de Pixabay
Imagen de Pixabay

Así se llama el libro que quiero recomendarles muy especialmente.  Lo leí a colación de otro del mismo Richard Wiseman, 59 segundos, que quizá reseñe otro día.  Escuela nocturna es casi un manual para dormir.  Está dividido en dos partes, que en inglés están claras y en español no tanto: el sueño y los sueños (to sleep y to dream).

 

En la primera hace un repaso a cientos de investigaciones realizadas a lo largo de los últimos cincuenta años y extrae sabrosos consejos.  Aparte de los ya consabidos de la temperatura, el ruido y la luz, para dormir bien recomienda cosas como estas.  

- Al parecer dormimos en "trozos" de 90 minutos.  De modo que si queremos levantarnos bien, tenemos que hacer coincidir el despertador con el final de uno de esos periodos.  Por ejemplo, si usted se levanta a las 7:00, duérmase a las 11:30 o a la 1:00.  Si lo hace a las 7:30, pues a las 12:00...

- Evite la luz en general a la hora de acostarse, sobre todo las azules de ordenadores o fluorescentes.

- Duerma siestas.  Una investigadora americana dice que no nos sintamos culpables por dormirlas, sino por no hacerlo.

- Estudie antes de dormir, así recordará mejor.

- Duerma junto al mar.

- Báñese antes de meterse en la cama.

- Ponga un poco de olor a lavanda en la almohada.

- Si no se puede dormir, propóngase no dormir en toda la noche.  Verá qué pronto se duerme.

 

Y como estos, muchos consejos más que pueden servirles a los que tengan cualquier tipo de trastorno del sueño.  Al parecer la falta de sueño está detrás de accidentes como el de Chernobil, el Exon Valdez o el Challenger, amén de depresiones, obesidad y bajo rendimiento académico.

 

Y sí, también habla de las erecciones nocturnas.  Y de mi amigo el jet-lag y de los sonámbulos (algunos casos son espectaculares, como el de una española que mandaba correos electrónicos dormida).  No se le escapa nada.  Y nada de agobiar a los adolescentes porque se levanten y acuesten tarde: es natural.  Lo antinatural es tenerlos a las 8:30 despejando ecuaciones cuando ellos todavía no están, ni por asomo, despejados.

 

Luego está el asunto de los sueños.  No esperen interpretaciones estúpidas del tipo "si sueñas con caballos, te va a tocar la lotería...".  Ni siquiera le hace mucho caso al famoso Freud, aunque le reconoce que inauguró en 1900 la interpretación científica de los sueños.  

 

El de los sueños es un mundo fascinante.  Propone soluciones para las pesadillas recurrentes y excesivas, para los terrores nocturnos infantiles y post-infantiles...

Dice Weisman que tenemos cinco sueños cada noche, pero que los olvidamos casi todos.  Los especialistas creen que las pesadillas son mecanismos del cerebro para ayudarnos a afrontar preocupaciones y temores cotidianos. Es decir, los sueños son "terapeutas nocturnos".

 

Hay personas que controlan y dirigen sus sueños y algunas consiguen adiestrar a los personajes que aparecen en ellos para inspirarse o aprender habilidades como esquiar.  Walter Scott resolvía las tramas de sus novelas mientras dormía.  Coleridge soñó 200 versos de un poema nuevo.  Lo mismo cuenta Stephen King.  Mary Shelley soñó Frankenstein y Stephanie Meyer, Crepúsculo. El mismísimo Paul McCartney se levantó tarareando "Yesterday".  Mendeléyev soñó la tabla periódica y Elias Howe vio en sueños la primera máquina de coser.

 

Ah, se me olvidaba: comer queso por la noche no provoca pesadillas.  Lo malo es que el estudio estaba patrocinado por el Consejo de Queso Británico.

 

Tendré como doscientas notas tomadas de este fascinante libro.  Les recomiendo que lo lean por la mañana.  Por la noche los puede enganchar y provocar lo contrario de lo que pregona.

 

 

 

La princesa Alice y el Gran Hermano

Imagen de Pixabay
Imagen de Pixabay

Tres psicólogos británicos hicieron el siguiente experimento con niños de 5 a 9 años.  Les pidieron que tiraran de espaldas bolas del velcro a una diana que había a unos metros.  La cosa era difícil.  Luego los separaron en dos grupos.  Al primero le pidieron que fueran entrando de uno en uno y lanzaran lo mejor posible.  Los pobres y las pobres, al percatarse de que  no daban una y viendo que estaban solos, se volvían sigilosamente y colocaban las bolas donde les parecía para conseguir más puntos.  Al segundo grupo le contaron que en una silla que había junto a la diana estaba sentada la invisible princesa Alice, que vigilaba por si alguno hacía trampas.  Sí, es lo que están pensando. Los niños del segundo grupo actuaron con un nivel de ética/moral intachable, temiendo el ojo invisible de la invisible princesa.  No faltó alguna que se fue hacia la silla y la palpó, para ver si en efecto había tal princesa en la silla.  Empiristas y materialistas, futuros filósofos.

 

La moraleja está bastante clara: la existencia de los dioses es un hecho eminentemente práctico, un rastro bastante claro de la psique infantil, de aquellos tiempos en que los padres controlan toda la vida de sus hijos.  Fue Voltaire quien lo intuyó: "Si Dios no existiera, sería necesario inventarlo".  Y tiene toda la guasa que el gran azote de la Iglesia sea precisamente quien lo diga.  La frase es, pues, ambigua.  Los creyentes ven en lo que demuestra el experimento británico una "razón para la fe" (gran paradoja donde las haya) y los ateos y agnósticos, precisamente lo contrario, que Dios es un invento y que se podrían hacer las cosas bien sin su necesidad.

 

Hace años en un libro de texto de Lengua encontré un reportaje sobre una monja española que prestaba sus servicios a las víctimas de aquella masacre de hutus y tutsis, que dejó en estado de shock a la opinión pública mundial.  En un momento la religiosa afirmaba que estaba allí por su fe y que no sabía por qué estaban allí las otras personas, que ayudaban, pero no la tenían.  Me pareció una duda curiosa.  

 

Sea el hombre un lobo para la mujer o un perfecto salvaje roussoniano, no creo que a estas alturas de la historia quepa duda de que pueda existir una ética y una moral laicas, como la que propuso Sócrates y, en cierto sentido, Buda.  Una ética en sí y por sí misma, sin premios ni castigos a posteriori, sin grandes hermanos ni princesas invisibles sentadas en sillas de jardines de infancia.