Cubismo al cubo

Para contrarrestar la caló y otros artículos anteriores, quizá demasiado densos, traigo ahora una anécdota ligerita.

 

Hace unos meses un pequeño tornado destrozó algunas zonas del instituto en el que trabajo.  Entre ellas cayó un fragmento de un mosaico, hecho por el alumnado, que reproduce "Las señoritas de Avignon".  El departamento de Dibujo hizo una réplica de las partes destruidas y esta misma mañana unos operarios han procedido colocarlas.  Y aquí viene el chiste. Han confundido una hilera con otra y las ya distorsionadas perspectivas cubistas que pergeñó Picasso se han visto elevadas al cubo: narices en lugar de barbillas, ojos en lugar de cuellos, etc.  Se trata de una deconstrucción involuntaria y ultrapostmoderna de la pintura contemporánea, digna del MOMA o del ecce homo de Borja.

 

Por suerte el jefe del departamento, que ha sacrificado azarosamente parte de sus vacaciones, lo ha visto a tiempo y ha suspendido la instalación.  

 

Fin de la anécdota.  Sigan con sus cosas.

 

 

 

 

Esta juventud

Los cuatro jinetes del apocalipsis del Beato de Liébana.
Los cuatro jinetes del apocalipsis del Beato de Liébana.

Cuando llegan estas fechas finales de exámenes últimos del último curso del bachillerato, me gusta airear mi opinión sobre la vilipendiada, descerebrada y desconocida juventud que tenemos.  En otros artículos he alabado su capacidad de sacrificio y concentración en un mundo de dispersiones y recompensas fáciles.  Este año, además, tengo una anécdota jugosa que ha sucedido esta misma mañana.

 

Vienen a verme al despacho las delegadas de un grupo.  Consideran que sus compañeros no se están comportando bien con una profesora que acaba de llegar al centro para sustituir a un profesor: que había ruido en la clase, que no se oía bien lo que decía la profesora...

 

He subido al aula a decirles que la información que tenía sobre ellos y ellas (no les doy clase) por medio de su tutor y otros profesores era muy positiva y que me extrañaba mucho la queja de los representantes.  Se estableció un debate muy sosegado y educado, en presencia del profesor de Filosofía, que estaba intentando explicarles la dialéctica hegeliana de la tesis la antítesis y la síntesis.   Allí los dejé medio compungidos, medio sorprendidas, a la puerta de los abismos de la metafísica.

 

Un poco después me he cruzado con la profesora en cuestión y casi me he disculpado por lo sucedido en clase.  Ella se ha extrañado de lo que le contaba y le ha dado la risa.  No entendía en qué consistía ese "mal comportamiento".  Consideraba, al contrario de un sector del alumnado, que se habían comportado excelentemente.  

 

He aquí la juventud que se preocupa de esta manera por la calidad de su enseñanza, la que no lee, la que no despega los ojos de las pantallas, la que no piensa, la consumista, la que pasa (¿pasaba?) de votar, la del botellón, las drogas de diseño y el after hour.   Esta es la juventud que gran parte de la senectud no ve o no quiere ver, la juventud que soporta un sistema educativo demasiado cargado de materias (y de pesados y caros libros de textos) y demasiado anquilosado en muchos aspectos.  A quienes piensen que después de nosotros, los mayores, vendrá el diluvio, les mando un mensaje de tranquilidad.  Llevo treinta años oyendo hablar de la decadencia de la juventud, de un apocalipsis que nunca llega y que, después de anécdotas como la de esta mañana, cada vez veo más lejano. No es cuestión de fe, ni de optimismo bobalicón.  Es la verdad.  Palabra de jefe de estudios.

 

 

 

 

De la poesía a los zombies

Esta entrada relata el osado viaje desde Juan Ramón Jiménez y Luis Cernuda hasta los zombies. Paso a explicarme. 

 

Hace un par de días en clase de bachillerato andábamos comentando dos textos de estos autores, "El viaje definitivo" y un fragmento de Ocnos.  Tras el análisis formal, más o menos aburrido y mecánico (tiene una estructura en tres partes, aquí hay una metáfora, allí hay un quiasmo), incité al alumnado a bucear en los posibles simbolismos implícitos en algunas palabras (pozo, túnel, serpiente, pájaros...) que aparecían desperdigadas por la prosa y la poesía.  Al principio andaban un poco parados, inexpertos en dar su opinión en un lugar donde pocas veces se la pedimos, y también recelosos de excederse en las interpretaciones.  Pero poco a poco fueron envalentonándose y aportando puntos de vistas interesantes.  La cosa fue a más y me animé a hablarles del psicoanálsis literario de Freud y sus famosos símbolos fálicos.  De ahí pasamos a los combates masculinos con espadas láser de La guerra de las galaxias (ahora conocida como Star Wars).  Y ya puestos, salté en el vacío y les pedí que intentaran interpretar el boom del vampirismo literario y cinematográfico de hace unos años y el de los zombies actuales.  Coincidimos en muchas opiniones y les expuse la mía: los zombies son un símbolo (casi una metáfora) de los desarrapados, malolientes y balbuceantes inmigrantes, que vienen del "más allá" a comernos vivos y a acabar con nuestro statu quo, por miserable que este resulte.  Una alumna replicó de inmediato, un tanto ofendida, que a ella le gustan las películas de zombies y los inmigrantes al mismo tiempo.  Le expliqué que los imaginarios colectivos son más sibilinos y potentes que las opiniones personales y que ocultan (o evidencian) ideas, sentimientos, temores, que ni siquiera sabemos que tenemos.

 

No sé si los convencí totalmente, pero al final de la clase varias alumnas y alumnos me propusieron hacer más comentarios, porque es una cosa sorprendente y, creo recordar que dijeron, "rayante".

 

 

Cada día que pasa en esta carrera de fondo docente por la que transito desde hace ya casi treinta años, confirmo la vieja cita del sabio Plutarco: "La educación es el encendido de una llama, no el llenado de una vasija".  Si hay que invadir la generación del 27 con zombies y espadas fálicas láser, se invade.  Cernuda y Juan Ramón aguantarán el tirón.  La cultura con mayúsculas lo resiste todo, o no es cultura, sino mera erudición academicista.

 

 

 

 

Lengua Castellana y Anatomía

Un día de esta pasada (y pesada) semana me ocurrió algo sorprendente, interdisciplinar, insospechado, mágico, curioso... Bueno, califíquenlo ustedes cuando termine de contarlo.

 

Llegué a la clase de 1º de Bachillerato de ciencias, de la que soy profesor de Lengua Castellana y Literatura.  El alumnado estaba terminando un examen de matemáticas.  Unos escribían a toda prisa las últimas operaciones, otras repasaban signos y otros ya se habían levantado y se dirigieron a mí: "Profe, ayer estuvimos leyendo tus poemas en clase de Anatomía".  Se rieron al ver mi cara de asombro.  Me contaron que la profesora estaba explicando el cerebro y las supuestas dos mitades, la analítica y la creativa, y le pareció adecuado ponerme como ejemplo de alguna de las dos (o de las dos).  Se llevó mi primer libro serio (Múltiplos de uno) y algún que otro alumno o alumna leyó en voz alta un poema.  No sé si llegaron a comentarlos a fondo, porque para eso iba yo precisamente ese día, para darles los instrumentos retóricos, genéricos, estructurales, simbólicos y demás que se usan para tal fin.   

 

Cuando la clase empezó y las cosas se asentaron les pregunté si es que yo tenía que impartir, a cambio, clases de anatomía.  Más tarde le di las gracias a la compañera y le dije que yo ya había explicado un poco de anatomía cuando hablé del funcionamiento del aparato fonador  (dientes, alveolos, cuerdas vocales)...  ¿Acaso no se llama mi asignatura como una parte de la anatomía humana, esa que sirve para paladear, besar y pedir la comida o que te besen?

 

 

 

 

 

Atención al pasaje

Carteles electorales en la estación Senri-Chuo de Osaka.
Carteles electorales en la estación Senri-Chuo de Osaka.

Me fui a Japón el sábado antes del domingo de Ramos y me encontré en medio de otra campaña electoral, elecciones locales en este caso, si no he entendido mal a los candidatos que iban por Osaka en sus diminutas caravanas electorales.  No me voy a poner pesado con el civismo japonés y la forma de hacer las cosas allí, porque no quiero tentar la paciencia patriótica de parte de mi "lectorado".  Quien quiera, que vaya y lo vea.

 

La cosa es que, a pesar de las muchas veces que he visitado Japón en general y Osaka en particular, todavía he encontrado rincones y actitudes que me sorprenden.  Sólo voy a contarles una de ellas.  En los autobuses de línea del norte de Osaka hay un cartel luminoso que se enciende y se apaga casi continuamente.  Yo pensaba, en mi cuasianalfabetismo, que era el aviso de petición de parada.  Pero resulta que no.  El conductor lleva un micrófono inalámbrico y, aparte de dar las gracias cualquier persona que sale del autobús (y la mayoría de las veces se apean unas diez o quince personas), se dedica a decir frases que hasta ahora no entendía.  Poco a poco mi nivel de comprensión oral ha ido creciendo y, en un momento dado, entendí una palabra, hidari, que significa izquierda.  Más tarde creí oír migui, que significa derecha y me percaté de que cuando las decía, el autobús giraba en esos sentidos o direcciones.  Y decía también que íbamos a parar o que íbamos a arrancar...  Esta costumbre tiene un efecto inmediato en la seguridad de los pasajeros, pero también obedece a una técnica/hábito llamada shisha kanko, que consiste en verbalizar lo que se está haciendo.  La usan desde hace décadas los maquinistas de tren. Al parecer proviene de la meditación zen y con ella se consigue reducir el riesgo de error en un 85%.  Cuando vayan a Japón y monten en un tren, procuren ir al vagón de cabeza para observar al conductor. 

 

En esta jornada de meditación electoral, mi objetivo era concentrarme en pensar el voto, pero no voy a malgastar mis energías en ello, porque ya tengo el sobre cerrado y colocado en el mueble de la entrada desde hace días.  Lo que importa mañana es hacia qué lado queremos que gire el autobús (¿migui?, ¿hidari?), o si queremos que arranque, o que dé un frenazo brusco y nos estrellemos todos y todas contra el cristal del futuro.  Y, como decían Tip y Coll, la semana que viene, ya hablaremos del silencio.