Momento kafkiano

Ayer mis alumnos vivieron un momento kafkiano.

 

Yo pensé que teníamos el examen sobre La metamorfosis y resulta que me había equivocado de semana.  Cuando vieron el texto y las preguntas preparados encima de la mesa, pusieron cara de "no, cielos, esto es una pesadilla, no he estudiado nada...".  Duró poco, porque se miraron unos a otros y comprobaron que ninguno de ellos estaba equivocado, que el equivocado era yo.

 

Insistí un instante en que sí había examen y volvieron a sus rostros el miedo y el estupor.  Cuando ya me convencieron de mi error les dije: "Bien, ya habéis vivido en vuestras propias carnes lo que es un momento kafkiano".

 

Algo tenía que decir.

 

 

Lo bello, lo malo, lo bueno y lo feo

Baudelaire hacia 1850.
Baudelaire hacia 1850.

Hace unos días, hablando en clase de Literatura Universal sobre Baudelaire, surgió esta sistema de ecuaciones: lo bello es bueno y lo feo es malo.

Es lo que dicta el sentido común, o el vulgar, que dirían los "niños malos" de la literatura.  Convencí a las alumnas (son mayoría) fácilmente con una breve antología de malos feos de varias películas y guapos buenos de otras tantas (o de las mismas).

 

Es la forma más simple que encontré de explicar la inversión estética y moral que tuvo lugar a finales del siglo XIX en lo que se llamó el Decadentismo: lo bello es malo.  El mismo título de la obra principal del parisino, Las flores del mal, ya presenta la paradoja a las claras.

 

Supongo que algún historiador lo habrá dicho ya, pero aquí va mi (simplista) teoría.  Cuando la sociedad industrial propuso sus "buenos" inventos, que iban a mejorar la vida de todos, resulta que eran "feos" y que "afeaban" el aire con sus humaredas tóxicas (trenes, calderas... el caso de Londres es paradigmático) y con su estrépito de sirenas de fábricas, locomotoras (más tarde automóviles)...  De modo que si lo bueno era feo, lo malo podía ser bello.  De ahí al satanismo, la necrofilia, la escatología, los paraísos artificiales y demás solo hay un paso.  

 

Es cierto que los románticos tempranos ya habían adelantado gran parte de estas ideas, pero ellos reaccionaron contra la Razón y el utilitarismo ilustrados.  A los artistas de las segunda parte del siglo XIX les tocó lidiar ya con un progreso burgués a toda máquina, que, en su opinión, iba a acabar con el misterio y la trascendencia de la vida. 

 

El futuro no les dio exactamente la razón (tampoco la querrían ellos, tan irracionales), pero esa es otra historia, la del eterno apocalipsis, del que siempre, no se sabe cómo, acabamos escapándonos de chiripa, de soslayo, de potra...

 

 

 

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La inutilidad de la filología etrusca

El señor ministro del ramo, Íñigo Méndez de Vigo, ignora que no existe la carrera de filología etrusca, pero sí sabe hacer chistes tendenciosos sobre ella.  Esta mañana le he oído decir que el ministerio va a incentivar los estudios que tengan repercusión práctica en la vida de los ciudadanos.  Y acto seguido ha hecho el chiste de la filología etrusca.  

 

La verdad sea dicha es que stricto sensu estoy de acuerdo con él, pero lo que insinúa es otra cosa.  Los etruscos, ya se sabe, no cotizan en bolsa, pero las humanidades, que es a lo que se refería senso lato, son otra cosa.  No voy a traer aquí demasiados datos sobre el valor económico de la cultura y las humanidades (estudio de la lengua española, arte español, música española, cine español...).  Bueno, uno solo: el peso de la lengua española se considera que supone un 15% del PIB.  Lo que sí sabe a ciencia cierta el ministro es que un pueblo ignorante de su propia lengua es fácil de dominar y se le pueden colar trucos retóricos como el de la filología etrusca: se llama reductio ad absurdum.

 

¿Han notado la cantidad de latinajos que he usado en un artículo sobre los etruscos'  (icono de cara guiñando).

 

 

Del amor y la cólera

No voy a esperar al martes 14 de febrero, que la semana se enreda sola y puede que no tenga tiempo.  Prometí por ahí que escribiría sobre el amor romántico y la violencia machista.  Allá vamos.

 

La idea no ha sido muy intrínseca ni original.  Oí parcialmente en la radio que algún organismo oficial va a poner en marcha una campaña en contra los mitos del amor romántico.  Me sonó familiar.  Llevo años haciéndolo en clase.  

 

Sin ir más lejos, este curso en Literatura Universal hemos leído una jornada el Decamerón que me ha servido para dejarles claro a las alumnas y, sobre todo, a los alumnos, un par de cosas: a) que la Edad Media no es ese tiempo oscuro, triste y violento que nos quisieron vender los listos renacentistas; b) que el concepto de amor con el que trabaja Boccaccio no es, ni mucho menos, el que tenemos nosotros.  Todo es carnal, perentorio y extramatrimonial.  De camino, el florentino presenta una imagen de la mujer como inteligentísima emprendedora sexual.  

 

La segunda lectura ha sido (hace poco que la terminamos) Romeo y Julieta.  Otros que tal andan.  El epítome del amor romántico (doscientos años antes de que llegase el Romanticismo propiamente dicho) son un par de jovencitos, niños casi, ciclotímicos (él por lo menos) e hiperhormonados, que acaban como acaban por las prisas de casarse en secreto para pasar del balcón a la alcoba.  Y lo de casarse es una concesión que hizo Shakespeare para que no se le echara encima el público más conservador.  Una locura provocada por un muchachito veleidoso que minutos antes de conocer a Julieta estaba sumido en una depresión patológica por el amor no correspondido de otra damisela veronesa.

 

Y luego vendrá el pobre Werther, ese sí ya un puro (pre)romántico, que se mete en la boca del lobo él solito, movido por un zánatos (que diría Freud) gordianamente anudado con un eros.  

 

A lo largo de todas estas lecturas intento exponer la idea central de que el amor es algo así como lo que dice Esperanza Bosch en su estudio Del mito del amor romántico a la violencia contra las mujeres: "El amor es un construcción cultural y cada período histórico ha desarrollado una concepción diferente del amor y de los vínculos que deben existir o no entre el matrimonio, el amor y el sexo".  Mi objetivo es que, si llega el momento, racionalicen y/o relativicen al máximo su relación con una persona que les haga cualquier tipo de daño o microdaño, que no se vean (y aquí me dirijo a las alumnas) como heroínas trágicas de un amor incuestionable, que deben soportar lo insoportable en nombre de una idea a fin de cuentas convencional y pasajera.  A ellos (que cada vez, dicho sea de paso, son menos en los estudios) los miro de soslayo y creo que también lo entienden.  Son buena gente.

 

Y cuando llega el Romanticismo les digo que aquellos poetas eran más unos revolucionarios, alocados antisistema, cheguevaras en Grecia, piratas, ocultistas, necrófilos y demás lindezas.  Para sellar la cuestión les pongo Remando al viento para y les digo una frase que les repele y sorprende a partes iguales: un verdadero romántico no va a una tienda a comprar flores; entra en la tienda y la quema.

 

Supongo que la campaña que se va a poner en marcha irá por esos mismos caminos, pero sin tanto peso intelectuoso y pedante como el que he expuesto.  Si la educación y la formación no se usan con estas finalidades no sé para qué sirven, la verdad.  Mejor sería enchufarlos a la Wikipedia con un cable usb y que sigan mojando con lágrima y sangre los corazones partíos de sus carpetas.

 

 

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El 2017 que fantaseó Rodari

Hay personas que dicen que el azar no existe, que lo que existe es el desconocimiento de causas y relaciones.  Puede.  ¿Quién soy yo para refutarlo? ¿Acaso lo sé todo? ¿Acaso lo sabe alguien?  Supongo que en los albores de la humanidad, cuando veíamos llover y escampar lo aceptábamos sin más.  Luego fuimos atando cabos y entendimos que cuando ciertas estrellas están en ciertos lugares del cielo y el sol a cierta altura, hay más posibilidades de que llueva o de que nieve o de que el Tigris se salga de su cauce.  

 

Pasada ya la convencional frontera del año, acabo de ser testigo de una casualidad que quizá no lo sea.  Moviendo libros de una minibiblioteca de uso inmediato he dado con la Gramática de la fantasía, del gran Gianni Rodari.  Siempre lo tengo a mano por razones laborales.  Lo he abierto al azar y me encuentro con el capítulo 34, titulado "Historias "tabú"".  El autor propone la inclusión de lo escatológico en la narrativa infantil y juvenil.  Pocas mierdas, orinas, penes y vaginas aparecen en las novelas y cuentos escritos para estas edades. "Caca", dicen los editores y los inspectores educativos.  Rodari se lamenta de este atraso y pensaba que "sólo después del 2000 tendremos autores con el valor suficiente para hacerlo...".  A continuación esboza una historia sobre un orinal que nunca se ha atrevido a desarrollar, pero puntualiza: "Si un día escribo esta historia, confiaré el manuscrito a un notario , con la orden de que la publique en el año 2017, cuando el concepto de "mal gusto" haya sufrido la necesaria e inevitable evolución".  El pobre continúa: "En esa época será de "mal gusto" explotar el trabajo ajeno y poner en prisión a los inocentes".  

 

El inocente era él.  Guantánamo, los becarios y Disney lo demuestran.

 

 

 

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