Tal vez dormir

Un grupo de investigadores de Austria, Finlandia y Hungría ha descubierto que los árboles duermen.  Al parecer, cuando decae la luz pierden presión de turgencia, es decir, el agua que contienen se va hacia abajo y lo árboles dejan de hacer el esfuerzo de mantener las ramas erguidas, en busca del sol.  No es que se echen a roncar como un gato o se pongan pijama o chanel como una humana, pero se inclinan diez centímetros.  Se puede decir que echan una "ramada" o cabezada, como, por otra parte, ya sabíamos que hacen los girasoles.

 

Las personas gastamos ingentes cantidades de energía, es decir, de dinero, en mantener la luz durante las cíclicas tinieblas del planeta.  A veces, los fines de semana sobre todo, usamos persianas, cortinas, antifaces y almohadas, para evitar lo contrario y seguir durmiendo.  Dicen los investigadores que estamos haciendo la puñeta a los árboles de las ciudades, ya que, debido a la presencia de luz constante, no pueden descansar y acaban como los presos de Guantánamo, estresados y derrotados.

 

Y ¿cuál es la moraleja de esta historia?  Que hay que dormir, que hay saber seguir el ritmo de la naturaleza, que hay que darse de baja de Netflix, que hay que ver amanecer, un espectáculo maravilloso que sucede demasiado temprano.  En estos días tan ajetreados para los que nos dedicamos a la administración educativa, se echa de menos especialmente esa cronosincronía.  Los días se agolpan con sus tardes y sus noches y todo es un continuum de tablas, pantallas, papeles y peticiones.  Un no parar, pero hay que parar.  Aunque sea para escribir textos como este, para vivir y luego, si Hamlet me lo permite, tal vez dormir.

 

 

 

Raros

Cansa ya tanta falta de información y perspectiva.  En relación con el temita del semen de pulpo y otras rarezas gastronómicas japonesas, en un muy pequeño paseo por redes sociales me encuentro otras supuestas rarezas japonesas (u orientales en general): que si niños embutidos en paraguas gigantes, que si mujeres-mesa sobre las que se come sushi...  Un no parar.

 

Como ya he dicho un montón de veces, en Japón hay pocas cosas raras, al menos a la vista, en las calles y lugares más o menos cotidianos (no digo que no haya frikeríos en algunos barrios de Tokio).  Muy al contrario, la normalidad y la tranquilidad inundan la vida cotidiana de aquel país, incluso en grandes urbes como Osaka, que es la que más conozco.  Es más, cuando uno se acostumbra a que los trenes, autobuses y aviones lleguen y salgan a su hora, cuando uno ve como normal que le resuelvan los pocos problemas que surgen (derivados casi siempre por nuestra incompetencia lingüística o cultural) con tranquilidad y predisposición positiva, cuando el camarero da un salto para reponer un palillo que se te ha caído antes de que casi toque al suelo, cuando... entonces vas y tienes una iluminación: los raros somos nosotros, que no paramos de meter palos en las ruedas, de postergar, de protestar, de escindirnos, de envidiar, de (casi) prohibir las placas solares, de decir que "esa pieza hay que pedirla a Alemania" y... Bueno, mejor lo dejo, que luego dicen que no soy patriota, o español o lo que sea que se supone que debo ser.  Además, ya lo conté hace seis años en un post del viejo Monte Coronado.

 

En otras palabras: nos reímos de las rarezas de los otros, quizá para no lamentar las nuestras, tan evidentes que no las vemos o no queremos verlas.  Vigas y pajas, pajas y vigas.

 

 

 

Imaginarios

Hace años el azar me llevó a leer, estudiar, fichar incluso, gran parte de la bibliografía (casi toda francesa) sobre la poética de lo imaginario, una tendencia/escuela de pensamiento que está entre la crítica literaria, la mitología, el simbolismo, la filosofía cultural...

 

En ella se argumenta que todo lo que pensamos está sometido a unas estructuras o funcionamientos más o menos rígidos o flexibles a los que llamamos "imaginarios".  Por ejemplo, en la Edad Media existió un imaginario de la "fugacidad de la vida", en el Renacimiento el imaginario preponderante era el del "disfrute de los bienes materiales y del tiempo vital", etc.  Los imaginarios son como grandísimas redes dentro de las cuales vivimos y de las que, por supuesto, no somos conscientes.  Se necesita mucho tiempo o mucho poder de abstracción para saber localizarlos y comprenderlos.  

 

El mundo actual también es presa de un imaginario que algunos han llamado "pensamiento líquido", otros postmodernidad, o postverdad, o virtualismo...  Si uno echa un vistazo somero a las carteleras de los cines observará cuerpos musculosos, jóvenes, atractivos, violentos, dispuestos a salvar el mundo de incontables peligros extra o intraterrestres.  Decimos que somos democráticos, liberales, permisivos, respetuosos, ecológicos..., pero quizá se trate de un exoimaginario que nos hemos creado, una cáscara biempensante que trata de protegernos de peligros y miedos más profundos.  Junto a este imaginario occidental, consumista, frenético, tecnológico, competitivo, antirracista, democraticista, feminista, ecologista y demás, existen otros imaginarios, que son infundidos en ciertos jóvenes cuyos orígenes raciales o religiosos son distintos.  Los imanes a sueldo del petrowahabismo inoculan en ellos la idea de venganza, de lucha santa, de paraísos prometidos en un libro hace milenio y medio.  Y cuando un imaginario arraiga en una mente, hay que ser muy filósofo francés, muy Bachelard, muy Gilbert Durand, para escapar a su influjo.  

 

Somos lo que imaginamos ser.  Si imaginamos ser justicieros vengadores, salvadores del mundo, sea de transformers, americanos, alienígenas, negros, zombies, occidentales, judíos, moros o cristianos, lo seremos y no dudaremos en ponernos al volante de una furgoneta o en ir apuñalando transeúntes en el nombre del dios, la patria o la idea que imaginamos.

 

Por eso es tan importante saber en qué red imaginaria estamos atrapados, porque los pescadores que las echan saben manejar los hilos y vendernos en el mercado.  A saber en qué red están atrapados ellos mismos.  Pero ese es su problema.

 

Y por eso también, más allá de los conocimientos técnicos, teóricoprácticos, como las partes de la célula, las de la oración o las ecuaciones de segundo grado; más allá incluso de la consecución de bienes materiales, hay que apostar sin duda por la educación en valores.  Serán también imaginarios, pero son los únicos que tenemos y no propugnan el odio ni la violencia.  Si no sabemos venderlos, otros vendrán con imaginarios más atractivos, tejerán sus redes delante de nuestras narices y pasará lo que tenga que pasar.

 

 

Piratas, corsarios y ex-malditos

Hace muchos años (unos lo recordarán, otras no lo creerán) existían solo dos cadenas de televisión.  Salir en la tele era como entrar en la fama.  No hacía falta promoción, ni evento de Facebook, ni tweets, ni carteles...  Había en una de aquellas dos cadenas, en la primera, un programa de sobremesa que se llamaba muy originalmente "La tarde".  Lo presentaba la ahora novelista Ángeles Caso.  Estaba yo en la facultad y una de esas tardes, de pronto, me encuentro allí sentado junto a la presentadora nada menos que a uno de mis maestros (del que quizá otro día hablaré con más detalle): Miguel Romero Esteo, premio del Consejo de Europa de Teatro, premio nacional de literatura dramática, dramaturgo de culto, profesor nuestro de Sociología de la Literatura en Málaga...  En un momento dado Ángeles le preguntó a Miguel si era o se consideraba (no recuerdo literalmente) un maldito.  Miguel, con la calma, la sorna, la sabiduría y el desparpajo del que siempre hace gala, se balanceó, bajó la cabeza unos segundos, la levantó y sentenció: "Malditos son los otros".

 

He recordado esta escena de mi juventud porque hace poco me topé con este vídeo de TED, en el que el compañero Alberto Sacido defiende su visión de ese cambio educativo que, como Tántalo con las manzanas o Sísifo con la piedra, no acaba de llegar nunca o nunca acabamos de palpar.   A este profesor lo llaman el "profe pirata", porque, supuestamente, rompe los esquemas de las clases convencionales trabajando por grupos y proyectos.  Lo curioso (y de ahí viene la relación con la reacción de Romero Esteo) es que comienza su disertación alegando que todo lo que hace está respaldado, incluso recomendado por la ley, ¡por la LOMCE!.  De manera que este hombre más bien debiera considerarse un corsario, que eran aquellos piratas con permiso de la reina para sabotear a los pobres galeones españoles cargados de plata y oro.

 

Se da pues una paradoja en la que quienes se presentan como partidarios de la tradición académica son los que no siguen las recomendaciones metodológicas de la ley, mientras los renovadores son los legalistas.  

 

Es como cuando Miguel Romero Esteo era un maldito marginal al que daban premios por Europa, metían en la lista de posibles nobeles y entrevistaban en una de las dos cadenas que existían.  Bendito sea, que diría un sorprendido parroquiano.

 

 

 

 

El nivel

En muchas ocasiones oigo hablar del nivel.  Quienes hablan de él lo usan como argumento.  Entienden que si se aplicaran ciertas metodologías que propone la ley (incluso la actual LOMCE, que tan poco de innovadora y solidaria tiene), bajaría el nivel.  El nivel es un concepto cuantitativo, muy propio del lenguaje de la hidrología (el nivel de los pantanos) o de cualquier otra dimensión que se quiera medir en altura, fuerza, calidad, volumen...  Dicho esto cabe preguntarse qué es el nivel en educación.  ¿Es el número de alumnos que aprueban? ¿Es el porcentaje de alumnado que supera pruebas externas como la selectividad o las futuras reválidas? ¿Es el índice de inserción en el sistema educativo, es decir, de alumnos que no fracasan en él? ¿Es la calidad y/o cantidad de materia impartida?

 

Pienso que es solo a esta pregunta a la que se refiere el nivel del que tanto habla un sector del profesorado, de las familias y de la sociedad en general.  Circulan por ahí fotocopias de exámenes disparatados, de faltas de ortografías espeluznantes, de jóvenes descerebrados con cabezas inverosímilmente rapadas y jovencitas malhabladas, fanes inquebrantables de selfies y programas nauseabundos.  Todo este paisanaje y pruebas son considerados una bajada de nivel motivado por la laxitud de familias, colegios e institutos, que van regalando títulos y móviles sin pedir nada a cambio.

 

El problema, en mi modesta opinión de docente con más de veintitantos años en el tajo, es que se ha perdido doblemente la perspectiva, como decía doña Rosa, la dueña del café de La colmena.

 

Primero se ha olvidado el analfabetismo del pasado.  Cuando no había reguetón ni móviles oía la misma cantinela de la bajada del nivel.  Y eran los tiempos del BUP y el COU, que hoy se ven poco menos que como Harvard y el MIT, cuando en realidad estaban hasta las trancas de repetidores, huelgas, porros y falta de respeto al profesorado.  Recuerdo un libro divertidísimo tituada Antología del disparate, escrito por un catedrático de Málaga, en el que se recopilaban respuestas erróneas de alumnos de... ¡1972! y antes, de los sesenta y todo.  Un ejemplo: "Algunos anfibios tienen rabo y son muy grandes como el hipopótamo".  Si el nivel hubiera seguido bajando al ritmo que auguraban aquellas respuestas, hoy estaríamos ya hablando "atapuerqués".

 

Y también se ha perdido la perspectiva espacial.  Seguimos enseñando contenidos inabarcables y las más de las veces inadecuados (cuando no inútiles) usando unas metodologías que nos retrotaen directamente a 1875, por irnos al año anterior a la creación de la Institución Libre de Enseñanza.  Se suele contar entre docentes aquello de que un médico de 1900 no podría hacer nada en un hospital, pero un maestro de aquellos años entra en un aula actual, agarra la tiza y, poco más o menos, se defiende.  Pues bien, esto no es lo que sucede en otros (muchos) países europeos.  Pongamos el caso de las famosas competencias (antes básicas, ahora claves).  Este asunto, que está en el día a día de la educación europea, aquí se ha convertido en el fantasma de Damocles (por jugar con mitos y leyendas), en una cosa que hay que hacer, pero que nadie hace, porque antes están los afluentes del Tajo por la derecha, el complemento agente y otra sarta de contenidos enciclopédicos que, tarde o temprano, el alumnado digiere y posteriormente regurgita en un examen teórico o teórico práctico.  Eso de saber hacer algo distinto del propio examen queda lejos todavía.  La administración educativa andaluza ha dado un toque atención este curso al incluir en las actas de calificaciones la valoración de las competencias.  No creo que esta indirecta (alguien tiene que evaluar algo, citando a Gila) haya sido captada total ni parcialmente.  

 

Y luego está esa cosa espantosa de los repetidores, incomprensibles para docentes que nos visitan.  La eficacia de la repetición ha sido calificada a lo largo de muchos años como tendente a cero.  En mi experiencia no habré visto más de dos o tres casos a los que les haya sentado bien repetir.  Es como aquello que decían que estaba escrito en la puerta de la cárcel: "Aquí el bueno se hace malo y el malo se hace peor".

 

Y así van pasando los años y las leyes y las generaciones y asumimos como normal que en un instituto entren 180 alumnos/as y salgan 110 en 4º y 80 en 2º de bachillerato, de los que solo van a selectividad 35.  Luego vendemos que aprueban la dichosa selectividad un 98% y nos quedamos con la conciencia tan tranquila.  Es una pirámide discriminatoria, fruto de un sistema que busca solo la excelencia de los excelentes, no de sí mismo.   Por supuesto que hay gente más inteligente que otra, vive Dios, pero no todo debe girar en torno a ellas y ellos.

 

Y volviendo a lo del nivel: si pedimos a los alumnos lo máximo y los aprobamos cuando dan la mitad, en lugar de pedir lo mínimo y luego ya se verá quién da más de sí, pues seguirán cayéndose alumnos y alumnas por el camino.  Es como querer ir al ritmo del que más corre, en lugar de remar juntos, como una sociedad que somos.  Esa huida hacia adelante en busca del máximo de contenidos provoca que, como me han comentado varios profesores universitarios, los alumnos lleguen sin saber escribir, leer o hablar en el "nivel" que les corresponde.  Y, para remate, las empresas no quieren empollones especialistas, sino trabajadores y trabajadoras flexibles, que sepan hacer, plantear, solucionar, no recitar datos o resolver problemas abstractos y más o menos memorizados.  En otras palabras, estamos construyendo un gigante con los pies de barro.

 

Y para rematar el pastel está la administración (en general) que se inhibe y no acaba de arrancarse por peteneras, temiendo la reacción de docentes, familias y medios de comunicación, sedientos de novedades catastrofistas que alimenten sus burdos telediarios.

 

Con esto no quiero decir que vivamos en pleno pleistoceno educativo.  Muchísimos docentes están ya implementando proyectos valientes, novedosos, integradores y elevadores del "nivel".  Tengo la suerte de conocer un centro, el I.E.S. Cartima de Cártama (Málaga), que está en la vanguardia española bajo la batuta dinámica de José María Ruiz.  En nuestro centro modestamente también estamos intentando con mayor o menor fortuna echar andar la enseñanza basada en proyectos (ABP), el aprendizaje cooperativo, la digitalización, alumnado ayudante y dinamizador...

 

Por otra parte el profesor tradicional que explica en su pizarra, manda ejercicios y hace exámenes no tiene por qué ser un mal docente.  A fin de cuentas los resultados siguen mejorando lentamente desde hace años, pero se echa de menos un salto cualitativo, que nos acabe de poner en el mapa de la educación moderna, aquella que soñó el rondeño Francisco Giner de los Ríos: "Los nuevos educadores en ningún momento tratarán de ser meros transmisores del saber... será su ideal el formar hombres nuevos y esto significa atención a todas las facultades del hombre, físicas y espirituales (...) escolares activos, que piensan, que hablan, que discuten, que se mueven, que están vivos en suma".

 

A fin de cuentas el único nivel que deberíamos medir es el de humanidad.