Memoria y memorización

Una de las muchas polémicas que circulan en redes y barras de cafeterías de la educación es la gran (o pequeña) importancia de la memoria.

 

A poca gente le puede caber la menor duda de que si no sabes algo no podrás saber más cosas, ni hacer cosas con esas cosas que conoces.  Si no sabes qué es un destornillador no podrás ni sabrás usarlo.  Y dejemos de lado (por el momento) la infoxicación reinante, la abrumadura invasión de noticias que sólo buscan aturdirnos y no dejarnos ver el bosque.

 

El problema creo que se ha salido de madre.  No es que no haya que saber cosas; lo que no puede ser es que se aprendan (se memoricen) cosas por saberlas, sin saber para qué, por qué hay que saberlas, qué importancia tienen, ni nada que se le parezca. Y además se "explican" de una forma, vamos a decir, "inadecuada", mecánica a veces, no adaptada al universo mental ni al lenguaje de los receptores, sin relacionar lo explicado con lo que se vive día a día.   Unos ejemplos.  Hay que saber que la constitución de 1812 fue muy importante para la historia de España, que el ADN transmite la información genética a nuevas generaciones y que las palabras llanas llevan tilde cuando no terminan en vocal, en ene o en ese.  Saber hay que saberlo, el problema es cómo hacer que quienes tienen que saberlo sepan que hay que saberlo y no crean que estamos vendiéndoles motos antiguas, ajenas, abstractas, inservibles...

 

El quid de la cuestión está en que si una profesora o maestro llega a clase y suelta eso sin más (o el alumnado lo lee en un libro o en una web), incurrirá en una inocencia docente, que consiste en creer que, dado que tú crees (y sabes) que algo es importante, la muchachada y la chiquillada ya va a captar inmediatamente la relevancia (no digamos ya la belleza) de, por poner otro caso, la regla de tres o los sonetos de Garcilaso (perdón por el ripio, no lo he querido evitar). 

 

De modo que al final llegamos a la triste situación que vivimos gran parte del tiempo en gran número de lugares: el/la rapaz/a engullirá  esos conceptos o procedimientos (o los camuflará en una chuleta o pinganillo) y, llegado el momento, los regurgitará sobre el papel, cual madre de pingüino.  Posteriormente engullirá otros nuevos cruciales conocimientos, que nuevamente regurgitará y así (nunca mejor dicho) ad nauseam.

 

Por eso hay docentes que proponen construir una memoria significativa, basada en experiencias, en la diversificación de medios, en la implicación emocional, en la cooperación... En algo parecido a la vida, en suma, cualquier sistema que valide aquel viejo adagio atribuido a Benjamin Franklin: "Si me lo dices, lo olvido; si me lo enseñas, recuerdo; si me involucras, aprendo".

 

 

 

 

La primera golondrina

Quizá por influencia de Bécquer, siempre he sentido un vínculo sutil y estacional con las golondrinas. Este se reforzó en el instituto, cuando leímos en inglés (plano) "The Happy Prince", un relato de Oscar Wilde que cuenta la peligrosa relación de una golondrina con la estatua de un príncipe.  Ahí debajo hay todo un mensaje subliminal sobre la situación socio-sexual del autor.

 

No soy ornitólogo, ni siquiera ornitófilo, pero hace poco, tras un reportaje de la BBC, fui plenamente consciente de algo que todos sabemos superficialmente: las golondrinas migran cada año desde Nigeria hasta mi balcón, donde sus nidos vuelven a colgar.  Cruzan el Sáhara y se paran a beber en un oasis donde el sol ha concentrado el agua hasta el punto de hacerla venenosa.  Por suerte, un ejército de moscas sí puede beberla y filtrar sus tóxicos.  Así que las golondrinas se las comen y ya de camino se hidratan.  Podemos decir, pues, que las golondrinas beben moscas.

 

Justo al lado de mi ventana hay tres nidos.  Todavía están vacíos, pero ayer, mientras miraba distraído el atardecer, vi pasar a una de ellas, una avanzadilla de sus hermanas, que vendrán a ayudarnos contra moscas y mosquitos estivales.  Son innmigrantes incomprendidas, cuyos nidos derriban pintores o albañiles y cuyas heces nos molestan al caer sobre nuestros geranios.  Pero, como todos los inmigrantes, vienen por algo y para algo.  Huyen del infierno de África y nos ayudan a dormir sin las ventanas cerradas ni repelentes electroquímicos.

 

Dice el adagio que una golondrina no hace verano, pero esta exploradora nos asegura que el ciclo continúa.  Poetas y cuentistas del futuro tendrán a su disposición este símbolo fugaz, una superviviente que nos ayuda a sobrevivir.

 

 

 

 

De La Palma a Connecticut I

Esta es una historia de las buenas.  Tengo un amigo desde la juventud ochentera, José Luis Rodríguez Escalona, que se fue a Granada a estudiar traducción y, por cosas de la vida, acabó instalado en Escocia con su familia.  Su hija, Lucía Rodríguez García, como todas las hijas suelen hacer, creció y, como pocas, se fue a estudiar biomedicina (sic) a la Universidad de Edimburgo.  Hasta aquí puede parecer una historia casi prototípica de los muchos españoles y españolas que se han visto obligados a ejercer su excelente preparación fuera de este país que ahora mismo no quiero ponerme a calificar.  Lo más curioso viene ahora.  Lucía se va un semestre de intercambio a una universidad de Connecticut, uno de los cincuenta Estados que se encuentran Unidos en América del Norte.  Y la cosa tiene más gracia, porque, dentro del plan de estudios, se le ofrece la posibilidad de una materia de traducción de poesía.  Y va y se mete.  Va el padre, como homme de lettres que es,  y le recomienda algunos poemas y va e incluye algunos míos en el cesto.  Y heme aquí, tras esta serie de casualidades, traducido al inglés como quien no quiere la cosa.  Y bien traducido, en mi modesta opinión de usuario de inglés de "nivel medio".  En esta entrada sólo voy a presentar un poema, que lo poco gusta, pero lo mucho cansa.  Otros días pondré el resto.

 

 

 

 

 

 

 

 A estas alturas 

 

 

 

“Al mediar la carrera de nuestra vida…”

 

Dante Alighieri, Divina Comedia, Canto I

 

 

 

A estas alturas,

 

a más de diez mil pies

 

de nuestras más sublimes expectativas,

 

a treinta y pico de años del despegue,

 

con las esperanzas al aire,

 

las pistas perdidas

 

y el alma inflada

 

como un globo aerostático,

 

muy por encima de océanos y calamidades,

 

de huracanes y remordimientos;

 

a punto de traspasar

 

la invisible barrera de lo sórdido;

 

con las bodegas atestadas

 

de trienios y alopecia;

 

con la radio oxidada,

 

la brújula imantada

 

y sin más rumbo que la inercia,

 

a estas alturas,

 

a estas vertiginosas alturas

 

justo ahora que iniciamos

 

las arduas, las tristes,

 

las siempre inevitables

 

maniobras del descenso…

 

 

 

 

 

 

At this high time

 

At this high time,

over ten thousand feet

above our most sublime expectations,

thirtysomething years from take-off,

with our hope in the air,

our track lost

and our soul swollen

like a hot air balloon,

way above oceans and catastrophes,

hurricanes and remorse;

about to cross

the invisible barrier into vulgarity;

with the hold jam-packed

with seniority and alopecia:

with a rusty radio,

a useless compass

and only inertia to guide us,

at this high time,

at this inevitable time

the very moment that we commence

the strenuous, the miserable,

the always inevitable

descent procedure…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pozos y poesía

Poemas y campos están horadados de pozos.  El pozo es siempre inquietante; es como una lluvia invertida: sacar agua de abajo cuando no viene de arriba.  En clase de literatura de vez en cuando nos tropezamos con alguno.  Entre los más famosos está aquel de Poeta en Nueva York, "Niña ahogada en un pozo".  También se hizo popular hace unos años aquella otra niña japonesa de la película The ring, que salía de uno con los pelos vueltos hacia adelante y que atravesaba la pantalla para ¡matarnos a todos!...  Pozo y muerte son sinónimos en el imaginario del arte.  En la vida cotidiana el pozo es fuente de agua que nos da vida, pero en el in-subconsciente, el pozo da miedo.

 

Muchas veces hemos comentado en clase este poema de Juan Ramón Jiménez en el que el pozo no es el protagonista, pero aparece como sospechoso atrezo en un supuesto locus amoenus.

 

    El viaje definitivo

    … Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
    cantando;
    y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
    y con su pozo blanco.

    Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
    y tocarán, como esta tarde están tocando, 
    las campanas del campanario.

    Se morirán aquellos que me amaron;
    y el pueblo se hará nuevo cada año;
    y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado, 
    mi espíritu errará nostáljico…

    Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
    verde, sin pozo blanco, 
    sin cielo azul y plácido…
    Y se quedarán los pájaros cantando.

 

Cuando les pido los/as jóvenes que analicen los elementos simbólicos de este aparentemente fácil poema, llegamos al pozo y nos tenemos que parar.  Cielo y pozo son casi antítesis de verticalidad ascendente y descendente.  Instalado en medio del huerto encalado, como en la adivinanza infantil, es blanco por fuera, pero negro por dentro.  Es el símbolo de la amenaza latente.  Todo está bien, hasta que deja de estarlo.  Es un cisne negro en medio de un estanque de blanca quietud.  Es la serpiente escondida entre la hierba: latet anguis in herba.  El pozo, más que dar, reclama, traga, engulle, mata.  Por su negro abismo se va el alma del poeta hacia el otro mundo.  Suerte que se quedan "los pájaros cantando", es decir, que sobreviven los poemas, "la obra", lo único que a Juan Ramón le importaba de verdad.

 

Casi siempre son los niños los que caen (o salen de) en los pozos.  Y no basta una piedra inestable para sellar su oscura energía centrípeta.  Hacen falta cien ingenieros para contrarrestar su poder.  Y suerte, mucha suerte.

 

 

 

Palos y astillas

Circula por las redes sociales un vídeo en el que se ve a una niña de espaldas andando por el borde de la carretera.  La toma se hace desde un coche en marcha que va unos cuantos metros detrás.  El móvil que graba lo sostiene el padre, a quien se oye explicar lo que está pasando.  La niña de diez años que camina ocho kilómetros a cuatro grados de temperatura es su hija.  Ha sido expulsada del autobús escolar por acosar a otra alumna.  El padre ha decidido que el castigo para esta actitud debe consistir en ir andando, en lugar de llevarla él en el coche.  Hay otro caso parecido de otro padre con su hijo de diez años corriendo bajo la lluvia.

 

El vídeo ha corrido como la pólvora y ha recibido el beneplácito y aplauso de miles, de cientos de miles de progenitores, alumnado, profesorado y gente ajena a este asunto tan controvertido de la educación.

 

La primera vez que lo vi, me sentí perplejo.  Lo primero que no entendía era por qué un padre grababa la humillación de su hija y la subía a internet.  Luego no entendí la casi unanimidad del público que consideraba la medida acertada.  Por último, no entendí la medida en sí misma.

 

Existen muchas otras posibilidades educativas distintas de esta especie de ley del talión ("si esa niña acosada no puede en ir en transporte por tu culpa, tú tampoco irás"), que en este caso presenta el agravante de ser aplicada a una menor, quien todavía no ha desarrollado plenamente su capacidad de autocontrol (inhibición cortical la llaman los neuropsicólogos).  Si la educación consistiera simplemente en castigar, cualquiera podría ser educador/a, no existirían estudios, facultades, doctorados...  Con un buen látigo, un cuñado en la barra de un bar, una regla o una caja de insultos y menosprecios estaríamos servidos.  Pero no crean que soy un ingenuo.  Llevo veinte años trabajando como jefe de estudios y las actitudes negativas/disruptivas hay que cortarlas lo antes posible (sobre todo el acoso), pero también he comprobado demasiadas veces la inutilidad del castigo, incluso su carácter contraproducente. No voy a ponerme aquí a explicar esas mil maneras que existen de educar; me vale con una: el ejemplo.  Y así enlazo con lo que pienso que es el meollo de la noticia: si un padre puede llegar a ser cruel con su hija (4 grados de temperatura durante un periodo largo puede suponer un riesgo para la salud de una menor), no debe extrañarnos que ésta lo sea con su compañeras.  Es de libro: el acoso como transmisión de violencia.

 

Ignoro si el castigo se levantó dos kilómetros o dos días más allá de la grabación.  Lo mismo este señor se las quiso dar de justiciero ejemplarizante y luego es un cachopán. Cualquiera sabe.  Cosas más falsas se han visto.