Los tejados azules de Takatsuki

Luna sobre la península de Shiretoko desde el mar de Ojotsk.
Luna sobre la península de Shiretoko desde el mar de Ojotsk.

Cuando llegué a Japón a mediados de julio pude ver desde el monorraíl elevado los tejados azules del norte de Osaka.  No se trata de una cerámica especial, ni de un rasgo de arquitectura popular, sino de unos toldos de plástico que se colocan sobre las casas que han perdido parte de sus tejas tras un terremoto.  Razones económicas aparte, entiendo que no se dieron prisa en cambiar las tejas porque se esperaban nuevas réplicas.  El paisaje resultaba especialmente inquietante en la localidad de Takatsuki, a medio camino entre Osaka y Kioto.

 

Este verano ha sido (y está siendo) muy intenso en desgracias para aquel país al que tantas cosas y personas me unen.  Tras el terremoto de junio ha seguido una ola de calor como las que no se recuerdan en muchos años.  La hemos vivido a pie y en bicicleta, por la mañana y la noche, y he sufrido algún que otro desvanecimiento que por poco me lleva al suelo.  Luego llegaron los tifones (consecuencias de la excesiva evaporación que acarrean las altas temperaturas) de los que solo viví uno de los más débiles.  Otro me cogió en la fresca y acogedora isla de Hokaido.  El último llegó a Minoh justo dos días después de mi partida.  La pista del aeropuerto del que salí quedó totalmente inundada por el oleaje.  Para culminar la cadena de desastres naturales, a los pocos días otro fuerte seísmo sacudió precisamente Hokaido.

 

Como ya conté cuando el terremoto y tsunami de marzo de 2011, el comportamiento ciudadano ha sido ejemplar, sereno, cívico, responsable...  Y en lo tocante a la parte de mi familia allí residente (que es el 50%), ha demostrado una entereza y valentía de la que me siento verdaderamente orgulloso.

 

Pero, claro, no resulta muy "japonés", ponerse aquí a lamentarse y clamar a los cielos por tantas desgracias, de modo que, al igual que hacen ellos, me repongo, rectifico el tono y les digo que, a pesar de esos pesares, merece la "pena" ir a Japón.  Son demasiadas las razones para enumerarlas aquí.  Quienes siguen este blog las conocen.  Hokaido, por ejemplo, es una joya para los amantes de la gastronomía, la tranquilidad y la naturaleza.  En el mar de Ojotsk hemos visto delfines, ballenas, osas cazando salmones junto a sus crías, cataratas de aguas termales cayendo desde los acantilados volcánicos de la península de Shiretoko, zorros cruzando pasos de cebra en Utoro, un museo de los pueblos del norte, esas gentes que viven en el extremo de la habitabilidad y que comparten, a pesar de las fronteras modernas, costumbres, mitos, artesanía y alimentos.

 

 

En un post anterior dije que no iba a hablar más de Japón y al final me he autoconvertido en agente turístico.  Ya no prometo nada más.  Lo prometo.

 

 

 

 

Konnichiwa

Ayer, a pesar de la alerta por altas temperaturas, iba yo por una calle de Minoo (Osaka) justo después del almuerzo. En la misma acera, en sentido contrario y cuesta arriba, venía una niña de unos cinco años, con su gorro de ala ancha y su mochila de colores.  Al verla pensé que podría resultar idónea como una de las imágenes con las que ilustran las guías de viaje o las páginas web sobre Japón.  Cuando nos íbamos acercando noté que la pequeña desviaba un poco su dirección como acercándose a mí.  Temí por un momento que estuviera sintiéndose mal por el calor sofocante y perdiera el equilibrio,  pero al estar a mi altura se detiene, se gira, me mira, me sonríe y dice "Konnichiwa". Le respondí con la misma palabra y siguió su camino cuesta arriba, bajo el sol implacable de la tres de la tarde.

 

Eso es todo, algo así como un haiku.

 

 

 

 

Filosofía en la ESO

Hace tiempo que se oyen voces que apuestan por insertar la filosofía en tempranas edades del sistema educativo.  A ver, no se trata de explicar el concepto de übermensch en sexto de primaria, ni el hilemorfismo aristotélico en cuarto, sino de enseñar a pensar y de familiarizar al alumnado con algunos conceptos básicos, por lo menos de ética, para que empiecen a dejar de ser meras máquinas de masticar y vomitar contenidos.  

 

Viene esto a cuento de una anécdota que viví hace unos días.  En medio de jefatura de estudios, en el transcurso una conversación con alumnos de 2º de ESO (12-13 años aprox.) acerca de algún conflicto de los muchos que hay en un centro con 800 alumnos y 75 profesores, una profesora dijo que eso "no era normal".   Uno de aquellos chavales interpeló con algo así como: "Pero el filósofo Focul dice que no hay nada normal".  Yo estaba en una mesa contigua trabajando y oí la frase de lejos.  No me lo podía creer.  Intervine: "¿Tú te refieres al filósofo francés Michel Foucault?".  "Sí, ese, es que no sé decirlo bien", me respondió el alumno.  Me quedé pasmado, como quizá se habrán quedado ustedes al leer esto. 

 

Más tarde indagué por ahí y di con el responsable indirecto de este excelente incidente.  Fue un profesor (tan alopécico como el filósofo francés) el que les comentó durante alguna conversación que el concepto de normalidad es relativo, que el tiempo pasa, que las normalidades mutan y que buscaran en la Wikipedia a Foucault.  Ignoro si el alumno en cuestión llegó a ampliar el tema, pero se quedó con la copla y la soltó a la primera de cambio, en medio de la jefatura de estudios.  Sócrates y Foucault tienen que estar desternillándose en su tumba.  Si eso no es educación, que venga Giner de los Ríos y lo vea. 

 

 

 

Impotencia

Mi caediza bicicleta en el barrio de casas antiguas de Minoh.
Mi caediza bicicleta en el barrio de casas antiguas de Minoh.

Hace unos días me levanté y vi que tenía mensajes desde Japón.  Un terremoto de fuera 6-bajo había sacudido varias localidades de Osaka, sobre todo del norte (Toyonaka, Suita, Takatsuki...).  Como muchos sabrán, la mitad de mi familia vive precisamente allí, en la localidad de Minoh.  El edificio se zarandeó ostensiblemente y el frigorífico (que es enorme y se adhiere al suelo más de lo que quisiéramos cuando queremos moverlo para limpiar) se desplazó casi medio metro: un susto de los grandes.  La escala Shindo establece que el 6-bajo implica: dificultad para mantenerse en pie, desencaje de puertas correderas, caída de muebles, colapso de casas no resistentes, rotura de conducciones de gas, grietas y deslizamientos del terreno.

 

Como los mensajes que me mandaron ya avisaban de que no había habido daños (bueno, se cayó mi bicicleta nueva y unos libros de la estantería), me tranquilicé al mismo tiempo que me preocupaba.  Extraña sensación.  Lo malo era que se esperaban réplicas casi de la misma intensidad.  Las hubo, pero no alcanzaron el mismo nivel.  Al rato puse un aviso en Facebook para tranquilizar a los amigos.  Curiosamente muchos no sabían nada.  De hecho la noticia apareció más tarde, varios titulares debajo del ingreso en prisión de un ex-jugador de balonmano y otras cosas, como el omnipresente mundial de fútbol.  Pero el sentimiento que más me acosaba era el de impotencia, el de no poder hacer absolutamente nada por ayudar en esa situación, ni siquiera abrazar.  Es el mismo que sienten las personas que viven seísmos de ese tipo.  Salvo seguir las instrucciones de seguridad, nada se puede hacer; sólo queda esperar que pase.

 

Se me antoja que esta impotencia es casi un símbolo del ser humano ante el porvenir y las fuerzas de la naturaleza.  Los románticos lo intuyeron y por eso saboreaban las tormentas, los acantilados y las ruinas, todo aquello que les recordaba la vanidad de la existencia ante la grandeza del cosmos.  Quizá de ahí provenga el interés de los japoneses por destacar la eventualidad del nacimiento y muerte de las flores del cerezo o de la instantánea trascendencia del haiku.  Quizá por eso también el símbolo del país sea un crisantemo y un volcán, vida y muerte, pequeñez y grandeza.  

 

Hubo varios muertos en el terremoto de Osaka, entre ellos una niña de 9 años de Takatsuki, localidad donde tenemos unos amigos.  Hace apenas un mes estuve paseando por esas calles que aparecían con socavones y dormía en esa casa que se movía como una cuna espantosa.  Es el sino de aquel país colocado en una de las líneas de terremotos más activa del planeta. 

 

La situación me recordó el fatídico 11 de marzo de 2011, que me pilló allí, justo el día en que salía mi vuelo de vuelta.  Lo conté en este post: http://montecoronado.blogspot.com/2011/03/japon-japon.html.   Al igual que aquella vez, los japoneses han demostrado su civismo, abnegación y capacidad de trabajo. Circula por las redes la foto de un gran agujero en una carretera que fue reparado en menos de 72 horas.  La Universidad de Osaka informó por correo electrónico de que se suspendían las clases hasta que los técnicos revisaran el estado de los edificios.  Ayer empezaron de nuevo.  Fina contó con el apoyo de muchos amigos y compañeros japoneses que se ofrecieron para ayudarla inmediatamente. 

 

Así son las cosas.  Por suerte tengo previsto ir pronto para allá.  Voy a sacar la maleta.  Me resulta reconfortante verla en medio del salón, con las dos hojas abiertas, como queriendo dar un abrazo.

 

 

 

 

Atajos y educación

Imagen de Pixabay.
Imagen de Pixabay.

Voy a contarles una anécdota docente.  No me gusta contar muchas porque hay un nivel de discrecionalidad que no quiero rebasar.  Lo que pasa en la clase se queda en la clase (salvo que pregunten los padres o los inspectores).  Creo que en esta ocasión no se menosprecia ni vilipendia a nadie, sobre todo al alumnado, que siempre es el blanco de todas las chanzas posibles por parte del público general y no general.  Pero ese es otro tema peliagudo que se merece una entrada él solo.

 

Hace unos días  estábamos en clase haciendo un ejercicio de ampliación de vocabulario, ese gran olvidado de los libros de texto, que lo trata de forma asistemática, esporádica y tangencial.  Salió la palabra "atajo".  Más de la mitad la conocía.  Pedí que pensaran ejemplos de contextos educativos, de su mundo, en los que se pudieran usar atajos.  Era de esperar que los más "brillantes", los "mejores" alumnos y alumnas levantaran la mano, pero de pronto veo que las manos que estaban levantadas eran las de los "malos" estudiantes, los desahuciados del sistema, los objetores, los cansados, los playstationadictos...  Ellos sabían los verdaderos atajos de la educación.  O creían saber, porque el primero que intervino dijo: "Que te aprueben por la cara".   Luego se habló de Formación Profesional Básica y de pruebas especiales para estudiar F. P.  Lástima que terminó la clase y no hubo tiempo para conocer más, como las chuletas, el gran clásico de los atajos, copiarse del compañero o del libro, los "cambiazos" o el último grito en tecnología, el pinganillo.

 

Esta anécdota viene a demostrar que el alumnado interviene, participa y se interesa cuando le interesa, es decir, cuando el asunto es de su interés.  Después de la clase, comentando el caso con una compañera, se me ocurrió un proyecto o un trabajo que se titulara "¿Cómo aprobar sin estudiar ni dar golpe?", "¿Cómo escaquearse constantemente en clase?", etc.  Sería la trampa perfecta: conseguir que los que no hacen nada escriban cien páginas sobre cómo no escribir nada.

 

 

 

 

Tediria

Libro de firmas con la foto del taller de poesía Tediria.  Dámaso Chicharro es el tercero por la izquierda sentado, junto a mi amigo Emilio Lobato.  Yo estoy delante de la primera i de Tediria, en una pose que no sé ni cómo calificar.
Libro de firmas con la foto del taller de poesía Tediria. Dámaso Chicharro es el tercero por la izquierda sentado, junto a mi amigo Emilio Lobato. Yo estoy delante de la primera i de Tediria, en una pose que no sé ni cómo calificar.

Acabo de llegar de un acto entrañable.  Después de casi 25 años nos hemos reunido ex-alumnos y ex-profesores del Instituto Sierra Bermeja de Málaga, para recordar la revista Tediria, en la que vieron la luz mis primeros textos, y la figura de Dámaso Chicharro, su creador e impulsor. 

 

Se han leído poemas y se han cantado canciones y cada cual ha contado su experiencia de aquellos años mágicos en los que surgieron músicos, poetas, actores y pintores en un nivel por encima de la media.  Mi visión del asunto es que lo que ocurrió en realidad sigue ocurriendo en el mero hecho de que estemos hablando de ello y de que muchos hayamos seguido creando desde aquellos años.

 

La presencia de la familia de Dámaso le ha dado al acto un sentido aun más entrañable si cabe y el reencuentro con antiguos compañeros y profesores ha sido muy reconfortante para todos.

 

Sé que esta entrada no va resultar interesante para muchas personas que no vivieron aquel momento ni conocieron a Dámaso Chicharro Duarte, a quien tanto le debo en mi vertiente de poeta.  Nunca podré olvidar que fue él quien publicó mi primer libro (La dulce faena) incluyéndome, como un polizón, en una nómina de poetas prestigiosos y consagrados.  Esta es la razón por la que quería dar, ahora mismo y en caliente, testimonio de este acto que acabamos de vivir y de esta persona con la que, como he dicho antes de leer mis poemas, a veces sueño.  En esos sueños Dámaso viene siempre hacia mí sonriente, me saluda cariñosamente y me mira con una curiosa connivencia, como queriéndome contar un valioso secreto del más allá que nunca acabo de conocer.  Quizá lo único que está diciendo es que, en realidad, no está muerto, sino dentro de mí y dentro de todos aquellos que lo conocimos, a los que quiso y que lo quisimos, cada vez más con el tiempo.

 

Por eso cuando he firmado sobre el escenario el libro de visitas que han abierto para el evento, he escrito: "Va por ti, Dámaso. Gracias".

 

 

 

De niños y de cerezos

Pétalos de sakura caídos tras la lluvia.
Pétalos de sakura caídos tras la lluvia.

Ya estoy de vuelta de este viaje tan especial a Japón.  Especial por las fechas que han abarcado (plena floración de los sakuras en Osaka) y por razones familiares, que son una mezcla agridulce de alegría y tristeza, tan paradójica y vital como el propio auge y caída de los pétalos del cerezo.

 

Cada vez que vuelvo tengo la tentación de contar una gran cantidad de cosas que luego no cuento.  Temo incurrir en el tópico del amigo pesado que no para de soltar anécdotas sin fin y de enseñar fotos a traición.  Por eso utilizo este medio, el blog, para ir dando fe de cosas que he visto, comido, olido y oído en mis estancias en Japón.  

 

A pesar de que hemos estado ocupados con asuntos domésticos, ha habido tiempo para ver y aprender.  Y para aprender a ver.  De esto quiero hablarles.  

 

Iba por la calle camino del supermercado y observo a un niño de unos seis años que iba solo por la calle a eso del mediodía.  No es la primera vez que veo niños yendo solos al colegio con sus mochilas impecables, pero este iba ligero de equipaje, que diría don Antonio, y como mirando a los lados, edificios, carteles... y hablando solo también.  Aunque me intrigó, no le di más importancia, pero a los pocos días nos contó una profesora de la Universidad de Osaka que existe la costumbre en Japón de que los niños vayan sin compañía de adultos al colegio desde el primer día.  Y, por supuesto andando o en autobús/metro.  Nada de atascos multitudinarios con policías y doblesfilas.  También nos dijo que, como Osaka (y sus alrededores) está considerada una gran zona urbana más o menos "peligrosa", las madres se colocan en ciertos tramos o esquinas y van "redirigiendo" a los niños en su recorrido de forma sutil e indirecta.  Al parecer el niño que me encontré estaba "en prácticas", ya que precisamente a principios de abril empiezan las clases en todos los niveles.  En ese sentido, como en otros, los japoneses viven según los ritmos de la naturaleza.

 

Y conforme a esos ritmos también llegué con la flor de cerezo y me fui cuando la lluvia arrancó y esparció sus pétalos por el suelo, lo que me llevó a escribir el siguiente haiku que ha traducido amablemente la profesora Tamiko Nakamura.  Han salido más.  Ya veré que hago con ellos.  Quizá acabarán siendo una sección de un futuro libro.

 

Y todo esto (no se olviden) gracias a la valentía y valía de nuestra corresponsal y ,desde ahora, profesora de español de la Universidad de Osaka, Fina G. Naranjo.

 

NOTA: Quienes quieran ver fotos de este viaje y un par de haikus más pueden entrar en la cuenta de Instagram "montecoronado".

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Satoris

La historia está llena de momentos cruciales (casualidades, traiciones, caídas de caballos...) que cambiaron el curso de los acontecimientos.  En la vida personal también los hay.  

 

Es cierto lo que dicen muchos sabios: que todo es un flujo indefinido de tendencias, movimientos sociales, características psicológicas...  Pero no menos verdad es que si, por poner un caso, el chófer de archiduque de Austria-Hungría no se hubiera equivocado de calle en Sarajevo, lo mismo el famoso atentado no se hubiera producido y se podrían haber evitado las dos guerras mundiales.  Nunca se sabe.  No creo que esos dos grandes conflictos fueran el colofón inexorable de un destino ineludible.  No quiero creerlo.

 

Un caso memorable de momento de cambio, de iluminación, de satori (como lo llaman en el zen) es el que cuenta Haruki Murakami.  Estaba en un partido de béisbol y en medio de una jugada entendió que tenía que escribir una novela.  Más tarde ahondó en el descubrimiento y resultó que era un novelista, no el dueño de un bar de jazz en Tokio.

 

En la vida de cada cual hay satoris de todo tipo e intensidad.  Unas veces descubrimos en una sonrisa una traición, en una noticia, la solución a un problema; en el reflejo de un charco, un recuerdo que nos conduce a la depresión; en el sabor de una magdalena, la decisión que no queríamos tomar.  El zen trabaja mucho este concepto y sus apólogos están llenos de repentinas iluminaciones, que llegan tras un golpe, una frase, un pájaro que canta a lo lejos...  Muchos haikus son el rastro de pequeñas iluminaciones que el poeta vierte en diecisiete sílabas con la esperanza de que otros se transformen momentáneamente:

 

      Canta el pequeño cuco

      precisamente hoy

      que no hay nadie.

 

Ayer en clase, explicando a Miguel Hernández, les conté a las alumnas (para dos alumnos que hay generalizo con el femenino) que leyendo la "Elegía a Ramón Sijé" sufrí una especie de iluminación "de piedras, rayos y hachas estridentes".   Luego vinieron más satoris y personas/satoris y casualidades... y acabé con un puñado de versos publicados por ahí.  Quizá si no me hubiera topado con ese poema en precisamente ese momento, ahora sería médico, novelista, cura o pertiguista.  Nunca se sabe. Por suerte.

 

 

 

¡Viva la Cordillera de los Andes!

Corrían los albores de los ochenta, aquellos años en los que nadie era responsable de casi nada.  Habíamos escapado indemnes de una dictadura, de un golpe de estado zarzuelero y pronto lo haríamos de Curro y Cobi.

 

En el instituto donde era alumno (el Sierra Bermeja de Málaga) nos reuníamos unos cuantos atrevidos y atrevidas adolescentes, en torno a poemas y a la buena compaña de Dámaso Chicharro, creador del taller de poesía Tediria.  Un buen día Dámaso apareció por allí con los antipoemas de Nicanor Parra y allí fue Troya.  De pronto descubrimos que había un mundo más allá de la taciturnidad de la transición, de los clásicos, los modernistas, Machado, Lorca, Hernández y demás.   El libro iba de mano en mano, como la falsa moneda, movido por la avidez de quienes buscan un tesoro de palabras... hasta que se perdió.  De entre todos los muchos y buenos poemas del maestro chileno nos gustaba, por lo coral y surrealista,  "Viva la Cordillera de los Andes".  Esta tarde, cuando he conocido la muerte de Nicanor Parra, he mandado algunos mensajes con ese texto.  Algún amigo de aquellos años me ha llamado preguntándomelo: "¿Ha muerto ya?".  Otros simplemente ha continuado el estribillo de aquel poema: "Muera la cordillera de la costa".  Otro ha opinado que ha sido una anti-muerte, una muerte pasada de fecha (¡103 años!).

 

Con el tiempo cada cual siguió su camino y el mío corrió paralelo a la cordillera de la poesía (explicándola, escribiéndola, recitándola, cantándola...) y cuando andaba buscando un título para uno de mis libros, lo encontré en unos versos de Nicanor Parra: "A propósito de escopeta / les recuerdo que el alma es inmortal".  

 

Y es que siempre (antes de conocer su obra) me encontré muy cómodo en los márgenes de la poesía, en la trinchera contraria a veces, pero sin tanto ahínco y contundencia como el maestro.  Falta de pulso o de valor, pusilanimidad estilística. 

 

Adiós, maestro del disparate razonable, de la rima tonta y profunda, del discurso truncado, de la frase certera, como pedrada de cabrero, el que dijo una cosa por otra, un embutido de carne y bestia.  Viva la cordillera que te parió.

 

 

Viva la Cordillera de los Andes

 

Tengo unas ganas locas de gritar

Viva la Cordillera de los Andes

Muera la Cordillera de la Costa.

 

La razón ni siquiera la sospecha

pero no puedo más:

¡Viva la Cordillera de los Andes!

¡Muera la Cordillera de la Costa!

 

Hace cuarenta años

que quería romper el horizonte

ir más allá de mis propias narices,

pero no me atrevía.

 

Ahora no, señores,

se terminaron las contemplaciones:

¡Viva la Cordillera de los Andes!

¡Muera la Cordillera de la Costa!

 

¿Oyeron lo que dije?

¡Se terminaron las contemplaciones!

¡Viva la Cordillera de los Andes!

¡Muera la Cordillera de la Costa!

 

Claro que no respondo

si se me cortan las cuerdas vocales

(en un caso como éste

es bastante probable que se corten).

 

Bueno, si se me cortan

quiere decir que no tengo remedio

que se perdió la última esperanza.

 

Yo soy un mercader

indiferente a las puestas de sol

un profesor de pantalones verdes

que se deshace en gotas de rocío

un pequeño burgués es lo que soy.

 

¡Qué me importan a mí los arreboles!

Sin embargo me subo a los balcones

para gritar a todo lo que doy

¡Viva la Cordillera de los Andes!

¡¡Muera la Cordillera de la Costa!!

 

Perdonadme si pierdo la razón

en el jardín de la naturaleza

pero debo gritar hasta morir

¡¡Viva la Cordillera de los Andes!!

¡¡¡Muera la Cordillera de la Costa!!

 

 

 

Púlpito libre

El personal se despacha a gusto dando opiniones sin medida.  Una veces lo hacen desde los púlpitos, otras, desde las cátedras, los blogs, los tweets o, lo más clásicos, desde la barra del bar, sobre todo si es barra libre.

 

No hay límites para la doxorrea (o fluido de opiniones).  Ocupan gran parte de discurso doxorreico los políticos, con su ineficacias, distanciamientos y corruptelas.  Les siguen de cerca alteridades varias, es decir, los otros, los enemigos, los que no son como el doxorreico y sus oyentes (futuros doxorreicos activos): las mujeres/hombres, los madrididistas/culés, los guiris, los moros, los ricos, los funcionarios, los ecologistas, los milenials, los calvos...

 

Los púlpitos del doxorreico son variados en el mundo virtual y mediático, pero también lo son a pie de calle.  Uno de los más terribles, por lo que tiene de incontrolable, es el asiento del conductor del taxi.   De ahí no te puedes escapar.  Recuerdo un viaje trepidante y terrorífico por las calles de Málaga en el que el taxista no paraba de opinar sandeces varias.  Para cortarlo, a alguien del pasaje se le ocurrió preguntar por el fútbol, potente desviador temático, pero el hombre dijo que no podía poner la radio porque el médico se lo había desaconsejado: "Por lo nervios".   Y seguimos disfrutando de semáforos en ámbar, curvas cerradas, frenadas y acelerones...

 

Otros son las reuniones de todo tipo: familiares (con el cuñado a la cabeza como arquetipo doxorreico), vecinales o laborales.  En estas últimas predomina el tópico "malditos jefes".  Luego están las colas, casi siempre de tiendas de barrio o de mercado de abastos.   Las de supermercados y bancos son más silenciosas y tristes: los bips del escáner, las deudas vergonzantes...

 

Pero sin duda el rey de los púlpitos populares es la ya mencionada barra del bar.  El efecto desinhibidor de las sustancias ingeridas (excitantes o embriagantes), la postura de codo-en-barra, la falta de libertad de los que han sido invitados a una ronda, la esperanza de tomar la palabra en cuanto se pueda meter cuña... hacen de esta situación el paraíso, el Xanadú, el Shangrilá del doxorreico.  Allí, además, cuenta con el apoyo argumental del televisor, que no para de suministrar catástrofes y chismorreos, con los que el doxorreico apuntala su discurso múltiple e inagotable, como una hidra de mil cabezas a la que no hay un Hércules que le corte el rollo.