Tal vez dormir

Un grupo de investigadores de Austria, Finlandia y Hungría ha descubierto que los árboles duermen.  Al parecer, cuando decae la luz pierden presión de turgencia, es decir, el agua que contienen se va hacia abajo y lo árboles dejan de hacer el esfuerzo de mantener las ramas erguidas, en busca del sol.  No es que se echen a roncar como un gato o se pongan pijama o chanel como una humana, pero se inclinan diez centímetros.  Se puede decir que echan una "ramada" o cabezada, como, por otra parte, ya sabíamos que hacen los girasoles.

 

Las personas gastamos ingentes cantidades de energía, es decir, de dinero, en mantener la luz durante las cíclicas tinieblas del planeta.  A veces, los fines de semana sobre todo, usamos persianas, cortinas, antifaces y almohadas, para evitar lo contrario y seguir durmiendo.  Dicen los investigadores que estamos haciendo la puñeta a los árboles de las ciudades, ya que, debido a la presencia de luz constante, no pueden descansar y acaban como los presos de Guantánamo, estresados y derrotados.

 

Y ¿cuál es la moraleja de esta historia?  Que hay que dormir, que hay saber seguir el ritmo de la naturaleza, que hay que darse de baja de Netflix, que hay que ver amanecer, un espectáculo maravilloso que sucede demasiado temprano.  En estos días tan ajetreados para los que nos dedicamos a la administración educativa, se echa de menos especialmente esa cronosincronía.  Los días se agolpan con sus tardes y sus noches y todo es un continuum de tablas, pantallas, papeles y peticiones.  Un no parar, pero hay que parar.  Aunque sea para escribir textos como este, para vivir y luego, si Hamlet me lo permite, tal vez dormir.

 

 

 

1937, 1984, 1997

George Orwell (el más alto de la foto) en la Guerra Civil española.
George Orwell (el más alto de la foto) en la Guerra Civil española.

El Gran Hermano estuvo a punto de no llegar a existir una madrugada de 1937.  George Orwell lo cuenta con detalle en su Homenaje a Cataluña.  Un francotirador fascista acertó a meterle una bala en el cuello durante el cerco de Huesca.  Detalles escabrosos aparte, lo evacuaron y uno de los médicos le dijo que había faltado exactamente un milímetro para que la bala le hubiera destrozado la carótida, lo que habría provocado una hemorragia masiva y forzosamente mortal.

 

Si Orwell hubiera muerto en 1937, en 1949 no habría publicado 1984 (cuya idea central se basa en la fuerte represión estalinista que se dio en aquella España múltiplemente dividida y radicalizada), por lo que en 1997 los holandeses de John de Mol Produkties tendrían que haber buscado otro título para ese programa de teleirrealidad que en España conduce (y el círculo se cierra) una presentadora catalana.

 

 

 

Piratas, corsarios y ex-malditos

Hace muchos años (unos lo recordarán, otras no lo creerán) existían solo dos cadenas de televisión.  Salir en la tele era como entrar en la fama.  No hacía falta promoción, ni evento de Facebook, ni tweets, ni carteles...  Había en una de aquellas dos cadenas, en la primera, un programa de sobremesa que se llamaba muy originalmente "La tarde".  Lo presentaba la ahora novelista Ángeles Caso.  Estaba yo en la facultad y una de esas tardes, de pronto, me encuentro allí sentado junto a la presentadora nada menos que a uno de mis maestros (del que quizá otro día hablaré con más detalle): Miguel Romero Esteo, premio del Consejo de Europa de Teatro, premio nacional de literatura dramática, dramaturgo de culto, profesor nuestro de Sociología de la Literatura en Málaga...  En un momento dado Ángeles le preguntó a Miguel si era o se consideraba (no recuerdo literalmente) un maldito.  Miguel, con la calma, la sorna, la sabiduría y el desparpajo del que siempre hace gala, se balanceó, bajó la cabeza unos segundos, la levantó y sentenció: "Malditos son los otros".

 

He recordado esta escena de mi juventud porque hace poco me topé con este vídeo de TED, en el que el compañero Alberto Sacido defiende su visión de ese cambio educativo que, como Tántalo con las manzanas o Sísifo con la piedra, no acaba de llegar nunca o nunca acabamos de palpar.   A este profesor lo llaman el "profe pirata", porque, supuestamente, rompe los esquemas de las clases convencionales trabajando por grupos y proyectos.  Lo curioso (y de ahí viene la relación con la reacción de Romero Esteo) es que comienza su disertación alegando que todo lo que hace está respaldado, incluso recomendado por la ley, ¡por la LOMCE!.  De manera que este hombre más bien debiera considerarse un corsario, que eran aquellos piratas con permiso de la reina para sabotear a los pobres galeones españoles cargados de plata y oro.

 

Se da pues una paradoja en la que quienes se presentan como partidarios de la tradición académica son los que no siguen las recomendaciones metodológicas de la ley, mientras los renovadores son los legalistas.  

 

Es como cuando Miguel Romero Esteo era un maldito marginal al que daban premios por Europa, metían en la lista de posibles nobeles y entrevistaban en una de las dos cadenas que existían.  Bendito sea, que diría un sorprendido parroquiano.

 

 

 

 

Momento kafkiano

Ayer mis alumnos vivieron un momento kafkiano.

 

Yo pensé que teníamos el examen sobre La metamorfosis y resulta que me había equivocado de semana.  Cuando vieron el texto y las preguntas preparados encima de la mesa, pusieron cara de "no, cielos, esto es una pesadilla, no he estudiado nada...".  Duró poco, porque se miraron unos a otros y comprobaron que ninguno de ellos estaba equivocado, que el equivocado era yo.

 

Insistí un instante en que sí había examen y volvieron a sus rostros el miedo y el estupor.  Cuando ya me convencieron de mi error les dije: "Bien, ya habéis vivido en vuestras propias carnes lo que es un momento kafkiano".

 

Algo tenía que decir.

 

 

Mi abuela y Manolita Chen

Esta es una historia verídica, aunque puede que un tanto distorsionada por los años.  Me la contó hace poco mi madre y me ha venido a la memoria ahora con motivo del fallecimiento de Manolita Chen.  

 

A los más jóvenes les diré que, aunque yo también soy joven para haberlo visto en persona, el teatro chino de Manolita Chen era un teatro musical y cómico itinerante que estaba siempre en un tris de que la censura lo cerrara, ya que era un sumidero de cuplés  picantes y atrevidos como "Arrímame la estufita", "Mi fiel pajarito" o "Qué sustito me entra".  Imaginen y pónganse en situación de postguerra moral.  En el teatro chino, creado por el marido de Manolita, Chen Tse-Ping, ex-lanzador de cuchillos que decidió no volver a su país por las revueltas de Chiang Kai Shek, empezaron artistas como El Fary, Tony Leblanc, Pajares, Esteso, Farina...  

 

Pues bien, a lo que íbamos.  En 1944 Manuela Fernández Pérez, ex-diana de cuchillos de Chen, se casó con su lanzador.  Supongo que la boda fue en Madrid (no he encontrado la referencia), pero por lo menos hubo una fiesta en las instalaciones del teatro, que en Málaga se asentaba junto al río Guadalmedina en la zona del Perchel.  Cuenta mi madre que ella y sus padres fueron a los alrededores del evento por pura curiosidad, supongo.  Por no sé qué misteriosas razones, mi abuela fue invitada (o arrastrada o convencida) a entrar en el convite.  Mi abuelo, hombre serio y cabal donde los hubiera, se volvió a casa ipso facto con mi madre.  Al tiempo mi abuela mandó a alguien con el recado de que estaba allí metida y no podía salir.  Este es otro de los misterios que rodean a esta historia.  ¿Por qué mi abuela no podía salir de la fiesta?, ¿feroces guerreros de terracota se lo impedían?, ¿compromiso social?  Nunca lo sabremos.  Lo que sí sabemos es que cuando volvió dijo que no había comido nada porque la comida no le gustaba.  He aquí otro enigma:  ¿había comida china?, ¿era comida convencional de poca calidad?, ¿no eran los "tiempos de la hambre"?  

 

La historia acaba aquí.  No hay moralejas.  No es un cuento chino.  Es real, pero un tanto incomprensible.  Como la vida misma.

 

 

 

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Cuando me paro a pensar...

Playa de El Palo, ayer
Playa de El Palo, ayer

Cuando me paro a pensar que lo que pienso está hecho con información de fuentes tan diversas...  En los repliegues de mi cerebro conviven los cuentos de Andersen y los de Borges, las guerras púnicas y las de las galaxias, los anuncios de gazpacho y la novena de Beethoven, Hiroshima y Georgie Dann, el jabón de las manos y los sonetos de Garcilaso, el padrino y las pelusas de debajo de la cama, caricias e instancias, un tinto de verano y el acorde de mi menor en la guitarra, Treblinka y Torremolinos, Sancho Panza y John Travolta, las reglas de las tildes y las del fútbol callejero, los papas y los boquerones en vinagre, la quinta declinación y las quintas columnas, las leyes de Mendel y Gloria Fuertes, las Pléyades y orzuelos, las canciones del verano y un haiku de Issa, Marx y Groucho, Ortega y Manet, los partidos políticos y los de verdiales, Sansón y Manila, Kioto y La Palma, el vecino de la tos y los crepes que hacía mi madre, este blog y los huevos fritos con tomate...  

 

Cuando me paro a pensar en esto, no sé qué pensar.  Será el verano, que es como una apisonadora para el pensamiento.

 

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Cumpleaños (otro)

Aquí dejo, como ya he hecho en otras ocasiones, un poema de A estas alturas, que viene a cuento en este día (tan señalado, que dicen los periodistas pedantes).

 

 

CUMPLEAÑOS

 

Un buen día lo precipitan a uno

desde no se sabe qué insondable altura

como a un saco lleno de sorpresas

y ese momento es ya una marca

en la falsa lista de los amaneceres.

 

Llegado ese momento  se cae

en la cuenta de que cada segundo

es como la bisagra

de la que sólo conocemos

una hoja o mejor

o peor aún, si me apuran,

que todos los minutos

son una broma tersa, brillante y resbaladiza

como este cuchillo de acero inocente

que divide el corazón de la tarta.

 

Sólo se piensa para atrás,

porque hacia adelante

en la parte de los dedos que señalan

la correcta dirección de nuestros pasos

no valen las nostalgias de talón,

que miren ustedes

por dónde murió aquel héroe.

 

Y uno ya está soplando

y es un céfiro de barraca de feria,

pues estas velas no mueven navío

ni buscan otro puerto que apagarse.

 

Y luego hacia los vasos,

como hacia la salida

y a través de sus cristales,

cuando se apuran los últimos sorbos

son tan feos los invitados,

que uno coge y escupe dentro

y simula un golpe de tos.

 

Pero al no verse luz alguna,

uno recuerda o inventa

que sólo se sale de donde

previamente se ha entrado

y que acaso no sea uno

ese saco de sorpresas

que los dioses tiraron a la tierra.

A lo más, la cuerda que lo ata

y de la que se vale el tiempo

para tirar con saña de las cosas

que ocurren o suceden.

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Funestas casualidades

Esta mañana un pianista se ha puesto a tocar "Imagine" en la puerta de la sala de conciertos Bataclan de París.  Esta mañana también (ignoro por qué serendípica razón) ha circulado por las redes la foto de los guardias civiles fallecidos en el atentado de la Plaza de la República Dominicana, ocurrido el 14 de julio (día de la fiesta nacional de Francia) de 1986.  El día después de la muerte de  John Lennon (8 de diciembre de 1980) iba yo al instituto y me junté por el camino con Andrés Fernández Pertierra.  Así como de pasada le comenté la noticia, sin saber él lo que había pasado, y sin saber yo que él era un fan grandísimo de Lennon y los suyos.  Se quedó casi en estado de shock, pero se fue reponiendo, entró en clase y aguantó hasta el final de la jornada.  


Seis años después, Andrés murió en aquel atentado y hoy alguien pone su foto en mi pantalla, mientras en la tele suena la música que trata de mitigar otro atentado, obra de un músico cuya muerte le comuniqué a Andrés hace ahora treinta y cuatro años.  Una rueda siniestra de casualidades.



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Aquella maldita medicina

Conocí a Luis González hace... puf, da miedo pensarlo... en el 89.  Coincidí con él en mi primer destino como profesor, en la pequeña y bonita ciudad de Medina-Sidonia.  Él daba griego y latín y yo, pues lo mío, Cervantes y el sintagma nominal.  No recuerdo cuál fue mi primera impresión del aspecto físico de Luis, porque de inmediato su personalidad alegre se impuso y las secuelas de la talidomida quedaron en un segundo o tercer plano.  Hicimos algunos viajes juntos (de estudios y de puro ocio).  Con los alumnos nos plantamos en la tan cacareada exposición de Velázquez en el Prado, pero no entramos por no hacer la no menos famosa cola.  Así que nos metimos en el resto del museo, que estaba casi abandonado.  Más tarde volvimos a Madrid (pasando por su casa familiar en Jaén) para ver a nuestros reverenciados Les Luthiers.  En aquella ocasión vimos, por recomendación suya, Bagdad Cafe en los cines Alphaville. En Medina Sidonia montamos un grupo carnavalesco que se llamó "Un negro en la corte del rey Arturo", en el que Luis hacía de Merlin y yo de Arturo, todo con un derroche hiperbólico de papel de aluminio.  Hay alguna foto por algún cajón, pero no es cuestión de airear deslices estéticos del pasado.

 

Luis y los suyos, los que sufrieron las consecuencias de aquella maldita medicina están intentado que, como ha pasado en otros países, se les indemnice.  Pero ya se sabe, las cosas en palacio van despacio... y en los de España lo van con saña.  Este pequeña entrada quiere ser una muestra de mi apoyo a las víctimas de la talidomida y a Luis González, ese amigo y profesor de Latín que un día fue Merlín.


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Las flores que salimos de su cabeza

La primera vez que Talycual se subió a un escenario fue para versionar una versión que Javier Krahe hizo de una canción de George Brassens.  Éramos menores de edad y era primavera.  Anticipándose casi cuarenta años a su imperfecto futuro, Eduardo Retamero olvidó unas cuantas estrofas y en menos de un minuto la bella, la traidora de Marieta ya estaba muerta.  Y yo con mi guitarra (y José Miguel con su pandereta en la cabeza) como sendos gilipollas.

 

Pasaron los años y la casualidad y nuestra osadía nos volvieron a acercar al maestro Krahe.  Fue una feria de agosto de Málaga. Para homenajear su canción "Nembutal". yo busqué en un vademécum medicinal que había por mi casa la fórmula del medicamento y nos hicimos un pancarta con la que nos plantamos en la caseta municipal.  Reventamos el concierto de la pobre Mari Trini y al final fuimos a los camerinos y le firmamos la pancarta que rezaba (lo recuerdo perfectamente) "ciclopental perhicroferantreno".  La pancarta tenía gracia pero más gracia tenía la cara de la gente con la que nos cruzábamos en el real.

 

Pasaron los años y volví a encontrarme con Krahe en un concierto en Algeciras.  Por alguna misteriosa (luego no tan misteriosa) razón, en el descanso del concierto se vino a hablar con nosotros.  Yo le recordé lo de la pancarta malagueña y él simuló recordarlo.  Luego Javier y su guitarrista se dedicaron a tirarles los tejos a nuestras mujeres de manera poco sutil.  De modo que hay quien va contando por ahí: soy amigo de un poeta malagueño, a cuya mujer le tiró los tejos un cantautor madrileño, a cuya mujer (canadiense) le tiró los tejos un cantautor (judío) canadiense.  Pelillos (cada vez menos) a la mar.

 

Pasaron más años todavía (parece mentira) y ya más maduros, seguimos haciendo tonterías.  Ahora era que Eduardo había compuesto una canción dedicada al maestro y se plantó en mi miniestudio casero para grabarla.  Yo le hice arreglos de fondo, ecualicé y edité un vídeo que (como corresponde) no fue trending topic ni prentendía serlo: https://www.youtube.com/watch?v=6LndCsAZtD8.  Ahí se explica en parte la fascinación que siempre ejerció sobre nosotros su sarcasmo, su inteligencia, su preciosismo verbal y su guasa trascendente.

 

Así que en este día en el que el maestro ha cogido su maleta de piel (para colmo), tengo que discrepar de las declaraciones que ha hecho su amigo Wyoming en el sentido de que "no ha dejado sustituto ni escuela".  Lo primero pase, pero lo segundo, no.  Hay muchas flores saliendo su cabeza.  Y más que saldrán.


 

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