Atajos y educación

Imagen de Pixabay.
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Voy a contarles una anécdota docente.  No me gusta contar muchas porque hay un nivel de discrecionalidad que no quiero rebasar.  Lo que pasa en la clase se queda en la clase (salvo que pregunten los padres o los inspectores).  Creo que en esta ocasión no se menosprecia ni vilipendia a nadie, sobre todo al alumnado, que siempre es el blanco de todas las chanzas posibles por parte del público general y no general.  Pero ese es otro tema peliagudo que se merece una entrada él solo.

 

Hace unos días  estábamos en clase haciendo un ejercicio de ampliación de vocabulario, (ese gran olvidado de los libros de texto, que lo trata de forma asistemática, esporádica y tangencial.  Salió la palabra "atajo".  Más de la mitad la conocía.  Pedí que pensaran ejemplos de contextos educativos, de su mundo, en los que se pudieran usar atajos.  Era de esperar que los más "brillantes", los "mejores" alumnos y alumnas levantaran la mano, pero de pronto veo que las manos que estaban levantadas eran las de los "malos" estudiantes, los desahuciados del sistema, los objetores, los cansados, los playstationadictos...  Ellos sabían los verdaderos atajos de la educación.  O creían saber, porque el primero que intervino dijo: "Que te aprueben por la cara".   Luego se habló de Formación Profesional Básica y de pruebas especiales para estudiar F. P.  Lástima que terminó la clase y no hubo tiempo para conocer más, como las chuletas, el gran clásico de los atajos, copiarse del compañero o del libro, los "cambiazos" o el último grito en tecnología, el pinganillo.

 

Esta anécdota viene a demostrar que el alumnado interviene, participa y se interesa cuando le interesa, es decir, cuando el asunto es de su interés.  Después de la clase, comentando el caso con una compañera, se me ocurrió un proyecto o un trabajo que se titulara "¿Cómo aprobar sin estudiar ni dar golpe?", "¿Cómo escaquearse constantemente en clase?", etc.  Sería la trampa perfecta: conseguir que los que no hacen nada escriban cien páginas sobre cómo no escribir nada.

 

 

 

 

Tediria

Libro de firmas con la foto del taller de poesía Tediria.  Dámaso Chicharro es el tercero por la izquierda sentado, junto a mi amigo Emilio Lobato.  Yo estoy delante de la primera i de Tediria, en una pose que no sé ni cómo calificar.
Libro de firmas con la foto del taller de poesía Tediria. Dámaso Chicharro es el tercero por la izquierda sentado, junto a mi amigo Emilio Lobato. Yo estoy delante de la primera i de Tediria, en una pose que no sé ni cómo calificar.

Acabo de llegar de un acto entrañable.  Después de casi 25 años nos hemos reunido ex-alumnos y ex-profesores del Instituto Sierra Bermeja de Málaga, para recordar la revista Tediria, en la que vieron la luz mis primeros textos, y la figura de Dámaso Chicharro, su creador e impulsor. 

 

Se han leído poemas y se han cantado canciones y cada cual ha contado su experiencia de aquellos años mágicos en los que surgieron músicos, poetas, actores y pintores en un nivel por encima de la media.  Mi visión del asunto es que lo que ocurrió en realidad sigue ocurriendo en el mero hecho de que estemos hablando de ello y de que muchos hayamos seguido creando desde aquellos años.

 

La presencia de la familia de Dámaso le ha dado al acto un sentido aun más entrañable si cabe y el reencuentro con antiguos compañeros y profesores ha sido muy reconfortante para todos.

 

Sé que esta entrada no va resultar interesante para muchas personas que no vivieron aquel momento ni conocieron a Dámaso Chicharro Duarte, a quien tanto le debo en mi vertiente de poeta.  Nunca podré olvidar que fue él quien publicó mi primer libro (La dulce faena) incluyéndome, como un polizón, en una nómina de poetas prestigiosos y consagrados.  Esta es la razón por la que quería dar, ahora mismo y en caliente, testimonio de este acto que acabamos de vivir y de esta persona con la que, como he dicho antes de leer mis poemas, a veces sueño.  En esos sueños Dámaso viene siempre hacia mí sonriente, me saluda cariñosamente y me mira con una curiosa connivencia, como queriéndome contar un valioso secreto del más allá que nunca acabo de conocer.  Quizá lo único que está diciendo es que, en realidad, no está muerto, sino dentro de mí y dentro de todos aquellos que lo conocimos, a los que quiso y que lo quisimos, cada vez más con el tiempo.

 

Por eso cuando he firmado sobre el escenario el libro de visitas que han abierto para el evento, he escrito: "Va por ti, Dámaso. Gracias".

 

 

 

De niños y de cerezos

Pétalos de sakura caídos tras la lluvia.
Pétalos de sakura caídos tras la lluvia.

Ya estoy de vuelta de este viaje tan especial a Japón.  Especial por las fechas que han abarcado (plena floración de los sakuras en Osaka) y por razones familiares, que son una mezcla agridulce de alegría y tristeza, tan paradójica y vital como el propio auge y caída de los pétalos del cerezo.

 

Cada vez que vuelvo tengo la tentación de contar una gran cantidad de cosas que luego no cuento.  Temo incurrir en el tópico del amigo pesado que no para de soltar anécdotas sin fin y de enseñar fotos a traición.  Por eso utilizo este medio, el blog, para ir dando fe de cosas que he visto, comido, olido y oído en mis estancias en Japón.  

 

A pesar de que hemos estado ocupados con asuntos domésticos, ha habido tiempo para ver y aprender.  Y para aprender a ver.  De esto quiero hablarles.  

 

Iba por la calle camino del supermercado y observo a un niño de unos seis años que iba solo por la calle a eso del mediodía.  No es la primera vez que veo niños yendo solos al colegio con sus mochilas impecables, pero este iba ligero de equipaje, que diría don Antonio, y como mirando a los lados, edificios, carteles... y hablando solo también.  Aunque me intrigó, no le di más importancia, pero a los pocos días nos contó una profesora de la Universidad de Osaka que existe la costumbre en Japón de que los niños vayan sin compañía de adultos al colegio desde el primer día.  Y, por supuesto andando o en autobús/metro.  Nada de atascos multitudinarios con policías y doblesfilas.  También nos dijo que, como Osaka (y sus alrededores) está considerada una gran zona urbana más o menos "peligrosa", las madres se colocan en ciertos tramos o esquinas y van "redirigiendo" a los niños en su recorrido de forma sutil e indirecta.  Al parecer el niño que me encontré estaba "en prácticas", ya que precisamente a principios de abril empiezan las clases en todos los niveles.  En ese sentido, como en otros, los japoneses viven según los ritmos de la naturaleza.

 

Y conforme a esos ritmos también llegué con la flor de cerezo y me fui cuando la lluvia arrancó y esparció sus pétalos por el suelo, lo que me llevó a escribir el siguiente haiku que ha traducido amablemente la profesora Tamiko Nakamura.  Han salido más.  Ya veré que hago con ellos.  Quizá acabarán siendo una sección de un futuro libro.

 

Y todo esto (no se olviden) gracias a la valentía y valía de nuestra corresponsal y ,desde ahora, profesora de español de la Universidad de Osaka, Fina G. Naranjo.

 

NOTA: Quienes quieran ver fotos de este viaje y un par de haikus más pueden entrar en la cuenta de Instagram "montecoronado".

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Satoris

La historia está llena de momentos cruciales (casualidades, traiciones, caídas de caballos...) que cambiaron el curso de los acontecimientos.  En la vida personal también los hay.  

 

Es cierto lo que dicen muchos sabios: que todo es un flujo indefinido de tendencias, movimientos sociales, características psicológicas...  Pero no menos verdad es que si, por poner un caso, el chófer de archiduque de Austria-Hungría no se hubiera equivocado de calle en Sarajevo, lo mismo el famoso atentado no se hubiera producido y se podrían haber evitado las dos guerras mundiales.  Nunca se sabe.  No creo que esos dos grandes conflictos fueran el colofón inexorable de un destino ineludible.  No quiero creerlo.

 

Un caso memorable de momento de cambio, de iluminación, de satori (como lo llaman en el zen) es el que cuenta Haruki Murakami.  Estaba en un partido de béisbol y en medio de una jugada entendió que tenía que escribir una novela.  Más tarde ahondó en el descubrimiento y resultó que era un novelista, no el dueño de un bar de jazz en Tokio.

 

En la vida de cada cual hay satoris de todo tipo e intensidad.  Unas veces descubrimos en una sonrisa una traición, en una noticia, la solución a un problema; en el reflejo de un charco, un recuerdo que nos conduce a la depresión; en el sabor de una magdalena, la decisión que no queríamos tomar.  El zen trabaja mucho este concepto y sus apólogos están llenos de repentinas iluminaciones, que llegan tras un golpe, una frase, un pájaro que canta a lo lejos...  Muchos haikus son el rastro de pequeñas iluminaciones que el poeta vierte en diecisiete sílabas con la esperanza de que otros se transformen momentáneamente:

 

      Canta el pequeño cuco

      precisamente hoy

      que no hay nadie.

 

Ayer en clase, explicando a Miguel Hernández, les conté a las alumnas (para dos alumnos que hay generalizo con el femenino) que leyendo la "Elegía a Ramón Sijé" sufrí una especie de iluminación "de piedras, rayos y hachas estridentes".   Luego vinieron más satoris y personas/satoris y casualidades... y acabé con un puñado de versos publicados por ahí.  Quizá si no me hubiera topado con ese poema en precisamente ese momento, ahora sería médico, novelista, cura o pertiguista.  Nunca se sabe. Por suerte.

 

 

 

¡Viva la Cordillera de los Andes!

Corrían los albores de los ochenta, aquellos años en los que nadie era responsable de casi nada.  Habíamos escapado indemnes de una dictadura, de un golpe de estado zarzuelero y pronto lo haríamos de Curro y Cobi.

 

En el instituto donde era alumno (el Sierra Bermeja de Málaga) nos reuníamos unos cuantos atrevidos y atrevidas adolescentes, en torno a poemas y a la buena compaña de Dámaso Chicharro, creador del taller de poesía Tediria.  Un buen día Dámaso apareció por allí con los antipoemas de Nicanor Parra y allí fue Troya.  De pronto descubrimos que había un mundo más allá de la taciturnidad de la transición, de los clásicos, los modernistas, Machado, Lorca, Hernández y demás.   El libro iba de mano en mano, como la falsa moneda, movido por la avidez de quienes buscan un tesoro de palabras... hasta que se perdió.  De entre todos los muchos y buenos poemas del maestro chileno nos gustaba, por lo coral y surrealista,  "Viva la Cordillera de los Andes".  Esta tarde, cuando he conocido la muerte de Nicanor Parra, he mandado algunos mensajes con ese texto.  Algún amigo de aquellos años me ha llamado preguntándomelo: "¿Ha muerto ya?".  Otros simplemente ha continuado el estribillo de aquel poema: "Muera la cordillera de la costa".  Otro ha opinado que ha sido una anti-muerte, una muerte pasada de fecha (¡103 años!).

 

Con el tiempo cada cual siguió su camino y el mío corrió paralelo a la cordillera de la poesía (explicándola, escribiéndola, recitándola, cantándola...) y cuando andaba buscando un título para uno de mis libros, lo encontré en unos versos de Nicanor Parra: "A propósito de escopeta / les recuerdo que el alma es inmortal".  

 

Y es que siempre (antes de conocer su obra) me encontré muy cómodo en los márgenes de la poesía, en la trinchera contraria a veces, pero sin tanto ahínco y contundencia como el maestro.  Falta de pulso o de valor, pusilanimidad estilística. 

 

Adiós, maestro del disparate razonable, de la rima tonta y profunda, del discurso truncado, de la frase certera, como pedrada de cabrero, el que dijo una cosa por otra, un embutido de carne y bestia.  Viva la cordillera que te parió.

 

 

Viva la Cordillera de los Andes

 

Tengo unas ganas locas de gritar

Viva la Cordillera de los Andes

Muera la Cordillera de la Costa.

 

La razón ni siquiera la sospecha

pero no puedo más:

¡Viva la Cordillera de los Andes!

¡Muera la Cordillera de la Costa!

 

Hace cuarenta años

que quería romper el horizonte

ir más allá de mis propias narices,

pero no me atrevía.

 

Ahora no, señores,

se terminaron las contemplaciones:

¡Viva la Cordillera de los Andes!

¡Muera la Cordillera de la Costa!

 

¿Oyeron lo que dije?

¡Se terminaron las contemplaciones!

¡Viva la Cordillera de los Andes!

¡Muera la Cordillera de la Costa!

 

Claro que no respondo

si se me cortan las cuerdas vocales

(en un caso como éste

es bastante probable que se corten).

 

Bueno, si se me cortan

quiere decir que no tengo remedio

que se perdió la última esperanza.

 

Yo soy un mercader

indiferente a las puestas de sol

un profesor de pantalones verdes

que se deshace en gotas de rocío

un pequeño burgués es lo que soy.

 

¡Qué me importan a mí los arreboles!

Sin embargo me subo a los balcones

para gritar a todo lo que doy

¡Viva la Cordillera de los Andes!

¡¡Muera la Cordillera de la Costa!!

 

Perdonadme si pierdo la razón

en el jardín de la naturaleza

pero debo gritar hasta morir

¡¡Viva la Cordillera de los Andes!!

¡¡¡Muera la Cordillera de la Costa!!

 

 

 

Púlpito libre

El personal se despacha a gusto dando opiniones sin medida.  Una veces lo hacen desde los púlpitos, otras, desde las cátedras, los blogs, los tweets o, lo más clásicos, desde la barra del bar, sobre todo si es barra libre.

 

No hay límites para la doxorrea (o fluido de opiniones).  Ocupan gran parte de discurso doxorreico los políticos, con su ineficacias, distanciamientos y corruptelas.  Les siguen de cerca alteridades varias, es decir, los otros, los enemigos, los que no son como el doxorreico y sus oyentes (futuros doxorreicos activos): las mujeres/hombres, los madrididistas/culés, los guiris, los moros, los ricos, los funcionarios, los ecologistas, los milenials, los calvos...

 

Los púlpitos del doxorreico son variados en el mundo virtual y mediático, pero también lo son a pie de calle.  Uno de los más terribles, por lo que tiene de incontrolable, es el asiento del conductor del taxi.   De ahí no te puedes escapar.  Recuerdo un viaje trepidante y terrorífico por las calles de Málaga en el que el taxista no paraba de opinar sandeces varias.  Para cortarlo, a alguien del pasaje se le ocurrió preguntar por el fútbol, potente desviador temático, pero el hombre dijo que no podía poner la radio porque el médico se lo había desaconsejado: "Por lo nervios".   Y seguimos disfrutando de semáforos en ámbar, curvas cerradas, frenadas y acelerones...

 

Otros son las reuniones de todo tipo: familiares (con el cuñado a la cabeza como arquetipo doxorreico), vecinales o laborales.  En estas últimas predomina el tópico "malditos jefes".  Luego están las colas, casi siempre de tiendas de barrio o de mercado de abastos.   Las de supermercados y bancos son más silenciosas y tristes: los bips del escáner, las deudas vergonzantes...

 

Pero sin duda el rey de los púlpitos populares es la ya mencionada barra del bar.  El efecto desinhibidor de las sustancias ingeridas (excitantes o embriagantes), la postura de codo-en-barra, la falta de libertad de los que han sido invitados a una ronda, la esperanza de tomar la palabra en cuanto se pueda meter cuña... hacen de esta situación el paraíso, el Xanadú, el Shangrilá del doxorreico.  Allí, además, cuenta con el apoyo argumental del televisor, que no para de suministrar catástrofes y chismorreos, con los que el doxorreico apuntala su discurso múltiple e inagotable, como una hidra de mil cabezas a la que no hay un Hércules que le corte el rollo. 

 

 

 

 

La muerte de mi amor

Seguramente no habrán visto (ni oído hablar de) esta película: La muerte de mi amor.  Es de mediados de los cuarenta, en plena posguerra, cuando mi madre tenía diez años aproximadamente.  Digo que no habrán oído hablar de ella, porque no existe.  Es un título que se inventó mi madre sobrevenidamente o, como dicen mis alumnos/as, por la cara.  En una supuesta y remota conversación de aquellos legendarios tiempos alguien le preguntó:

   —Pepita, ¿dónde has estado?".  

   A lo que ella respondió:

   —En el cine Rialto. 

   —Y ¿qué película has visto?

   —La muerte de mi amor.

 

Así, por la buenas, amalgamando con ingenio sincrético las tramas y títulos de muchas películas que tratan esos dos temas axiales de la narrativa de todos los tiempos.

 

En mi modesta opinión de hijo y de fan de una y de otro, Borges no llegó a la altura de mi madre cuando dijo aquello de que cuatro son las historias que se repiten a lo largo de toda la literatura: el cerco, el regreso, la búsqueda y el sacrificio.  

 

Lo siento por mis colegas borgeanos: Borges es único, pero madre no hay más que una.

 

 

 

 

Cuerpo, mente y maquinistas japoneses

 

Nunca me había parado a pensar en los gestos que hacen los maquinistas de los trenes en Japón.  Al salir de las estaciones, al llegar a ellas o en determinados puntos del recorrido señalan hacia adelante o hacia algún lado con el brazo y la mano apuntando con el índice.  Otras veces señalan el listado de estaciones que figura en un papel que está en la cabina.  Me gusta ponerme cerca de la cabina en los pequeños trenes locales y contemplar esta coreografía minimalista, que va acompañada de frases en voz alta que no oía por el cristal aislante.  Supuse que era una tradición más de un país plagado de ellas, pero es algo más.

 

Este ritual, que se llama shisa kanko se remonta a principios del siglo XX, cuando un conductor de trenes de vapor, llamado Yasoichi Hori, había empezado a perder la vista.  Temeroso de saltarse alguna señal, le preguntaba a su compañero, que la confirmaba.  Alguien que fue testigo de la escena pensó que esas confirmaciones podrían ser un buen sistema de seguridad para todos los maquinistas.  Y así nació el código que empezó a utilizarse poco después.

 

En teoría escuchar la propia voz y gesticular estimula la atención del cerebro.  En 1994 se llevó a cabo una investigación que lo demostró.  Los sujetos que verbalizaban y "gestualizaban" los pensamientos redujeron un 85% la tasa de error.

 

Es algo que siempre he pensado de manera más o menos difusa.  Hablar es algo más que comunicar a un oyente una cierta información.  Es también comunicarse (en el sentido reflexivo del "se"), autocomunicar.  Y la expresión física de un pensamiento supongo que pondrá en funcionamiento más zonas del cerebro, distintas de las famosas de Broca y Wernicke.   Los mediterráneos sabemos esto muy bien, por eso quizá a san Agustín de Hipona le resultó tan raro ver a san Ambrosio leyendo en voz baja.

 

Recuerdo que siendo estudiante de instituto, nuestro profesor de Filosofía, José Rodríguez Galán, nos sacó al patio para enseñarnos la teoría heliocéntrica de Copérnico.  Tres alumnos hicimos las veces del Sol, la Luna y la Tierra.  De esta manera comprendimos mucho mejor que con un esquema o una disertación meramente verbal.

 

Cuerpo y pensamiento, esos divorciados artificiales, una dicotomía que no entienden muchas culturas y religiones, porque ¿acaso no es el cerebro una parte más del cuerpo?

 

 

 

 

Las ciudades del maestro

Antonio Jiménez Millán ha sido un maestro en el amplio sentido de la palabra.  Recuerdo mis inicios en el taller de poesía Tediria, al que acudió en petit comité, altruistamente, a dar lo que ahora se llama una master class.  En aquella mesa del instituto Sierra Bermeja nos leyó sus poemas, nos habló de su visión del la poesía actual y habló de nuestros textos, publicados en la revista.  Se puso a elogiar un relato mío muy denso y novelanegresco, que nunca he vuelto a publicar.  Su benevolencia es infinita.   Poco tiempo después fui su alumno, ya formalmente, en la asignatura de Literatura catalano-provenzal (qué tiempos aquellos en los que Cataluña no era una caja de bombas, sino una parte de nuestra cultura). 

 

Ciudades es una antología excepcional que abarca desde 1980 a 2015, con un prólogo espectacular del Luis García Montero.  El autor sabe inmiscuirnos en su mundo con una técnica envidiable, un verso libre de rima, pero exacto y elegante en el uso de la medida, en torno al heptasílabo y el endecasílabo.

 

La voz que nos habla es serena, sobria, culta, lúcida y pausada.  Quizá el meollo de su poética se encuentre en el cruce de los ejes temporales y espaciales, un cronotopos en el que se funden la reflexión sobre la memoria y la ciudad como escenario del proceso vital.   Desde Baudelaire la ciudad se ha convertido en un personaje más de la poesía, en un símbolo también de la fugacidad del mundo, del anonimato de ser humano ante una realidad cambiante, que sólo la fuerza de la palabra poética es capaz de conjurar:

 

     Me pregunto si es ésta mi ciudad,

     si era yo quien subía por las sendas del bosque,

     quien cruzaba los puentes

     cerca de las murallas y del frío

     que ahora me resulta muy extraño.

 

Las referencias a otros escritores son constantes en casi todos los poemas.  La cultura no se entiende aquí como un rasgo de aislamiento y erudición banal, sino en una respuesta consciente, en palabras de García Montero, "un modo de resistir y superar la condena al anonimato de los otros, el deseo de buscar rostros en una multitud que camina hacia la nada".  La conversación con sus colegas presentes y pasados es evidente en las citas y en la presencia de autores en el mismo cuerpo de los poemas, pero otras veces es más sutil, apta sólo para lectores más avezados.

 

En suma, literatura de la buena, de esa que deja un poso inolvidable, que nos ayuda, por identificación o catarsis, a afrontar los fracasos personales y colectivos, a paladear como un licor añejo, las alegrías de la carne y de la propia literatura.

 

Como dice el prologuista, la poesía de Antonio Jiménez Millán es "una de las más sólidas de la literatura española contemporánea".  Este volumen lo atestigua y estos versos que les traslado pueden corroborarlo parcialmente:

 

            CLANDESTINIDAD

                    (1974)

 

     Ha guardado la llave del desván

     que esconde un manifiesto

     con cubierta roja,

     los pasquines,

     la prensa clandestina.

 

     Ha salido a la calle.

     Extraño en su ciudad

     ni un solo día deja de sentir

     los pasos que se acercan,

     los ojos que vigilan sin descanso.

     Ni en sueños lo abandona.

 

     Al cabo de los años,

     ha vuelto a visitar aquella casa.

     El miedo sobrevive en la humedad

     de aquel rincón umbrío,

     igual que algunas páginas borradas

     entre la ropa vieja.

 

(Sé que ha pasado mucho tiempo desde la presentación de este libro en el Centro Andaluz de la Letras.  Pido disculpas a Antonio por la tardanza y le doy las gracias por haber puesto en nuestras estanterías y en nuestras vidas estas Ciudades).

 

 

 

 

Seis libros, un año

La vida viene como viene y en las últimas semanas (meses casi), el nivel de trabajo y complicaciones de diverso tipo me han ido impidiendo el acceso a este blog.  Tenía especial interés en reseñar cuatro libros de autores a los que conozco y admiro.

 

Los otros dos a los que alude el título de esta entrada son los míos, De la palma al cerezo y En cuanto al otoño.  Del primero ya hablé en su momento (eran tiempos menos turbulentos).  Hubo una presentación en el Centro Cultural Mª Victoria Atencia y otros dos recitales, en la librería La Mínima y en el Ateneo de Málaga (al margen de uno previo que dimos en el Centro Internacional de Español de la UMA a principios de mayo). Incluso hubo reseñas de críticos y escritores como Isabel Bono, Antonio Rivero Taravillo, Arturo del Villar y Antonio Aguilar. 

 

Sin embargo, En cuanto al otoño, de reciente aparición, solo ha contado por el momento con una brevísima presentación en la redes sociales.  Cosas del mundo digital. Copio lo que conté allí:

 

"Y ya está aquí En cuanto al otoño, un libro digital que es una antología personal en la que he incluido poemas (muchos), relatos, teatro y aforismos (menos). 


Tengo que agradecer su aparición a varias personas. Ante todo el editor Guillermo Camacho y a Lucas Ruiz por su intercesión y revisiones. También a Emilio Lobato Montes y a Fina G. Naranjo, que han corregido y/o aportado consejos y fotos para la portada.


Como es publicación digital (y danesa), no podré firmar ejemplares (ni regalar, ni mandar a nadie...), pero también será más fácil acceder a ella. 


Gracias a todo ellos y ella y a ustedes, si lo compran, o por el mero hecho de haber leído hasta aquí.

Aquí va la síntesis/presentación:

 

"Esta antología reúne por primera vez obra poética, narrativa y dramática del escritor español Ángel L. Montilla Martos. Aunque es preponderante la poesía, el autor nunca ha abandonado desde sus orígenes la escritura de relatos y, más tardíamente, la de pequeñas obras teatrales que han sido estrenadas en diversos escenarios. Los poemas aquí recogidos abarcan más de treinta años ininterrumpidos de producción, desde versos escritos en la juventud hasta los más recientes. Se trata de una poesía muy variopinta, irónica, intelectual, sarcástica, culturalista y popularista a partes iguales, un caso verdaderamente anómalo en el panorama poético en lengua española. Montilla a veces es un constructor de sonetos, de romances, octavas reales o haikus y otras apuesta por un verso libre, cercano a la coloquialidad, con amplias referencias culturales y metalingüísticas. Otro elemento de la poética de nuestro autor es la tendencia muy generalizada a la síntesis y a la brevedad. Los dos relatos que recogemos en esta antología, dispares en su extension, coinciden en la temática histórica o historicista, otra de las aficiones del autor, sin dejar de abordar, como en sus poemas, contenidos metaliterarios (Calderón de la Barca, Garcilaso…). Los textos dramáticos, de más reciente creación, reinciden en las formas sintéticas y en el humor, mientras explora las relaciones de pareja o reflexiona sobre el devenir temporal y la relatividad del mundo cultural del que el ser humano es, al mismo tiempo, actor y espectador". 

 

 

En breve (no sé si podré antes de que termine el año) subiré las reseñas de los cuatro libros de los amigos.

 

Así que no me voy a quejar por este año tan prolífico en lo musical y lo literario.  Ojalá el que viene sea la mitad de fructífero que este.  Con eso me conformo.

 

Les deseo a todos que tengan un buen tránsito hacia el próximo año y que, ya puestos, la bonanza se prolongue durante los doce meses restantes o, por lo menos, hasta estas fechas en las que nos deseemos de nuevo lo mejor para el 19.

 

Y recuerden, si beben, tengan cuidado con el confeti que flota en el cava.