Momento kafkiano

Ayer mis alumnos vivieron un momento kafkiano.

 

Yo pensé que teníamos el examen sobre La metamorfosis y resulta que me había equivocado de semana.  Cuando vieron el texto y las preguntas preparados encima de la mesa, pusieron cara de "no, cielos, esto es una pesadilla, no he estudiado nada...".  Duró poco, porque se miraron unos a otros y comprobaron que ninguno de ellos estaba equivocado, que el equivocado era yo.

 

Insistí un instante en que sí había examen y volvieron a sus rostros el miedo y el estupor.  Cuando ya me convencieron de mi error les dije: "Bien, ya habéis vivido en vuestras propias carnes lo que es un momento kafkiano".

 

Algo tenía que decir.

 

 

Mi abuela y Manolita Chen

Esta es una historia verídica, aunque puede que un tanto distorsionada por los años.  Me la contó hace poco mi madre y me ha venido a la memoria ahora con motivo del fallecimiento de Manolita Chen.  

 

A los más jóvenes les diré que, aunque yo también soy joven para haberlo visto en persona, el teatro chino de Manolita Chen era un teatro musical y cómico itinerante que estaba siempre en un tris de que la censura lo cerrara, ya que era un sumidero de cuplés  picantes y atrevidos como "Arrímame la estufita", "Mi fiel pajarito" o "Qué sustito me entra".  Imaginen y pónganse en situación de postguerra moral.  En el teatro chino, creado por el marido de Manolita, Chen Tse-Ping, ex-lanzador de cuchillos que decidió no volver a su país por las revueltas de Chiang Kai Shek, empezaron artistas como El Fary, Tony Leblanc, Pajares, Esteso, Farina...  

 

Pues bien, a lo que íbamos.  En 1944 Manuela Fernández Pérez, ex-diana de cuchillos de Chen, se casó con su lanzador.  Supongo que la boda fue en Madrid (no he encontrado la referencia), pero por lo menos hubo una fiesta en las instalaciones del teatro, que en Málaga se asentaba junto al río Guadalmedina en la zona del Perchel.  Cuenta mi madre que ella y sus padres fueron a los alrededores del evento por pura curiosidad, supongo.  Por no sé qué misteriosas razones, mi abuela fue invitada (o arrastrada o convencida) a entrar en el convite.  Mi abuelo, hombre serio y cabal donde los hubiera, se volvió a casa ipso facto con mi madre.  Al tiempo mi abuela mandó a alguien con el recado de que estaba allí metida y no podía salir.  Este es otro de los misterios que rodean a esta historia.  ¿Por qué mi abuela no podía salir de la fiesta?, ¿feroces guerreros de terracota se lo impedían?, ¿compromiso social?  Nunca lo sabremos.  Lo que sí sabemos es que cuando volvió dijo que no había comido nada porque la comida no le gustaba.  He aquí otro enigma:  ¿había comida china?, ¿era comida convencional de poca calidad?, ¿no eran los "tiempos de la hambre"?  

 

La historia acaba aquí.  No hay moralejas.  No es un cuento chino.  Es real, pero un tanto incomprensible.  Como la vida misma.

 

 

 

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Cuando me paro a pensar...

Playa de El Palo, ayer
Playa de El Palo, ayer

Cuando me paro a pensar que lo que pienso está hecho con información de fuentes tan diversas...  En los repliegues de mi cerebro conviven los cuentos de Andersen y los de Borges, las guerras púnicas y las de las galaxias, los anuncios de gazpacho y la novena de Beethoven, Hiroshima y Georgie Dann, el jabón de las manos y los sonetos de Garcilaso, el padrino y las pelusas de debajo de la cama, caricias e instancias, un tinto de verano y el acorde de mi menor en la guitarra, Treblinka y Torremolinos, Sancho Panza y John Travolta, las reglas de las tildes y las del fútbol callejero, los papas y los boquerones en vinagre, la quinta declinación y las quintas columnas, las leyes de Mendel y Gloria Fuertes, las Pléyades y orzuelos, las canciones del verano y un haiku de Issa, Marx y Groucho, Ortega y Manet, los partidos políticos y los de verdiales, Sansón y Manila, Kioto y La Palma, el vecino de la tos y los crepes que hacía mi madre, este blog y los huevos fritos con tomate...  

 

Cuando me paro a pensar en esto, no sé qué pensar.  Será el verano, que es como una apisonadora para el pensamiento.

 

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Cumpleaños (otro)

Aquí dejo, como ya he hecho en otras ocasiones, un poema de A estas alturas, que viene a cuento en este día (tan señalado, que dicen los periodistas pedantes).

 

 

CUMPLEAÑOS

 

Un buen día lo precipitan a uno

desde no se sabe qué insondable altura

como a un saco lleno de sorpresas

y ese momento es ya una marca

en la falsa lista de los amaneceres.

 

Llegado ese momento  se cae

en la cuenta de que cada segundo

es como la bisagra

de la que sólo conocemos

una hoja o mejor

o peor aún, si me apuran,

que todos los minutos

son una broma tersa, brillante y resbaladiza

como este cuchillo de acero inocente

que divide el corazón de la tarta.

 

Sólo se piensa para atrás,

porque hacia adelante

en la parte de los dedos que señalan

la correcta dirección de nuestros pasos

no valen las nostalgias de talón,

que miren ustedes

por dónde murió aquel héroe.

 

Y uno ya está soplando

y es un céfiro de barraca de feria,

pues estas velas no mueven navío

ni buscan otro puerto que apagarse.

 

Y luego hacia los vasos,

como hacia la salida

y a través de sus cristales,

cuando se apuran los últimos sorbos

son tan feos los invitados,

que uno coge y escupe dentro

y simula un golpe de tos.

 

Pero al no verse luz alguna,

uno recuerda o inventa

que sólo se sale de donde

previamente se ha entrado

y que acaso no sea uno

ese saco de sorpresas

que los dioses tiraron a la tierra.

A lo más, la cuerda que lo ata

y de la que se vale el tiempo

para tirar con saña de las cosas

que ocurren o suceden.

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Funestas casualidades

Esta mañana un pianista se ha puesto a tocar "Imagine" en la puerta de la sala de conciertos Bataclan de París.  Esta mañana también (ignoro por qué serendípica razón) ha circulado por las redes la foto de los guardias civiles fallecidos en el atentado de la Plaza de la República Dominicana, ocurrido el 14 de julio (día de la fiesta nacional de Francia) de 1986.  El día después de la muerte de  John Lennon (8 de diciembre de 1980) iba yo al instituto y me junté por el camino con Andrés Fernández Pertierra.  Así como de pasada le comenté la noticia, sin saber él lo que había pasado, y sin saber yo que él era un fan grandísimo de Lennon y los suyos.  Se quedó casi en estado de shock, pero se fue reponiendo, entró en clase y aguantó hasta el final de la jornada.  


Seis años después, Andrés murió en aquel atentado y hoy alguien pone su foto en mi pantalla, mientras en la tele suena la música que trata de mitigar otro atentado, obra de un músico cuya muerte le comuniqué a Andrés hace ahora treinta y cuatro años.  Una rueda siniestra de casualidades.



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Aquella maldita medicina

Conocí a Luis González hace... puf, da miedo pensarlo... en el 89.  Coincidí con él en mi primer destino como profesor, en la pequeña y bonita ciudad de Medina-Sidonia.  Él daba griego y latín y yo, pues lo mío, Cervantes y el sintagma nominal.  No recuerdo cuál fue mi primera impresión del aspecto físico de Luis, porque de inmediato su personalidad alegre se impuso y las secuelas de la talidomida quedaron en un segundo o tercer plano.  Hicimos algunos viajes juntos (de estudios y de puro ocio).  Con los alumnos nos plantamos en la tan cacareada exposición de Velázquez en el Prado, pero no entramos por no hacer la no menos famosa cola.  Así que nos metimos en el resto del museo, que estaba casi abandonado.  Más tarde volvimos a Madrid (pasando por su casa familiar en Jaén) para ver a nuestros reverenciados Les Luthiers.  En aquella ocasión vimos, por recomendación suya, Bagdad Cafe en los cines Alphaville. En Medina Sidonia montamos un grupo carnavalesco que se llamó "Un negro en la corte del rey Arturo", en el que Luis hacía de Merlin y yo de Arturo, todo con un derroche hiperbólico de papel de aluminio.  Hay alguna foto por algún cajón, pero no es cuestión de airear deslices estéticos del pasado.

 

Luis y los suyos, los que sufrieron las consecuencias de aquella maldita medicina están intentado que, como ha pasado en otros países, se les indemnice.  Pero ya se sabe, las cosas en palacio van despacio... y en los de España lo van con saña.  Este pequeña entrada quiere ser una muestra de mi apoyo a las víctimas de la talidomida y a Luis González, ese amigo y profesor de Latín que un día fue Merlín.


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Las flores que salimos de su cabeza

La primera vez que Talycual se subió a un escenario fue para versionar una versión que Javier Krahe hizo de una canción de George Brassens.  Éramos menores de edad y era primavera.  Anticipándose casi cuarenta años a su imperfecto futuro, Eduardo Retamero olvidó unas cuantas estrofas y en menos de un minuto la bella, la traidora de Marieta ya estaba muerta.  Y yo con mi guitarra (y José Miguel con su pandereta en la cabeza) como sendos gilipollas.

 

Pasaron los años y la casualidad y nuestra osadía nos volvieron a acercar al maestro Krahe.  Fue una feria de agosto de Málaga. Para homenajear su canción "Nembutal". yo busqué en un vademécum medicinal que había por mi casa la fórmula del medicamento y nos hicimos un pancarta con la que nos plantamos en la caseta municipal.  Reventamos el concierto de la pobre Mari Trini y al final fuimos a los camerinos y le firmamos la pancarta que rezaba (lo recuerdo perfectamente) "ciclopental perhicroferantreno".  La pancarta tenía gracia pero más gracia tenía la cara de la gente con la que nos cruzábamos en el real.

 

Pasaron los años y volví a encontrarme con Krahe en un concierto en Algeciras.  Por alguna misteriosa (luego no tan misteriosa) razón, en el descanso del concierto se vino a hablar con nosotros.  Yo le recordé lo de la pancarta malagueña y él simuló recordarlo.  Luego Javier y su guitarrista se dedicaron a tirarles los tejos a nuestras mujeres de manera poco sutil.  De modo que hay quien va contando por ahí: soy amigo de un poeta malagueño, a cuya mujer le tiró los tejos un cantautor madrileño, a cuya mujer (canadiense) le tiró los tejos un cantautor (judío) canadiense.  Pelillos (cada vez menos) a la mar.

 

Pasaron más años todavía (parece mentira) y ya más maduros, seguimos haciendo tonterías.  Ahora era que Eduardo había compuesto una canción dedicada al maestro y se plantó en mi miniestudio casero para grabarla.  Yo le hice arreglos de fondo, ecualicé y edité un vídeo que (como corresponde) no fue trending topic ni prentendía serlo: https://www.youtube.com/watch?v=6LndCsAZtD8.  Ahí se explica en parte la fascinación que siempre ejerció sobre nosotros su sarcasmo, su inteligencia, su preciosismo verbal y su guasa trascendente.

 

Así que en este día en el que el maestro ha cogido su maleta de piel (para colmo), tengo que discrepar de las declaraciones que ha hecho su amigo Wyoming en el sentido de que "no ha dejado sustituto ni escuela".  Lo primero pase, pero lo segundo, no.  Hay muchas flores saliendo su cabeza.  Y más que saldrán.


 

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Publicación en Japón

Hace unos meses, casi un año ya, el recientemente fallecido profesor Yamazaki me ofreció participar en un libro que conmemoraba el cuarto centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote.  No tardé nada en aceptar.  Había distintas posibilidades de formato y género y al final propuse escribir un relato.  Me centré en un suceso posible, probable, pero no probado: el hipotético encuentro entre Cervantes y Hasekura Tsunenaga, responsable de la embajada Keicho, que visitó al rey Felipe III en Madrid en febrero de 1615.  Lo titulé de forma pendante, barroca o cervantina "Donde se refieren apócrifamente algunos tropiezos, diálogos y ocurrencias que acontecieron a don Miguel de Cervantes y otro suceso de felice recordación". 

 

Dado que el libro se pensó para la venta en Japón, el relato lo tradujo el profesor Yamazaki y ahí está, sin que lo entienda cabalmente ni el propio autor que les habla.  La editorial es Ronso Sha de Tokio y por lo que que he logrado traducir toscamente se titula La época de don Quijote.

 

No es mi primera publicación en Japón.  Al margen de varias colaboraciones en Acueducto y el blog Paralelo 36º, escribí unos artículos para un libro colectivo sobre España, que salió a la venta en 2013.  Pero este relato tiene un valor especial por tres razones: por ser creación literaria, por ser un homenaje a la segunda parte del Quijote (en mi opinión y en la de muchos, mejor que la primera) y por haber sido traducido por el profesor Yamazaki.

Aquí les dejo unas fotos al respecto:  

 

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El Quijote de Japón

El profesor Yamazaki en un parque a las afueras de Kioto.
El profesor Yamazaki en un parque a las afueras de Kioto.

Ayer recibimos la triste noticia de la muerte del profesor Shinzo Yamazaki.  Hace unos años tuve la suerte de conocerlo en Kioto y les conté la anécdota en una entrada de este blog


Aquel hombre nos divirtió con sus chistes y sus peripecias en la España de los setenta, una de las cuales consistió en hacerle un par de llaves de yudo al mismísimo José Luis López Vázquez en ¡Cuidado con las señoras!


En los últimos meses de su estancia en Japón, Yamazaki resultó un apoyo personal muy agradable para nuestra corresponsal.  Luego seguimos en contacto y nos envió algunos de sus libros.  Se especializó en paremiología (estudios de refranes y proverbios) y en el Quijote.  De hecho se convirtió poco a poco en uno de los mayores paladines defensores y difusor del Quijote en Japón, con un toque sanchopancesco por aquello de su sentido del humor y su gusto por los refranes. 


Ha querido el azar, la fortuna, la serendipia o los kamis que fallezca el profesor Yamazaki el año del aniversario de la publicación de la segunda parte del Quijote, para el que preparaba un volumen homenaje en el que participan (¿participarán?) escritores y estudiosos españoles.  Ignoro qué será de este proyecto.  Me imagino que otros colaboradores lo culminarán, si no lo hizo él mismo con sus últimas fuerzas.

 

Descanse en paz este amigo de España y de todos los que lo conocieron.



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El tsunami de tsunami

Ayer me pasó la siguiente anécdota en clase.  Tocaba hablar de la literatura del siglo XVIII.  Les conté (¡aunque no viene en el libro!) que en aquel siglo se creó la Real Academia de la Lengua con su famoso lema detergente.  Les dije que uno de los problemas que abordó la institución fue la invasión de galicismos.  A continuación hablamos muy de pasada del Cándido de Voltaire y les conté (¡aunque no viene en el libro!) que en un momento de la famosa novela filosófica los protagonistas llegan a Lisboa, justo después de haber sido arrasada por el terremoto y tsunami de 1755.  Inmediatamente caí en la cuenta y maticé: "Bueno, en realidad entonces no se llamaba tsunami".  Una alumna brillante me miró con cara de sorprendida y me preguntó cómo se nombraba entonces a ese fenómeno natural.  Cuando dije "maremoto", las caras de sorpresa ya fueron generalizadas: parecía que había dicho nefalibata o esternocleidomastoideo.  


Y ahora que lo pienso, cuando tuvieron lugar los dos recientes maremotos del Índico y de Japón, nunca oí usar la palabra latina, a pesar de ser la hermana mojada y salada de terremoto.  Así que el tsunami de tsunami de los medios de comunicación barrió la palabra maremoto del vocabulario activo (y más tarde pasivo) de gran parte de la población española y, supongo, occidental.


La otra palabra japonesa que ha triunfado en los informativos ha sido kamikaze, aunque en este caso quizá se pueda excusar porque carecemos de una palabra para atacante suicida.  Lo mismo que hace más de un siglo nadie sabía cómo llamar a esos veintidós ingleses que corrían sudorosos y enrojecidos tras una pelota en las minas de Huelva.



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