Frivolidades

Mucho tiempo ha pasado desde la última entrada.  Hasta de una año a otro hemos saltado.  Las razones son muchas y variadas.  La primera quizá es que, por pura pereza o comodidad, me he pasado al microblogging, sobre todo en Facebook.  Además he estado de viaje por ese país que ustedes imaginan.  Hemos visitado Osaka, la querida Kioto y el monte Koya, lugar sagrado, donde está enterrado (otros dicen meditando eternamente) Kobo Daishi, una especie de Leonardo japonés, que inventó, entre otras cosas el silabario hiragana.  Sufrí un microtrauma cuando creí que estaba perdiendo mi escaso japonés, pero es que había una cantidad ingente de chinos por todos lados y, claro, no cogía nada.   Bueno, la vida sigue y ando metido en varios saraos artísticos y profesionales que ya les iré contando si viene al caso.

 

Lo que me ha hecho volver al blog ha sido el incidente que llamaremos "del comentario de texto".  Como quizá sabrán, unos titiriteros han sido encarcelados por apología del terrorismo, debido a que aparecía cierto cartelito (pequeñito) en una obra no apta para todos los públicos ni, al parecer, poderes públicos.  No soy nadie para juzgar a un juez, pero los Jueces por la Democracia sí.  Ellos son quienes han dicho que no concurrían las circunstancias para el encarcelamiento.  Al final los han soltado, pero, oh absurdo de los absurdos, los títeres siguen bajo custodia policial.  Como si fuera muy difícil coger un trozo de tela y pegamento y volverlos a hacer.  Y para dar un giro más a la espiral esperpéntica, la policía ha identificado a un joven que iba vestido (¡en pleno carnaval!) de los títeres o titiriteros de marras.  No quiero ponerme pedante y profesoresco, pero, para resumir, la presencia de un elemento en una obra de ficción puede cumplir funciones muy distintas.  ¿Incitaba Shakespeare al suicidio con la famosa escena de Hamlet? ¿Lo hacia al asesinato el orondo Hitchcock cuando lo de la cortina de la ducha?  A parecer, el cartelito apologista era colocado por la policía para incriminar a alguien, no para reinvindicar el contenido del mismo.  Dejémoslo ahí.  Mejor será.

 

Lo políticamente correcto está empezando a secar y socavar la creatividad.  Un ejemplo reciente me lo confirma.  El paisano Rovira en la gala de los Goyas hizo una broma sobre cultura y yates (que si él no tenía uno y no le importaba que subieran los impuestos que los gravan).  Pues se lo pueden creer: la Asociación Nacional de Empresas Náutica ha protestado.  Por frivolizar.  Que si mucha gente vive de eso, que si tantos millones se mueven a babor y estribor...  Pero, vamos a ver, estimados armadores, carpinteros de ribera, infladores de zodiacs y demás, ¿en qué momento del chiste se dice algo mínimamente crítico, sarcástico, apologético, denigrante o lo que sea contra este floreciente negocio de las quillas y los atracaderos?

 

De modo que frivolizar es malo.  Ser serio, racional y comedido es bueno.  Apolo, bueno; Dionisos, caca.  Si Nietzsche levantara la cabeza...

 

Aquí les dejó algunas fotos del viaje.

 

 

Aeropuerto internacional de Kansai, con su puente y todo.
Aeropuerto internacional de Kansai, con su puente y todo.
Monje (occidental, por cierto) en el cementerio Okunoin del monte Koya.
Monje (occidental, por cierto) en el cementerio Okunoin del monte Koya.
Bodisatva del cementerio Okunoin del monte Koya.
Bodisatva del cementerio Okunoin del monte Koya.
Pagoda del templo principal del monte Koya.
Pagoda del templo principal del monte Koya.
Jardín seco de un templo del monte Koya.
Jardín seco de un templo del monte Koya.
Monje escribiendo/dibujando una caligrafía en un libro de caligrafías de templos.  Se pagan 100 o 200 yenes y lo hacen en estos libros en blanco que los peregrinos y turistas llevamos en nuestros periplos templarios.
Monje escribiendo/dibujando una caligrafía en un libro de caligrafías de templos. Se pagan 100 o 200 yenes y lo hacen en estos libros en blanco que los peregrinos y turistas llevamos en nuestros periplos templarios.
Pulpo a la brasa en restaurante de Kioto.
Pulpo a la brasa en restaurante de Kioto.
Pista de hielo en Osaka.
Pista de hielo en Osaka.
Puente sobre el río Kamo en el centro de Kioto.
Puente sobre el río Kamo en el centro de Kioto.
Templo Otagi, Arashiyama, Kioto.
Templo Otagi, Arashiyama, Kioto.
Arashiyama, Kioto.
Arashiyama, Kioto.
Árbol de kakis en Sekigahara.
Árbol de kakis en Sekigahara.
Osaka.
Osaka.
La revista gratuita que más gusta en los metros y trenes de Osaka.
La revista gratuita que más gusta en los metros y trenes de Osaka.
Araña en hoja de arce en el templo Rioanji de Kioto.
Araña en hoja de arce en el templo Rioanji de Kioto.
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El día del tsunami

Han pasado cuatro años de aquel 11 de marzo.  Ya conté en su momento cómo vivimos aquellas convulsas horas.  Hubo algo entre simbólico (o meramente casual) en el hecho de que yo saliera del país justo cuando Japón estaba sufriendo uno de los peores momento de su historia desde el verano de 1945.  A veces he pensado si no debería haberme quedado allí.  A fin de cuentas la mitad de mi familia estaba en peligro de terremoto severo y, más tarde, de contaminación radioactiva.  Pero los acontecimientos se sucedieron con un tempo extraño, que no nos permitió percatarnos de lo que estaba pasando hasta unas horas más tarde.  En mi caso, fui plenamente consciente de lo sucedido cuando vi la portada de The Times en el avión de París a Málaga y la gente me miraba como si acabara de llegar del infierno.  No faltaron los que aseguraban ver a mi alrededor un inquietante halo verde fluorescente.  

 

Del poco tiempo que me tocó vivir en alerta nacional, lo que más me llamó la atención (a mí y al mundo entero) fue el civismo y la calma de la población.  Japón volvió a demostrar su raigambre zen (o confuciana o sintoísta) y afrontó el desastre con el aplomo y frialdad que necesitan este tipo de situaciones.

 

En el aeropuerto internacional de Kansai (desde el que salía mi vuelo a París) compartí en silencio una pantalla de televisión con un grupo de estudiantes que iba de viaje a ver catedrales y museos.  Allí pudimos ver escenas como las que les muestro en las fotos más abajo.

 

Meses más tarde volví a Japón y fuimos de viaje al norte, para solidarizarnos como turistas con la zona de Tohoku.  El tren-bala (shinkansen) se detuvo un minuto en la estación de Fukushima, capital de la provincia en la que se encuentra la famosa central nuclear.  Luego llegamos a nuestra amada Matsushima.  El muchacho de la oficina de turismo nos dijo que éramos de los primeros extranjeros que llegaban desde el tsunami. En el hotel, situado a orillas la bahía, estaban de reapertura, porque el agua había inundado toda la planta baja.  En muchos comercios del paseo marítimo había marcas de la altura a la que había llegado el mar: más de un metro y medio.  A pesar de todo, la vida continuaba.  La idea oriental de adaptabilidad a los cambios (tan parmenídea) resultó especialmente útil.

 

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Del otro 11M, del nuestro, también opiné en su momento y también la población dio un ejemplo de solidaridad y calma que mereció el respeto de resto del mundo.  Lo que pasa es que ese 11M me provoca en paralelo un malestar y una rabia que no me apetecen rememorar en estos momentos.

 

Civilizadas colas para llamar por teléfono en la estación Shinjuku de Tokio ante la caída de las redes de telefonía móvil.
Civilizadas colas para llamar por teléfono en la estación Shinjuku de Tokio ante la caída de las redes de telefonía móvil.
Información del gobierno en todas las televisiones (aeropuerto internacional de Kansai).  Las zonas rojas de la costa eran las alertas por tsunami de distintas alturas. El aeropuerto está justo donde termina la línea roja que va de noreste a sudeste.
Información del gobierno en todas las televisiones (aeropuerto internacional de Kansai). Las zonas rojas de la costa eran las alertas por tsunami de distintas alturas. El aeropuerto está justo donde termina la línea roja que va de noreste a sudeste.
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A vueltas con la crisis

Tocando la pared exterior del jardín seco de Rioan-ji (Kioto).
Tocando la pared exterior del jardín seco de Rioan-ji (Kioto).

Hay momentos en los que uno se cansa de pensar y opta por que otros piensen por uno. (NOTA: un buen ejemplo de "por que" separado y sin tilde para mi clase de ortografía).  De ahí viene la antigua costumbre de escuchar a los viejos alrededor de la hoguera, a los filósofos alrededor del ágora, a Coelho alrededor de Facebook...

Pues bien, les traslado a continuación un cuento zen que me he topado por esos e-mundos de e-Dios:

 

Un rey decidió poner a prueba a su pueblo y colocó una gran piedra en medio de un camino principal.  Los comerciantes ricos se la encontraron, la bordearon como pudieron y fueron a ver al rey para protestar porque no tenía limpias y en condiciones de "usabilidad" las vías de comunicación de su reino.

Otro día el mismo rey se escondió tras un arbusto para observar la reacción de sus súbditos ante el obstáculo.  Entonces llegó un chaval cargado de verduras.  Se paró y tras unos instantes de duda, se puso a empujar la piedra para quitarla.  Dado que no consiguió moverla, se fue a buscar un palo y, aplicando la idea de Arquímedes, hizo palanca y la sacó del camino.  Donde había estado la piedra, el niño encontró un paquete con un tesoro de monedas de oro y un mensaje del rey en el que explicaba que el premio era de quien quitara la piedra del camino.

Y la moraleja ya la pueden imaginar.  Solo tras superar las dificultades aparecen las recompensas.  O en otras palabras: nadie ata lo perros con longanizas, ni da duros a cuatro pesetas.

 

Para terminar les dejo un poema de A propósito, que incide también en la idea de la inevitabilidad de los malos tragos:

 

A PROPÓSITO DE LAS CRISIS

 

 

 

¿Hubo algún tiempo,

pregunto,

alguna época remota,

algún recóndito periodo,

algún mísero día,

algún ínfimo minuto,

alguna resplandeciente civilización,

oculta bajo toneladas

de escombros, de cenizas, de olvido,

que nunca entrara en crisis,

que nunca sintiera que todo lo que quiso

todo lo que amó, creyó o tuvo

era poco más que

verdura de las eras,

que una brizna de hierba

en medio de la tormenta?

 

 

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A la orilla de la mar

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De flores y arcoíris

Aquí van unas cuantas fotografías realizadas en las últimas semanas.  Continúa el silencio "opinante" y "reseñante".  Ya se sabe, cuatro imágenes...

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