Trincheras

Monti Cruz en un fotograma de "El ambidiestro".
Monti Cruz en un fotograma de "El ambidiestro".

Entre quienes se la cogen con papel de fumar y la brocha gorda estamos salvados.  o sea, estamos aviados, que decía mi abuela.

 

Conviven en nuestros días, codo con codo, las opiniones de barra de bar y las de quisquillosos/as de toda índole, extremos que no se tocan porque andan atrincherados en sus respectivas ideas, ideologías o creencias. 

 

A los/as brochagordistas hay que alabarles el gusto por la simplificación contra una realidad confusa y demasiado líquida (en su opinión), pero cuando la simplificación deriva en simplicidad, muta a  imbecilidad.

 

A quienes abogan por el detallismo hay que aplaudirles su búsqueda de la verdad y la justicia, pero esta búsqueda puede incurrir en el ridículo y derribar todo lo conseguido.  Un último ejemplo.  En Alemania se ha prohibido el uso de un artilugio muy cómodo, que permite enviar órdenes a una web de compras cuando se acaba el papel higiénico o la pasta de dientes.  El problema es que en el contrato se habla de "pagador" no de "comprador" y eso acarrea que se pierdan los derechos del consumidor.

 

Hace años el director de cine Nono Palomino escribió y dirigió un magnífico cortometraje titulado El ambidiestro, que,  a la sazón, protagonizaba mi hermano Monti Cruz.  El argumento aborda la situación de un campesino desmemoriado por una explosión, que se encuentra atrapado entre dos trincheras de la Guerra Civil española.  Su imparcialidad amnésica lo convierte en enemigo de ambos bandos. 

 

En estos tiempos de violencia (sobre todo verbal) es más cómodo estar en la trinchera, al amparo de los tuyos, antes que exponerse al fuego cruzado de tirios y troyanos.

 

A pesar de que esta dicotomía no es exclusivamente hispana, vienen aquí pintiparados los versos del maestro Machado.  Él y su hermano también fueron víctimas de estas polarizaciones maniqueas (y que me perdone Mani, que en realidad no era tan maniqueo como cuentan).

 

     Españolito que vienes

     al mundo te guarde Dios.

     Una de las dos Españas,

     ha de helarte el corazón.

 

Hay quienes dirán que por qué "españolito" y no "españolita".  Otros dirán... Bueno, quizá no digan nada, porque no habrán llegado a leer a esta altura y ya se habrán atornillado a la barra del bar a hablar mal de los poetas y de los inmigrantes.  Y he aquí un ejemplo de lo que precisamente estaba argumentando. Quod era demostrandum.

 

 

 

 

 

 

Con papel de fumar

No cabe duda: vivimos un tiempo extraño.  No sé si es el mejor de los tiempos, no sé si es el peor de los tiempos, tomando palabras prestadas de Dickens.

 

En español castizo existe esta expresión un poco escatológica y cuasi soez: cogérsela con papel de fumar.  Alude a actitudes excesivamente pulcras, puristas, remilgadas, puntillosas, legalistas, pseudopuritanas...  

 

En este mundo digital (o no) del insulto instantáneo y de la reivindicación hiperbólica la primera baja ha sido el humor.  La irreverencia es políticamente incorrecta.  No se puede uno reír ni de su propia sombra.  Si bien es cierto que muchos chistes y expresiones partían de una situación pretérita, cargada de estereotipos rancios, que los cambios sociales han ido dejando atrás.  Los humoristas tienen que hacer un esfuerzo triple para buscar motivos de risa que no atenten contra ningún colectivo.  Todo el mundo quiere respeto, pero el respeto cuesta, como decían de la fama en Fama.  Lo que cuesta es que si no quieres que se rían de ti, pues no puedes reírte de nadie y, ya puestos, de nada.  

 

Esta búsqueda incansable de la comodidad y de la dignidad puede llevarnos a lugares insospechados.  Ahí están los que se molestan porque la gente hable como le han enseñado sus madres (de ahí lo de lengua materna) sea un idioma de los varios que se hablan en un país o un dialecto, que es una forma como cualquier otra de hablar una misma lengua.  

 

Hace poco vi una magistral película, Roma, de Alfonso Cuarón.  A mucha gente no le ha gustado y puede que lleven razón desde su punto de vista.  Quizá le sobren diez o quince o treinta minutos, sobre todo al principio.  No está el tiempo para derrocharlo viendo el agua de fregar (por poner el ejemplo de la toma inicial) yéndose por un sumidero, como nuestro propio tiempo.  Gustos aparte, lo interesante es que en cierta plataforma de vídeo y en algunos cines se ha presentado subtitulada en español "¡de España!".  Cuando la vi on line, no se me pasó por la cabeza que esa película necesitara subtítulos: hablaban en mexicano y si entendimos a inentendible Cantinflas, por qué no vamos a entender a gente normal de los años sesenta.  Antes debieran subtitular a algunos actores patrios que vocalizan deficientemente y que están sonorizados a veces de forma no completamente satisfactoria.

 

Y no es que yo esté en contra de la mejoras.  Lo que vengo a decir hoy es que sólo vamos a querer ver y oír lo que nos resulte más fácil y conforme a nuestros parámetros e imaginarios.  Sólo vamos a poder comer caviar en un cruasán de importación, regado con agua de las islas Fidji.

 

 

 

 

 

Parábola del paramecio

Me imagino a mí mismo ante un ventanal. Veo un bosque con un río rumoroso, o una ciudad, o un digno desierto sin fin, quizá, no importa para este cuento.  Miro hacia abajo y hay un microscopio.  Alguien ha preparado un cultivo.  Acerco mi ojo derecho y observo multiplicidad de formas en una incesante orgía entrópica, comiéndose o evitándose las unas a las otras.  El espectáculo me causa vértigo y tengo que apartar la vista.

 

Esto es más o menos lo que se ve de España desde lejos: un pequeño pedazo del mundo agitado, convulso, caótico y, en cierto sentido, divertido.  Pero aquí no acaba la parábola.  Miro hacia arriba y observo que alguien me está observando tras una gran lente de aumento, porque yo soy uno de esos paramecios que eventualmente soñó que había salido del cultivo y era un poeta bloguero en oriente, aséptico y cosmopolita.  El pobre.

 

 

 

Cuestión de perspectiva

Cuando uno está lejos del objeto pasa como cuando está demasiado cerca.  Pongamos por caso "Las meninas": si te pones a verlas a un centímetro del lienzo no apreciarás la grandeza de Velázquez.  Si la ves desde lo alto de una noria un día nublado, pues tampoco.

 

Ahora que estoy lejos, el ruido que llega de la madre patria se oye distinto, como tamizado.  Y eso que lo hace con más nitidez que antes, vía internet: el prior falangista, la bebedora de leche cruda, el avión fiestero del presi, el atropellador de cruces, los abusos machistas...  La distancia sirve para filtrar un poco el grano de la paja y las vigas.  Incluso ha habido una frecuencia del ruido ibérico que provenía, precisamente, de aquí cerca de donde estoy escribiendo, de las botas con la bandera de España que se enfundó Iniesta en un partido en Kobe.

 

Y por otro lado, está James Rhodes, el pianista hispanófilo, que presenta "este país" (o sea, aquel) como un paraíso que no reconozco. Alaba a las señoras que hacen torrijas, las croquetas, a la gente esperando el semáforo en verde... en las antípodas de Max Estrella.

Quizá, como en aquel cuento de Borges, todo consista en ir al quinto infierno para buscar un tesoro y que, cuando llegues, alguien te diga que el tesoro está enterrado en el patio de tu casa.  Ese cuento, por cierto, quizá se lo pueda aplicar el mismo Rhodes, que echa pestes del Brexit y de un Londres orwelliano y triste.  

 

Hace años la sonda Cassini hizo una foto de la Tierra a 1400 millones de kilómetros, entre los inmensos anillos de Saturno.  ¡Qué ínfima mota de polvo! ¡Qué minúsculo Alejandro Magno! ¡Qué rifirrafe la Segunda Guerra Mundial! ¡Qué escuchimizado el increíble Hulk! ¡Qué risa ese mosquito que no te deja dormir hace semanas!

 

 

 

Pelo y paz

A ver si no me sale una teoría muy disparatada: el pelo no contiene la fuerza, sino la tolerancia.

 

Veamos algunos casos.  El primero que me viene a la cabeza es el de Sansón.  Nada más conocer el traicionero rapado de Dalila, montó en cólera y demolió el palacio.  No perdió la fuerza, sino la capacidad de diálogo. Y lo del crecimiento súbito del pelo no se lo traga nadie.  A pesar de su brillante cráneo, Gandhi no fue ningún santo y se enfrentó concienzudamente a los ingleses, de buen rollo, pero sin dar un paso atrás.

 

Jesucristo llevaba el pelo largo (o eso nos han comunicado sus muchos pintores, que nunca lo vieron, pero lo intuyeron).  Buda lucía también una buena mata, con moño y todo.  Y por no hablar de los jipis o los skinheads, en las antípodas de la tolerancia y la intolerancia respectivamente. Todos recordamos aquella memorable escena de Hair, en la que, tras pasar por la barbería, el joven protagonista sube en formación al avión que que lo llevará a darle para el pelo a los charlies en el barro tropical.  Era la era de Acuario, que iba a venir con sus sirenas de largas cabelleras a traer la armonía a este mundo nuestro, el de Mr. Burns controlando centrales nucleares.  

 

Todo esto lo traigo a colación porque noto que cuanto menos pelo tengo, menos condescendiente me noto.  Puede que sea la edad.  Habría que investigar si mis hirsutos coetáneos son más empáticos que yo y mis coetáneos alopécicos.  

 

Yo antes no era así.  Tendré que comprarme una peluca.  Mientras me decido por algún modelo, espero que los lectores aporten ejemplos que contradigan esta extraña teoría y empiece a recuperar mi tradicional paciencia y empatía.  Peace and hair.