Sócrates en chándal

Exterior, día.  Dos mujeres de mediana edad conversan en las inmediaciones del colegio, minutos después de que este cierre sus puertas con los infantes en su interior.  Visten ropajes estrechos y cómodos, propicios para ejercitar el yoga u otros ejercicios aeróbicos y anaeróbicos.

 

--¿Tú te crees que si le dices eso va a dejarte en paz?

 

--Pues no.

 

--Pues ahí lo tienes.

 

Esta escena basada en hechos reales evidencia la vigencia (vaya ripio) del método socrático, conocido como mayéutica, en el que el sabio extrae o sonsaca las conclusiones a base de preguntar.  Literalmente la mayéutica es el arte de saber hacer parir, el arte de las parteras, en otras palabras.  Sócrates pensaba que la verdad estaba dentro de sus interlocutores y que todo consistía en hacer las preguntas adecuadas para hacerla salir de su madriguera de prejuicios e ignorancia, como quien pone cebos para atraer a su presa.  

 

Y la verdad sale.  No cuando queremos, ni donde, pero sale.  Otra cosa es que cuando nazca no la reconozcamos como hija nuestra o que sea melliza de otra verdad.  Bueno, dejemos la alegoría del parto, que tirando tirando de ese cordón umbilical, lo mismo sacamos otra verdad que no nos conviene.

 

 

 

 

Neologismos

Lo advierto desde el principio: a pesar de la foto, esta entrada es un fistro de entrada, un amatoma diodenal de la pradera, así que relájense físicamente, moralmente.

 

Los neologismos de verdad son, como su nombre indica, palabras nuevas, inventadas ab nihilo o casi.  No son préstamos, como cruasán o fútbol, barbarismos, como software, acrónimos, como ADN o INRI, etc.  Se trata de un viejo recurso retórico creativo, propio de rétores y autores desde la mismísima antigüedad.  Al neologismo si no vuelve a usarse  se le llama hápax legómenon.  Es famoso en inglés el Honorificabilitudinatibus, empleado por Shakespeare una sola vez en Trabajos de amor perdidos.  En español quizá el más prestigioso inventor de palabras sea Quevedo: nabal, garcivolallas, quintainfamia, diabliposa, Gongorra, alcamadres, libropesía, marivinos, archinariz, cornicantano, caraluisas, nalguimántico, pelijudas...  Este don Franciso es que es un pozo sin fondo.  Más cercanas a nosotros quedan las jitanfáforas del mexicano Alfonso Reyes: 

 

     Filiframa alabe cundre

     ala olalúnea alífera

     aveolea jitanjáfora

     liris salumba salífera.

 

Y ya casi ayer, como quien dice, el glíglico del capítulo 68 de la mítica Rayuela de Cortázar: "Apenas él le amalaba el noema, a ella se la agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes".

 

El llorado Fernando Merlo también se apuntó al carro de la arreferencialidad en algunos de sus poemas:

 

     cuda nada lisa

     repi nita sava

     le quandinaruba

     le nuconte taca

     adignón sutiva...

 

Enemigos también de la denotación y la exactitud, más por su sintaxis o su semántica que por su léxico, andan Marx (Groucho), Antonio Ozores y los grandes Marianos,  Moreno "Cantinflas" y Rajoy, pero ese es un asunto que se sale de nuestro campo de estudio, en esta ocasión estrictamente lexicológico.

 

Todo esto viene al caso de la reciente defunción de otro gran lexigénico (aquí va otro neologismo por cierto), Gregorio Esteban Sánchez Fernández, cuyo nombre artístico, musical y humorístico, fue Chiquito de la Calzada.

 

Recuerdo la mezcla de perplejidad y condescendencia que practicaron (practicamos) muchos cuando inició su andadura a golpe de apiticain y gradenauers.  Nos pareció un producto más de la fugaz fábrica de fenómenos que suele ser la televisión, pero erramos.  Chiquito dio con la clave de un asunto profundo como pocos: la falacia de la comunicación.  Desde que Quevedo se reía a diestro y siniestro de viejas, borrachos y poetas cordobeses narizados hasta hoy, siempre hemos sospechado que detrás de las palabras hay muchas verdades ocultas que sólo se desvelan tras prolijas investigaciones, introspecciones, delaciones y casualidades.  El lenguaje puede servir para unir a emisor y receptor, pero también demasiadas veces lo que hace es distanciarlos y alejarlos a ambos de los referentes, la cosas de las que se supone que estamos hablando.  Cuando se habla y se habla y no se dice nada que sirva para nada o se oculta lo que debiera decirse, entonces se descubre el pastel y entra en funcionamiento el neologismo y la arreferencialidad.  Si no estamos diciendo nada interesante, si estamos tapando con las palabras, desmontemos (deconstruyamos, que diría un pedante neologista) el tinglado y veamos las palabras tal como son, meros sonidos convencionales, fonemas, entonaciones, garabatos negros sobre fondo blanco.  Hartémonos de reír viendo sin complejos al rey desnudo. 

 

Chiquito, que vivió dos años en la incomunicación verbal, aprendió en Japón a esbozar lo que se dice, a decir sin palabras (pura pragmática), a caminar como una geisha de Kioto, a insinuar como un maestro de pintura zen o un actor de teatro noh. 

 

Por todo eso y por su arte andalú ha llegado a convertirse en un eje que vertebra a este país intrísecamente centrífugo: reyes, derechas e izquierdas han lamentado su muerte, desbancando de las redes sociales ese fistro de problema que tenemos encima.

 

Sé que la RAE no nos va atender en la demanda de meter en el diccionario ninguna de las palabras que inventó.  De hecho no sabría ni cómo definirlas.  En aquella colina de la calle Felipe IV son todos unos pecadores de la pradera.  Hasta luego, Gregorio.

 

 

 

Petit gran teatro

No voy a extenderme en elogiar a una compañía formada por un actor y actriz de dilatada y contrastada carrera, tampoco voy a encomiar el trabajo que hicieron ayer (por ejemplo) en la casa de la cultura "Blas Infante" de Coín, en el que entusiasmaron a un público de múltiples edades con su obra Clown sin tierra. No, no voy a hacer eso, porque, entre otras cosas, ya acabo de hacerlo.

 

Lo que me mueve a escribir esta entrada es el hecho de que se llenara el teatro, de que se llenen los teatros, de que, en este mundo, de pirotecnias, macroconciertos, ultrasupermovidas interplanetarias, psicodélicas, electroacústicas, digitales y virtualizadas... llegan dos actores se plantan delante de la gente y se hace la magia.  Primero fue que el cine se iba a comer al teatro, luego que la televisión se iba a comer al cine y al teatro, luego que internet se iba a comer a la tele, al cine y al teatro... Y resulta que llega el teatro y se los come a todos.  Porque el teatro es, ante todo, verdad.  Es la verdad de lo pequeño, de lo tangible, de lo efímero y, por tanto, valioso.  Intuyo que el personal anda saturado de holografías, explosiones y monstruos barrocos, de mundos que, en el fondo, sólo existen en una cajas con lucecitas, escondidas en vaya usted a saber qué gélida y remota cueva de Finlandia.

 

Se levanta el telón, o sea, se descubre lo que estaba oculto, lo que en realidad, teníamos delante de nuestras narices de plástico.

 

 

 

 

 

Plato o patria

Al igual que aquel dilema que presentaba Pablo Escobar (plomo o plata, con su aliteración y paronomasia y todo), a veces la gente tiene que escoger: plato o patria.

 

El presidente del gobierno ha declarado que una sindicalista que busca provocar largas colas en el aeropuerto del Prat es muy "patriota" (con su ironía y todo).  Esta observación me parece de tremendo interés.  Según él, si una persona tiene un problema laboral (ignoro las cuantías salariales en juego) debe anteponer la patria al plato, es decir, el interés general al propio.  En algunas sociedades esta es la norma, pero en la nuestra, paradigma del salvesequienpuedismo o tontoelultimismo, resulta sospechosa esta invocación al patriotismo y al (tan citado por el prócer) "sentido común".  Para que haya un sentido común, es decir, un ir juntos hacia algún lado, habría que definir claramente entre todos hacia dónde queremos ir, cosa que ni social, ni geográfica, ni políticamente hemos hecho nunca, ni parece ser vayamos a hacer en los próximos siglos.

 

De modo que esta mujer debería dar prioridad a la bandera, el himno (sean cuales sean) y el bien de los demás, al plato de comida o los zapatos de sus hijos.  Todo esto en un contexto de sueldos a la baja y contratos menguantes hasta el infinito.  Y con la turismofobia, más de lo mismo.

 

 

 

Esto es agua

Un poco por casualidad otro poco por el calor que hace, acabó en mis manos este librito (Esto es agua) de David Foster Wallace, el malogrado novelista norteamericano.  Digo librito por no decir discurso, que es lo que es en realidad.  Lo dio en la graduación de la Universidad de Kenyon en 2005 y es una magnífica reflexión divulgativa sobre cómo afrontar los sinsabores de la vida.  

 

El enfoque, en mi modesta opinión, es bastante zen, o budista, o místico casi.  Coloca al público ante un supuesto cotidiano, un atasco y una aglomeración en un centro comercial tras una larga jornada de trabajo: "Tendréis el poder real de experimentar una situación masificada, calurosa y lenta del tipo infierno consumista como algo no solo lleno de sentido, sino también sagrado, que arde con la misma fuerza que ilumina las estrellas: la compasión, el amor, la unidad de todas las cosas bajo su superficie", porque para él ese es "el verdadero valor de una verdadera educación, que no pasa por las notas ni los títulos y sí en gran medida por la simple conciencia: la conciencia de que algo es tan real y tan esencial, y que está tan oculto delante de nuestras narices y por todas partes, que nos vemos obligados a recordarnos a nosotros mismos una y otra vez: "Esto es agua"".