Pelo y paz

A ver si no me sale una teoría muy disparatada: el pelo no contiene la fuerza, sino la tolerancia.

 

Veamos algunos casos.  El primero que me viene a la cabeza es el de Sansón.  Nada más conocer el traicionero rapado de Dalila, montó en cólera y demolió el palacio.  No perdió la fuerza, sino la capacidad de diálogo. Y lo del crecimiento súbito del pelo no se lo traga nadie.  A pesar de su brillante cráneo, Gandhi no fue ningún santo y se enfrentó concienzudamente a los ingleses, de buen rollo, pero sin dar un paso atrás.

 

Jesucristo llevaba el pelo largo (o eso nos han comunicado sus muchos pintores, que nunca lo vieron, pero lo intuyeron).  Buda lucía también una buena mata, con moño y todo.  Y por no hablar de los jipis o los skinheads, en las antípodas de la tolerancia y la intolerancia respectivamente. Todos recordamos aquella memorable escena de Hair, en la que, tras pasar por la barbería, el joven protagonista sube en formación al avión que que lo llevará a darle para el pelo a los charlies en el barro tropical.  Era la era de Acuario, que iba a venir con sus sirenas de largas cabelleras a traer la armonía a este mundo nuestro, el de Mr. Burns controlando centrales nucleares.  

 

Todo esto lo traigo a colación porque noto que cuanto menos pelo tengo, menos condescendiente me noto.  Puede que sea la edad.  Habría que investigar si mis hirsutos coetáneos son más empáticos que yo y mis coetáneos alopécicos.  

 

Yo antes no era así.  Tendré que comprarme una peluca.  Mientras me decido por algún modelo, espero que los lectores aporten ejemplos que contradigan esta extraña teoría y empiece a recuperar mi tradicional paciencia y empatía.  Peace and hair.

 

 

 

No

Desde hace mucho tiempo en las comunicaciones entre aviones y torres de control se han eliminado las negaciones.  Ningún controlador dice a una pilota (saludos a mi prima Inés): "No proceda a entrar en pista".  ¿Por qué? Porque si, por mano del diablo, se interrumpe la comunicación justo en el momento de decir "no" o "don´t", el avión se mete en pista y ya tenemos más boletos para la tragedia sin más rodeos, como ocurrió en el aeropuerto del mismo nombre.  Así que si el avión se tiene que estar quieto no le dice "No se mueva", sino "Quieto y parao donde estás".

 

En el famoso caso de la violación de los Sanfermines el asunto es en parte similar. 

No soy muy de unirme a hordas con antorchas que se  autoenardecen en las barras de los bares (virtuales o físicas), pero hay que ser muy parcial para, siendo juez, no entender que lo que pasó allí fue un acto no consentido.  Y aquí viene la RAE, la otras veces tan denostada RAE, a dejar las cosas bastante claritas haciendo, esta vez sí, honor a su lema ("Limpia, fija y da esplendor").  

 

"VIOLAR: Tener acceso carnal con alguien en contra de su voluntad o cuando se halla privado de sentido o discernimiento".

 

Pues eso, que no, que ni siquiera hace falta decir no.  Si no hay sí, es que no, no entren en pista.  Sin más rodeos.  Los jueces han caído en la trampa etimológica de que "violar" y "violencia" tienen el mismo origen latino.  De modo que habrán pensado que sin pistolas, bofetadas, navajas o mordazas, no hay violación.  Muchos han interpretado este matiz casi como una incitación a la provocación de violencia para conseguir la calificación de violación.  Abuso o muerte, no hay término medio.  ¡Pues no!

 

 

 

 

El regreso de la palabra

Ahora que la imagen estaba terminando de zamparse a la palabra, ahora que todo es apariencia, 3D, HD y demás, ahora que la palabra (poesía incluida) estaba terminando de ser fagocitada, justo cuando las últimas hilachas pendían de las fauces de Netflix y Youtube, la palabra se revuelve y resucita.  He aquí a lo que me refiero.

 

En un famosísimo concurso televisivo de talentos todos han caído rendidos ante el  poder del verso de un muchacho llamado César Brandon.  Este guineano, rozando levemente la estilística del rap, pero con los atributos más de poeta/rapsoda, ha puesto en pie al público a capella.  Su belleza moderna que engancha a mucha gente ajena a la poesía parte de una hábil alternancia de códigos lingüísiticos, unas gotas de leve rima y una reflexión del ser humano contemporáneo perfectamente comprensible.

 

En paralelo ha ocurrido algo en mi centro que ha remachado esta idea.  Hace unos meses el departamento de Filosofía, formado por Inmaculada Gutiérrez y Miguel Heras, puso en funcionamiento un club de discusión filosófica durante el recreo.  Fui el primer día y luego ya no pude por evidentes razones laborales.  Desde entonces no he comentado nada con él hasta que ayer me dijo en el pasillo que no caben en un aula pequeña que le habíamos asignado, que son ya casi treinta los jóvenes que quieren hablar de filosofía, exponer sus ideas, oír las de los demás, interactuar, pensar...  Una hazaña pedagógica que viene a aportar un chorro de aire fresco en la enrarecida atmósfera de la agria monotonía escolar.  

 

Y es que no todo va a ser ver, aparentar y pantallear.  La gente quiere hablar en directo, quiere expresarse a golpe de lengua, glotis y cuerdas vocales, quiere volver al ágora, a pasear con sandalias junto al viejo Sócrates, aun a riesgo de acabar tomando cicuta por inciviles y antisistemas.

 

 

 

Mujeres y perspectiva

Dice la paleoantropología que cuando bajamos de los árboles necesitamos ponernos de pie para ver presas y/o para no ser una de ellas en las hostiles sabanas africanas.  Así comenzó la bipedestación, por la que tuvimos que pagar un precio: las caderas se nos estrecharon, lo que provocó que los recién nacidos tuvieran que ser más pequeños y, en consecuencia, menos desarrollados.  De modo que, por el bien de la especie, comenzamos a nacer más indefensos y las hembras se encargaron de cuidarnos, mientras los machos se iban por ahí de caza, de pesca o de farra prehistórica.

 

Ahí comenzó la famosa división del trabajo por sexos, que continúa más o menos hasta nuestros días.  No obstante, a partir de las ideas igualitarias de la Ilustración y, más recientemente, del trabajo femenino en las fábricas cuando los hombres nos matábamos vivos en las trincheras de la Gran Guerra, la mujer comenzó a replantearse(nos) el asunto de la domesticación (de "domos", casa) y del menosprecio masculino y surgió una corriente de pensamiento que acabó llamándose feminismo. 

 

Y así hasta el pasado jueves 8 de marzo, que, en muchos sentidos, puede ser considerado un día histórico, al menos en España.  A pesar de que tuve que trabajar el triple para cubrir servicios mínimos, creo que mereció la pena (?) si se empieza a ver la luz del final del largo túnel de injusticias y crímenes cometidos contra madres, hermanas, esposas, hijas, cuñadas, sobrinas...

 

A lo largo de mi vida he conocido a tantas y tantas mujeres valiosas, dinámicas, inteligentes, capaces... que jamás me entrarán en la cabeza ninguna de esas ideas retrógradas que circulan todavía por ciertos (¿muchos?) cerebros anquilosados, sean del sexo que sean.

 

Lo único que temo es que todo quede en otra revolución mediática más y que se disuelva tras una cortina de partidos del siglo, guerras lejanas, chismorreos, "trumpadas" o mero cansancio.  Y a mis cosexuados les digo que se relajen, que verán cómo nada malo vendrá de nuestras compañeras, las que nos parieron, amamantaron, aguantaron y mimaron.

 

No perdamos las perspectiva que ganamos estrechando nuestras caderas hace millones de años.

 

 

 

 

 

 

Metáforas monárquicas

La que más me gusta es "el rey de la selva", referida a un animal que ni habita en la selva ni se enfrenta a otros animales.  Es una especie de vago melenudo que vive en la sabana a costa de las hembras.  En otras palabras, un proxeneta de secarral.  Dejemos de lado a El rey león, ese "simbático" y menudo Hamlet, y al rey de León, que sí existió de verdad.  Lo que no existió fue ningún león, ya que, como saben, es una deformación de la palabra latina "legionem".  

 

Luego está el rey del rock, nacido en un país republicano.  Y el del mambo, que no sé muy bien quién es ni a qué se dedica. 

 

Si bajamos el escalafón, tenemos a las princesas que llegan demasiado tarde, como decía la canción, o esperan ser desposadas por un príncipe, que ora es azul, ora verde como una rana, o marrón como una galleta.  Y princesitas en cada casa y en cada franquicia de Disney.

 

También hay príncipes menudos y negros de Minneapolis, que cantan bajo una lluvia púrpura, y graciosas majestades que entonan rapsodias bohemias.  Incluso sultanes del swing y reinonas de altos tacones, que recorren desiertos entre canguros, koalas y pelotas de ping-pong.

 

Todo un mundo de coronas y cetros al servicio de nuestra clasista imaginación.