Lo bello, lo malo, lo bueno y lo feo

Baudelaire hacia 1850.
Baudelaire hacia 1850.

Hace unos días, hablando en clase de Literatura Universal sobre Baudelaire, surgió esta sistema de ecuaciones: lo bello es bueno y lo feo es malo.

Es lo que dicta el sentido común, o el vulgar, que dirían los "niños malos" de la literatura.  Convencí a las alumnas (son mayoría) fácilmente con una breve antología de malos feos de varias películas y guapos buenos de otras tantas (o de las mismas).

 

Es la forma más simple que encontré de explicar la inversión estética y moral que tuvo lugar a finales del siglo XIX en lo que se llamó el Decadentismo: lo bello es malo.  El mismo título de la obra principal del parisino, Las flores del mal, ya presenta la paradoja a las claras.

 

Supongo que algún historiador lo habrá dicho ya, pero aquí va mi (simplista) teoría.  Cuando la sociedad industrial propuso sus "buenos" inventos, que iban a mejorar la vida de todos, resulta que eran "feos" y que "afeaban" el aire con sus humaredas tóxicas (trenes, calderas... el caso de Londres es paradigmático) y con su estrépito de sirenas de fábricas, locomotoras (más tarde automóviles)...  De modo que si lo bueno era feo, lo malo podía ser bello.  De ahí al satanismo, la necrofilia, la escatología, los paraísos artificiales y demás solo hay un paso.  

 

Es cierto que los románticos tempranos ya habían adelantado gran parte de estas ideas, pero ellos reaccionaron contra la Razón y el utilitarismo ilustrados.  A los artistas de las segunda parte del siglo XIX les tocó lidiar ya con un progreso burgués a toda máquina, que, en su opinión, iba a acabar con el misterio y la trascendencia de la vida. 

 

El futuro no les dio exactamente la razón (tampoco la querrían ellos, tan irracionales), pero esa es otra historia, la del eterno apocalipsis, del que siempre, no se sabe cómo, acabamos escapándonos de chiripa, de soslayo, de potra...

 

 

 

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Creencias

Ahora que ha recién pasado el aluvión de la Pascua judeocristiana, con sus tradicionales (des)encuentros entre opiniones y sentires, puede que sea el momento más adecuado para tratar este tema.  Luego el calendario continúa su paseo y lo religioso se difumina tras el incienso de las tragedias, la monotonía profana y los becerros de oro.

 

Pero ¿qué es una creencia?  Vayamos al verbo (que es lo primero, según el primer renglón del Evangelio según San Juan).  Yo creo algo o creo en algo (o alguien).  La preposición no es baladí en este caso.  Se creen hechos (creo que va a llover) y se cree en personas o entidades (creo en Alá, creo en mi país).  Así las cosas, alguien puede creer que va a llover y otro, lo contrario; incluso se puede mofar de mi opinión al ver el cielo azul y luminoso.  No hay por qué enfadarse, ni quemarlo en una hoguera, ni nada.  Pongamos un ejemplo más práctico: yo creo en Cervantes.  Me parece un tío magnífico y desgraciado que tuvo una intuición genial, etc.  Si alguien viene y se ríe de él, pues nada, me aguanto.  Si fuéramos denunciando a todas las personas que se ríen de lo que creemos, no habría calabozos suficientes para tanto gracioso.  Lo malo viene cuando el sarcasmo, la ironía, la mofa... se ejercen sobre/contra ciertas creencias, en especial las llamadas creencias religiosas.  A eso se le llama blasfemia, porque se considera que esas creencias son distintas de las demás: son sagradas, es decir, intocables.  Y he aquí el problema.  Reírse de la barriga de Buda (que nunca tuvo, pero ese es otro tema) es sacrilegio; reírse de Mendel, de Aristóteles, de Descartes, de Homero, de Velázquez, de Epicuro, de Georgie Dann, de mí... no.

 

Afinemos más.  No se sabe a ciencia cierta (a fe cierta sí) si existió Jesús de Nazaret, ni si hizo o dijo (en arameo) lo que escribieron (en griego) muchos años más tarde que hizo y dijo.  Estamos seguros de que en la puerta de al lado no nació un niño rubio llamado Bryan, pero yo podría creerlo con toda mi alma y podría considerar que, como escribió Cervantes, "quien dijere lo contrario, miente".  Y entonces esperaría a la Inquisición española (es un chiste pythoniano) para que ajusticiara a quienes se mofaran de mis creencias.  

 

Las creencias deberían ser tan fuertes como aguante cada una.  No deberíamos necesitar el apoyo de jueces y fiscales para sostenerlas.  Nadie debería tener derecho a conculcar la libertad ni la vida de nadie por esta razón.  La consideración de la blasfemia como delito es precisamente lo que llevó (en parte) a Jesús de Nazaret a la cruz.  A él, a Pablo de Tarso y a miles de mártires.  Blasfemo fue Mahoma cuando atacó la oligarquía de la Meca y propugnó la igualdad de todos los árabes, incluidas las mujeres.  Blasfemo fue Buda cuando rompió la disciplina de las castas brahmánicas. Blasfemo fueron Sócrates, Lutero y Darwin, Galileo y Stravinsky.  Sin estos blasfemos ilustres no existirían nuestras creencias.  

 

Respetemos a los que no nos respetan.  ¿Cómo era aquello de las mejillas?

 

 

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La monja y el santo de las epístolas

Los que van y los que iban/mos a misa recordamos siempre ese momento en el que el cura decía lo de "epístola de San Pablo a los tesalonicenses".  Era un momento especial porque nadie sabía quiénes eran los tesalonicenses.  Los imaginábamos perdidos en las brumas de la antigüedad, vestidos con sabias barbas y túnicas de muchos pliegues. 

 

El autor de aquellas epístolas es el famoso Pablo de Tarso, que se cayó de un caballo y pasó de perseguir cristianos a difundir el cristianismo.  Karen Armstrong repasa amenamente la biografía de este apóstol que nunca vio a Cristo y aclara un par de cuestiones muy interesantes, para los que estén interesados en saber cómo una secta minoritaria del judaísmo pasó a ser la religión oficial (y más tarde la obligatoria) de Europa.  

 

Lo primero que llama la atención es el asunto espinoso sobre el que muchos pasan de puntillas: el duro enfrentamiento dialéctico y quizá algo más que hubo entre Pablo y las llamadas "columnas" o "pilares" del cristianismo, encabezados por Jacob o Santiago el Justo, hermano menor de Jesucristo.  El dilema era si los cristianos debían seguir siendo judíos (circuncisión, comida kosher, pascua, tabernáculos...) o, por el contrario, debían formar una nueva religión en la que acogieran a los gentiles (griegos y romanos de entrada).  Con el tiempo ya se sabe que ganó Pablo, pero la polémica fue dura y se mezcló con otras interpretaciones más o menos alocadas del mismo cristianismo.  Los pneumatikoi de Corinto, por ejemplo, se consideraban ya salvados por el espíritu y eso les daba carta blanca para todo tipo de orgías, incorrecciones y demás.  Pablo consiguió acallarlos a epistolazos, pero la cosa estuvo en un tris de acabar en una especie de espiritismo elitista tipo Blavatsky.

 

El otro asunto interesante del libro es que, al parecer, el tal Pablo era una especie de revolucionario asambleario que invento precisamente la ekklesía, o asamblea, en la que ricos y pobres, hombres y mujeres eran todos iguales ante Dios.  Pero henos aquí que, una vez muerto, sus seguidores intercalaron pasajes (a veces de manera un tanto burda) y cartas enteras en las que se proclamaba aquello de que la mujer debe estar sometida al varón y el esclavo al señor, etc.  Todo para intentar colar el cristianismo entre el público grecorromano, que no estaba muy por la labor del comunismo feminista paulino.  

 

Y al final llegamos a lo de siempre, a que los exégetas, los copistas, los subprofetas y demás tergiversan el mensaje original, se hacen posibilistas, lo adaptan a lo que hay y acaban vendiendo un producto que se parece casi nada al original.  Pasó con el islam, pasó en parte con el budismo y, cómo no, pasó con el cristianismo.  

 

En una escena del tercer Padrino, Michael Corleone se confiesa con un obispo que le explica el fenómeno a la manera zen.  Saca una pequeña piedra del agua y le dice (cito de memoria) que así como el agua no ha entrado en la piedra, a lo largo de dos mil años el cristianismo no ha entrado en el alma de occidente.  

 

Y así terminamos con estas entrañables fiestas que festejan ideas que apenas han llegado a las entrañas de nadie.  

 

Amen (y amén).

 

 

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Liberados

A partir del día uno de este año quedan liberadas para el uso público las obras de los autores fallecidos en 1936, entre los que destacan Unamuno, Lorca, Muñoz Seca y Valle-Inclán.   Con motivo de tan funesta y mercantil efeméride, he repasado una colección de poesía de este último, el más prolífico, polifacético y "extravagante ciudadano" (Primo dixit), que murió precisamente el 5 de enero.

 

Valle era un prestidigitador del lenguaje, de la estirpe de Quevedo, que juntaba churras con merinas y hacía saltar chispas en la Academia.  Melancólico, provocativo, telúrico y sarcástico, supo como nadie calar España como un melón maduro y exprimir todo lo que tiene de risible y patética.  En un poema de A propósito, titulado "A propósito de España" lo imité tímidamente.  Sé que muchos pensaron que tanta irreverencia y tanto sarcasmo antipatriótico no casaba demasiado bien con el resto de mi obra.  Además, para los conciertales, Eduardo Retamero lo musicó con un pasodoble, al que yo aporté un kazoo carnavalesco que incrementaba su raigambre esperpéntica y, por ende, valleinclanesca.  Qué le vamos a hacer, es lo que tenemos los poetas, que vamos dando la nota allá por do pasamos.

 

Pero volvamos a don Ramón.  En estas Claves líricas de Austral está el famoso libro La pipa de Kif, en cuyo interior hay un largo poema titulado "La tienda del herbolario".  Del fragmento 11 entresacaron los Tabletom unos versos para una de sus míticas coplas sativescas.

 

Así que ya están liberados don Mendo y Bernarda Alba, Max Estrella y Augusto Pérez, la reina castiza y el cura que no creía en Dios.  Yo por mi parte, me apunto a la liberación que propone Valle:

 

       "Por la divina primavera

       Me ha venido la ventolera

 

       De hacer versos funambulescos

       -Un purista diría grotescos-

 

       Para los grandes respetables

       Son cabriolas espantables.

 

       (...)

 

       En mi verso rompo los yugos

       Y hago la higa a los verdugos.

 

       Yo anuncio la era argentina

       de socialismo y cocaína.

 

       (...)

 

       ¡Pálida flor de la locura

       Con normas de literatura!

 

       ¿Acaso esta musa grotesca

       -Ya no digo funambulesca-

 

       Que con sus gritos espasmódicos

       Irrita a los viejos retóricos,

 

       Y salta luciendo la pierna

       No será la musa moderna?".

 

 

Cráneo previlegiado.

 

 

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El 2017 que fantaseó Rodari

Hay personas que dicen que el azar no existe, que lo que existe es el desconocimiento de causas y relaciones.  Puede.  ¿Quién soy yo para refutarlo? ¿Acaso lo sé todo? ¿Acaso lo sabe alguien?  Supongo que en los albores de la humanidad, cuando veíamos llover y escampar lo aceptábamos sin más.  Luego fuimos atando cabos y entendimos que cuando ciertas estrellas están en ciertos lugares del cielo y el sol a cierta altura, hay más posibilidades de que llueva o de que nieve o de que el Tigris se salga de su cauce.  

 

Pasada ya la convencional frontera del año, acabo de ser testigo de una casualidad que quizá no lo sea.  Moviendo libros de una minibiblioteca de uso inmediato he dado con la Gramática de la fantasía, del gran Gianni Rodari.  Siempre lo tengo a mano por razones laborales.  Lo he abierto al azar y me encuentro con el capítulo 34, titulado "Historias "tabú"".  El autor propone la inclusión de lo escatológico en la narrativa infantil y juvenil.  Pocas mierdas, orinas, penes y vaginas aparecen en las novelas y cuentos escritos para estas edades. "Caca", dicen los editores y los inspectores educativos.  Rodari se lamenta de este atraso y pensaba que "sólo después del 2000 tendremos autores con el valor suficiente para hacerlo...".  A continuación esboza una historia sobre un orinal que nunca se ha atrevido a desarrollar, pero puntualiza: "Si un día escribo esta historia, confiaré el manuscrito a un notario , con la orden de que la publique en el año 2017, cuando el concepto de "mal gusto" haya sufrido la necesaria e inevitable evolución".  El pobre continúa: "En esa época será de "mal gusto" explotar el trabajo ajeno y poner en prisión a los inocentes".  

 

El inocente era él.  Guantánamo, los becarios y Disney lo demuestran.

 

 

 

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