Zen y hostelería

Ayer por la tarde decidimos entrar en un minúsculo local del barrio para huir de la ola de calor.  Se trata de apenas una barra con diez o doce taburetes.  La decoración es escasa: una postal de París y una torre Eiffel a su lado.  La música de jazz y el aire acondicionado provocaban una cambio brutal con el exterior.  En dos pasos parecía que habíamos entrado en el mismísimo cielo.  La carta también era escueta.  Pedimos un café con hielo y un ginger-ale.  La camarera, cocinera y (supongo) dueña se dispuso a hacer el café.  Sacó un paquete de grano, midió la cantidad y la insertó en una maquina para molerlo.  Puso agua a calentar en una cafetera.  Dispuso un filtro de papel en una cafetera de cristal.  Con un poco de agua caliente la lavó por dentro.  Luego comenzó a verter el agua con parsimonia, como haciendo dibujos concéntricos sobre el café molido. Creo que estaba distribuyendo el agua para que cogiera el sabor de todo el café depositado.  Por último, lo echó todo en un vaso con hielo y lo acompañó con dos pequeñas jarritas, poco más que que un dedal, una con leche y otra con sirope transparente.  Total, casi diez minutos para completar el proceso de hacer un café.

 

Muchas veces leo por ahí que el zen, tan conocido fuera de Japón por intelectuales y artistas desde los años sesenta sobre todo, no es seguido por gran parte de la población.  Hay más creyentes de otras ramas del budismo, como la Tierra Pura o Nichiren.  Dejemos de lado el extraño porcentaje según el cual aproximadamente el 80% de los japoneses se considera sintoísta, el 70 %, budista y el 10%, no creyente.  El asunto es que el zen ha infundido en la manera de estar y de trabajar de los japoneses.  No soy el primero que lo dice.  Ahí está el libro de Suzuki, El zen y la cultura japonesa.  De todo lo que supone el zen, en esta ocasión se aprecia claramente la concentración en las tareas cotidianas, en el aquí y ahora, del que tanto habla el famoso mindfulness.  Reza una parábola zen (cito de memoria) que un estudiante iba buscando a un gran maestro en cierto templo perdido en los bosques.  De camino encontró a un viejo cortando leña.  Le preguntó por el maestro y este le respondió: "Mira mi hacha, ¡qué afilada está!"  Y lo amenazó como para agredirlo.  El muchacho salió por piernas y llegó por fin al monasterio.  Preguntó por el gran maestro zen y alguien le dijo: "Está en el campo cortando leña".  Lo que estaba haciendo en ese momento era lo más importante para él y quiso enseñarle, a la manera brusca del zen antiguo, que todo lo demás carecía de importancia.  Otro maestro decía cuando le preguntaban por la sabiduría zen: "Cuando tengo que comer como; cuando tengo que dormir, duermo".  A lo que se podría añadir: "Cuando hay que hacer un café café, se hace".

 

 

 

 

Satoris

La historia está llena de momentos cruciales (casualidades, traiciones, caídas de caballos...) que cambiaron el curso de los acontecimientos.  En la vida personal también los hay.  

 

Es cierto lo que dicen muchos sabios: que todo es un flujo indefinido de tendencias, movimientos sociales, características psicológicas...  Pero no menos verdad es que si, por poner un caso, el chófer de archiduque de Austria-Hungría no se hubiera equivocado de calle en Sarajevo, lo mismo el famoso atentado no se hubiera producido y se podrían haber evitado las dos guerras mundiales.  Nunca se sabe.  No creo que esos dos grandes conflictos fueran el colofón inexorable de un destino ineludible.  No quiero creerlo.

 

Un caso memorable de momento de cambio, de iluminación, de satori (como lo llaman en el zen) es el que cuenta Haruki Murakami.  Estaba en un partido de béisbol y en medio de una jugada entendió que tenía que escribir una novela.  Más tarde ahondó en el descubrimiento y resultó que era un novelista, no el dueño de un bar de jazz en Tokio.

 

En la vida de cada cual hay satoris de todo tipo e intensidad.  Unas veces descubrimos en una sonrisa una traición, en una noticia, la solución a un problema; en el reflejo de un charco, un recuerdo que nos conduce a la depresión; en el sabor de una magdalena, la decisión que no queríamos tomar.  El zen trabaja mucho este concepto y sus apólogos están llenos de repentinas iluminaciones, que llegan tras un golpe, una frase, un pájaro que canta a lo lejos...  Muchos haikus son el rastro de pequeñas iluminaciones que el poeta vierte en diecisiete sílabas con la esperanza de que otros se transformen momentáneamente:

 

      Canta el pequeño cuco

      precisamente hoy

      que no hay nadie.

 

Ayer en clase, explicando a Miguel Hernández, les conté a las alumnas (para dos alumnos que hay generalizo con el femenino) que leyendo la "Elegía a Ramón Sijé" sufrí una especie de iluminación "de piedras, rayos y hachas estridentes".   Luego vinieron más satoris y personas/satoris y casualidades... y acabé con un puñado de versos publicados por ahí.  Quizá si no me hubiera topado con ese poema en precisamente ese momento, ahora sería médico, novelista, cura o pertiguista.  Nunca se sabe. Por suerte.

 

 

 

Esto es agua

Un poco por casualidad otro poco por el calor que hace, acabó en mis manos este librito (Esto es agua) de David Foster Wallace, el malogrado novelista norteamericano.  Digo librito por no decir discurso, que es lo que es en realidad.  Lo dio en la graduación de la Universidad de Kenyon en 2005 y es una magnífica reflexión divulgativa sobre cómo afrontar los sinsabores de la vida.  

 

El enfoque, en mi modesta opinión, es bastante zen, o budista, o místico casi.  Coloca al público ante un supuesto cotidiano, un atasco y una aglomeración en un centro comercial tras una larga jornada de trabajo: "Tendréis el poder real de experimentar una situación masificada, calurosa y lenta del tipo infierno consumista como algo no solo lleno de sentido, sino también sagrado, que arde con la misma fuerza que ilumina las estrellas: la compasión, el amor, la unidad de todas las cosas bajo su superficie", porque para él ese es "el verdadero valor de una verdadera educación, que no pasa por las notas ni los títulos y sí en gran medida por la simple conciencia: la conciencia de que algo es tan real y tan esencial, y que está tan oculto delante de nuestras narices y por todas partes, que nos vemos obligados a recordarnos a nosotros mismos una y otra vez: "Esto es agua"".

 

 

Las puertas del infierno y las del paraíso

Allá entre los siglos XVII y XVIII vivió Hakuin Ekaku, que reformó las enseñanzas del zen Rinzai, haciendo hincapié más en los enigmáticos koan que en la meditación zazen.  De él se cuenta esta anécdota.


   Un soldado llamado Nobushige vino a ver al maestro Hakuin y le preguntó: "¿En verdad existen un paraíso y un infierno?".  

   Hakuin le preguntó: "¿Quién eres tú?".  

   "Soy un samurái", explicó el guerrero.  

   "¡Un soldado!, ¡pues pareces un mendigo!", exclamó Hakuin.

   Nobushige enfureció y sacó su espada para matar al monje.

   "Aquí están las puertas del infierno", dijo Hakuin tranquilamente.

   En ese momento el samurái comprendió el mensaje del maestro y envainó su espada.

  "Aquí están las puertas del paraíso", sentenció Hakuin. 



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Miel en la punta de un cuchillo

Un viejo monje, que había vivido una vida muy activa, fue nombrado capellán de un convento de muchachas.  

     Durante las discusiones en grupo a menudo el amor se convertía en el tema central.  El monje advirtió esto a las jóvenes:

     --Debéis comprender el peligro que hay en el exceso en cualquier aspecto de la vida.  El exceso de ira en el combate lleva a la imprudencia y a la muerte. El exceso de ardor en las creencias religiosas conduce a la cerrazón y a la persecución.  El exceso de pasión en el amor lleva a construir una imagen de la persona amada, que poco tiene que ver con la realidad, lo que acaba en ira y frustración.  Amar demasiado es lamer miel en la punta de un cuchillo.

     Una de las muchachas le preguntó: 

    --¿Cómo es que un monje célibe como tú puede saber tanto del amor entre un hombre y una mujer?

    --En algún momento, queridas niñas, --respondió el anciano-- os contaré por qué me hice monje.

 

 

(cuento zen traducido de The Daily Zen, Charlie Ambler)

 

 

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