Las puertas del infierno y las del paraíso

Allá entre los siglos XVII y XVIII vivió Hakuin Ekaku, que reformó las enseñanzas del zen Rinzai, haciendo hincapié más en los enigmáticos koan que en la meditación zazen.  De él se cuenta esta anécdota.


   Un soldado llamado Nobushige vino a ver al maestro Hakuin y le preguntó: "¿En verdad existen un paraíso y un infierno?".  

   Hakuin le preguntó: "¿Quién eres tú?".  

   "Soy un samurái", explicó el guerrero.  

   "¡Un soldado!, ¡pues pareces un mendigo!", exclamó Hakuin.

   Nobushige enfureció y sacó su espada para matar al monje.

   "Aquí están las puertas del infierno", dijo Hakuin tranquilamente.

   En ese momento el samurái comprendió el mensaje del maestro y envainó su espada.

  "Aquí están las puertas del paraíso", sentenció Hakuin. 



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Miel en la punta de un cuchillo

Un viejo monje, que había vivido una vida muy activa, fue nombrado capellán de un convento de muchachas.  

     Durante las discusiones en grupo a menudo el amor se convertía en el tema central.  El monje advirtió esto a las jóvenes:

     --Debéis comprender el peligro que hay en el exceso en cualquier aspecto de la vida.  El exceso de ira en el combate lleva a la imprudencia y a la muerte. El exceso de ardor en las creencias religiosas conduce a la cerrazón y a la persecución.  El exceso de pasión en el amor lleva a construir una imagen de la persona amada, que poco tiene que ver con la realidad, lo que acaba en ira y frustración.  Amar demasiado es lamer miel en la punta de un cuchillo.

     Una de las muchachas le preguntó: 

    --¿Cómo es que un monje célibe como tú puede saber tanto del amor entre un hombre y una mujer?

    --En algún momento, queridas niñas, --respondió el anciano-- os contaré por qué me hice monje.

 

 

(cuento zen traducido de The Daily Zen, Charlie Ambler)

 

 

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La rana y la perspectiva

Una sabia rana zen estaba explicando a sus discípulas el equilibrio de la naturaleza:

   --¿Veis cómo esa mosca se come a un mosquito? Pues ahora yo me como a la mosca.  Todo es parte del gran orden de las cosas.

   --¿No es malo matar para vivir?-- preguntó una de las ranas pensativa.

   --Depende... --respondió la rana sabia, justo cuando se la tragaba una serpiente de un bocado antes de que terminara la frase.

   --¿De qué depende? --gritaron las discípulas.

   --Depende de si las cosas se ven desde dentro o desde fuera. --fue la apagada respuesta de la rana desde dentro de la serpiente.

 

                                        (cuento de Charlie Ambler, traducido y extraído de Daily zen)


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La otra orilla

No vivimos en un mundo feliz.  Ni en el de Huxley ni en el de Disney.  El personal anda inquieto con su futuro, con el de la humanidad, con el de su país, con el de la naturaleza...  Buscamos significados, respuestas, soluciones, metas...  Lo que tenemos nos parece poco y vamos y compramos más, pero este excedente tampoco nos parece suficientemente in, eficiente, grande (aunque ande)...  Y en las grandes cuestiones, pues más de lo mismo.  Así que entre las catedrales tradicionales y las modernas (centros comerciales, webs de compra o de relaciones) intentamos alcanzar la otra orilla, el más allá definitivo, que finalmente sacie nuestra sed de trascendencia.


Esto viene a cuento del siguiente cuento:


"Un joven budista iba de viaje y llegó a un gran río.  No había puente ni vado y no sabía cómo cruzarlo.  Estuvo horas intentándolo, pero nada.  Cuando ya iba a desistir y volver sobre sus pasos, vio al otro lado a un viejo maestro zen al que preguntó:

    --Maestro, ¿cómo puedo pasar a la otra orilla?

    A lo que el maestro le contestó riendo:

    --Hijo, ya estás en la otra orilla".



P.S.: Este mes se celebra en algunos países el cumpleaños de Buda, que nació en (Lumbini) Nepal.



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A vueltas con la crisis

Tocando la pared exterior del jardín seco de Rioan-ji (Kioto).
Tocando la pared exterior del jardín seco de Rioan-ji (Kioto).

Hay momentos en los que uno se cansa de pensar y opta por que otros piensen por uno. (NOTA: un buen ejemplo de "por que" separado y sin tilde para mi clase de ortografía).  De ahí viene la antigua costumbre de escuchar a los viejos alrededor de la hoguera, a los filósofos alrededor del ágora, a Coelho alrededor de Facebook...

Pues bien, les traslado a continuación un cuento zen que me he topado por esos e-mundos de e-Dios:

 

Un rey decidió poner a prueba a su pueblo y colocó una gran piedra en medio de un camino principal.  Los comerciantes ricos se la encontraron, la bordearon como pudieron y fueron a ver al rey para protestar porque no tenía limpias y en condiciones de "usabilidad" las vías de comunicación de su reino.

Otro día el mismo rey se escondió tras un arbusto para observar la reacción de sus súbditos ante el obstáculo.  Entonces llegó un chaval cargado de verduras.  Se paró y tras unos instantes de duda, se puso a empujar la piedra para quitarla.  Dado que no consiguió moverla, se fue a buscar un palo y, aplicando la idea de Arquímedes, hizo palanca y la sacó del camino.  Donde había estado la piedra, el niño encontró un paquete con un tesoro de monedas de oro y un mensaje del rey en el que explicaba que el premio era de quien quitara la piedra del camino.

Y la moraleja ya la pueden imaginar.  Solo tras superar las dificultades aparecen las recompensas.  O en otras palabras: nadie ata lo perros con longanizas, ni da duros a cuatro pesetas.

 

Para terminar les dejo un poema de A propósito, que incide también en la idea de la inevitabilidad de los malos tragos:

 

A PROPÓSITO DE LAS CRISIS

 

 

 

¿Hubo algún tiempo,

pregunto,

alguna época remota,

algún recóndito periodo,

algún mísero día,

algún ínfimo minuto,

alguna resplandeciente civilización,

oculta bajo toneladas

de escombros, de cenizas, de olvido,

que nunca entrara en crisis,

que nunca sintiera que todo lo que quiso

todo lo que amó, creyó o tuvo

era poco más que

verdura de las eras,

que una brizna de hierba

en medio de la tormenta?

 

 

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