¡Decimonónico!

Antes de usar alegremente el adjetivo decimonónico como insulto sinónimo de rancio, atrasado, anquilosado, etc., deberíamos recordar que en aquel siglo vivieron, entre otros y otras, Beethoven, Goethe, Mary Shelley, Van Gogh, Hegel, Byron, Pardo Bazán, Austen, Marx, Bakunin, Baudelaire, Puccini, Galdós, Bécquer, Wagner, Wilde, Poe, Nietzsche, Flaubert, Balzac, Dostoievski, Twain, Tolstoi, Mendel, Darwin... cuyas ideas, colores, palabras, historias y sonidos forman parte del pensamiento y arte vigésimoprimario (o como se llame o se vaya a llamar).


Y tres cuartos de los mismo podríamos decir de la Edad Media, de la que el personal apenas conoce cuatro generalidades peliculeras, cuando no francas falsedades.  Un ejemplo: la gente estaba todo el día lamentándose de la vida y deseando morirse para ir al cielo.  Pregúntenle al arcipreste de Hita, a Boccaccio o a aquellas muchachitas mozárabes que cantaban pronográfica y contorsionistamente:

 

     ¡Tanto te amaré

     solo con que juntes

     mi ajorca del tobillo

     con mis pendientes!

 

 

Conciertal neoclásico

Como no hay dos sin tres, tampoco hay tres sin cuatro.

 

El primer conciertal de este año tan conciertalero fue a principios de mayo en el Centro Internacional de Español de la Universidad de Málaga.  Allí se estrenó mi nuevo bajista, José Luis González Vera, escritor, poeta, columnista y docente.  Aquel acto no fue propiamente la presentación de De la palma al cerezo, sino un conciertal que me pidieron con motivo del septuagésimo aniversario de su creación.

 

El segundo fue el oficial, de la mano de José A. Mesa Toré, alma mater de todo este asunto de las obras completas, al que tengo tanto, tantísimo que agradecer.  Allí estuvo también el ínclito, el de los dedos vertiginosos, Eduardo Retamero, cantando y tocando según mis tiránicas instrucciones.  Y también, para muchos, lo mejor de la tarde, la composición e interpretación de Cantos cetáceos, una pieza pianística de la compositora Cristina Gallego Fernández, que dejo al público con ganas de más, de mucho más.

 

El tercero fue un concierhaiku (por el espacio, no por el tiempo) que celebramos en La Mínima, una librería grande de corazón, sita en el Rincón de la Victoria.  Allí el que se estrenó fue el presentador, que me emocionó especialmente con esa mezcla especial de cariño, erudición y sentido del humor, Fran Cuevas Alzuguren.

 

Y ahora llega el cuarto. Muchas y muchos (bueno, no tantos ni tantas) se preguntarán por qué, a qué diantres viene tanto presentar un libro (que además no se puede comprar) y que ya ha sido presentado dos veces.  Pues porque hay gente que no ha podido asistir a los anteriores, a saber: emigrantes, estudiantes, diletantes, distantes, amnésicos, estresados... que han manifestado su intención de querer haber ido, pero que no pudieron.  Doy fe.  También son las ganas que tiene/tenemos gran parte del personal de salir de sus casas y patear la calles nuevamente.

 

Así pues, el jueves 2o de julio a las 20:00 horas, con el permiso de la autoridad y si el tiempo no lo impide (que no lo impedirá, porque hay aire acondicionado en la sala), estaremos González Vera, Eduardo, Cristina, dos invitados más (en la presentación y las voces) y este que les escribe, en el incomparable y neoclásico marco del Ateneo de Málaga, sito en calle compañía, casi ya plaza de la Constitución.

 

Se remozará el repertorio de poemas y canciones.  Entrada libre hasta completar aforo, que no se completará (demasiado salón regio para un poetastro alopécico).

 

Esperamos verlas y verlos por allí.

 

 

 

De tripas y tramoyas

Si De los que hablo cuando hablo de correr fue un libro interesantísimo, incluso para mí (que hago menos deporte que un funcionario calvo de baja), este de ahora (De lo que hablo cuando hablo de escribir), lo es mucho más.

 

Con un lenguaje fácil Murakami es capaz de llevar al lector por los motivos y las técnicas que él utiliza para escribir.  Y digo "él", porque no es libro de teoría literaria al uso, que solo leen la mitad de los alumnos matriculados en teoría de la literatura (o menos).  De hecho se ha colocado en el número uno de no-ficción.  

 

De todos los detalles y anécdotas que cuenta, sin duda destaca el momento fulminante (que el zen llama satori) en el que decidió escribir su primera novela.  No se lo adelanto, pero les diré que las razones y ambiente no tenían que ver nada con la literatura.  Quizá por ello Murakami enganche a tantos lectores, porque, como cuenta en este libro, nunca se ha sentido parte de ese mundo endogámico de premios, firmas de libros, envidias y alabanzas (mayoritariamente falaces).  Él es más de pegar el culo a la silla sistemáticamente y trabajar, sobre todo trabajar, que para eso es japonés.

 

 

Momento kafkiano

Ayer mis alumnos vivieron un momento kafkiano.

 

Yo pensé que teníamos el examen sobre La metamorfosis y resulta que me había equivocado de semana.  Cuando vieron el texto y las preguntas preparados encima de la mesa, pusieron cara de "no, cielos, esto es una pesadilla, no he estudiado nada...".  Duró poco, porque se miraron unos a otros y comprobaron que ninguno de ellos estaba equivocado, que el equivocado era yo.

 

Insistí un instante en que sí había examen y volvieron a sus rostros el miedo y el estupor.  Cuando ya me convencieron de mi error les dije: "Bien, ya habéis vivido en vuestras propias carnes lo que es un momento kafkiano".

 

Algo tenía que decir.

 

 

Lo bello, lo malo, lo bueno y lo feo

Baudelaire hacia 1850.
Baudelaire hacia 1850.

Hace unos días, hablando en clase de Literatura Universal sobre Baudelaire, surgió esta sistema de ecuaciones: lo bello es bueno y lo feo es malo.

Es lo que dicta el sentido común, o el vulgar, que dirían los "niños malos" de la literatura.  Convencí a las alumnas (son mayoría) fácilmente con una breve antología de malos feos de varias películas y guapos buenos de otras tantas (o de las mismas).

 

Es la forma más simple que encontré de explicar la inversión estética y moral que tuvo lugar a finales del siglo XIX en lo que se llamó el Decadentismo: lo bello es malo.  El mismo título de la obra principal del parisino, Las flores del mal, ya presenta la paradoja a las claras.

 

Supongo que algún historiador lo habrá dicho ya, pero aquí va mi (simplista) teoría.  Cuando la sociedad industrial propuso sus "buenos" inventos, que iban a mejorar la vida de todos, resulta que eran "feos" y que "afeaban" el aire con sus humaredas tóxicas (trenes, calderas... el caso de Londres es paradigmático) y con su estrépito de sirenas de fábricas, locomotoras (más tarde automóviles)...  De modo que si lo bueno era feo, lo malo podía ser bello.  De ahí al satanismo, la necrofilia, la escatología, los paraísos artificiales y demás solo hay un paso.  

 

Es cierto que los románticos tempranos ya habían adelantado gran parte de estas ideas, pero ellos reaccionaron contra la Razón y el utilitarismo ilustrados.  A los artistas de las segunda parte del siglo XIX les tocó lidiar ya con un progreso burgués a toda máquina, que, en su opinión, iba a acabar con el misterio y la trascendencia de la vida. 

 

El futuro no les dio exactamente la razón (tampoco la querrían ellos, tan irracionales), pero esa es otra historia, la del eterno apocalipsis, del que siempre, no se sabe cómo, acabamos escapándonos de chiripa, de soslayo, de potra...

 

 

 

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