Retrosorpresa

Imagen de Pixabay.
Imagen de Pixabay.

La semana pasada se me ocurrió hacer un ejercicio de creatividad literaria en clase.  Les dicté el principio de un cuento que escribí allá a finales del siglo pasado, en la década de los noventa, año arriba, año abajo.  Se titula "La tarde que volamos las cometas" y se publicó en una antología de la editorial SGEL, en 2001.

 

El ejercicio consistía en que ellos continuaran el argumento.  Unos han tirado por lo cotidiano, otros por lo fantástico, incluso uno ha hecho directamente un cómic.

 

Hoy hemos repasado sus continuaciones, les he revelado quién era el autor y he leído un fragmento más del original.   Para mi sorpresa (amnésica) el jefe de la banda de niños anima a los demás a que vayan a volar sus cometas y con el siguiente argumento: "Es la moda en Japón".  Les enseña a sus amigos una revista en la que se ve a japoneses manejando cometas y los convence. 

 

La verdad es que, como recuerda nuestra corresponsal, la "voladura" de cometas no es especialmente popular en Japón.  Fue una licencia distópica que me permití o, más bien, un garrafal error.  Lo bueno es la latencia del tema de Japón diez o más años antes de visitar el país.  No es el primer japonismo latente o patente en mi obra.  En La dulce faena ya había unos cuantos haikus y allá por el 88 pinté una caligrafía en un gran abanico con el celebérrimo poema de Matsuo Basho y la rana (Furuike ya / kawazu tobikomu /mizu no oto).

 

Cosas de profesores nipónfilos desmemoriados. 

 

 

 

 

 

Tediria

Libro de firmas con la foto del taller de poesía Tediria.  Dámaso Chicharro es el tercero por la izquierda sentado, junto a mi amigo Emilio Lobato.  Yo estoy delante de la primera i de Tediria, en una pose que no sé ni cómo calificar.
Libro de firmas con la foto del taller de poesía Tediria. Dámaso Chicharro es el tercero por la izquierda sentado, junto a mi amigo Emilio Lobato. Yo estoy delante de la primera i de Tediria, en una pose que no sé ni cómo calificar.

Acabo de llegar de un acto entrañable.  Después de casi 25 años nos hemos reunido ex-alumnos y ex-profesores del Instituto Sierra Bermeja de Málaga, para recordar la revista Tediria, en la que vieron la luz mis primeros textos, y la figura de Dámaso Chicharro, su creador e impulsor. 

 

Se han leído poemas y se han cantado canciones y cada cual ha contado su experiencia de aquellos años mágicos en los que surgieron músicos, poetas, actores y pintores en un nivel por encima de la media.  Mi visión del asunto es que lo que ocurrió en realidad sigue ocurriendo en el mero hecho de que estemos hablando de ello y de que muchos hayamos seguido creando desde aquellos años.

 

La presencia de la familia de Dámaso le ha dado al acto un sentido aun más entrañable si cabe y el reencuentro con antiguos compañeros y profesores ha sido muy reconfortante para todos.

 

Sé que esta entrada no va resultar interesante para muchas personas que no vivieron aquel momento ni conocieron a Dámaso Chicharro Duarte, a quien tanto le debo en mi vertiente de poeta.  Nunca podré olvidar que fue él quien publicó mi primer libro (La dulce faena) incluyéndome, como un polizón, en una nómina de poetas prestigiosos y consagrados.  Esta es la razón por la que quería dar, ahora mismo y en caliente, testimonio de este acto que acabamos de vivir y de esta persona con la que, como he dicho antes de leer mis poemas, a veces sueño.  En esos sueños Dámaso viene siempre hacia mí sonriente, me saluda cariñosamente y me mira con una curiosa connivencia, como queriéndome contar un valioso secreto del más allá que nunca acabo de conocer.  Quizá lo único que está diciendo es que, en realidad, no está muerto, sino dentro de mí y dentro de todos aquellos que lo conocimos, a los que quiso y que lo quisimos, cada vez más con el tiempo.

 

Por eso cuando he firmado sobre el escenario el libro de visitas que han abierto para el evento, he escrito: "Va por ti, Dámaso. Gracias".

 

 

 

De niños y de cerezos

Pétalos de sakura caídos tras la lluvia.
Pétalos de sakura caídos tras la lluvia.

Ya estoy de vuelta de este viaje tan especial a Japón.  Especial por las fechas que han abarcado (plena floración de los sakuras en Osaka) y por razones familiares, que son una mezcla agridulce de alegría y tristeza, tan paradójica y vital como el propio auge y caída de los pétalos del cerezo.

 

Cada vez que vuelvo tengo la tentación de contar una gran cantidad de cosas que luego no cuento.  Temo incurrir en el tópico del amigo pesado que no para de soltar anécdotas sin fin y de enseñar fotos a traición.  Por eso utilizo este medio, el blog, para ir dando fe de cosas que he visto, comido, olido y oído en mis estancias en Japón.  

 

A pesar de que hemos estado ocupados con asuntos domésticos, ha habido tiempo para ver y aprender.  Y para aprender a ver.  De esto quiero hablarles.  

 

Iba por la calle camino del supermercado y observo a un niño de unos seis años que iba solo por la calle a eso del mediodía.  No es la primera vez que veo niños yendo solos al colegio con sus mochilas impecables, pero este iba ligero de equipaje, que diría don Antonio, y como mirando a los lados, edificios, carteles... y hablando solo también.  Aunque me intrigó, no le di más importancia, pero a los pocos días nos contó una profesora de la Universidad de Osaka que existe la costumbre en Japón de que los niños vayan sin compañía de adultos al colegio desde el primer día.  Y, por supuesto andando o en autobús/metro.  Nada de atascos multitudinarios con policías y doblesfilas.  También nos dijo que, como Osaka (y sus alrededores) está considerada una gran zona urbana más o menos "peligrosa", las madres se colocan en ciertos tramos o esquinas y van "redirigiendo" a los niños en su recorrido de forma sutil e indirecta.  Al parecer el niño que me encontré estaba "en prácticas", ya que precisamente a principios de abril empiezan las clases en todos los niveles.  En ese sentido, como en otros, los japoneses viven según los ritmos de la naturaleza.

 

Y conforme a esos ritmos también llegué con la flor de cerezo y me fui cuando la lluvia arrancó y esparció sus pétalos por el suelo, lo que me llevó a escribir el siguiente haiku que ha traducido amablemente la profesora Tamiko Nakamura.  Han salido más.  Ya veré que hago con ellos.  Quizá acabarán siendo una sección de un futuro libro.

 

Y todo esto (no se olviden) gracias a la valentía y valía de nuestra corresponsal y ,desde ahora, profesora de español de la Universidad de Osaka, Fina G. Naranjo.

 

NOTA: Quienes quieran ver fotos de este viaje y un par de haikus más pueden entrar en la cuenta de Instagram "montecoronado".

Monólogo viendo llover sobre Andalucía

Andalucía está acostumbrada a recibir el agua procedente de las lágrimas de sus habitantes; no tanto la que cae de las nubes.  Salvo en algunas de las montañas que la circundan o dividen, esta es tierra de sequías pertinaces, de desiertos peliculeros, de costas soleadas y olivares calcinados.  Por eso resulta tan extraño este día "mininacional", nublado, celta, gris como un atardecer en Escocia.

 

Hay quienes hoy gritan a los cuatro vientos el orgullo de haber nacido aquí.  Yo lo llamaría, en todo caso y con mucha precaución, suerte.  Ser coterráneo de Séneca, Lorca, Velázquez, Picasso, Ibn Hazm, Góngora, Juan Ramón, Ibn Firnás, María Zambrano, Camarón, Falla o Vicente Aleixandre es eso, una suerte casual, no un proyectil argumental que haya que lanzar sobre otros (que sí los lanzan).  

 

Hay quienes consideran Andalucía un invento político de la transición y que hablan solo de España o de alguna de nuestras ocho provincias.  Allá cada cual con su adhesiones.  

 

Por mi parte hablo andaluz, escribo castellano, leo en inglés o en francés, estudié varias lenguas que no llegué a hablar demasiado bien.  Me gustan el gazpacho y la paella, los quesos suizos (que no puedo comer por razones cálcicas) y el okonomiyaki (tortilla japonesa típica de Osaka).  Lo mismo escucho blues que bulerías, a Satie que al ilustre Eduardo Retamero.  Leo a Matsuo Basho y a Mesa Toré, a Azorín y a Nietzsche, a Safo y a Machado.  Porque una cosa es haber nacido, habitar incluso, y otra es vivir, ser, sentir(se).

 

En este día en que la lluvia, evaporada a miles de kilómetros de aquí, desdibuja el paisaje y el paisanaje, les deseo a todos un feliz día de Andalucía, es decir, de la Humanidad.

 

 

 

  

 

 

Los límites de la literatura

No me canso de decirlo cuando viene al cuento: la literatura está en todas partes; algunas veces, incluso, en la literatura.  Decir que tal canción no es literatura equivale a menospreciar a los juglares medievales, al Nobel de Minnesota y hasta el propio Homero ("Canta, oh musa, la cólera del Pélida Aquiles...").  La lingüística se ha encargado de recordarnos que cualquier acto de habla puede obedecer a lo que Roman Jakobson bautizó como "función poética".  Llamar a alguien "prenda", "tesoro", "princesa" o "picha" es construir una metáfora, una hipérbole o una ironía, según sea el caso.  Y así hasta el infinito (hipérbole).  El lenguaje coloquial está atestado de función poética (metáfora e hipérbole).

 

Cuando falleció el gran Chiquito (paradoja) hablé de la creatividad lingüística, tan querida por los poetas de la cuerda de Quevedo, por poner un caso.  Ayer en clase de literatura, hablando precisamente de los límites de la literatura, una alumna me preguntó si las chirigotas y comparsas del carnaval se pueden considerar teatro. A lo que respondí: "Una hamburguesa no es".  Es decir, es un producto humano verbal humano (y teatral) y, como digo, un tenedor no es, ni una vaca.  Así que nos vemos obligados a reconocer que es literatura.

 

Y hoy nos deja, volando hacia el cielo de los maestros del lenguaje, Forges, el dibujante que consiguió la unanimidad de una país tan enemigo de las unanimidades (al menos cada cuatro años, o sea, de mundial en mundial).  Sí, ya sé que tampoco es literatura, pero la gracia de sus diálogos no tienen nada que envidiar a Benavente o Esquilo.  No es teatro, pero tampoco es pintura y no colgarán sus viñetas en el Louvre.  

 

Mejor, así no habrá que hacer cola para verlas.  Opino.