El nivel

En muchas ocasiones oigo hablar del nivel.  Quienes hablan de él lo usan como argumento.  Entienden que si se aplicaran ciertas metodologías que propone la ley (incluso la actual LOMCE, que tan poco de innovadora y solidaria tiene), bajaría el nivel.  El nivel es un concepto cuantitativo, muy propio del lenguaje de la hidrología (el nivel de los pantanos) o de cualquier otra dimensión que se quiera medir en altura, fuerza, calidad, volumen...  Dicho esto cabe preguntarse qué es el nivel en educación.  ¿Es el número de alumnos que aprueban? ¿Es el porcentaje de alumnado que supera pruebas externas como la selectividad o las futuras reválidas? ¿Es el índice de inserción en el sistema educativo, es decir, de alumnos que no fracasan en él? ¿Es la calidad y/o cantidad de materia impartida?

 

Pienso que es solo a esta pregunta a la que se refiere el nivel del que tanto habla un sector del profesorado, de las familias y de la sociedad en general.  Circulan por ahí fotocopias de exámenes disparatados, de faltas de ortografías espeluznantes, de jóvenes descerebrados con cabezas inverosímilmente rapadas y jovencitas malhabladas, fanes inquebrantables de selfies y programas nauseabundos.  Todo este paisanaje y pruebas son considerados una bajada de nivel motivado por la laxitud de familias, colegios e institutos, que van regalando títulos y móviles sin pedir nada a cambio.

 

El problema, en mi modesta opinión de docente con más de veintitantos años en el tajo, es que se ha perdido doblemente la perspectiva, como decía doña Rosa, la dueña del café de La colmena.

 

Primero se ha olvidado el analfabetismo del pasado.  Cuando no había reguetón ni móviles oía la misma cantinela de la bajada del nivel.  Y eran los tiempos del BUP y el COU, que hoy se ven poco menos que como Harvard y el MIT, cuando en realidad estaban hasta las trancas de repetidores, huelgas, porros y falta de respeto al profesorado.  Recuerdo un libro divertidísimo tituada Antología del disparate, escrito por un catedrático de Málaga, en el que se recopilaban respuestas erróneas de alumnos de... ¡1972! y antes, de los sesenta y todo.  Un ejemplo: "Algunos anfibios tienen rabo y son muy grandes como el hipopótamo".  Si el nivel hubiera seguido bajando al ritmo que auguraban aquellas respuestas, hoy estaríamos ya hablando "atapuerqués".

 

Y también se ha perdido la perspectiva espacial.  Seguimos enseñando contenidos inabarcables y las más de las veces inadecuados (cuando no inútiles) usando unas metodologías que nos retrotaen directamente a 1875, por irnos al año anterior a la creación de la Institución Libre de Enseñanza.  Se suele contar entre docentes aquello de que un médico de 1900 no podría hacer nada en un hospital, pero un maestro de aquellos años entra en un aula actual, agarra la tiza y, poco más o menos, se defiende.  Pues bien, esto no es lo que sucede en otros (muchos) países europeos.  Pongamos el caso de las famosas competencias (antes básicas, ahora claves).  Este asunto, que está en el día a día de la educación europea, aquí se ha convertido en el fantasma de Damocles (por jugar con mitos y leyendas), en una cosa que hay que hacer, pero que nadie hace, porque antes están los afluentes del Tajo por la derecha, el complemento agente y otra sarta de contenidos enciclopédicos que, tarde o temprano, el alumnado digiere y posteriormente regurgita en un examen teórico o teórico práctico.  Eso de saber hacer algo distinto del propio examen queda lejos todavía.  La administración educativa andaluza ha dado un toque atención este curso al incluir en las actas de calificaciones la valoración de las competencias.  No creo que esta indirecta (alguien tiene que evaluar algo, citando a Gila) haya sido captada total ni parcialmente.  

 

Y luego está esa cosa espantosa de los repetidores, incomprensibles para docentes que nos visitan.  La eficacia de la repetición ha sido calificada a lo largo de muchos años como tendente a cero.  En mi experiencia no habré visto más de dos o tres casos a los que les haya sentado bien repetir.  Es como aquello que decían que estaba escrito en la puerta de la cárcel: "Aquí el bueno se hace malo y el malo se hace peor".

 

Y así van pasando los años y las leyes y las generaciones y asumimos como normal que en un instituto entren 180 alumnos/as y salgan 110 en 4º y 80 en 2º de bachillerato, de los que solo van a selectividad 35.  Luego vendemos que aprueban la dichosa selectividad un 98% y nos quedamos con la conciencia tan tranquila.  Es una pirámide discriminatoria, fruto de un sistema que busca solo la excelencia de los excelentes, no de sí mismo.   Por supuesto que hay gente más inteligente que otra, vive Dios, pero no todo debe girar en torno a ellas y ellos.

 

Y volviendo a lo del nivel: si pedimos a los alumnos lo máximo y los aprobamos cuando dan la mitad, en lugar de pedir lo mínimo y luego ya se verá quién da más de sí, pues seguirán cayéndose alumnos y alumnas por el camino.  Es como querer ir al ritmo del que más corre, en lugar de remar juntos, como una sociedad que somos.  Esa huida hacia adelante en busca del máximo de contenidos provoca que, como me han comentado varios profesores universitarios, los alumnos lleguen sin saber escribir, leer o hablar en el "nivel" que les corresponde.  Y, para remate, las empresas no quieren empollones especialistas, sino trabajadores y trabajadoras flexibles, que sepan hacer, plantear, solucionar, no recitar datos o resolver problemas abstractos y más o menos memorizados.  En otras palabras, estamos construyendo un gigante con los pies de barro.

 

Y para rematar el pastel está la administración (en general) que se inhibe y no acaba de arrancarse por peteneras, temiendo la reacción de docentes, familias y medios de comunicación, sedientos de novedades catastrofistas que alimenten sus burdos telediarios.

 

Con esto no quiero decir que vivamos en pleno pleistoceno educativo.  Muchísimos docentes están ya implementando proyectos valientes, novedosos, integradores y elevadores del "nivel".  Tengo la suerte de conocer un centro, el I.E.S. Cartima de Cártama (Málaga), que está en la vanguardia española bajo la batuta dinámica de José María Ruiz.  En nuestro centro modestamente también estamos intentando con mayor o menor fortuna echar andar la enseñanza basada en proyectos (ABP), el aprendizaje cooperativo, la digitalización, alumnado ayudante y dinamizador...

 

Por otra parte el profesor tradicional que explica en su pizarra, manda ejercicios y hace exámenes no tiene por qué ser un mal docente.  A fin de cuentas los resultados siguen mejorando lentamente desde hace años, pero se echa de menos un salto cualitativo, que nos acabe de poner en el mapa de la educación moderna, aquella que soñó el rondeño Francisco Giner de los Ríos: "Los nuevos educadores en ningún momento tratarán de ser meros transmisores del saber... será su ideal el formar hombres nuevos y esto significa atención a todas las facultades del hombre, físicas y espirituales (...) escolares activos, que piensan, que hablan, que discuten, que se mueven, que están vivos en suma".

 

A fin de cuentas el único nivel que deberíamos medir es el de humanidad.