Élites y selectividad

El martes pasado acompañé a mis alumnas a selectividad.  En medio de la vorágine de risas nerviosas, una de ellas se me acercó y me mostró su camiseta, autodiseñada, en la que criticaba el valor intelectual de las pruebas (por delante) y los precios de tasas y matrículas (por detrás).  A los pocos días me escribió diciéndome que el asunto se le había ido de las manos.  Sus dos fotos con la camiseta (anverso y reverso), que había subido a Twitter, se habían convertido en trending topic o algo así y había tenido quince mil likes y no sé cuántos retuiteos y comentarios.  La cosa fue tan desmesurada que llamó la atención del Huffington Post y días después la invitaron a una entrevista radiofónica.

 

Como pasa con casi todo en este país, surgió la polémica: ¿Es verdaderamente elitista, como rezaba la camiseta, la educación en España?  ¿Hay becas suficientes y en cuantía suficiente para todos y todas? ¿Hay pobres que se gastan el dinero de las becas de sus hijos comprando móviles y viajes a Disney?  Etc.  No tengo datos fidedignos de fraudes becarios, ni de gente de clase media/baja que estudia o no estudia grados.  Lo que sí sé es que entre quienes se quedan por el camino son mayoría los hijos e hijas de familias desfavorecidas.  Eso lo puedo certificar en cualquier momento.  Y también tengo datos, con nombres y apellidos, de excelentes alumnos y alumnas, cuya continuidad en el sistema educativo superior está fuertemente amenazada por razones estrictamente económicas.

 

Sea como fuere, quienes hemos dado clase de esta alumna nos sentimos muy orgullosos/-as de que haya demostrado esa creatividad, valentía y empatía con los que menos tienen, porque lo que pedía no era estrictamente para ella, sino para gente que ella conoce.  En ese sentido ella sí ha entrado en la élite, en la de la buena gente. 

 

Y para colmo tuve el honor de dirigirla como actriz en el Secuestro en el Orient Express.  ¿Qué mayor recompensa podemos esperar los docentes?

 

 

 

Escuela nocturna

Imagen de Pixabay
Imagen de Pixabay

Así se llama el libro que quiero recomendarles muy especialmente.  Lo leí a colación de otro del mismo Richard Wiseman, 59 segundos, que quizá reseñe otro día.  Escuela nocturna es casi un manual para dormir.  Está dividido en dos partes, que en inglés están claras y en español no tanto: el sueño y los sueños (to sleep y to dream).

 

En la primera hace un repaso a cientos de investigaciones realizadas a lo largo de los últimos cincuenta años y extrae sabrosos consejos.  Aparte de los ya consabidos de la temperatura, el ruido y la luz, para dormir bien recomienda cosas como estas.  

- Al parecer dormimos en "trozos" de 90 minutos.  De modo que si queremos levantarnos bien, tenemos que hacer coincidir el despertador con el final de uno de esos periodos.  Por ejemplo, si usted se levanta a las 7:00, duérmase a las 11:30 o a la 1:00.  Si lo hace a las 7:30, pues a las 12:00...

- Evite la luz en general a la hora de acostarse, sobre todo las azules de ordenadores o fluorescentes.

- Duerma siestas.  Una investigadora americana dice que no nos sintamos culpables por dormirlas, sino por no hacerlo.

- Estudie antes de dormir, así recordará mejor.

- Duerma junto al mar.

- Báñese antes de meterse en la cama.

- Ponga un poco de olor a lavanda en la almohada.

- Si no se puede dormir, propóngase no dormir en toda la noche.  Verá qué pronto se duerme.

 

Y como estos, muchos consejos más que pueden servirles a los que tengan cualquier tipo de trastorno del sueño.  Al parecer la falta de sueño está detrás de accidentes como el de Chernobil, el Exon Valdez o el Challenger, amén de depresiones, obesidad y bajo rendimiento académico.

 

Y sí, también habla de las erecciones nocturnas.  Y de mi amigo el jet-lag y de los sonámbulos (algunos casos son espectaculares, como el de una española que mandaba correos electrónicos dormida).  No se le escapa nada.  Y nada de agobiar a los adolescentes porque se levanten y acuesten tarde: es natural.  Lo antinatural es tenerlos a las 8:30 despejando ecuaciones cuando ellos todavía no están, ni por asomo, despejados.

 

Luego está el asunto de los sueños.  No esperen interpretaciones estúpidas del tipo "si sueñas con caballos, te va a tocar la lotería...".  Ni siquiera le hace mucho caso al famoso Freud, aunque le reconoce que inauguró en 1900 la interpretación científica de los sueños.  

 

El de los sueños es un mundo fascinante.  Propone soluciones para las pesadillas recurrentes y excesivas, para los terrores nocturnos infantiles y post-infantiles...

Dice Weisman que tenemos cinco sueños cada noche, pero que los olvidamos casi todos.  Los especialistas creen que las pesadillas son mecanismos del cerebro para ayudarnos a afrontar preocupaciones y temores cotidianos. Es decir, los sueños son "terapeutas nocturnos".

 

Hay personas que controlan y dirigen sus sueños y algunas consiguen adiestrar a los personajes que aparecen en ellos para inspirarse o aprender habilidades como esquiar.  Walter Scott resolvía las tramas de sus novelas mientras dormía.  Coleridge soñó 200 versos de un poema nuevo.  Lo mismo cuenta Stephen King.  Mary Shelley soñó Frankenstein y Stephanie Meyer, Crepúsculo. El mismísimo Paul McCartney se levantó tarareando "Yesterday".  Mendeléyev soñó la tabla periódica y Elias Howe vio en sueños la primera máquina de coser.

 

Ah, se me olvidaba: comer queso por la noche no provoca pesadillas.  Lo malo es que el estudio estaba patrocinado por el Consejo de Queso Británico.

 

Tendré como doscientas notas tomadas de este fascinante libro.  Les recomiendo que lo lean por la mañana.  Por la noche los puede enganchar y provocar lo contrario de lo que pregona.

 

 

 

La princesa Alice y el Gran Hermano

Imagen de Pixabay
Imagen de Pixabay

Tres psicólogos británicos hicieron el siguiente experimento con niños de 5 a 9 años.  Les pidieron que tiraran de espaldas bolas del velcro a una diana que había a unos metros.  La cosa era difícil.  Luego los separaron en dos grupos.  Al primero le pidieron que fueran entrando de uno en uno y lanzaran lo mejor posible.  Los pobres y las pobres, al percatarse de que  no daban una y viendo que estaban solos, se volvían sigilosamente y colocaban las bolas donde les parecía para conseguir más puntos.  Al segundo grupo le contaron que en una silla que había junto a la diana estaba sentada la invisible princesa Alice, que vigilaba por si alguno hacía trampas.  Sí, es lo que están pensando. Los niños del segundo grupo actuaron con un nivel de ética/moral intachable, temiendo el ojo invisible de la invisible princesa.  No faltó alguna que se fue hacia la silla y la palpó, para ver si en efecto había tal princesa en la silla.  Empiristas y materialistas, futuros filósofos.

 

La moraleja está bastante clara: la existencia de los dioses es un hecho eminentemente práctico, un rastro bastante claro de la psique infantil, de aquellos tiempos en que los padres controlan toda la vida de sus hijos.  Fue Voltaire quien lo intuyó: "Si Dios no existiera, sería necesario inventarlo".  Y tiene toda la guasa que el gran azote de la Iglesia sea precisamente quien lo diga.  La frase es, pues, ambigua.  Los creyentes ven en lo que demuestra el experimento británico una "razón para la fe" (gran paradoja donde las haya) y los ateos y agnósticos, precisamente lo contrario, que Dios es un invento y que se podrían hacer las cosas bien sin su necesidad.

 

Hace años en un libro de texto de Lengua encontré un reportaje sobre una monja española que prestaba sus servicios a las víctimas de aquella masacre de hutus y tutsis, que dejó en estado de shock a la opinión pública mundial.  En un momento la religiosa afirmaba que estaba allí por su fe y que no sabía por qué estaban allí las otras personas, que ayudaban, pero no la tenían.  Me pareció una duda curiosa.  

 

Sea el hombre un lobo para la mujer o un perfecto salvaje roussoniano, no creo que a estas alturas de la historia quepa duda de que pueda existir una ética y una moral laicas, como la que propuso Sócrates y, en cierto sentido, Buda.  Una ética en sí y por sí misma, sin premios ni castigos a posteriori, sin grandes hermanos ni princesas invisibles sentadas en sillas de jardines de infancia.

 

 

 

Atajos y educación

Imagen de Pixabay.
Imagen de Pixabay.

Voy a contarles una anécdota docente.  No me gusta contar muchas porque hay un nivel de discrecionalidad que no quiero rebasar.  Lo que pasa en la clase se queda en la clase (salvo que pregunten los padres o los inspectores).  Creo que en esta ocasión no se menosprecia ni vilipendia a nadie, sobre todo al alumnado, que siempre es el blanco de todas las chanzas posibles por parte del público general y no general.  Pero ese es otro tema peliagudo que se merece una entrada él solo.

 

Hace unos días  estábamos en clase haciendo un ejercicio de ampliación de vocabulario, (ese gran olvidado de los libros de texto, que lo trata de forma asistemática, esporádica y tangencial.  Salió la palabra "atajo".  Más de la mitad la conocía.  Pedí que pensaran ejemplos de contextos educativos, de su mundo, en los que se pudieran usar atajos.  Era de esperar que los más "brillantes", los "mejores" alumnos y alumnas levantaran la mano, pero de pronto veo que las manos que estaban levantadas eran las de los "malos" estudiantes, los desahuciados del sistema, los objetores, los cansados, los playstationadictos...  Ellos sabían los verdaderos atajos de la educación.  O creían saber, porque el primero que intervino dijo: "Que te aprueben por la cara".   Luego se habló de Formación Profesional Básica y de pruebas especiales para estudiar F. P.  Lástima que terminó la clase y no hubo tiempo para conocer más, como las chuletas, el gran clásico de los atajos, copiarse del compañero o del libro, los "cambiazos" o el último grito en tecnología, el pinganillo.

 

Esta anécdota viene a demostrar que el alumnado interviene, participa y se interesa cuando le interesa, es decir, cuando el asunto es de su interés.  Después de la clase, comentando el caso con una compañera, se me ocurrió un proyecto o un trabajo que se titulara "¿Cómo aprobar sin estudiar ni dar golpe?", "¿Cómo escaquearse constantemente en clase?", etc.  Sería la trampa perfecta: conseguir que los que no hacen nada escriban cien páginas sobre cómo no escribir nada.

 

 

 

 

Retrosorpresa

Imagen de Pixabay.
Imagen de Pixabay.

La semana pasada se me ocurrió hacer un ejercicio de creatividad literaria en clase.  Les dicté el principio de un cuento que escribí allá a finales del siglo pasado, en la década de los noventa, año arriba, año abajo.  Se titula "La tarde que volamos las cometas" y se publicó en una antología de la editorial SGEL, en 2001.

 

El ejercicio consistía en que ellos continuaran el argumento.  Unos han tirado por lo cotidiano, otros por lo fantástico, incluso uno ha hecho directamente un cómic.

 

Hoy hemos repasado sus continuaciones, les he revelado quién era el autor y he leído un fragmento más del original.   Para mi sorpresa (amnésica) el jefe de la banda de niños anima a los demás a que vayan a volar sus cometas y con el siguiente argumento: "Es la moda en Japón".  Les enseña a sus amigos una revista en la que se ve a japoneses manejando cometas y los convence. 

 

La verdad es que, como recuerda nuestra corresponsal, la "voladura" de cometas no es especialmente popular en Japón.  Fue una licencia distópica que me permití o, más bien, un garrafal error.  Lo bueno es la latencia del tema de Japón diez o más años antes de visitar el país.  No es el primer japonismo latente o patente en mi obra.  En La dulce faena ya había unos cuantos haikus y allá por el 88 pinté una caligrafía en un gran abanico con el celebérrimo poema de Matsuo Basho y la rana (Furuike ya / kawazu tobikomu /mizu no oto).

 

Cosas de profesores nipónfilos desmemoriados.