Raros

Cansa ya tanta falta de información y perspectiva.  En relación con el temita del semen de pulpo y otras rarezas gastronómicas japonesas, en un muy pequeño paseo por redes sociales me encuentro otras supuestas rarezas japonesas (u orientales en general): que si niños embutidos en paraguas gigantes, que si mujeres-mesa sobre las que se come sushi...  Un no parar.

 

Como ya he dicho un montón de veces, en Japón hay pocas cosas raras, al menos a la vista, en las calles y lugares más o menos cotidianos (no digo que no haya frikeríos en algunos barrios de Tokio).  Muy al contrario, la normalidad y la tranquilidad inundan la vida cotidiana de aquel país, incluso en grandes urbes como Osaka, que es la que más conozco.  Es más, cuando uno se acostumbra a que los trenes, autobuses y aviones lleguen y salgan a su hora, cuando uno ve como normal que le resuelvan los pocos problemas que surgen (derivados casi siempre por nuestra incompetencia lingüística o cultural) con tranquilidad y predisposición positiva, cuando el camarero da un salto para reponer un palillo que se te ha caído antes de que casi toque al suelo, cuando... entonces vas y tienes una iluminación: los raros somos nosotros, que no paramos de meter palos en las ruedas, de postergar, de protestar, de escindirnos, de envidiar, de (casi) prohibir las placas solares, de decir que "esa pieza hay que pedirla a Alemania" y... Bueno, mejor lo dejo, que luego dicen que no soy patriota, o español o lo que sea que se supone que debo ser.  Además, ya lo conté hace seis años en un post del viejo Monte Coronado.

 

En otras palabras: nos reímos de las rarezas de los otros, quizá para no lamentar las nuestras, tan evidentes que no las vemos o no queremos verlas.  Vigas y pajas, pajas y vigas.

 

 

 

Semen a la brasa, ninjas, geishas y toreros

La paella (paeria dice el cartel en katakana) del bufé del hotel de Sounkyo.
La paella (paeria dice el cartel en katakana) del bufé del hotel de Sounkyo.

Justo antes de salir para Japón hace dos semanas leí una noticia.  El chef Dabiz Muñoz iba para allá también, imagino que en business, con sus tatuajes, rapados y pendientes antisistema.  Como otros tantos, va periódicamente a vampirear ideas.  Como tiene que ser, por otra parte.  La historia es un flujo de ideas o no es nada.

 

Desde allí retransmitió que había probado por primera vez el semen.  Eso decía el titular, que (lo sabemos ya de sobra) es una reducción antibalsámica de la verdad.  El semen que había probado era de pulpo.  Si el titular contribuía a cuestionar la heterosexualidad del cocinero, el desarrollo de la noticia remarcaba el carácter "extraño" de la cocina japonesa y, por extensión, de lo japonés.  Luego hubo una contranoticia.  Entrevistaron a cocineros japoneses que trabajan en España y afirmaron que ni el semen de pulpo ni las hormigas vivas son algo que se coma normalmente en Tokio, Asahikawa o Hiroshima.  Hay que ir a buscarlos a ciertos sitios recónditos y/o exquisitos.  Además lo de las hormigas vivas es un invento de un chef danés que tiene el gorro puesto en Chiba o por ahí.

 

Desmontado el artificio, queda desnuda la verdad, la que hemos vivido en este último viaje a Hokaido y que no es otra que: patatas fritas, sandías, melones, ramen, edamame, sashimi, algo de sushi (poco), huevas de salmón, pescado a la brasa, helados... hasta paella había en el bufé del hotel.  Ni geishas, ni toreros, ni ninjas, ni semen de cachalote... Gente normal viviendo vidas normales debajo de un misil intercontinental.  Pero esa es otra historia que contaré otro día, como digo, si tengo tiempo y ganas.

 

Aquí les dejo fotos de algunas comidas y bebidas consumidas en este viaje:

 

Shishiamo, un pescado exquisito que se sirve a la brasa, pero aquí está en versión seca de paquete de supermercado, igualmente sabrosa.
Shishiamo, un pescado exquisito que se sirve a la brasa, pero aquí está en versión seca de paquete de supermercado, igualmente sabrosa.
"Té" de maíz sin cafeína.  El maíz abunda en Hokaido, sobre todo como pasto para su famosas vacas.
"Té" de maíz sin cafeína. El maíz abunda en Hokaido, sobre todo como pasto para su famosas vacas.
Bebida gaseosa con aloe y un 5% de alcohol.
Bebida gaseosa con aloe y un 5% de alcohol.
Sandía, melón y palomitas con miel.  Las frutas de Hokaido están consideradas entre las mejores de Japón y son tan buenas, o más, como las de por aquí.
Sandía, melón y palomitas con miel. Las frutas de Hokaido están consideradas entre las mejores de Japón y son tan buenas, o más, como las de por aquí.
Karage de nankotsu.  Esto sí que puede considerarse, hasta cierto punto, una rareza habitual.  El karage es frito y el nankotsu son tendones o ternillas, que aquí también se consumen, junto a un amplio espectro de casquería, que en Japón no se come.
Karage de nankotsu. Esto sí que puede considerarse, hasta cierto punto, una rareza habitual. El karage es frito y el nankotsu son tendones o ternillas, que aquí también se consumen, junto a un amplio espectro de casquería, que en Japón no se come.
Sashimi variado: pulpo, gambas, dorada, salmón, kagi (molusco) e hígado de algún pescado.  Sólo falta el atún y el bonito para ser un clásico.
Sashimi variado: pulpo, gambas, dorada, salmón, kagi (molusco) e hígado de algún pescado. Sólo falta el atún y el bonito para ser un clásico.
El ramen es una comida de origen chino que es muy popular en Japón.  Este lleva algas, brotes de bambú y no sé qué más que ya me había comido.
El ramen es una comida de origen chino que es muy popular en Japón. Este lleva algas, brotes de bambú y no sé qué más que ya me había comido.

1937, 1984, 1997

George Orwell (el más alto de la foto) en la Guerra Civil española.
George Orwell (el más alto de la foto) en la Guerra Civil española.

El Gran Hermano estuvo a punto de no llegar a existir una madrugada de 1937.  George Orwell lo cuenta con detalle en su Homenaje a Cataluña.  Un francotirador fascista acertó a meterle una bala en el cuello durante el cerco de Huesca.  Detalles escabrosos aparte, lo evacuaron y uno de los médicos le dijo que había faltado exactamente un milímetro para que la bala le hubiera destrozado la carótida, lo que habría provocado una hemorragia masiva y forzosamente mortal.

 

Si Orwell hubiera muerto en 1937, en 1949 no habría publicado 1984 (cuya idea central se basa en la fuerte represión estalinista que se dio en aquella España múltiplemente dividida y radicalizada), por lo que en 1997 los holandeses de John de Mol Produkties tendrían que haber buscado otro título para ese programa de teleirrealidad que en España conduce (y el círculo se cierra) una presentadora catalana.

 

 

 

Visitas

Las visitas son una ancestral costumbre humana.  Supongo que empezarían hace millones de años en las míticas gargantas de Olduvai, allá en Tanzania.  Un clan "x", asentado en un refugio vería acercarse a un clan "y".  Se husmearían, se hablarían (o lo que fuese), tal vez se tocarían y luego alguien de la tribu "x" sacaría una escoba y simularía barrer alrededor del fuego.  A continuación un miembro anciano del clan "y" diría en su protodialecto: "Bueno, va siendo hora de que nos vayamos, que esta gente se querrá acostar".  Y, si no albergaban algún gen español, se irían inmediatamente hacia su pétreo sweet home.

 

Más tarde la historia siguió su curso y ya los sapiens se fueron de visita por todo el mundo, los judíos visitaron la tierra que les prometieron; los aqueos, la ciudad de Troya; Odiseo, medio Mediterráneo; Napoleón, los alrededores de Cádiz; Hitler, Varsovia, etc.  Durante ese tiempo también se dieron visitas más protocolarias y no tan violentas.  Entonces se inventó el turismo.  Puede que el primer turista fuera Heródoto.  En la Edad Media hicieron lo mismo Marco Polo e Ibn Battuta, aunque algunos de estos viajes eran más de trabajo que de ocio.  Los románticos sí que ya establecieron las bases del turismo moderno: ese Washington Irving en la Alhambra, ese Byron en los lagos, ese Goethe en Roma...  Cuando la cosa fue a más, algunos turistas, movidos por un afán claramente elitista, se autoproclamaron "viajeros" y aplicaron el término "turista" a las masas de japoneses con banderitas o de ingleses saltadores de balcones, por ejemplo.  Cuestión de orgullo.

 

Y luego están las otras visitas, las de personas que no pueden permanecer donde vivían porque las están bombardeando, matando de hambre o ambas cosas.  A esas visitas las llamamos "refugiados".  Cuestión de semántica.

 

En estos tiempos, a quienes nos ha tocado vivir en los lugares "turísticos", tenemos un evidente conflicto de intereses: necesitamos que vengan las visitas con su dinero, pero no las que no lo tienen o lo gastan poco.  Y además queremos que no vengan todas a la vez y a los mismos sitios.  Cuestión de seguridad casi, de higiene también.  Hay quienes incluso han sacado la escoba insinuadora, aunque la gallina de los huevos de oro es grande y pesada y no se va así como así.  Y para colmo está el asunto de las ganancias.  Piensan muchos que estas visitas masivas solo benefician a unos cuantos empresarios y a unos cientos o miles de camareros explotados, que tardan una eternidad en traerte el tinto de verano.  Y entre los enfados del vecindario y la falta de calidad del servicio, al final lo mismo la gallina, que a la par de grande es volátil, se va a poner sus áureos huevos a Cancún, a Croacia, o al Norte de Marruecos. Cuestión de gustos y de agencias.  

 

Para terminar quiero señalar la existencia de un tercer o cuarto tipo de turista, mezcla de dos de los anteriores: el "refugiado turístico", es decir, aquel que se va de turismo porque en su ciudad hay ya demasiados turistas.  Muchos malagueños, por ejemplo, entramos en esa categoría.  Lo malo es que salgamos de Guatemala para meternos en guatepeor.  Deberíamos reservar hotel en esas ciudades abandonadas, cuyos habitantes invaden nuestras playas y chiringuitos: Madrid, Nueva York, Córdoba, Bonn, Manchester... Cuestión de presupuesto.

 

 

 

Plato o patria

Al igual que aquel dilema que presentaba Pablo Escobar (plomo o plata, con su aliteración y paronomasia y todo), a veces la gente tiene que escoger: plato o patria.

 

El presidente del gobierno ha declarado que una sindicalista que busca provocar largas colas en el aeropuerto del Prat es muy "patriota" (con su ironía y todo).  Esta observación me parece de tremendo interés.  Según él, si una persona tiene un problema laboral (ignoro las cuantías salariales en juego) debe anteponer la patria al plato, es decir, el interés general al propio.  En algunas sociedades esta es la norma, pero en la nuestra, paradigma del salvesequienpuedismo o tontoelultimismo, resulta sospechosa esta invocación al patriotismo y al (tan citado por el prócer) "sentido común".  Para que haya un sentido común, es decir, un ir juntos hacia algún lado, habría que definir claramente entre todos hacia dónde queremos ir, cosa que ni social, ni geográfica, ni políticamente hemos hecho nunca, ni parece ser vayamos a hacer en los próximos siglos.

 

De modo que esta mujer debería dar prioridad a la bandera, el himno (sean cuales sean) y el bien de los demás, al plato de comida o los zapatos de sus hijos.  Todo esto en un contexto de sueldos a la baja y contratos menguantes hasta el infinito.  Y con la turismofobia, más de lo mismo.

 

 

 

La guerra buscada

En un programa de radio de ámbito nacional (español) acabo de oír algo que me ha hecho pensar.  Han invitado a dos economistas para que opinen sobre los posibles efectos económicos de una supuesta independencia de Cataluña.  Los expertos han coincidido en sus respuestas con mesura y educación, pero, pasado un ratito, uno de ellos ha discrepado.  El presentador, que estaba casi ausente tras la lista de cuestiones que le habían preparado los guionistas, ha saltado alborozado y triunfalista: "¡Por fin! Hemos tardado siete minutos, pero lo hemos conseguido.  ¡Ya hay debate!" (cito de memoria).  O sea, le importaba una escalivada que los sabios hablaran, explicaran, reflexionaran... Lo que quería era ¡que se pelearan!  

 

Fue Heráclito el Oscuro quien dejó escrito/dicho aquello de que "la guerra es el padre de todas las cosas" o "la guerra es el origen de todo".  Parece que no han cambiado mucho las cosas desde aquella presocrática época, con el cristianismo y sus mejillas por medio.  Puede que sea un gen, puede que sea un meme.  La cosa es que empezamos matando a nuestro hermano y de ahí en adelante...  No sé si la cultura y la civilización debieran consistir en ir minimizando o erradicando esta fea costumbre de levantar la quijada de un burro contra el semejante más próximo, sea persona, pueblo, barrio, país o equipo de fútbol.  O quizá haya que asumir el conflicto como germen, como ruptura con lo aceptado, con lo estático, con lo enquistado, con el tedio y el conservadurismo.  Este tema da mucho de sí y no está agosto para devanarse demasiado los sesos.

 

Recuerdo en la infancia cómo se enardecían los ánimos cuando alguien en la calle gritaba: "¡Pelea, pelea!".  Era como el canto de las sirenas al que todos acudíamos movidos por el pacífico tedio, nuestro semejante, nuestro hermano.

 

 

 

 

De dioses y tortillas

A ver, un poquito de árabe para periodistas.  "Allahu akbar" no se traduce como "Alá es grande", sino como "Alá es más grande".  "Alá es grande" sería "Allahu kabir", con i larga.  (Fin de la clase de árabe gratuita).

 

Este comparativo viene de los tiempos de Mahoma, cuando en Arabia había dioses a espuertas o cascoporro.  Precisamente lo que hizo el profeta fue unificar el asunto, poner un poquito de orden y paz entre tantos diosecillos tribales.  Poco más o menos lo mismo había hecho el cristianismo con la pesca o famiglia del Olimpo, que era un cachondeo digno de Telecinco (en el mal sentido de la palabra Telecinco).  Verdad es que luego el catolicismo volvió a las andadas, en un rasgo de nostalgia politeísta mediterránea, y colocó santos, beatos y vírgenes en los altares, a imagen y semejanza de Apolo, Afrodita y demás.  

 

También en el Antiguo Testamento se decía que Yahvé era más poderoso que otros dioses vecinos, mesopotámicos sobre todo.  Incluso hubo algo raro dentro del judaísmo entre el dios de Judea y el de Israel (sur y norte) El y Yahvé.  Ya ven, ¿quién lo iba a pensar?

 

Es un poco como las tortillas de la madre de cada cual.

 

 

 

 

Conciertal neoclásico

Como no hay dos sin tres, tampoco hay tres sin cuatro.

 

El primer conciertal de este año tan conciertalero fue a principios de mayo en el Centro Internacional de Español de la Universidad de Málaga.  Allí se estrenó mi nuevo bajista, José Luis González Vera, escritor, poeta, columnista y docente.  Aquel acto no fue propiamente la presentación de De la palma al cerezo, sino un conciertal que me pidieron con motivo del septuagésimo aniversario de su creación.

 

El segundo fue el oficial, de la mano de José A. Mesa Toré, alma mater de todo este asunto de las obras completas, al que tengo tanto, tantísimo que agradecer.  Allí estuvo también el ínclito, el de los dedos vertiginosos, Eduardo Retamero, cantando y tocando según mis tiránicas instrucciones.  Y también, para muchos, lo mejor de la tarde, la composición e interpretación de Cantos cetáceos, una pieza pianística de la compositora Cristina Gallego Fernández, que dejo al público con ganas de más, de mucho más.

 

El tercero fue un concierhaiku (por el espacio, no por el tiempo) que celebramos en La Mínima, una librería grande de corazón, sita en el Rincón de la Victoria.  Allí el que se estrenó fue el presentador, que me emocionó especialmente con esa mezcla especial de cariño, erudición y sentido del humor, Fran Cuevas Alzuguren.

 

Y ahora llega el cuarto. Muchas y muchos (bueno, no tantos ni tantas) se preguntarán por qué, a qué diantres viene tanto presentar un libro (que además no se puede comprar) y que ya ha sido presentado dos veces.  Pues porque hay gente que no ha podido asistir a los anteriores, a saber: emigrantes, estudiantes, diletantes, distantes, amnésicos, estresados... que han manifestado su intención de querer haber ido, pero que no pudieron.  Doy fe.  También son las ganas que tiene/tenemos gran parte del personal de salir de sus casas y patear la calles nuevamente.

 

Así pues, el jueves 2o de julio a las 20:00 horas, con el permiso de la autoridad y si el tiempo no lo impide (que no lo impedirá, porque hay aire acondicionado en la sala), estaremos González Vera, Eduardo, Cristina, dos invitados más (en la presentación y las voces) y este que les escribe, en el incomparable y neoclásico marco del Ateneo de Málaga, sito en calle compañía, casi ya plaza de la Constitución.

 

Se remozará el repertorio de poemas y canciones.  Entrada libre hasta completar aforo, que no se completará (demasiado salón regio para un poetastro alopécico).

 

Esperamos verlas y verlos por allí.

 

 

 

La inutilidad de la filología etrusca

El señor ministro del ramo, Íñigo Méndez de Vigo, ignora que no existe la carrera de filología etrusca, pero sí sabe hacer chistes tendenciosos sobre ella.  Esta mañana le he oído decir que el ministerio va a incentivar los estudios que tengan repercusión práctica en la vida de los ciudadanos.  Y acto seguido ha hecho el chiste de la filología etrusca.  

 

La verdad sea dicha es que stricto sensu estoy de acuerdo con él, pero lo que insinúa es otra cosa.  Los etruscos, ya se sabe, no cotizan en bolsa, pero las humanidades, que es a lo que se refería senso lato, son otra cosa.  No voy a traer aquí demasiados datos sobre el valor económico de la cultura y las humanidades (estudio de la lengua española, arte español, música española, cine español...).  Bueno, uno solo: el peso de la lengua española se considera que supone un 15% del PIB.  Lo que sí sabe a ciencia cierta el ministro es que un pueblo ignorante de su propia lengua es fácil de dominar y se le pueden colar trucos retóricos como el de la filología etrusca: se llama reductio ad absurdum.

 

¿Han notado la cantidad de latinajos que he usado en un artículo sobre los etruscos'  (icono de cara guiñando).

 

 

Títere sin cabeza

Lo de los titiriteros que eran terroristas (pero que luego no lo eran, pero que ocuparon portadas cuando lo eran) me ha irritado especialmente.

 

No, no voy a caer en la burda trampa de decir que no soy español (sería una falacia administrativa), ni que no me siento.  Prefieron que no se sientan (ni sienten) los que maquinaron semejante injusticia (ahora demostrada).  Es verdad que parece que son mayoría, por el ruido que hacen y las pocas nueces que reparten.

 

No sé si Platón contempló en su mundo de las ideas la de "españolidad", pero no estoy dispuesto a reconocer la que algunos o muchos propugnan y ejecutan.

 

Tanto derecho tengo yo como ellos a leer a Cervantes, a pasear por Toledo o por las Ramblas, a comer espetos y a ver atardecer en Finisterre.

 

 

 

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