Retrosorpresa

Imagen de Pixabay.
Imagen de Pixabay.

La semana pasada se me ocurrió hacer un ejercicio de creatividad literaria en clase.  Les dicté el principio de un cuento que escribí allá a finales del siglo pasado, en la década de los noventa, año arriba, año abajo.  Se titula "La tarde que volamos las cometas" y se publicó en una antología de la editorial SGEL, en 2001.

 

El ejercicio consistía en que ellos continuaran el argumento.  Unos han tirado por lo cotidiano, otros por lo fantástico, incluso uno ha hecho directamente un cómic.

 

Hoy hemos repasado sus continuaciones, les he revelado quién era el autor y he leído un fragmento más del original.   Para mi sorpresa (amnésica) el jefe de la banda de niños anima a los demás a que vayan a volar sus cometas y con el siguiente argumento: "Es la moda en Japón".  Les enseña a sus amigos una revista en la que se ve a japoneses manejando cometas y los convence. 

 

La verdad es que, como recuerda nuestra corresponsal, la "voladura" de cometas no es especialmente popular en Japón.  Fue una licencia distópica que me permití o, más bien, un garrafal error.  Lo bueno es la latencia del tema de Japón diez o más años antes de visitar el país.  No es el primer japonismo latente o patente en mi obra.  En La dulce faena ya había unos cuantos haikus y allá por el 88 pinté una caligrafía en un gran abanico con el celebérrimo poema de Matsuo Basho y la rana (Furuike ya / kawazu tobikomu /mizu no oto).

 

Cosas de profesores nipónfilos desmemoriados. 

 

 

 

 

 

De niños y de cerezos

Pétalos de sakura caídos tras la lluvia.
Pétalos de sakura caídos tras la lluvia.

Ya estoy de vuelta de este viaje tan especial a Japón.  Especial por las fechas que han abarcado (plena floración de los sakuras en Osaka) y por razones familiares, que son una mezcla agridulce de alegría y tristeza, tan paradójica y vital como el propio auge y caída de los pétalos del cerezo.

 

Cada vez que vuelvo tengo la tentación de contar una gran cantidad de cosas que luego no cuento.  Temo incurrir en el tópico del amigo pesado que no para de soltar anécdotas sin fin y de enseñar fotos a traición.  Por eso utilizo este medio, el blog, para ir dando fe de cosas que he visto, comido, olido y oído en mis estancias en Japón.  

 

A pesar de que hemos estado ocupados con asuntos domésticos, ha habido tiempo para ver y aprender.  Y para aprender a ver.  De esto quiero hablarles.  

 

Iba por la calle camino del supermercado y observo a un niño de unos seis años que iba solo por la calle a eso del mediodía.  No es la primera vez que veo niños yendo solos al colegio con sus mochilas impecables, pero este iba ligero de equipaje, que diría don Antonio, y como mirando a los lados, edificios, carteles... y hablando solo también.  Aunque me intrigó, no le di más importancia, pero a los pocos días nos contó una profesora de la Universidad de Osaka que existe la costumbre en Japón de que los niños vayan sin compañía de adultos al colegio desde el primer día.  Y, por supuesto andando o en autobús/metro.  Nada de atascos multitudinarios con policías y doblesfilas.  También nos dijo que, como Osaka (y sus alrededores) está considerada una gran zona urbana más o menos "peligrosa", las madres se colocan en ciertos tramos o esquinas y van "redirigiendo" a los niños en su recorrido de forma sutil e indirecta.  Al parecer el niño que me encontré estaba "en prácticas", ya que precisamente a principios de abril empiezan las clases en todos los niveles.  En ese sentido, como en otros, los japoneses viven según los ritmos de la naturaleza.

 

Y conforme a esos ritmos también llegué con la flor de cerezo y me fui cuando la lluvia arrancó y esparció sus pétalos por el suelo, lo que me llevó a escribir el siguiente haiku que ha traducido amablemente la profesora Tamiko Nakamura.  Han salido más.  Ya veré que hago con ellos.  Quizá acabarán siendo una sección de un futuro libro.

 

Y todo esto (no se olviden) gracias a la valentía y valía de nuestra corresponsal y ,desde ahora, profesora de español de la Universidad de Osaka, Fina G. Naranjo.

 

NOTA: Quienes quieran ver fotos de este viaje y un par de haikus más pueden entrar en la cuenta de Instagram "montecoronado".

Monólogo viendo llover sobre Andalucía

Andalucía está acostumbrada a recibir el agua procedente de las lágrimas de sus habitantes; no tanto la que cae de las nubes.  Salvo en algunas de las montañas que la circundan o dividen, esta es tierra de sequías pertinaces, de desiertos peliculeros, de costas soleadas y olivares calcinados.  Por eso resulta tan extraño este día "mininacional", nublado, celta, gris como un atardecer en Escocia.

 

Hay quienes hoy gritan a los cuatro vientos el orgullo de haber nacido aquí.  Yo lo llamaría, en todo caso y con mucha precaución, suerte.  Ser coterráneo de Séneca, Lorca, Velázquez, Picasso, Ibn Hazm, Góngora, Juan Ramón, Ibn Firnás, María Zambrano, Camarón, Falla o Vicente Aleixandre es eso, una suerte casual, no un proyectil argumental que haya que lanzar sobre otros (que sí los lanzan).  

 

Hay quienes consideran Andalucía un invento político de la transición y que hablan solo de España o de alguna de nuestras ocho provincias.  Allá cada cual con su adhesiones.  

 

Por mi parte hablo andaluz, escribo castellano, leo en inglés o en francés, estudié varias lenguas que no llegué a hablar demasiado bien.  Me gustan el gazpacho y la paella, los quesos suizos (que no puedo comer por razones cálcicas) y el okonomiyaki (tortilla japonesa típica de Osaka).  Lo mismo escucho blues que bulerías, a Satie que al ilustre Eduardo Retamero.  Leo a Matsuo Basho y a Mesa Toré, a Azorín y a Nietzsche, a Safo y a Machado.  Porque una cosa es haber nacido, habitar incluso, y otra es vivir, ser, sentir(se).

 

En este día en que la lluvia, evaporada a miles de kilómetros de aquí, desdibuja el paisaje y el paisanaje, les deseo a todos un feliz día de Andalucía, es decir, de la Humanidad.

 

 

 

  

 

 

Cuerpo, mente y maquinistas japoneses

 

Nunca me había parado a pensar en los gestos que hacen los maquinistas de los trenes en Japón.  Al salir de las estaciones, al llegar a ellas o en determinados puntos del recorrido señalan hacia adelante o hacia algún lado con el brazo y la mano apuntando con el índice.  Otras veces señalan el listado de estaciones que figura en un papel que está en la cabina.  Me gusta ponerme cerca de la cabina en los pequeños trenes locales y contemplar esta coreografía minimalista, que va acompañada de frases en voz alta que no oía por el cristal aislante.  Supuse que era una tradición más de un país plagado de ellas, pero es algo más.

 

Este ritual, que se llama shisa kanko se remonta a principios del siglo XX, cuando un conductor de trenes de vapor, llamado Yasoichi Hori, había empezado a perder la vista.  Temeroso de saltarse alguna señal, le preguntaba a su compañero, que la confirmaba.  Alguien que fue testigo de la escena pensó que esas confirmaciones podrían ser un buen sistema de seguridad para todos los maquinistas.  Y así nació el código que empezó a utilizarse poco después.

 

En teoría escuchar la propia voz y gesticular estimula la atención del cerebro.  En 1994 se llevó a cabo una investigación que lo demostró.  Los sujetos que verbalizaban y "gestualizaban" los pensamientos redujeron un 85% la tasa de error.

 

Es algo que siempre he pensado de manera más o menos difusa.  Hablar es algo más que comunicar a un oyente una cierta información.  Es también comunicarse (en el sentido reflexivo del "se"), autocomunicar.  Y la expresión física de un pensamiento supongo que pondrá en funcionamiento más zonas del cerebro, distintas de las famosas de Broca y Wernicke.   Los mediterráneos sabemos esto muy bien, por eso quizá a san Agustín de Hipona le resultó tan raro ver a san Ambrosio leyendo en voz baja.

 

Recuerdo que siendo estudiante de instituto, nuestro profesor de Filosofía, José Rodríguez Galán, nos sacó al patio para enseñarnos la teoría heliocéntrica de Copérnico.  Tres alumnos hicimos las veces del Sol, la Luna y la Tierra.  De esta manera comprendimos mucho mejor que con un esquema o una disertación meramente verbal.

 

Cuerpo y pensamiento, esos divorciados artificiales, una dicotomía que no entienden muchas culturas y religiones, porque ¿acaso no es el cerebro una parte más del cuerpo?

 

 

 

 

Neologismos

Lo advierto desde el principio: a pesar de la foto, esta entrada es un fistro de entrada, un amatoma diodenal de la pradera, así que relájense físicamente, moralmente.

 

Los neologismos de verdad son, como su nombre indica, palabras nuevas, inventadas ab nihilo o casi.  No son préstamos, como cruasán o fútbol, barbarismos, como software, acrónimos, como ADN o INRI, etc.  Se trata de un viejo recurso retórico creativo, propio de rétores y autores desde la mismísima antigüedad.  Al neologismo si no vuelve a usarse  se le llama hápax legómenon.  Es famoso en inglés el Honorificabilitudinatibus, empleado por Shakespeare una sola vez en Trabajos de amor perdidos.  En español quizá el más prestigioso inventor de palabras sea Quevedo: nabal, garcivolallas, quintainfamia, diabliposa, Gongorra, alcamadres, libropesía, marivinos, archinariz, cornicantano, caraluisas, nalguimántico, pelijudas...  Este don Franciso es que es un pozo sin fondo.  Más cercanas a nosotros quedan las jitanfáforas del mexicano Alfonso Reyes: 

 

     Filiframa alabe cundre

     ala olalúnea alífera

     aveolea jitanjáfora

     liris salumba salífera.

 

Y ya casi ayer, como quien dice, el glíglico del capítulo 68 de la mítica Rayuela de Cortázar: "Apenas él le amalaba el noema, a ella se la agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes".

 

El llorado Fernando Merlo también se apuntó al carro de la arreferencialidad en algunos de sus poemas:

 

     cuda nada lisa

     repi nita sava

     le quandinaruba

     le nuconte taca

     adignón sutiva...

 

Enemigos también de la denotación y la exactitud, más por su sintaxis o su semántica que por su léxico, andan Marx (Groucho), Antonio Ozores y los grandes Marianos,  Moreno "Cantinflas" y Rajoy, pero ese es un asunto que se sale de nuestro campo de estudio, en esta ocasión estrictamente lexicológico.

 

Todo esto viene al caso de la reciente defunción de otro gran lexigénico (aquí va otro neologismo por cierto), Gregorio Esteban Sánchez Fernández, cuyo nombre artístico, musical y humorístico, fue Chiquito de la Calzada.

 

Recuerdo la mezcla de perplejidad y condescendencia que practicaron (practicamos) muchos cuando inició su andadura a golpe de apiticain y gradenauers.  Nos pareció un producto más de la fugaz fábrica de fenómenos que suele ser la televisión, pero erramos.  Chiquito dio con la clave de un asunto profundo como pocos: la falacia de la comunicación.  Desde que Quevedo se reía a diestro y siniestro de viejas, borrachos y poetas cordobeses narizados hasta hoy, siempre hemos sospechado que detrás de las palabras hay muchas verdades ocultas que sólo se desvelan tras prolijas investigaciones, introspecciones, delaciones y casualidades.  El lenguaje puede servir para unir a emisor y receptor, pero también demasiadas veces lo que hace es distanciarlos y alejarlos a ambos de los referentes, la cosas de las que se supone que estamos hablando.  Cuando se habla y se habla y no se dice nada que sirva para nada o se oculta lo que debiera decirse, entonces se descubre el pastel y entra en funcionamiento el neologismo y la arreferencialidad.  Si no estamos diciendo nada interesante, si estamos tapando con las palabras, desmontemos (deconstruyamos, que diría un pedante neologista) el tinglado y veamos las palabras tal como son, meros sonidos convencionales, fonemas, entonaciones, garabatos negros sobre fondo blanco.  Hartémonos de reír viendo sin complejos al rey desnudo. 

 

Chiquito, que vivió dos años en la incomunicación verbal, aprendió en Japón a esbozar lo que se dice, a decir sin palabras (pura pragmática), a caminar como una geisha de Kioto, a insinuar como un maestro de pintura zen o un actor de teatro noh. 

 

Por todo eso y por su arte andalú ha llegado a convertirse en un eje que vertebra a este país intrísecamente centrífugo: reyes, derechas e izquierdas han lamentado su muerte, desbancando de las redes sociales ese fistro de problema que tenemos encima.

 

Sé que la RAE no nos va atender en la demanda de meter en el diccionario ninguna de las palabras que inventó.  De hecho no sabría ni cómo definirlas.  En aquella colina de la calle Felipe IV son todos unos pecadores de la pradera.  Hasta luego, Gregorio.

 

 

 

Raros

Cansa ya tanta falta de información y perspectiva.  En relación con el temita del semen de pulpo y otras rarezas gastronómicas japonesas, en un muy pequeño paseo por redes sociales me encuentro otras supuestas rarezas japonesas (u orientales en general): que si niños embutidos en paraguas gigantes, que si mujeres-mesa sobre las que se come sushi...  Un no parar.

 

Como ya he dicho un montón de veces, en Japón hay pocas cosas raras, al menos a la vista, en las calles y lugares más o menos cotidianos (no digo que no haya frikeríos en algunos barrios de Tokio).  Muy al contrario, la normalidad y la tranquilidad inundan la vida cotidiana de aquel país, incluso en grandes urbes como Osaka, que es la que más conozco.  Es más, cuando uno se acostumbra a que los trenes, autobuses y aviones lleguen y salgan a su hora, cuando uno ve como normal que le resuelvan los pocos problemas que surgen (derivados casi siempre por nuestra incompetencia lingüística o cultural) con tranquilidad y predisposición positiva, cuando el camarero da un salto para reponer un palillo que se te ha caído antes de que casi toque al suelo, cuando... entonces vas y tienes una iluminación: los raros somos nosotros, que no paramos de meter palos en las ruedas, de postergar, de protestar, de escindirnos, de envidiar, de (casi) prohibir las placas solares, de decir que "esa pieza hay que pedirla a Alemania" y... Bueno, mejor lo dejo, que luego dicen que no soy patriota, o español o lo que sea que se supone que debo ser.  Además, ya lo conté hace seis años en un post del viejo Monte Coronado.

 

En otras palabras: nos reímos de las rarezas de los otros, quizá para no lamentar las nuestras, tan evidentes que no las vemos o no queremos verlas.  Vigas y pajas, pajas y vigas.

 

 

 

Semen a la brasa, ninjas, geishas y toreros

La paella (paeria dice el cartel en katakana) del bufé del hotel de Sounkyo.
La paella (paeria dice el cartel en katakana) del bufé del hotel de Sounkyo.

Justo antes de salir para Japón hace dos semanas leí una noticia.  El chef Dabiz Muñoz iba para allá también, imagino que en business, con sus tatuajes, rapados y pendientes antisistema.  Como otros tantos, va periódicamente a vampirear ideas.  Como tiene que ser, por otra parte.  La historia es un flujo de ideas o no es nada.

 

Desde allí retransmitió que había probado por primera vez el semen.  Eso decía el titular, que (lo sabemos ya de sobra) es una reducción antibalsámica de la verdad.  El semen que había probado era de pulpo.  Si el titular contribuía a cuestionar la heterosexualidad del cocinero, el desarrollo de la noticia remarcaba el carácter "extraño" de la cocina japonesa y, por extensión, de lo japonés.  Luego hubo una contranoticia.  Entrevistaron a cocineros japoneses que trabajan en España y afirmaron que ni el semen de pulpo ni las hormigas vivas son algo que se coma normalmente en Tokio, Asahikawa o Hiroshima.  Hay que ir a buscarlos a ciertos sitios recónditos y/o exquisitos.  Además lo de las hormigas vivas es un invento de un chef danés que tiene el gorro puesto en Chiba o por ahí.

 

Desmontado el artificio, queda desnuda la verdad, la que hemos vivido en este último viaje a Hokaido y que no es otra que: patatas fritas, sandías, melones, ramen, edamame, sashimi, algo de sushi (poco), huevas de salmón, pescado a la brasa, helados... hasta paella había en el bufé del hotel.  Ni geishas, ni toreros, ni ninjas, ni semen de cachalote... Gente normal viviendo vidas normales debajo de un misil intercontinental.  Pero esa es otra historia que contaré otro día, como digo, si tengo tiempo y ganas.

 

Aquí les dejo fotos de algunas comidas y bebidas consumidas en este viaje:

 

Shishiamo, un pescado exquisito que se sirve a la brasa, pero aquí está en versión seca de paquete de supermercado, igualmente sabrosa.
Shishiamo, un pescado exquisito que se sirve a la brasa, pero aquí está en versión seca de paquete de supermercado, igualmente sabrosa.
"Té" de maíz sin cafeína.  El maíz abunda en Hokaido, sobre todo como pasto para su famosas vacas.
"Té" de maíz sin cafeína. El maíz abunda en Hokaido, sobre todo como pasto para su famosas vacas.
Bebida gaseosa con aloe y un 5% de alcohol.
Bebida gaseosa con aloe y un 5% de alcohol.
Sandía, melón y palomitas con miel.  Las frutas de Hokaido están consideradas entre las mejores de Japón y son tan buenas, o más, como las de por aquí.
Sandía, melón y palomitas con miel. Las frutas de Hokaido están consideradas entre las mejores de Japón y son tan buenas, o más, como las de por aquí.
Karage de nankotsu.  Esto sí que puede considerarse, hasta cierto punto, una rareza habitual.  El karage es frito y el nankotsu son tendones o ternillas, que aquí también se consumen, junto a un amplio espectro de casquería, que en Japón no se come.
Karage de nankotsu. Esto sí que puede considerarse, hasta cierto punto, una rareza habitual. El karage es frito y el nankotsu son tendones o ternillas, que aquí también se consumen, junto a un amplio espectro de casquería, que en Japón no se come.
Sashimi variado: pulpo, gambas, dorada, salmón, kagi (molusco) e hígado de algún pescado.  Sólo falta el atún y el bonito para ser un clásico.
Sashimi variado: pulpo, gambas, dorada, salmón, kagi (molusco) e hígado de algún pescado. Sólo falta el atún y el bonito para ser un clásico.
El ramen es una comida de origen chino que es muy popular en Japón.  Este lleva algas, brotes de bambú y no sé qué más que ya me había comido.
El ramen es una comida de origen chino que es muy popular en Japón. Este lleva algas, brotes de bambú y no sé qué más que ya me había comido.

De tripas y tramoyas

Si De los que hablo cuando hablo de correr fue un libro interesantísimo, incluso para mí (que hago menos deporte que un funcionario calvo de baja), este de ahora (De lo que hablo cuando hablo de escribir), lo es mucho más.

 

Con un lenguaje fácil Murakami es capaz de llevar al lector por los motivos y las técnicas que él utiliza para escribir.  Y digo "él", porque no es libro de teoría literaria al uso, que solo leen la mitad de los alumnos matriculados en teoría de la literatura (o menos).  De hecho se ha colocado en el número uno de no-ficción.  

 

De todos los detalles y anécdotas que cuenta, sin duda destaca el momento fulminante (que el zen llama satori) en el que decidió escribir su primera novela.  No se lo adelanto, pero les diré que las razones y ambiente no tenían que ver nada con la literatura.  Quizá por ello Murakami enganche a tantos lectores, porque, como cuenta en este libro, nunca se ha sentido parte de ese mundo endogámico de premios, firmas de libros, envidias y alabanzas (mayoritariamente falaces).  Él es más de pegar el culo a la silla sistemáticamente y trabajar, sobre todo trabajar, que para eso es japonés.

 

 

Vídeos de la presentación "De la palma al cerezo"

Aquí están los enlaces a los vídeos del concierta del 16 de mayo de 2017.

Todo fue grabado (a pulso) por Isabel Rojas Paredes.  Yo me he limitado a editarlo y ponerle carteles y musiquillas.

 

1.- Presentación de José A. Mesa Toré y José Luis González Vera.

https://www.youtube.com/watch?v=8oUG0_Mh-1M

 

2.- Recitado del autor e intervenciones musicales de Eduardo Retamero a la voz y la guitarra.

https://www.youtube.com/watch?v=TKNnIB-rkbI

 

3.- Segunda parte del recitado.

https://www.youtube.com/watch?v=nAyEf5kZlpA&t=24s

 

4.- Recitado de "Cantos cetáceos", acompañado de una composición de Cristina Gallego Fernández (al piano).

https://www.youtube.com/watch?v=XiRB26qhW9g&t=135s

 

5.- Final: "La canción que me encargaste" y "Cuando seamos felices".

https://www.youtube.com/watch?v=09ge52m04f4&t=485s

 

 

P.S.: Reseña de esta entrada por parte de la novelas y poeta Isabel Bono: 

http://algunascosasqueleo.blogspot.com.es/2017/05/angel-luis-montilla-poeta-y-cantautor.html 

 

 

 

 

Cuando me paro a pensar...

Playa de El Palo, ayer
Playa de El Palo, ayer

Cuando me paro a pensar que lo que pienso está hecho con información de fuentes tan diversas...  En los repliegues de mi cerebro conviven los cuentos de Andersen y los de Borges, las guerras púnicas y las de las galaxias, los anuncios de gazpacho y la novena de Beethoven, Hiroshima y Georgie Dann, el jabón de las manos y los sonetos de Garcilaso, El padrino y las pelusas de debajo de la cama, caricias e instancias, un tinto de verano y el acorde de mi menor en la guitarra, Treblinka y Torremolinos, Sancho Panza y John Travolta, las reglas de las tildes y las del fútbol callejero, los papas y los boquerones en vinagre, la quinta declinación y las quintas columnas, las leyes de Mendel y Gloria Fuertes, las Pléyades y orzuelos, las canciones del verano y un haiku de Issa, Marx y Groucho, Ortega y Manet, los partidos políticos y los de verdiales, Sansón y Manila, Kioto y La Palma, el vecino de la tos y los crepes que hacía mi madre, este blog y los huevos fritos con tomate...  

 

Cuando me paro a pensar en esto, no sé qué pensar.  Será el verano, que es como una apisonadora para el pensamiento.

 

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