¿Dónde está el futuro?

Bandera wiphala de los aymara.
Bandera wiphala de los aymara.

Este año no voy a caer en la cansina polémica genocidio/invasión/raza/hispanidad...  Pero sí quiero comentar algo que he leído por ahí sobre uno de los pueblos indígenas de América.  Al parecer los aymara, que sobreviven en Bolivia, Perú y Argentina, tienen un concepto muy curioso de dónde están el futuro y el pasado. 

 

Para nosotros el futuro está delante ("tienes toda la vida por delante", "debes seguir adelante con tu vida") y el pasado está detrás ("dejó atrás una vida de vicio y depravación", "tiene una gran experiencia a sus espaldas").  La metáfora (alegoría más bien) consiste en que caminamos por el sendero del tiempo y vamos encontrando lo que va sucediendo y dejamos atrás lo que sucedió.  Pero los aymara opinan lo contrario: el futuro está a nuestras espaldas porque no lo conocemos, mientras que el pasado está delante, porque sí podemos verlo o recordarlo.  A mí me parece impecable el razonamiento.  No entiendo cómo no ha caído en ello ninguno de los múltiples filósofos que han alumbrado con su sapiencia estos últimos dos mil y pico años.  

 

Al ir hacia el futuro de espaldas se explican los tropezones que damos y los abismos en los que nos precipitamos, individual y colectivamente.  Podría poner muchos ejemplos recientes pero seguro que ya están imaginándolos.

 

 

 

Imaginarios

Hace años el azar me llevó a leer, estudiar, fichar incluso, gran parte de la bibliografía (casi toda francesa) sobre la poética de lo imaginario, una tendencia/escuela de pensamiento que está entre la crítica literaria, la mitología, el simbolismo, la filosofía cultural...

 

En ella se argumenta que todo lo que pensamos está sometido a unas estructuras o funcionamientos más o menos rígidos o flexibles a los que llamamos "imaginarios".  Por ejemplo, en la Edad Media existió un imaginario de la "fugacidad de la vida", en el Renacimiento el imaginario preponderante era el del "disfrute de los bienes materiales y del tiempo vital", etc.  Los imaginarios son como grandísimas redes dentro de las cuales vivimos y de las que, por supuesto, no somos conscientes.  Se necesita mucho tiempo o mucho poder de abstracción para saber localizarlos y comprenderlos.  

 

El mundo actual también es presa de un imaginario que algunos han llamado "pensamiento líquido", otros postmodernidad, o postverdad, o virtualismo...  Si uno echa un vistazo somero a las carteleras de los cines observará cuerpos musculosos, jóvenes, atractivos, violentos, dispuestos a salvar el mundo de incontables peligros extra o intraterrestres.  Decimos que somos democráticos, liberales, permisivos, respetuosos, ecológicos..., pero quizá se trate de un exoimaginario que nos hemos creado, una cáscara biempensante que trata de protegernos de peligros y miedos más profundos.  Junto a este imaginario occidental, consumista, frenético, tecnológico, competitivo, antirracista, democraticista, feminista, ecologista y demás, existen otros imaginarios, que son infundidos en ciertos jóvenes cuyos orígenes raciales o religiosos son distintos.  Los imanes a sueldo del petrowahabismo inoculan en ellos la idea de venganza, de lucha santa, de paraísos prometidos en un libro hace milenio y medio.  Y cuando un imaginario arraiga en una mente, hay que ser muy filósofo francés, muy Bachelard, muy Gilbert Durand, para escapar a su influjo.  

 

Somos lo que imaginamos ser.  Si imaginamos ser justicieros vengadores, salvadores del mundo, sea de transformers, americanos, alienígenas, negros, zombies, occidentales, judíos, moros o cristianos, lo seremos y no dudaremos en ponernos al volante de una furgoneta o en ir apuñalando transeúntes en el nombre del dios, la patria o la idea que imaginamos.

 

Por eso es tan importante saber en qué red imaginaria estamos atrapados, porque los pescadores que las echan saben manejar los hilos y vendernos en el mercado.  A saber en qué red están atrapados ellos mismos.  Pero ese es su problema.

 

Y por eso también, más allá de los conocimientos técnicos, teóricoprácticos, como las partes de la célula, las de la oración o las ecuaciones de segundo grado; más allá incluso de la consecución de bienes materiales, hay que apostar sin duda por la educación en valores.  Serán también imaginarios, pero son los únicos que tenemos y no propugnan el odio ni la violencia.  Si no sabemos venderlos, otros vendrán con imaginarios más atractivos, tejerán sus redes delante de nuestras narices y pasará lo que tenga que pasar.

 

 

La guerra buscada

En un programa de radio de ámbito nacional (español) acabo de oír algo que me ha hecho pensar.  Han invitado a dos economistas para que opinen sobre los posibles efectos económicos de una supuesta independencia de Cataluña.  Los expertos han coincidido en sus respuestas con mesura y educación, pero, pasado un ratito, uno de ellos ha discrepado.  El presentador, que estaba casi ausente tras la lista de cuestiones que le habían preparado los guionistas, ha saltado alborozado y triunfalista: "¡Por fin! Hemos tardado siete minutos, pero lo hemos conseguido.  ¡Ya hay debate!" (cito de memoria).  O sea, le importaba una escalivada que los sabios hablaran, explicaran, reflexionaran... Lo que quería era ¡que se pelearan!  

 

Fue Heráclito el Oscuro quien dejó escrito/dicho aquello de que "la guerra es el padre de todas las cosas" o "la guerra es el origen de todo".  Parece que no han cambiado mucho las cosas desde aquella presocrática época, con el cristianismo y sus mejillas por medio.  Puede que sea un gen, puede que sea un meme.  La cosa es que empezamos matando a nuestro hermano y de ahí en adelante...  No sé si la cultura y la civilización debieran consistir en ir minimizando o erradicando esta fea costumbre de levantar la quijada de un burro contra el semejante más próximo, sea persona, pueblo, barrio, país o equipo de fútbol.  O quizá haya que asumir el conflicto como germen, como ruptura con lo aceptado, con lo estático, con lo enquistado, con el tedio y el conservadurismo.  Este tema da mucho de sí y no está agosto para devanarse demasiado los sesos.

 

Recuerdo en la infancia cómo se enardecían los ánimos cuando alguien en la calle gritaba: "¡Pelea, pelea!".  Era como el canto de las sirenas al que todos acudíamos movidos por el pacífico tedio, nuestro semejante, nuestro hermano.

 

 

 

 

Esto es agua

Un poco por casualidad otro poco por el calor que hace, acabó en mis manos este librito (Esto es agua) de David Foster Wallace, el malogrado novelista norteamericano.  Digo librito por no decir discurso, que es lo que es en realidad.  Lo dio en la graduación de la Universidad de Kenyon en 2005 y es una magnífica reflexión divulgativa sobre cómo afrontar los sinsabores de la vida.  

 

El enfoque, en mi modesta opinión, es bastante zen, o budista, o místico casi.  Coloca al público ante un supuesto cotidiano, un atasco y una aglomeración en un centro comercial tras una larga jornada de trabajo: "Tendréis el poder real de experimentar una situación masificada, calurosa y lenta del tipo infierno consumista como algo no solo lleno de sentido, sino también sagrado, que arde con la misma fuerza que ilumina las estrellas: la compasión, el amor, la unidad de todas las cosas bajo su superficie", porque para él ese es "el verdadero valor de una verdadera educación, que no pasa por las notas ni los títulos y sí en gran medida por la simple conciencia: la conciencia de que algo es tan real y tan esencial, y que está tan oculto delante de nuestras narices y por todas partes, que nos vemos obligados a recordarnos a nosotros mismos una y otra vez: "Esto es agua"".

 

 

¡Decimonónico!

Antes de usar alegremente el adjetivo decimonónico como insulto sinónimo de rancio, atrasado, anquilosado, etc., deberíamos recordar que en aquel siglo vivieron, entre otros y otras, Beethoven, Goethe, Mary Shelley, Van Gogh, Hegel, Byron, Pardo Bazán, Austen, Marx, Bakunin, Baudelaire, Puccini, Galdós, Bécquer, Wagner, Wilde, Poe, Nietzsche, Flaubert, Balzac, Dostoievski, Twain, Tolstoi, Mendel, Darwin... cuyas ideas, colores, palabras, historias y sonidos forman parte del pensamiento y arte vigésimoprimario (o como se llame o se vaya a llamar).


Y tres cuartos de los mismo podríamos decir de la Edad Media, de la que el personal apenas conoce cuatro generalidades peliculeras, cuando no francas falsedades.  Un ejemplo: la gente estaba todo el día lamentándose de la vida y deseando morirse para ir al cielo.  Pregúntenle al arcipreste de Hita, a Boccaccio o a aquellas muchachitas mozárabes que cantaban pronográfica y contorsionistamente:

 

     ¡Tanto te amaré

     solo con que juntes

     mi ajorca del tobillo

     con mis pendientes!

 

 

Títere sin cabeza

Lo de los titiriteros que eran terroristas (pero que luego no lo eran, pero que ocuparon portadas cuando lo eran) me ha irritado especialmente.

 

No, no voy a caer en la burda trampa de decir que no soy español (sería una falacia administrativa), ni que no me siento.  Prefieron que no se sientan (ni sienten) los que maquinaron semejante injusticia (ahora demostrada).  Es verdad que parece que son mayoría, por el ruido que hacen y las pocas nueces que reparten.

 

No sé si Platón contempló en su mundo de las ideas la de "españolidad", pero no estoy dispuesto a reconocer la que algunos o muchos propugnan y ejecutan.

 

Tanto derecho tengo yo como ellos a leer a Cervantes, a pasear por Toledo o por las Ramblas, a comer espetos y a ver atardecer en Finisterre.

 

 

 

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La monja y el santo de las epístolas

Los que van y los que iban/mos a misa recordamos siempre ese momento en el que el cura decía lo de "epístola de San Pablo a los tesalonicenses".  Era un momento especial porque nadie sabía quiénes eran los tesalonicenses.  Los imaginábamos perdidos en las brumas de la antigüedad, vestidos con sabias barbas y túnicas de muchos pliegues. 

 

El autor de aquellas epístolas es el famoso Pablo de Tarso, que se cayó de un caballo y pasó de perseguir cristianos a difundir el cristianismo.  Karen Armstrong repasa amenamente la biografía de este apóstol que nunca vio a Cristo y aclara un par de cuestiones muy interesantes, para los que estén interesados en saber cómo una secta minoritaria del judaísmo pasó a ser la religión oficial (y más tarde la obligatoria) de Europa.  

 

Lo primero que llama la atención es el asunto espinoso sobre el que muchos pasan de puntillas: el duro enfrentamiento dialéctico y quizá algo más que hubo entre Pablo y las llamadas "columnas" o "pilares" del cristianismo, encabezados por Jacob o Santiago el Justo, hermano menor de Jesucristo.  El dilema era si los cristianos debían seguir siendo judíos (circuncisión, comida kosher, pascua, tabernáculos...) o, por el contrario, debían formar una nueva religión en la que acogieran a los gentiles (griegos y romanos de entrada).  Con el tiempo ya se sabe que ganó Pablo, pero la polémica fue dura y se mezcló con otras interpretaciones más o menos alocadas del mismo cristianismo.  Los pneumatikoi de Corinto, por ejemplo, se consideraban ya salvados por el espíritu y eso les daba carta blanca para todo tipo de orgías, incorrecciones y demás.  Pablo consiguió acallarlos a epistolazos, pero la cosa estuvo en un tris de acabar en una especie de espiritismo elitista tipo Blavatsky.

 

El otro asunto interesante del libro es que, al parecer, el tal Pablo era una especie de revolucionario asambleario que invento precisamente la ekklesía, o asamblea, en la que ricos y pobres, hombres y mujeres eran todos iguales ante Dios.  Pero henos aquí que, una vez muerto, sus seguidores intercalaron pasajes (a veces de manera un tanto burda) y cartas enteras en las que se proclamaba aquello de que la mujer debe estar sometida al varón y el esclavo al señor, etc.  Todo para intentar colar el cristianismo entre el público grecorromano, que no estaba muy por la labor del comunismo feminista paulino.  

 

Y al final llegamos a lo de siempre, a que los exégetas, los copistas, los subprofetas y demás tergiversan el mensaje original, se hacen posibilistas, lo adaptan a lo que hay y acaban vendiendo un producto que se parece casi nada al original.  Pasó con el islam, pasó en parte con el budismo y, cómo no, pasó con el cristianismo.  

 

En una escena del tercer Padrino, Michael Corleone se confiesa con un obispo que le explica el fenómeno a la manera zen.  Saca una pequeña piedra del agua y le dice (cito de memoria) que así como el agua no ha entrado en la piedra, a lo largo de dos mil años el cristianismo no ha entrado en el alma de occidente.  

 

Y así terminamos con estas entrañables fiestas que festejan ideas que apenas han llegado a las entrañas de nadie.  

 

Amen (y amén).

 

 

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La monja y el príncipe indio

Después de reseñar el magnífico libro de Karen Armstrong sobre Mahoma, ha coincidido que he terminado de leer su biografía de Buda justo en Nochebuena.  No es un acto de sacrilegio anticristiano intencionado, es una mera casualidad.  Además, a fin de cuentas, es un libro escrito por una monja, lo cual, supongo, servirá para mitigar el pecado y la posterior penitencia.

 

Esta biografía, como la otra del fundador del Islam, es magnífica, clara, rigurosa y amena.  No se limita a discutir la historicidad del personaje, puesta en duda solo en las partes más fantásticas y míticas, sino a explicar, siguiendo el hilo de la vida de Gautama, sus principales ideas.  Lo he tenido que leer en inglés y en papel, porque en español está agotado o precios estratosféricos.  Dicen que dijo el Sunday Times de ella que "posee un talento deslumbrante; es capaz de abordar un tema complejo y reconducirlo a sus aspectos esenciales, sin caer en simplificaciones".

 

 

No me quiero enrollar demasiado contando lo que muchos ya saben sobre las cuatro nobles verdades y el óctuple sendero.  Solo les diré que en este libro está todo muy bien contextualizado y adaptado para el lector occidental, al que le le suenan raras algunas de las ideas del iluminado, aunque la mayoría son comunes a otras religiones.  Por ejemplo, Karen Armstrong incide mucho en la relación que existe entre la inefabilidad del nirvana y la impotencia lingüística de los místicos cristianos.

 

Por mi parte he aprendido muchas cosas sobre el inicio de la organización de la sangha, la comunidad budista, que no tenía claras antes de leer el libro, así como el principio del gran cisma (mahayana y hinayana) posterior a la muerte de Buda.

 

El libro termina justo con la muerte física del príncipe (parinirvana) que saltó la tapia y se hizo guía espiritual.  No aborda la evolución del budismo ni las relaciones de este con el origen del cristianismo, asunto que debería interesarle a la autora en su calidad de monja y que se podría rastrear a partir de los llamados reinos grecobudistas, posteriores a la muerte de Alejandro Magno, o de la presencia de sacerdotes indios en Alejandría en tiempos del imperio romano.   También dicen que en aquellos años en blanco, entre su niñez y su predicación, de Jesús de Nazaret, se desplazó a la India.  Cualquiera sabe.  Hay tanto que escarbar todavía en esos campos de Oriente Medio, horadados como están (no por casualidad) de bombas y pozos de petróleo.

 

 

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De tradiciones y traiciones

Desde que apareció la primera calabaza antropomórfica por el horizonte digital y analógico, empecé a opinar agria y sarcásticamente sobre el asunto.  Todos los años me pasa lo mismo: caigo en mi propia trampa paradójica y me asusto por la inundación de sustos falsos.  

 

En Facebook he mantenido una polémica de tono bajo con algunas personas.  Ellos argumentan que tradiciones extranjeras son casi todas: el mismo cristianismo llegó desde oriente traicionando el culto imperial, los restos telúricos prerrománicos y al mismo judaísmo.  Como reza un chiste que circula por ahí: "Los que decís que Halloween es una fiesta extranjera, ¿qué pensáis, que Jesucristo era de Burgos?".  Muchas viejas tradiciones son antiquísimas traiciones. También se argumenta que la fiesta en realidad no es norteamericana, sino celta, como aquellos viejos y mortíferos cigarros celtibéricos, valga la semirredundancia.  Sí, pero aquí ha llegado como y cuando ha llegado.

 

Bien, antropológicamente de acuerdo, pero resulta curioso (sospechoso dirían otros) que, de todas las posibles tradiciones populares que nos circundan (algunas más cercanas, mexicanas, italianas, marroquíes, inglesas, portuguesas...), solo acabe por calar una que sale en las películas.  Cierto que en las películas y telefilmes salen otras, como Acción de Gracias, que no acaban de encajar en nuestras (por otra parte) insaciables tragaderas.  Tengo la teoría de que en este caso hay un sustrato, un nicho festivalero, el del Carnaval, que, salvo en algunas zonas, no acaba de materializarse.  Además están los niños, esos señores de las casas, proclives a cualquier tipo de despendole y dramatización disfrazante.  Me cuentan que, de hecho, en Estados Unidos las calles se llenan de chavales vestidos de Spiderman, que tiene poco que ver con la muerte.

 

Se argumenta también a favor del festejo que es una catarsis cultural, un reírse de la muerte.  Mucho me temo que la mayoría de los participantes no tienen clara conciencia del hecho en sí (su subconsciente puede) y que más bien es una excusa para recortar faldas o disfrazarse de otro, del salvaje irracional descontrolado que todos llevamos dentro.  Puro carnaval, como digo.  

 

Dicho lo cual, debo aclarar que no soy un patriotero xenófobo que roa huesos de santo en su localidad del teatro donde reponen el Tenorio de Zorrilla.  Demasiada hiperglucemia que puede causar caries mental y dental.

 

Si la cosa sigue así, acabaremos adoptando esta fiesta y no habrá más remedio que aguantarse.  Pero antes queda por resolver un problema: el nombre.  Hay que crear un vocablo adecuado a la ortografía y fonética del español.  Mañana o pasado voy a proponer a la RAE "jálogüin", esdrújula con diéresis.  Lo mismo la gente se asusta cuando salga en el diccionario y deja de disfrazarse con tanta alegría hemofílica.

 

 

 

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De miedos y etiquetas

Casi no podía creerlo.  Después de la que se lio ayer sobre los méritos o no méritos de Dylan para merecer el Nobel y del argumento que esgrimieron muchos de que "en realidad es un músico", en una radio musical de ámbito estatal y cultísimo se excusaban por hablar de Bob Dylan: a fin de cuentas también es un músico, "el pobre", les faltó para rematar.

 

Expulsado del paraíso erudito de las letras y del edén no menos elitista de las música contemporánea, ahí, en tierra de nadie, como un canto rodado, se quedó el cantautor.

 

Nos encantan las etiquetas, las mentales, las conceptuales, las del champú también.  La historia está repleta de ellas, de cánones, de fronteras... que con el tiempo cayeron, se desdibujaron, se derrumbaron.  El teatro popular del siglo XVII, la lírica endecasílaba italiana del XVI, el jazz como charanga de negros, las antiacademicistas señoritas de Avignon, los trompetazos primaverales de Stravinsky, el cine como barraca de feria, el rock como cuasiepilepsia juvenil, el mismo Quijote, que no era nada que se pudiera clasificar, un mejunje o bálsamo desconocido de subgéneros y tonterías varias...  

 

Eso en lo que llamamos con cierta pomposidad Cultura, porque en la cultura con minúsculas, la que no se estudia en facultades e institutos, la cosa es peor.  Ahí están los roles sexuales incrustados en las capas más profundas del cerebro y los tópicos patrios propios y ajenos.  

 

Y luego están las peores etiquetas, la más invisibles, las que nos autoimponemos y que nos impiden ser otra cosa distinta de lo que esperamos de nosotros mismos.  Esta mañana he visto una enorme en la cara de un alumno: "Yo es que no soy así.  Yo no puedo leer mucho rato.  Déjalo profe".  El miedo a dejar de ser y pensar lo que somos y pensamos nos coarta, nos acota, a fin de cuentas, nos roba la libertad, esa a la que Erich Fromm decía que teníamos tanto miedo.

 

 

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