El azar o el destino ha querido que se sucedan dos comentarios sobre libros de economía en este blog tan "de letras", tan filológico, literario y culturalista. Si el primero trataba sobre las razones y entresijos de la pobreza en Estados Unidos, el segundo se dedica a desenredar los hilos sutiles y/o groseros del poder en este país de nuestras entretelas.
Bien saben ustedes que un servidor es un profano en cuestiones económicas. Como dijo el maestro don Antonio, "con mi dinero pago el traje que me cubre y la mansión que habito...". Y de ahí no paso. Así que debe ser mérito exclusivo del autor que me lo haya zampado de una tacada y en tiempo récord.
Porque si lo que explica es interesante, cómo lo dice es impecable. Con un estilo riguroso pero didáctico nos lleva por este culebrón de la élites económicas, empresariales y políticas con la elegancia de un novelista que, en ocasiones, se da el lujo de regalarnos pinceladas irónicas.
Si tuviéramos que sintetizar el contenido diríamos que en este retablo de las maravillas tanto los manipuladores de los hilos como los títeres siempre somos los mismos.
Villena se remonta a la inmediata posguerra para contarnos las luchas intestinas del régimen entre los autarquistas de Falange y los tecnócratas del Opus, quienes al final, movidos también por intereses internacionales, es decir, mayoritariamente norteamericanos, acabaron por imponerse y marcar el ritmo de una economía que crecía gracias a la mano de obra barata y sumisa, el turismo y las divisas procedentes de nuestros inmigrantes. Pero algunos de los apellidos de las élites anteceden incluso a la Guerra Civil y se extienden hasta nuestros días. Pasan por encima de repúblicas, dictaduras y democracias. Los políticos, incluso los de más poder y renombre, son meros actores secundarios. El autor nos cuenta una historia de España de los siglos XX y XXI distinta de la consabida de regímenes políticos, ideologías, golpes de estado y demás acontecimientos que solemos llamar históricos (de ahí el subtítulo: "Una historia alternativa desde 1939"). En realidad lo que le importa es lo que Unamuno llamó la "intrahistoria", pero no la de abajo, el fondo popular y antropológico que reivindicaba el autor vasco, sino la de arriba, la del poder con mayúsculas, la de aquellos que mandan de verdad.
En la última parte Villena añade a estos poderes en la sombra/penumbra (grandes corporaciones, conglomerados bancarios...) los medios de comunicación y nos habla de cadenas, diarios, televisiones y nombres que nos suenan muy cercanos y que controlan la inmensa mayoría de los bits y las ondas con los que nos informamos a diario. Como ejemplo más cercano (quod erat demonstrandum), Ariel, editorial perteneciente al grupo Planeta (que aparece en el entramado que se comenta) suspendió la publicación de la primera edición de este libro (ya tenía portada y todo) y ha sido Libros del K.O. la encargada de rescatarlo y ponerlo a la venta.
En conclusión, quienes decidan leerlo encontrarán un trabajo de investigación concienzudo que tiene la curiosa capacidad de enganchar por su amenidad y profundidad y, al mismo tiempo, de generar una íntima sensación de impotencia, al corroborar las sospechas que ya albergábamos sobre la cacareada meritocracia y el quimérico ascensor social. Como reza en la contraportada, "el poder ni se crea ni se destruye: se transmite, se negocia y se protege". Por eso quienes mueven sus hilos en España "siempre caen de pie".
En ocasiones las buenas intenciones conducen a nuevas malas situaciones. La historia nos enseña que el cómputo global es positivo, a no ser que alguien considere que es mejor (Woody Allen dixit) permitir que el dentista nos saque una muela sin anestesia, como hacía el padre de Cervantes. El caso que les traigo hoy es el de la liberación de los esclavos de Estados Unidos, allá por la segunda mitad del siglo XIX. Cuenta Matthew Desmond en Pobreza made in USA que, una vez acabada la Guerra de Secesión, los esclavos tenían dos alternativas: emigrar al norte en busca de trabajo o quedarse en el sur haciendo el mismo trabajo, pero sin ser mantenidos y hospedados por sus dueños. Los que optaron por esta modalidad, se vieron trabajando en el sector servicios a cambio de... casi nada. A fin de cuentas era lo que había estado pasando hasta entonces. Así que los trabajadores ex-esclavos prácticamente vivían de las propinas, las cuales se hicieron de facto obligatorias hasta hoy en una cuantía que ronda el 20%.
Lo que acaban de leer es la propina adelantada de la reseña del libro que he mencionado. Matthew Desmond dio clases en Harvard y ahora imparte Sociología en Princeton. Vamos, que no es precisamente un outsider revolucionario. No obstante, lo que cuenta en el libro es impresionante. A base de datos apabullantes, estudios científicos (no solo lo son los que llevan bata blanca) exhaustivos y experiencias reales pone sobre el tapete que el tema de la pobreza es un asunto de voluntad política y social. Ahí van algunos.
La pobreza causa tristeza y dolor: "El personal de los almacenes de Amazon tiene a su disposición máquinas expendedoras de ibuprofeno y paracetamol gratis".
Condicionantes raciales y educativos:
- "...casi siete de cada diez hombres negros que no hayan acabado el instituto habrán estado entre rejas en algún momento".
- "Durante los días posteriores a un asesinato, los niños que viven en el edificio en el que se han producido obtienen resultados peores en las pruebas cognitivas".
- "...los hombres negros pobres de Estados Unidos tienen una esperanza de vida similar a la de los hombres de Pakistán y Mongolia".
Tras la avalancha de casos, normativas y usos incorrectos de los fondos destinados a paliar la pobreza, Desmond (que ha vivido en barrios humildes) llega a una conclusión nítida y preocupante: "La complejidad es el refugio del poder (...) la pobreza de un hombre es la riqueza de otro y que eso no tiene nada de complicado". La práctica ausencia de organizaciones sindicales, unida a la desidia política y a los intereses de la clase media y alta, hacen que los índices de pobreza no bajen en décadas: "La afirmación de que la clase media estadounidense está subvencionando a los pobres con sus impuestos sin recibir nada a cambio es, sencillamente, falsa (...) la familia de clase media promedio percibió 7100 dólares más en ayudas gubernamentales de lo que pagó en impuestos federales (...) Cada año, las familias más ricas de Estados Unidos perciben casi un 40% más en subsidios gubernamentales que las familias más pobres del país". En fin, que la desigualdad lleva a la "opulencia privada y la miseria pública (...) Más para mí, menos para nosotros". No puedo terminar esta sarta de citas sin hacer una muñeca rusa y citar una del conmovido príncipe Tolstoi que cita, a su vez, el autor:
"Me subo a la espalda de un hombre, asfixiándolo y obligándolo a cargar conmigo y, sin embargo, me digo a mí mismo y a los demás que lo siento mucho por él y que deseo aliviar su condición por todos lo medios posibles, excepto bajándome de sus hombros".
Durante el pasado siglo se mantuvo viva una polémica en torno a la utilidad de la poesía: desde los que, como Gabriel Celaya, afirmaban que "la poesía es un arma cargada de futuro" hasta los que propugnaban, como Valéry, Juan Ramón y otros, una poesía pura, ajena a los vaivenes de la historia e incluso de cualquier referencia a la realidad. Quizá el problema radique en que estamos haciendo la pregunta incorrecta. No se trata tanto del "para qué", sino del "por qué"; qué mueve al ser humano a cantar sus penas y sus alegrías, qué ínfimo, pero íntimo consuelo encuentra en verbalizar lo que siente y lo que piensa. De cualquier manera, conviene recordar lo que dijo el rumano Mircea Catarescu: “Un poeta malo no hace daño a nadie. No pone bombas ni insulta a la gente”.
Hay momentos en la historia en los que pasan cosas que sobrepasan nuestra anestesiada capacidad de sorpresa e indignación y la poesía surge irremediablemente, como último recurso, como contrapeso al dolor, como anestesia al menos. La reacción del gobierno israelí al atentado de Hamás del 7 de octubre de 2023 parece ser una de ellas. Lo llamemos como lo llamemos, casi nadie parece estar de acuerdo con lo que allí está sucediendo (ni con lo que lo causó). La ONU habla de genocidio y no seré yo quien ponga el término en duda, pues no manejo la información necesaria para usar cualquier otro sinónimo atenuante.
Así las cosas, hace poco, gracias a Javier Cercas en El País, conocimos el libro del que quiero hablarles: Il loro grido é la mia voce. Poesie da Gaza. Se trata de una antología de poesía escrita en aquella castigada franja, cuyos autores o viven fuera de la zona, o aún continúan allí, en medio de los bombardeos o, incluso, han perdido la vida a causa de estos. Los poemas son intensos, cargados a veces de una amarga ironía, pero siempre conmovedores.
Preceden a los textos pequeñas notas biográficas de los autores y varios prólogos, entre los que destaca el de Ilan Pappé, profesor israelí de la universidad de Exeter, cuya Breve historia del conflicto entre Israel y Palestina les recomiendo encarecidamente. En una de esas notas nos informan del caso de Daree Tatour, poeta que fue juzgada por terrorismo basándose en un poema traducido por un policía y analizado con los inexistentes conocimiento sobre teoría literaria de un juez.
Quienes hemos paseado por Israel y Cisjordania hemos palpado la tensión en cada gesto, en cada frase, en cada esquina. Los guías no desperdiciaban ninguna ocasión para menospreciar al pastor palestino que nos cruzábamos por el desierto o para alabar la higiene natural de la comida kosher. Una muchacha de bachillerato controlando el acceso a Belén, armada hasta los dientes mientras chequeaba distraídamente las redes sociales en un móvil o aquella parejita de uniforme cenando en la calle una hamburguesa, la cual apoyaban sobre un fusil TAR-21 de 5,56 mm., fueron algunas de las imágenes que no podré borrar de mi memoria.
Pero dejemos los souvenires, las polémicas semánticas o políticas y demos paso a la voz de los/as poetas. Les traigo aquí una ínfima muestra que he traducido a medias del original árabe y de la traducción al italiano. Ya saben que no soy traductor, pero estudié árabe en mis tiempos mozos y el italiano, para quienes hemos cursado tantos años de latín, es una lengua hermana bastante accesible. Espero que les gusten y que les animen a comprar el libro, que destina 5 euros del precio a la asistencia sanitaria en Gaza.
Para escribir poesía que no sea política
debo escuchar a los pájaros
y para oír a los pájaros
deben callar los aviones.
Marwan Makhoul
18/10/2023
Nuestra foto de familia: un saco de cascotes, un montón de ceniza,
cinco sudarios de diferentes tamaños, envueltos uno al lado de otro.
Las fotos de familia de Gaza no son como las demás,
pero están juntos y juntos se fueron.
Heba Abu Nada (1991-2023)
La niña a cuyo padre han matado
mientras cargaba un saco de harina
sobre su espalda
seguirá degustando
la sangre de su padre
en cada pan.
24/3/2024
Y el dolor tampoco
abandona a un hombre hambriento
que recoge granos de arroz
de la tierra.
Recuerda como recogió los restos de su hijo hambriento
en una bolsa.
Haidar al-Ghazali
¿Qué significa estar seguro en tiempo de guerra?
Significa avergonzarse
de tu sonrisa,
de tu calor,
de tu ropa limpia,
de tus horas de aburrimientos,
de tu bostezo,
de tu taza de café,
de tu sueño tranquilo,
de tus seres queridos que siguen vivos,
de tu saciedad,
de tu agua disponible,
de tu agua limpia,
de tu posibilidad de hacer un dulce
¡y del azar que te permitió vivir!
Dios mío,
no quiero ser poeta en tiempo de guerra.
Hend Joudah
Después de mucho tiempo de silencio bloguero (que no creativo), vuelvo a subir una entrada a este abandonado Monte Coronado y lo hago por un motivo gratuito, fortuito y literario.
Ha querido el azar que sacara de la estantería este famosísimo libro que pocos han leído. No voy a volver sobre el tema que el autor trata en el prólogo. Simplemente diré que pocos libros son menos adecuados para los niños que este, por razones que luego explicaré. Y hablando del prólogo, Juan Ramón dice, como Cervantes del Quijote, que es un libro para todo tipo de lectores y que él no es nadie para constreñir a su público. Curioso paralelismo ya que, en mi modesta opinión, al final este libro quizá sea, junto aquel del caballero de la Triste Figura, el mejor que se ha escrito en nuestra lengua, o al menos entraría en la lista de los diez mejores.
Pero vayamos al tema. Más allá de las anécdotas rurales más o menos bucólicas, el poeta es capaz de hacer trascendente, casi místioo, el paisaje y el paisanaje que describe. Hay capítulos como el 68, que podría haber firmado Matsuo Basho. Son meras impresiones en presente de una realidad que, a fuerza de ser solo eso, pura cotidianeidad, aburrida, pueblerina, nos traslada a una sobre-realidad. El uso del vocabulario, culto y popular a la vez, las transcripciones del habla coloquial andaluza, en contraste con una sintaxis rica, poética, difícil, extrañada (que dirían los formalistas rusos) conforman un texto inolvidable que atrapa al lector a pesar de su carácter fragmentario.
Otra cosa que me ha sorprendido en esta segunda lectura han sido los mensajes críticos más o menos indirectos que Juan Ramón cuela entre tanto lirismo.
Encontramos a un narrador antirracista, que critica al populacho que se mofa y acosa a un muchacho negro, llegado al pueblo para buscarse la vida como torero.
También aparece (esto es menos sorprendente) un Juan Ramón ecologista lamentando la contaminación de los ríos de Huelva, fruto de la actividad minera que se lleva a cabo aguas arriba.
Y por último, cuando llegan los domingos, las fiestas grandes como el Corpus u otras procesiones, él se escapa a un prado con el burrito a leer (casualmente) a Omar Jayyam, el poeta que abominaba de ulemas y mezquitas. Las campanas oídas a los lejos (como en aquel memorable poema suyo de los pájaros que se quedarán) no son un símbolo de fe, sino un mero recuerdo de las horas y las alertas por incendios. En el capítulo 24 presenta su opinión sobre la liturgia de una forma más clara, social y contundente: "rezar con los pobres por los muertos de los ricos".
Sin duda es cierta esa idea de que una obra de arte cambia cuando se vuelve a leer, ver u oír, por la simple razón de que el lector ha cambiado. El niño que hojeó este libro no es el señor que vive hoy la adolescencia de su vejez. Entonces me pareció un libro bastante alejado de mis expectativas y de mis gustos, que iban por otros derroteros más urbanos, más activistas, más sarcásticos, menos contemplativos. Creo que fue Borges quien dijo que en su juventud disfrutaba del centro de la ciudad por las mañanas, mientras en que en su vejez prefería los atardeceres de las afueras.
Los budistas creen que el ego no existe, que es una convención, una etiqueta que colocamos a una entidad cambiante y mutable. Nuestras células se renuevan y nuestra memoria nos traiciona. La diferencia entre la lectura que hice cuando tenía diez años y la que he hecho este verano se puede resumir en este trabalenguas con el que acabo la entrada: el yo que leyó Platero y yo no es el yo que lo acaba de leer.
Tras lo vivido esta mañana, escribo en un estado mezcla de estupefacción, satisfacción y agradecimiento. Mi amigo Emilio Lobato propuso en su centro, el I.E.S Romero Esteo de Málaga, elaborar una serie de situaciones de aprendizaje de las que pide la LOMLOE, basadas en Operación Artemisa. Hace un mes o así me preguntó si podría ir una mañana a ver unas "cositas" que habían hecho sobre la novela. Aparte de la invitación, desconocía absolutamente lo que habían pergeñado ni qué iba a pasar tal día como hoy.
Así las cosas me presenté, en compañía de mi amigo Fran Cuevas Alzuguren, un poco antes de tiempo. Emilio nos pidió que esperáramos unos minutos en una cafetería cercana para terminar de prepararlo todo. Así lo hicimos.
Ya en la puerta del recinto comenzó a sonar "Así habló Zaratustra" de Strauss. El profesor de plástica, ataviado con un mono blanco tuneado con enigmáticos signos, me dio la bienvenida en inglés a la base Shackleton (que es donde sucede casi toda la trama). En los escalones de la entrada se podían leer las frases que adornaban los pasillos del escenario de la novela. Entonces aparecieron varias parejas de alumnos y alumnas portando unas banderas de creación propia que representaban a la Tierra, la Luna y a la propia base. A continuación, comenzaron a salir más y más alumnos ataviados con monos blancos. Tras un apunte coreográfico de bienvenida, interpretado por una alumna, María José, otros dos alumnos, Salma y Adan, se acercaron y se presentaron como la comandante Karalis y Alexander Marchand, protagonistas de la novela. Este último me invitó a entrar e hizo las veces de cicerone durante el resto de la visita. Yo, por mi parte, me limitaba a tener la boca abierta, preso de un asombro que es difícil de cuantificar.
Justo en la puerta me recibieron dos conserjes tocadas con sendas pelucas de colores, las cuales me ofrecieron un viaje por la Luna. En una de las paredes del mismo hall había un gran mural excelentemente pintado con una de las escenas principales de la obra y en las escaleras centrales pude releer los versos del primer poema en lunés, creado por Karalis, en versión original y en castellano. Alexander Marchand me habló de su sueño recurrente, un hombre entrando en el bosque, mientras me mostraba un dibujo que lo representaba y que había sido pintado en una puerta cercana. Era la puerta de la biblioteca y por ahí accedimos a la exposición propiamente dicha.
Alexander continuó explicándome todo lo que había allí: basalto que imitaba el regolito lunar, libros de literatura selenita, estudios sobre el suelo y la geología lunares, información sobre la planta artemisia, que había sido cultivada en una maceta por una alumna a partir de las semillas; una copia de la tesis de Alexander Marchand, un maletín con cajas de medicamentos para el "mal lunar", además de muchos paneles con dibujos sobre escenas de la novela, documentación sobre viajes a la Luna, imaginativos alfabetos del idioma lunés, recreaciones de futuras guerras mundiales, etc. Un trabajo de investigación que ha supuesto un esfuerzo enorme del alumnado en distintas materias y con el que seguro que han aprendido de forma lúdica, la mejor receta contra el olvido.
Mientras escuchaba atentamente las explicaciones de Marchand, me di cuenta de dos cosas. Había un alumno en una silla de ruedas, que imitaba a un personaje de la novela. Oía también un fondo musical. Era la Gymnopedie nº 1 de Erik Satie, tan importante para el argumento. Pero es que además no se trataba de una grabación, sino de un alumno de 3º de ESO, Jesús, que la interpretaba perfectamente.
Nos desplazamos hacia el fondo de la biblioteca donde había un enorme mural con una nave alunizando. Allí se desarrolló una interpretación de danza minimalista y exquisita, de nuevo a cargo de la alumna María José. Tras ello los profesores invitaron a los alumnos/as a sentarse enfrente de mí para que les hablara un poco del proceso de escritura y les leyera algún poema o relato, cosa que hice con mucho gusto.
De pronto apareció una profesora, Carmen, que colocó unas luces en el suelo, activó una música y dio paso a un grupo de alumnos/as que llevaron a cabo una pequeña obra de teatro sobre Nannar, uno de los mitos que se relatan en la novela.
Me di cuenta de que algo se cocía en la otra parte del espacio expositivo. Alguien (todavía no sé quién o quiénes) habían cocinado dulces selenitas, estrellas de bizcocho y rosquillas interestelares o algo así.
Cuando ya creía que todo había terminado, aparecieron inesperadamente unos alumnos/as de bachillerato gritando "¡selenitas! ¡selenitas!" y leyeron un manifiesto sobre la independencia de la Luna. Al acabar, me hicieron entrega del único ejemplar que existe de la Constitución de la Luna, un trabajo que han estado haciendo con su profesora de Filosofía, Ofelia.
Para finalizar, Emilio Lobato proyectó un divertido vídeo en el que recogía extractos de varios trabajos que había hecho el alumnado de 2º de bachillerato.
En resumen, una jornada muy intensa que me ha dejado en estado de shock. Llegó un momento en que poco a poco conseguí olvidar quién era el autor de la novela que había motivado todo aquello para pasar a disfrutar de la creatividad y el entusiasmo de este centro que lleva el nombre de uno de mis maestros.
Nada más empezar la actividad me acordé de aquella frase de Lorca: "El teatro es la poesía que se levanta del libro y se hace humana". Innovaciones educativas como esta consiguen que la educación se haga también más humana y se levante del libro, ya sea el de texto u Operación Artemisa. La sensación que tuve todo el tiempo fue la misma que experimento cuando escribo teatro y veo cómo hablan y se mueven por el mundo los personajes que uno ha inventado en soledad.
No puedo terminar esta apresurada reseña sin agradecer a todo el alumnado y a los profesores Raúl García Puente, por el excelente trabajo realizado desde el departamento de Educación Plástica; a Ofelia García Arce, coordinadora de la redacción de la constitución selenita; a Amparo Fernández Luna, por su labor de investigación sobre la artemisa y la geografía lunar; a Mª Ángeles Lanzac, Gabriel Canón, Pilar Ríos y José Miguel Jaenal, por su ayuda en el montaje de toda la instalación, sin la cual nada de esto podría haberse conseguido; a Carmen Torres por dirigir la bonita representación del mito de Nannar; a la profesora de Tecnología Margarita Mora Anaya, por sus aportaciones y su interés en que este proyecto sobre mi novela se realizara, y a la profesora de Música Rosana Meneses Lavín. Y cómo no, a mi amigo y, sin embargo, agente literario, Emilio Lobato Montes. Al montarme en el coche para volver a casa le confesé a Fran que me pasa como a Serrat en aquella canción sobre los amigos:
"los tengo muy escogidos, son
lo mejor de cada casa".

Corría el año 1864. El joven Nietzsche estaba a punto de terminar sus estudios secundarios en el muy prestigioso instituto/internado Schulpforta de la ciudad de Naumburgo. Esta institución (que continúa hoy día con sus actividades) se encuentra en un edificio, medio castillo, medio monasterio, y en aquellas fechas se regía por una severidad que hoy día no podemos ni imaginar: horarios reglamentados durante toda la jornada, sobriedad, altísima exigencia académica... Nada mejor que el adjetivo "prusiano" para definirlo. Imagino a aquellos adustos y severísimos profesores germánicos exigiendo sin descanso esfuerzo y disciplina al sumiso alumnado.
Se estarán preguntando a cuento de qué viene este revival educativo. Paso a explicarlo y qué relación tiene con la nueva ley educativa que se va a implantar en España (y juro que he perdido la cuenta).
Cuando el imberbe (mejor dicho, "imbigótico") Federico Nietzsche quiso marcharse con su título, resultó que no había superado las matemáticas. El profesor en cuestión consideraba que el prestigio de tan rigurosa institución se iba a desmoronar al (y verán cómo les empieza ya a sonar el asunto) "regalarle" el título a ese muchachito. El resto del profesorado se opuso a esta opinión y presionó, no para que lo aprobaran, sino para que le dieran el dichoso título sin aprobarlas. Por suerte lo consiguieron y el futuro filósofo pudo seguir su carrera dando clases en Basilea y generando ideas que trastocarían para siempre el pensamiento europeo. Y aquí quería yo llegar.
Como quizá sepan algunos/as de ustedes, a partir de este curso en España, un alumno/a que suspenda una materia podrá obtener el título de bachillerato, si se dan ciertas circunstancias: asiste a clase, se presenta a todas las pruebas y tiene una media superior a cinco entre todas las asignaturas. Pues bien, ya han empezado a sonar las trompetas del apocalipsis: que si la ínclita "bajada de nivel", que si los "regalitos", que si el acabose (otro más) de la educación, la cultura y la civilización occidental...
Este artículo ha sido escrito con la esperanza de que aquella justa decisión de 1864 pueda servir de ejemplo para evitar un excesivo rasgado de vestiduras. Siempre ha habido alumnos/as a quienes se les ha atascado (o les han atascado) alguna asignatura y los/as docentes han aplicado la excepcionalidad sin que el mundo se suma en la barbarie (al menos por esa razón). Como ya he dicho otras veces, no se trata tanto de "bajar el nivel", como de tener un alto nivel de perspectiva, empatía y sabiduría. De esa forma no cercenaremos posibles brillantes carreras por una pequeña parte proporcional del expediente (en nuestro caso 1/20), lo que contribuiría a "bajar el nivel" intelectual y científico de la sociedad en su conjunto.
Por primera vez en la historia de este blog voy a ceder la voz y el espacio a un autor invitado, el profesor Emilio Lobato Montes, que ha tenido a bien escribir una reseña sobre Operación Artemisa. Tiene la palabra:
"Operación Artemisa es el título de la fantástica narración de ciencia ficción que el poeta y polifacético creador Ángel Luis Montilla Martos acaba de publicar bajo el cuidado de la editorial Círculo Rojo. Quienes con buen criterio se hagan con un ejemplar de esta deliciosa novela deben saber, antes de adentrarse en sus primeras páginas, que no solo van a protagonizar junto a sus personajes principales una misión llena de retos, intriga/s y hechos insólitos, sino que, transportándose a un futuro donde el hombre ya ha logrado colonizar el satélite de su propio planeta, podrán también habitar un mundo en el que la silenciosa y asombrosa belleza del espacio y los paisajes lunares convive con la fascinación por la poesía, la mitología, la música, la astronomía y la ciencia.
La lectura de una obra literaria es siempre un inteligente y generoso ejercicio de complicidad, y en la escritura de Ángel L. Montilla, tanto en el verso como en la prosa narrativa, esta experiencia suele ser especialmente fructífera y placentera. Queda claro que Montilla lo ha pasado en grande durante todo el proceso de preparación y creación de Operación Artemisa. Ante todo, concebir esta emocionante y, en algunos momentos, sorprendente historia en la Luna le ha brindado la posibilidad de revisitar y recrear algunas de sus inquietudes y aficiones más queridas y recurrentes. Como en algunas de sus colecciones poéticas, en esta su primera novela se atesoran, unas veces de forma expresa, otras de forma velada, no pocos homenajes y tributos a hitos de la literatura, el arte y la cultura antiguos, modernos y contemporáneos. Algunos de estos guiños encierran además valiosas claves que se reparten a lo largo de la obra para que el lector curioso y agradecido las reconozca, las interprete y, en la misma medida que el autor, las disfrute.
Junto a la cuidada ambientación y los misterios de su trama, Operación Artemisa es también el resultado de un minucioso trabajo de documentación y recopilación eficazmente aprovechado. La inclusión de todo un amplio repertorio de materiales y referentes culturales y artísticos que tienen que ver con lo lunar (hermosísimas narraciones mitológicas, obras maestras de la literatura y el cine, exquisitas piezas musicales) enriquecen un relato que amplía y trasciende el género al que se adscribe ya desde su título y desde el arranque de su acción principal. Operación Artemisa no es solo una novela de ciencia ficción. Tampoco es un ejemplo del subgénero de la ciencia ficción fantástica. Se trata de un ensamblaje muy personal y muy original de géneros, motivos y temas diferentes, todos ellos magistralmente integrados y armonizados alrededor de un hilo argumental que se centra en los periplos y las peripecias del botánico terrícola Alexandre Marchand y la comandante selenita Artemisa Karalis.
La narración se va construyendo a través de las numerosas cartas que estos dos personajes, Marchand y Karalis, remiten a sendos destinatarios. Dichas correspondencias se alternan a modo de capítulos y nos hablan de vidas que en un principio no parecen guardar relación aparente pero que poco a poco van aproximándose hasta revelar un pasado común y converger finalmente en un destino compartido. La fórmula epistolar es el cauce perfecto para que junto a la trama central fluyan interesantes y sugerentes anécdotas familiares, curiosidades científicas, reflexiones e, incluso, creaciones poéticas.
Y es que uno de los aspectos que hacen de Operación Artemisa una novela muy atractiva es el lirismo que envuelve muchos de sus episodios y escenas. No podía ser de otra manera: la poesía es el lenguaje que Ángel Montilla más ha cultivado hasta el momento. Lo lírico aparece en la descripción y la simbología de los sueños y en los preciosos mitos lunares que crearon las diversas culturas antiguas y que se intercalan como historias independientes en muchos capítulos. Pero la poesía tiene todavía mayor presencia en los versos de algunos de los nombres importantes de la lírica universal (Percy B. Shelley, Whitman, Lorca) que le cantaron a la luna y, sobre todo, en las composiciones de poetas selenitas, entre ellas alguna de la comandante Karalis. Estos pasajes son una buena muestra de los divertimentos metaliterarios que amenizan esta lectura y que con total seguridad despertará una sonrisa cómplice en más de un lector.
La creación de esta nueva tradición literaria de escritores nacidos en la Luna y la inclusión de algunas muestras de su lírica, junto a otros tantos detalles (la mención a un idioma lunés, los curiosos avances tecnológicos), dan cuenta de lo rica y compleja que es la recreación del universo en que transcurre Operación Artemisa. En él se funden realidades y concepciones que proceden tanto del ámbito científico como del humanístico. Esta visión global revela un claro interés del autor por ofrecernos un análisis completo y profundo de lo humano.
En su novela Ángel Montilla nos habla también de tensiones, dinámicas y circunstancias sociales y políticas que no son nada ajenas a nuestro mundo actual. La ciencia ficción ofrece así una valiosa oportunidad para que podamos contemplarnos más lúcidamente desde la perspectiva del futuro y para que podamos comprender mucho mejor nuestro presente. Relacionados con este aspecto de la obra encontramos momentos y situaciones que, a modo de pequeñas pinceladas narrativas, nos recuerdan a otros subgéneros como las historias de espionaje o el thriller político. La convivencia en la Luna entre los ciudadanos terrícolas y los selenitas se ve comprometida por una serie de conflictos que amenazan la paz social. En esa coyuntura, la comandante Karalis tiene una relevancia crucial. El protagonismo de lo femenino y la incorporación (y reivindicación) de una sensibilidad feminista en la historia es otro de los grandes aciertos de este relato.
Por la suma de todos estos aspectos y elementos de procedencia tan diversa y el compendio de temáticas y géneros tan variados, Operación Artemisa se nos antoja como una suerte de obra total. A pesar de no ser extensa, la novela es un auténtico microcosmos donde quedan reflejadas problemáticas de la condición humana a través de las aspiraciones, los sueños y los ideales que encarnan los personajes protagonistas.
Resulta además inevitable disfrutar de la lectura de Operación Artemisa con la mirada de un espectador acomodado ante la gran pantalla de una sala de cine. Los trayectos y las evoluciones de las naves espaciales, los escenarios y los paisajes lunares (tan icónicos), los momentos de acción, las actitudes sospechosas e intrigantes de algunos personajes y, sobre todo, el impactante final en el que desembocan los acontecimientos recuerdan, salvando las muchas distancias expresivas y estéticas, el encanto y la magia de algunas joyas del séptimo arte, de algunos clásicos de la ciencia ficción como los que nos regalaron para siempre secuencias tan memorables como el monólogo del replicante poeta Roy Batty o la imagen hipnótica de la Discovery 1 navegando al suave ritmo de los valses de Strauss.
Si aún no han conseguido un pasaje en el vuelo regular que llevará a Alexandre Marchand a la difícil misión que le ha sido encomendada, no lo duden. Acompáñenlo. Alunicen con él en la base Shackleton, alucinen con el insospechado desenlace de esta maravillosa aventura en el futuro".
Emilio Lobato Montes
15-1-2022
Uno escribió un libro hace años que tenía el número uno en el título. En él quería reflejar la multiplicidad del universo que, forzosamente, tiene que pasar por el ojo de la aguja de uno mismo o misma. Nada son galaxias, abedules, imperios, sacapuntas, ironías, nubes o barras de pan sin que el yo pensante, sintiente, comiente, tocante... lo aprehenda.
Paseo por los parques vacíos este primer día del año que quizá contenga alguna puerta de salida. Hay patos que me miran, deseosos de que lleve una bolsa de pistachos del cotillón (que no ha existido).
Una niebla implacable difumina la perspectiva, oculta las cimas de los montes y el manso (imagino) vaivén de las olas del cercano Mare al que llamábamos Nostrum (menuda arrogancia grecolatina).
Algunas flores atrevidas se asoman para anunciar tímidamente una primavera todavía lejana.
Supongo que en los televisores compiten por la escasa audiencia valses, saltos de esquí y refritos de la noche anterior, metáfora de los restos de una cena de la que no quedará ni una uva. Yo me comí (dos veces, una a la hora de Japón y otra a la de la Península Ibérica) doce rodajas de plátano en homenaje a las gentes que vivieron, como aquel novelista pijo y alcoholizado, bajo el volcán.
Recibo un vídeo. Unos niños corren por otro parque al norte de Osaka, volando una cometa blanca que resalta entre las ramas negras de los cerezos adormecidos, como en un relato que también escribí hace ¡décadas!
A lo lejos parece que viene alguien corriendo muy lentamente: otro que huye de su colesterol.
Una madre con un carrito, harta de ver platos sucios y confeti pegado en las copas, ha salido a airear su retoño y dar vueltas, como yo, a un lago artificial, en el que bucean, medio autistas, medio sabias, tortugas de varios tamaños.
Una banda de jilgueros huye al oír mis pasos.
Las palomas picotean los restos del pan que una vieja les tiró el año pasado, ese en el que perdimos, entre otras muchas cosas, el centro de gravedad permanente.
Este día, como los demás, carece de moraleja. Y también como los demás, deseo que este año del tigre les vaya mucho mejor que el anterior, cosa que no va resultar, intuyo, demasiado difícil.
Vuelvo a esta palestra después de mucho tiempo, movido por un tema que me atañe profesionalmente. En distintos foros docentes prolifera una serie de banderías, sectarismos o como queramos llamarlo, entre, por ejemplo, reivindicadores de la memoria versus de metodologías activas, innovadoras contra tradicionalistas, etc. De toda esta liga sin premio ni tabla de clasificación me apetece comentar la de quienes piden más esfuerzo al alumnado versus quienes buscan más su bienestar emocional y social.
La petición de esfuerzo al alumnado es legítima y razonable. En la vida postacadémica nuestros alumnos y alumnas no van a encontrar más que esfuerzo y más esfuerzo. No hay otra. El problema no radica en esforzarse per se. Lo primero que hay que analizar es de dónde se parte para llegar a dónde. Me explico. Imaginemos a Julia y a Julio. Los padres de Julia son abogados, médicos, profesores o algo por el estilo. Los de Julio son amos de casa, parados, trabajadoras eventuales del campo o de la hostelería. Julia tiene la casa llena de libros y Julio, llena de... nada. Los padres de Julia la llevan al teatro en Londres y a conciertos de Mozart en Salzburgo. Los de Julio, al parque infantil gratuito, a ver blockbusters el día del espectador y al Mercadona a comprar marca blanca. El sistema educativo no puede hacer lo mismo con los dos. Eso se llama equidad compensatoria, pero el sistema, por inercia, por comodidad o por razones presupuestarias, opta por la tabla rasa igualatoria. Súmenle a las diferencias sociales las particulares, psicológicas o actitudinales, derivadas de lo que ha venido en llamarse inteligencias múltiples, las cuales muchos/as intentan menospreciar, obviando lo que tenemos delante de las narices, a saber, que Messi tiene muy desarrollada la inteligencia kinésica, pero no la lingüística y que a Neruda o a Balzac les pasaba lo contrario. Circula por ahí un chiste gráfico en el que un profesor sentado en su mesa explica a un mono, un elefante, un pez, una foca y un perro que el examen consistirá en subirse a un árbol.
Los detractores de este razonamiento argumentan que hay cosas que hay que saber sí o sí y que no exigirlas llevará al sistema al declive intelectual y, por ende, al fin de la cultura y la civilización. Semejante amenaza la llevamos escuchando ¿cientos, miles de años? En tablillas mesopotámicas y textos de la Grecia clásica ya hay vaticinios de ese tipo. Nada nuevo bajo el sol. Cuando llegó la ley de Villar Palasí ya se dijo que el apocalipsis acaecería más o menos allá por 1980. Luego vino la LOGSE y más de lo mismo. Muchas arquitectas, poetas, astrónomos y neurocirujanas actuales estudiaron con esa ley en el sistema público y no se acabó el mundo (una vez más). Ahora le toca el turno a la LOMLOE. Ya se oye por ahí que se van a regalar los títulos de Bachillerato y no sé cuántas cosas más. La verdad es que quienes trabajamos a pie de aula sabemos que, desde siempre y de facto, pocas veces se queda un alumno/a fuera del sistema porque se le atraviese una materia o un profesor/a. Se le buscan las vueltas para que llegue tarde o temprano a la sacrosanta selectividad. Lo que va a hacer la ley es sancionar un uso ya establecido y que además no es exclusivo del nuevo sistema español.
La ministra ha dicho en la prensa que no se trata de menospreciar el esfuerzo, sino de motivar para el esfuerzo. Cada cual se esfuerza lo que quiere, pero también lo que puede. Es el sistema el que se tiene que esforzar en que el alumnado quiera esforzarse y para ello necesitará varias cosas: que la administración rebaje la ratio y la burocracia y que cambien de una vez por todas metodologías y sistemas de evaluación/calificación, para lo que se necesita que los contenidos no sean tan teóricos, tan enciclopédicos ni tan academicistas como lo son hasta el día de hoy. Cualquier ciudadano/a puede hacer la prueba del algodón e intentar recordar un porcentaje razonable de las fechas, reyes, fórmulas y afluentes que le metieron en la cabeza durante sus años mozos. No se pueden adaptar, tal como marca la ley, la metodología ni la evaluación si hay que impartir tantísima información no pertinente.
No quiero entrar en disquisiciones demasiado políticas, pero da la impresión de que muchas veces coincide que quienes más arriba están en el escalafón social, más apelan al valor del esfuerzo, cuando son quienes menos lo necesitan, ya que parten de posiciones más ventajosas. Los defensores/as de la meritocracia son casi siempre los que menos méritos han tenido que demostrar para alcanzar sus posiciones. No parece casualidad que la segunda persona más rica de España sea la hija del más rico. Existen individuos/as que salen de la (casi) nada y consiguen un imperio, pero no podemos hacer depender un sistema de esos memorables, ultra-publicitados y escasísimos ejemplos. La verdad es que, según algunos estudios, el alumnado de baja extracción social tiene casi siete veces más posibilidades de abandonar los estudios que los de la parte alta de la tabla.
Y ya puestos a comentar novedades de la nueva ley, aquí va un parrafito/excurso sobre los famosos exámenes extraordinarios de septiembre. Todos y todas las docentes saben de sobra que se presenta un diez por ciento del alumnado y aprueba un veinte de ese diez (grosso modo). Es decir, que son una disparatada pérdida de tiempo y de dinero que pone en evidencia al sistema mismo, ya que propugna que un alumno/a aprenda en dos meses (en realidad dos semanas cortitas) y fuera del aula lo que no ha aprendido en nueve dentro de la misma. Eso sin contar que suponen un problema de organización de matrículas, grupos y plantillas docentes que retrasa la organización de los centros hasta la segunda semana de septiembre, dejando literalmente cuatro o cinco días para matrículas, plantillas, grupos, optativas, horarios... Una locura sin parangón que intuirán todos/as ustedes y corroborarán mis compañeros/as que trabajan o han trabajado en equipos directivos.
Vaya, parece que me he calentado y me ha salido el artículo demasiado largo. Esto se deberá, supongo, a que, como les dije al principio, me interesa el asunto y por eso lo he escrito sin ningún esfuerzo. Quod erat demostrandum.
Hay un colectivo de personas que está haciendo más ruido del que le corresponde proporcionalmente. Son los llamados negacionistas. Estoy muy interesado en ellos/as porque provienen de ideologías y/o psiques muy dispares. Encontramos postjipis antimedicina oficial junto a jóvenes pijos ansiosos por irse de farra, personas de ideología contraria al gobierno de turno en cada país, terraplanistas de youtube, trumpistas sobrevenidos, anarcoides diletantes y la clásica y minoritaria reata de iluminados del quinto milenio, cuestionadores de cualquier cosa menos de ellos mismos.
Estaremos de acuerdo en que siempre y en todos los sitios ha habido un reducto de incomprendidos que no comprenden ni aceptan la realidad que les ha tocado vivir. Algunos de ellos han sido grandes cerebros y almas que han llegado a cambiar esa realidad a base de investigar, escribir o convencer, a veces post-mortem. Ahí están Jesús de Nazaret, Marx (Karl), Freud, Buda, Galileo y demás. Y también coincidiremos en que a la sombra de estos gigantes surgen imitadores del tres al cuarto que se creen (como los primeros) en posesión de la verdad y que, como en el chiste del conductor que iba en sentido contrario por la autovía, piensan que todos los demás están equivocados.
Lo que está ocurriendo ahora es que quizá este porcentaje de inconformistas, autoalimentados mediante las nuevas (ya no tan nuevas) tecnologías, han crecido y se han hecho oír, como decíamos, un poco más de lo que les corresponde proporcionalmente. Pienso que esto es debido a una sola razón: el miedo.
Aunque los negacionistas crean que no les va a pasar nada si no se vacunan o si no usan las mascarillas, en realidad son los que más miedo tienen, porque su reacción no es al virus, sino al cambio de paradigma. Es el fruto de no querer aceptar que estamos ante un problema de dimensiones colosales. Niegan la realidad porque no la entienden o creen entenderla de otra forma. Da igual, al final lo único que tenemos es gente asustada que no acepta que las reglas del juego han cambiado y que cree que negándolas va a desaparecer, cual avestruz que mete la cabeza en el agujero (cosa, por cierto, no rigurosamente cierta). Para ellos/as, quienes seguimos (y hacemos seguir) las indicaciones de los especialistas sanitarios somos meros peleles del sistema, timoratos obedientes de los medios y de conspiraciones extrañísimas en las que se mezclan las churras con el 5G.
Lo malo de todo esto es que su pánico a afrontar la realidad está empeorándola, al practicar y fomentar conductas insolidarias y peligrosas para el conjunto de la sociedad. Algunos de ellos, por desgracia, ya han probado su propia medicina y han fallecido. Llámenlo karma, coherencia cósmica, justicia poética o simple mala suerte, esa cosa que nos cuesta tanto aceptar cuando nos creemos más listos que nadie, aunque en el fondo estemos temblando como un corderito.