Nuestras calderadas

Supongo que no es algo premeditado, pero los asiduos y asiduas de este blog se habrán venido percatando de que muy, pero que muy pocas veces, me tiro al barro de la política.  Quizá obedezca a una mezcla de ecuanimidad mal entendida y pusilanimidad genética.  No sé.  No tengo tiempo, ganas ni dinero para averiguarlo.  Y no es que, como dijo Aristóteles, no sea un "ser político".  Todos irremediablemente lo somos.  No podemos dejar de serlo.  Fuera de este ámbito expongo sin problema mis ideas sobre cómo debemos organizarnos en estas polis enormes en las que vivimos.

 

El culpable de que hoy rompa esta discutible costumbre es Andrés Villena Oliver, autor de Las redes de poder en España.  Se trata de un libro valiente.  Y no lo digo en un sentido metafórico ni hiperbólico.  No es que presente ideas novedosas que expongan al autor a la crítica intelectual de sus colegas.  Lo que se expone en este ensayo/monografía son datos, datos irrefutables, contrastados, conocidos, bien hilados y justificados.  El riesgo que corre el autor es el de poner negro sobre blanco que la democracia en España está, cuando menos, descafeinada, si no adulterada, manipulada, vapuleada y... mejor me callo.

 

De manera incontestable el autor va desgranando los nudos de estas redes, algunos más conocidos que otros.  Un tupido entramado de cargos medios y altos, incrustados (atados y bien atados, que dijo aquél) en el funcionamiento del estado ha venido a prolongar gran parte del aparato del poder del régimen político anterior.  Familias, luengos apellidos de rancio abolengo, amistades, puertas giratorias, asientos a medida en consejos de dirección... dibujan un paisaje medio dantesco medio kafkiano, que acaba quitándote el sueño.  Un grueso tapiz de componendas que deprimen al más optimista paladín de la justicia social y política.  Y junto a, o sobre, o bajo estas redes burocráticas gubernamentales y empresariales, la no menos tupida red de los medios de comunicación, encargados (vía créditos que existen o no existen, vía favores biyectivos) de ocultar o hacer olvidar las otras y cualesquiera que se tejan para pescar puestos, dádivas o emolumentos.  Y lo más inquietante es que no se trata de una teoría de la conspiración tipo Bildergerg.  Qué va.  Todo sucede delante de nuestras olvidadizas narices, esas que muchas veces nos tapamos en el momento justo de depositar el voto en la urna.

 

 

Hace poco asistí a la presentación del libro en Málaga y alguien del público preguntó si quedaba algún atisbo de esperanza frente a semejante cúmulo de componendas y engañifas.  La repuesta del autor fue esperanzadora.  Habló de que en Estados Unidos cada vez hay más voces que abogan por un cambio de rumbo en las concepciones económicas que arrancaron ferozmente en los ochenta y que nos llevaron a la debacle de 2008.  De modo que este minucioso estudio, más que una elegía derrotisma/abstencionista, es una llamada a la indignación, a la participación, al conocimiento y a la madurez ciudadana.  No faltarán quienes opinen que las redes ocultas de poder existen en todo el mundo y, como dijo el entrañable refrán-man Sancho Panza, "en otras casas cuecen habas".    Lo que ocurre es que, como continúa el adagio, "en la mía, calderadas". 

 

 

 

 

Cubismo al cubo

Para contrarrestar la caló y otros artículos anteriores, quizá demasiado densos, traigo ahora una anécdota ligerita.

 

Hace unos meses un pequeño tornado destrozó algunas zonas del instituto en el que trabajo.  Entre ellas cayó un fragmento de un mosaico, hecho por el alumnado, que reproduce "Las señoritas de Avignon".  El departamento de Dibujo hizo una réplica de las partes destruidas y esta misma mañana unos operarios han procedido colocarlas.  Y aquí viene el chiste. Han confundido una hilera con otra y las ya distorsionadas perspectivas cubistas que pergeñó Picasso se han visto elevadas al cubo: narices en lugar de barbillas, ojos en lugar de cuellos, etc.  Se trata de una deconstrucción involuntaria y ultrapostmoderna de la pintura contemporánea, digna del MOMA o del ecce homo de Borja.

 

Por suerte el jefe del departamento, que ha sacrificado azarosamente parte de sus vacaciones, lo ha visto a tiempo y ha suspendido la instalación.  

 

Fin de la anécdota.  Sigan con sus cosas.

 

 

 

 

El pajarito de Rubik

Quizá lo hayan visto por ahí.  Es un niño chino que hace malabares con tres cubos de Rubik y mientras los lanza y entrelaza en el aire ¡los hace!, es decir, ordena todos los colores.  Uno no puede más que maravillarse y quedarse con la boca abierta.  Y ahí es cuando llega el problema.  Nuestra estupefacción nos deja como a esos conejos que se cazan deslumbrándolos.

 

Los ciudadanos de aquel milenario y enorme país malgastan su tiempo y sus energías mirando embobados la habilidad de este chaval, en lugar de centrarse en los muchos problemas e injusticias que existen tras la Gran Muralla y The Great Firewall, que impide cualquier tipo de reivindicación o insurgencia digital.

 

Y aquí por occidente no estamos para dar lecciones de nada.  Desde el panen et circenses, hasta la telebasura o los videos de gatitos tocando el piano, pasando por Goebbels, el fútbol, Gibraltar-español y otras famosas manipulaciones y distracciones, el poder siempre ha tenido a mano algún pajarito al que quieren que miremos.   Así nos tienen embobados, o sea, transformados momentánea o definitivamente en bobos y bobas.

 

 

 

Jekyll, Hyde y Alcàsser.

A principio de los noventa yo era un joven profesor con pelo y sin triglicéridos que veía poquísima televisión, pero no pude abstraerme de lo que pasó en Alcàsser. Pronto tuve la intuición ética o estética de que el circo de Nieves Herrero en el salón de conciertos cruzaba una frontera que aún no estaba bien marcada.  Me repelió tanto que en los siguiente meses y años no quise volver a saber nada del asunto.  La serie de Netflix, muy bien realizada, me ha servido para ponerme al día y refrescar algunos datos que, pese a mi huelga de espectador, me fueron llegando. 

 

Como quizá ya intuyen, no es mi estilo ponerme a despotricar perogrullescamente sobre la crueldad indescriptible de los asesinos, cuyo estudio pormenorizado quizá sería de gran ayuda para intentar evitar crímenes tan horrendos.  Tampoco soy de los que van pidiendo patíbulos portátiles al calor de las noticias.  La misma plebe que pedía pena de muerte en directo con Nieves Herrero, años más tarde clamaba por cruzar "el Misisipi" para liberar al único detenido, por otras razones, más mediáticas todavía.

 

Después de ver los reportajes de la serie me ha asaltado una idea.  Los asesinos (fueren quienes fueren) se movían por instintos primigenios, menos que animales.   Algo radicalmente malévolo, insano y cruel surgía de una parte de su cerebro no controlada por... nada, ni los circuitos de la moralidad, ni los de la ética, ni los de la misma supervivencia, porque arriesgaban sus vidas o libertades cometiendo estos actos.  Por otra parte, en el juicio se desarrollaron argumentos hiperbólicamente racionales, burocráticos, científicos: que si la fecha de una orden de registro, que si la morfología de unos pelos, que si el tamaño de unas larvas, que si pistas falsas, que si manchas o no manchas, que si testigos que callan, que si alfombra persa o moqueta nacional, que si el fiscal construye frases que hacen que el acusado incurra ante la sala en contradicciones...  Todo un despliegue de sutilezas químicas, retóricas y forenses, que contrastan con las simples intenciones de los que cometieron las violaciones y asesinatos.  (Semi)analfabetos irracionales, frente a cultos letrados y catedráticos.  Un cóctel que dice mucho de la condición humana jekylhaydeana.  No nos extrañe, pues, que en nuestras pantallas convivan productos como esta serie y tanta, tanta, tanta, telebasura.

 

 

 

 

Ese invisible yo

Las personas se dividen en tres grandes grupos: la "gente", las "personas que conozco" y "yo" (es decir, cada cual).  Entre los dos primeros se establece cierta movilidad, regida por el azar y la pérdida progresiva de memoria.  Gente que no conozco se convierte en conocida y personas conocidas se van olvidando y acaban convirtiéndose en gente.

 

Entre el yo y los conocidos también hay intercambio.  Los pensamientos, tics, formas de hablar o comportarse pueden pasar de unos a otro.  Al yo le cuesta mucho reconocer que está siendo influenciado por los conocidos, pero suele ser más ágil detectando su huella en los demás.

 

Dicen los neuropsicólogos que existe una zona del cerebro, el área 10 o capa granular interna IV, situada en la corteza prefrontal lateral (no soy neurólogo, lo he copiado de un libro), que es dos veces más grande en los humanos que en los simios.  Puede que ahí viva la conciencia del "yo", porque se dedica a emitir lucecitas en las pantallas cuando la memoria, la planificación, el pensamiento abstracto y la adopción de comportamientos adecuados están funcionando.  Pero la cosa es más complicada y otras zonas de la sesera también están implicadas en estos procesos.  Como dijo Leibniz, "si agrandásemos el cerebro hasta que tuviese el tamaño de un molino, y así pudiésemos caminar por su interior, no encontraríamos la conciencia".

 

El yo es mutable a nivel psíquico, moral y político (sobre todo político después de unos resultados electorales no concluyentes) y además lo es a nivel físico.  Cada diez años más o menos las células que nos componen ya no son las que nos componían.  Nuestro cuerpo de ahora no es el que teníamos hace once años.

 

Resumiendo: si lo que pienso, siento y hago está influido por los demás; si no hay un lugar exacto en el que exista el yo, si mi cuerpo es nuevo cada década, ¿de dónde proviene es(t)e egocentrismo (selfismo) insano que nos encorseta y delimita y que pretende ser eterno a base de poemas, intervenciones quirúrgicas, sinfonías o cremas antiarrugas?  Buda, Ortega y Gasset y otros muchos ya lo intuyeron: apenas somos, o somos nosotros y nuestras circunstancias. 

 

 

 

 

Fuera del juego

Sorpresa: voy a empezar hablando de fútbol.  El miércoles pasado en la final de la UEFA se enfrentaron dos equipos londinenses, el Chelsea y el Arsenal.  Entre los veintidós jugadores solo uno era inglés.  A partir de 1995, la sentencia Bosman del Tribunal de Luxemburgo abrió el melón (o la cornucopia) de los fichajes internacionales.  Hasta entonces el máximo de jugadores extranjeros por equipo era de tres.  Ese mismo año el Ayax ganó la Copa de Europa y, tras la sentencia, su plantilla se esfumó y las estrellas se esparcieron, como en un big-bang cuantificable en el infinito universo de las cifras astronómicas.

 

Es el signo de los tiempos que nos han tocado vivir.  Las empresas emigran en busca de inversiones o beneficios, es decir, de pagar lo menos posible a sus empleados y a sus fiscos.  El dinero no entiende de fronteras.  El capital fluye como un tsunami de chapapote hundiendo y levantando países, políticas, políticos, personas.  Es lo que hay.  Se llama globalización y ha venido para quedarse. 

Nota paradójica 1: cuanto más hablamos de "globalización", más terraplanistas surgen.

 

El neonacionalismo populista que tanto ha crecido en Europa y Estados Unidos (Trump, Le Pen, Salvini, Brexit, Vox...) es una respuesta visceral y, como ellos dicen, de "sentido común", basada en un principio incuestionable: "sálvese quien pueda".  Los curritos de Nebraska no quieren que sus fábricas de tractores se vayan a Shanghai, ni que los malolientes mexicanos les quiten los sucios trabajos que ellos antes no aceptaban y ahora anhelan.  Y quien dice tijuaneros y nebraskeños, dice marselleses (enfants de la patrie) y damascenos, madrileños y tangerinos... 

Nota paradójica 2: los nacionalistas de distintos países unen sus intereses en el parlamento europeo, a pesar de que su seña de identidad es rechazar al extranjero.

 

Lo más interesante es que el pueblo llano ha entendido que la globalización le está dando por saco y ha reaccionado, en distinto grado según el país, votando a sus respectivos salvapatrias. Pero los domingos, cuando van al fútbol, cuando invaden ciudades extranjeras para beber cerveza barata y airear sus flácidos vientres en las fuentes, olvidan que sus clubes son el ejemplo más claro de la globalización.  Muchos chavales de las canteras de esas ciudades nunca llegarán al primer equipo, porque siempre vendrá un senegalés o un brasileño que juega mejor que ellos.  Lo importante es la fidelidad a los colores.  No se han dado cuenta de que los poderosos, los que mueven el cotarro de las fichas, los contratos y las subcontratas textiles o automovilísticas, sí han abrazado la globalización y se han organizado para aprovecharla.  Falta que los hooligans se quiten la camiseta de delante de los ojos, dejen la lata en una papelera y vean que, detrás de los colores de su club, se oculta una realidad que los ha dejado fuera del juego y los ha convertido en meros espectadores.  Tienen voto, pero muchos no votan.  Tienen voz, pero se quedan afónicos insultando a árbitros y contrincantes.  No se trata de encerrarse en la aldea gala y defenderse de los pobres de otros países.  Hay de bajar al césped e intentar revertir la situación, de manera global y eficiente, como ya han hecho los que les venden las camisetas made in China.

 

 

 

 

 

Esta juventud

Los cuatro jinetes del apocalipsis del Beato de Liébana.
Los cuatro jinetes del apocalipsis del Beato de Liébana.

Cuando llegan estas fechas finales de exámenes últimos del último curso del bachillerato, me gusta airear mi opinión sobre la vilipendiada, descerebrada y desconocida juventud que tenemos.  En otros artículos he alabado su capacidad de sacrificio y concentración en un mundo de dispersiones y recompensas fáciles.  Este año, además, tengo una anécdota jugosa que ha sucedido esta misma mañana.

 

Vienen a verme al despacho las delegadas de un grupo.  Consideran que sus compañeros no se están comportando bien con una profesora que acaba de llegar al centro para sustituir a un profesor: que había ruido en la clase, que no se oía bien lo que decía la profesora...

 

He subido al aula a decirles que la información que tenía sobre ellos y ellas (no les doy clase) por medio de su tutor y otros profesores era muy positiva y que me extrañaba mucho la queja de los representantes.  Se estableció un debate muy sosegado y educado, en presencia del profesor de Filosofía, que estaba intentando explicarles la dialéctica hegeliana de la tesis la antítesis y la síntesis.   Allí los dejé medio compungidos, medio sorprendidas, a la puerta de los abismos de la metafísica.

 

Un poco después me he cruzado con la profesora en cuestión y casi me he disculpado por lo sucedido en clase.  Ella se ha extrañado de lo que le contaba y le ha dado la risa.  No entendía en qué consistía ese "mal comportamiento".  Consideraba, al contrario de un sector del alumnado, que se habían comportado excelentemente.  

 

He aquí la juventud que se preocupa de esta manera por la calidad de su enseñanza, la que no lee, la que no despega los ojos de las pantallas, la que no piensa, la consumista, la que pasa (¿pasaba?) de votar, la del botellón, las drogas de diseño y el after hour.   Esta es la juventud que gran parte de la senectud no ve o no quiere ver, la juventud que soporta un sistema educativo demasiado cargado de materias (y de pesados y caros libros de textos) y demasiado anquilosado en muchos aspectos.  A quienes piensen que después de nosotros, los mayores, vendrá el diluvio, les mando un mensaje de tranquilidad.  Llevo treinta años oyendo hablar de la decadencia de la juventud, de un apocalipsis que nunca llega y que, después de anécdotas como la de esta mañana, cada vez veo más lejano. No es cuestión de fe, ni de optimismo bobalicón.  Es la verdad.  Palabra de jefe de estudios.

 

 

 

 

De la poesía a los zombies

Esta entrada relata el osado viaje desde Juan Ramón Jiménez y Luis Cernuda hasta los zombies. Paso a explicarme. 

 

Hace un par de días en clase de bachillerato andábamos comentando dos textos de estos autores, "El viaje definitivo" y un fragmento de Ocnos.  Tras el análisis formal, más o menos aburrido y mecánico (tiene una estructura en tres partes, aquí hay una metáfora, allí hay un quiasmo), incité al alumnado a bucear en los posibles simbolismos implícitos en algunas palabras (pozo, túnel, serpiente, pájaros...) que aparecían desperdigadas por la prosa y la poesía.  Al principio andaban un poco parados, inexpertos en dar su opinión en un lugar donde pocas veces se la pedimos, y también recelosos de excederse en las interpretaciones.  Pero poco a poco fueron envalentonándose y aportando puntos de vistas interesantes.  La cosa fue a más y me animé a hablarles del psicoanálsis literario de Freud y sus famosos símbolos fálicos.  De ahí pasamos a los combates masculinos con espadas láser de La guerra de las galaxias (ahora conocida como Star Wars).  Y ya puestos, salté en el vacío y les pedí que intentaran interpretar el boom del vampirismo literario y cinematográfico de hace unos años y el de los zombies actuales.  Coincidimos en muchas opiniones y les expuse la mía: los zombies son un símbolo (casi una metáfora) de los desarrapados, malolientes y balbuceantes inmigrantes, que vienen del "más allá" a comernos vivos y a acabar con nuestro statu quo, por miserable que este resulte.  Una alumna replicó de inmediato, un tanto ofendida, que a ella le gustan las películas de zombies y los inmigrantes al mismo tiempo.  Le expliqué que los imaginarios colectivos son más sibilinos y potentes que las opiniones personales y que ocultan (o evidencian) ideas, sentimientos, temores, que ni siquiera sabemos que tenemos.

 

No sé si los convencí totalmente, pero al final de la clase varias alumnas y alumnos me propusieron hacer más comentarios, porque es una cosa sorprendente y, creo recordar que dijeron, "rayante".

 

 

Cada día que pasa en esta carrera de fondo docente por la que transito desde hace ya casi treinta años, confirmo la vieja cita del sabio Plutarco: "La educación es el encendido de una llama, no el llenado de una vasija".  Si hay que invadir la generación del 27 con zombies y espadas fálicas láser, se invade.  Cernuda y Juan Ramón aguantarán el tirón.  La cultura con mayúsculas lo resiste todo, o no es cultura, sino mera erudición academicista.

 

 

 

 

Lengua Castellana y Anatomía

Un día de esta pasada (y pesada) semana me ocurrió algo sorprendente, interdisciplinar, insospechado, mágico, curioso... Bueno, califíquenlo ustedes cuando termine de contarlo.

 

Llegué a la clase de 1º de Bachillerato de ciencias, de la que soy profesor de Lengua Castellana y Literatura.  El alumnado estaba terminando un examen de matemáticas.  Unos escribían a toda prisa las últimas operaciones, otras repasaban signos y otros ya se habían levantado y se dirigieron a mí: "Profe, ayer estuvimos leyendo tus poemas en clase de Anatomía".  Se rieron al ver mi cara de asombro.  Me contaron que la profesora estaba explicando el cerebro y las supuestas dos mitades, la analítica y la creativa, y le pareció adecuado ponerme como ejemplo de alguna de las dos (o de las dos).  Se llevó mi primer libro serio (Múltiplos de uno) y algún que otro alumno o alumna leyó en voz alta un poema.  No sé si llegaron a comentarlos a fondo, porque para eso iba yo precisamente ese día, para darles los instrumentos retóricos, genéricos, estructurales, simbólicos y demás que se usan para tal fin.   

 

Cuando la clase empezó y las cosas se asentaron les pregunté si es que yo tenía que impartir, a cambio, clases de anatomía.  Más tarde le di las gracias a la compañera y le dije que yo ya había explicado un poco de anatomía cuando hablé del funcionamiento del aparato fonador  (dientes, alveolos, cuerdas vocales)...  ¿Acaso no se llama mi asignatura como una parte de la anatomía humana, esa que sirve para paladear, besar y pedir la comida o que te besen?

 

 

 

 

 

Bisílabos

Facha, rojo, guiri, progre, jipi, choni, pijo, carca, chusma, indie... ¿Notan algo curioso en esta lista de calificativos del español? 

 

Son palabras bisílabas llanas que usamos para clasificar a la gente.  En teoría poética se llaman pies trocaicos o troqueos, es decir, un conjunto de dos sílabas que tienen acento en la primera.  

 

Con motivo de la pasada campaña electoral he notado esta tendencia del español al troqueo (al menos en el español de España), hasta el punto de que a veces oímos que la sílaba anterior al acento (pretónica) casi desaparece: "Paña" por "España", "quillo" por chiquillo, "ñoras" por señoras...  Otras veces se esfuman las posteriores (postónicas), como en los ya citados "progre" (progresista), "carca" (carcamal) o "finde" (fin de semana).  Y últimamente se recurre al anglicismo: "indie", "fashion", "runner".  Hace décadas ya que el fútbol (foot-ball) remató al balompié y (más recientemente) el basket, al baloncesto.

 

Muchos y muchas recordarán el soniquete trocaico que se producía en las "manifestaciones" de fervor patrio, cuando el pueblo repetía incansablemente el apellido del Jefe del Estado español hasta 1975.

 

No ignoro que en nuestra lengua hay insultos bisílabos agudos terminados en -ón, de enorme dureza y contundencia.  También tenemos un símbolo rotundo de españolidad, el jamón, que ya propuse que se incluyera en el escudo del estado, en lugar de ese potaje de leones, cadenas, barras, frutas y castillos. 

 

Pero creo que la tendencia al trocaico es imparable y proviene de la influencia secreta de palabras básicas con esa estructura acentual: madre, padre, patria, cielo, agua, tierra, aire, sangre, casa, cama, calle, muerte, vida, pasta, mucho, poco, novia, boda, ojo, ajo, mano, dedo, cosa, niño, suegro, guerra, sopa, olla, fuego, blanco, negro, dame, toma, calla, caca, culo... 

 

Fascista, comunista, librepensador, progresista y conservador suenan demasiado... largos.  Mientras terminas de decirlos, el contrincante, como quien agarra un buen guijarro al borde del camino y lo coloca en su honda, te ha podido lanzar un "rojo" o un "facha" que, como a Goliat, te deja cao (1).

 

 

 

 

1.- Cao no existe en el DRAE.  Lo pongo para hacer otro trocaico.