¿Estudias o trabajas?

Hace (muchos) años esta era la entradilla de los ligones aficionados.  Se acercaban a la chica con sus acampanados pantalones y soltaban la pregunta al modo de Hamlet.  Hoy en día todo es más confuso.  Es lo que tienen todos los presentes, que, como los comparamos con criterios de supuestos pasados, no acabamos de entenderlos.  Puede haber gente que trabaja para estudiar, gente que estudió pero trabaja en puestos para los que no estudió, etc. 

 

Me ha venido a las mientes todo esto por una anécdota que viví ayer.  En la cola de la caja de un supermercado, la dependienta se lamentaba en voz alta de no poder disfrutar del puente de la Inmaculada Constitución y remató su lamento con estas palabras: "¡Qué lástima no haber estudiao!".

 

Me hubiera gustado que ciertos alumnos y alumnas hubieran estado en esos momentos ahí.  No es una idea nueva la de que los estudios propician un estatus social más elevado: más ingresos, más tiempo libre...  Hay estadísticas por ahí que lo demuestran (lo del dinero), aunque la cosa no está tan clara.  Por un lado tenemos a esos licencidados y graduadas infraempleados y por otro, a esos/as trabajadores cualificados trabajando fines de semana, ya sea en empresas atosigadoras o en cargos de la administración pública (y puedo certificarlo), sin contar la pléyade de médicas de guardia y profesores corrigiendo exámenes y trabajos los domingos por la tarde.

 

Y luego están los ni-ni, los hijos del desamparo familiar y educativo, los esclavos del fornái y la pleisteichion, pero eso da para tres o cuatro entradas más.  Si esto no es un desequilibrio, que venga Marx y lo vea.

 

 

 

Escucha al colibrí

Debido a su timbre grave, decían que Leonard Cohen tenía voz de ultratumba.  Para más guasa azarosa grave es tumba en inglés.  Y para rematar el chiste su voz nos llega póstumamente desde ultratumba con Thanks for the dance, un disco compuesto por canciones que sobraron del majestuoso You want it darker.  Su hijo Adam se ha encargado de rematar la petición que le hizo el cantautor canadiense en los días finales de su vida.  Otro atractivo añadido es que se incluye una versión de "La casada infiel" de Lorca, "The night of Santiago", poema que convirtió en un blues mi amigo el cantautor Eduardo Retamero cuando perpetrábamos canciones muy discutibles a principio de los ochenta con el ya extinto grupo Talycual.

 

El último tema de este álbum se titula "Listen to the hummignbird" y me parece la despedida perfecta de un hombre que practicó el zen durante años.  Son versos simples, intensos, profundos, casi tres haikus filosóficos y humildes, en los que mezcla la naturaleza y la divinidad, lo cercano y lo trascendente, como hicieron Issa, Basho o Buson.  Al menos es lo que a mí me ha parecido.

 

 

      Escucha al colibrí

 

 

      Escucha al colibrí

      cuyas alas no puedes ver.

      Escucha al colibrí;

      no me escuches a mí.

 

      Escucha a la mariposa,

      cuya vida no llega a tres días.

      Escucha a la mariposa

      no me escuches a mí.

 

      Escucha la mente de Dios,

      que no necesita existir.

      Escucha la mente de Dios;

      no me escuches a mí.

 

 

 

 

Las sobras de las educación

Que la educación es el asunto generalizado más complejo que existe no lo duda nadie.  El futuro de la ciencia, de las artes, de la política, de la salud, de las guerras y del amor depende de ella.  Si enseñamos a pensar, las futuras ciudadanas pensarán.  Si enseñamos a empatizar, los futuros hombres empatizarán.  Y si educamos mal (o no educamos) se perderá la oportunidad de hacer del mundo un lugar mejor.

 

En las últimas semanas un grupo de compañeros hemos asistido a un curso que imparte en el Centro de Profesores de Marbella el profesor, autor y pedagogo Juan Vaello Orts.  Todavía no ha terminado.  Tenemos que volver el año que viene a rematar la faena.  No hemos ido para conseguir puntos, porque a muchos ya no nos hacen falta para nada.  Estamos allí porque ya conocíamos el buen decir y hacer del ponente.  Sus propuestas son amplias y ambiciosas, pero concretas, ingeniosas, fáciles y claras.  Este años estamos empezando a implementarlas con ilusión, prudencia y humildad.  Cuando tengamos resultados, ya les contaré.

 

En una de las jornadas se abordó un asunto que me parece crucial, de modo que no me pude resistir y tuve que intervenir para dar mi opinión al respecto.  Se hablaba de la pertinencia de los famosos deberes vespertinos que apabullan a los alumnos y alumnas que quieren hacerlos.  En una encuesta a mano alzada, la mayoría de los presentes creían que gran parte del fracaso escolar se debe a que los discentes no saben estudiar y/o trabajar solos en casa.  Yo argumenté que los deberes, en cierto sentido, suponen una exteriorización de la labor docente y que esos ejercicios de repaso o remache, deberían hacerse en clase, bajo la supervisión del docente, no en el azaroso ambiente de un hogar que a veces es propicio y otras (muchas, quizá demasiadas) no lo es tanto.  Como dijo un compañero filósofo: la hija de la abogada sé que va a hacer los deberes; la de otros, no lo tengo tan claro.  Tras mi intervención una compañera contraargumentó con dos razones, una de las cuales, me pareció razonable.  1.- Los jóvenes deben aprender a ser autónomos.  Coincido con matices: depende de la edad, del contexto social y de sus características psíquicas. 2.- No hay tiempo para repasar tanto en clase, porque tenemos que dar... (redoble de tambores) el temario. 

 

Aquí quería llegar yo y parece que también el ponente.  Propuse una reducción racional de los contenidos en la ESO, con especial atención al alumnado con riesgo de salirse del sistema por un ataque de impotencia.  Esto, que a muchos oídos docentes y no docentes, suena a apocalipsis y degeneración intelectual, no es ningún disparate.  El mismo profesor Vaello lo resumió con su estilo lacónico: "En la ESO o sobran contenidos, o sobran alumnos".  No se trata de no dar la mitad ni la cuarta parte, se trata de no exigir muchas cosas que, vistas desde la óptica de otras asignaturas (o desde fuera), son indiscutiblemente prescindibles.  Gran parte de culpa de esto la tienen los libros de texto, voluminosas (ergo caras) y pesadas minienciclopedias que maltratan las espaldas de los infantes, repletas de conceptos tales como alegoría, determinantes, sinclinales, semicorchea o estabulación, endiablada palabra a la que ya dediqué una entrada hace tiempo

 

Hay que aclarar a los ajenos al asunto este de la docencia que en las leyes no aparecen semejantes términos de forma explícita ni (casi nunca) ímplicita.  Quizá esto sea lo más extraño/triste del caso: se pide al alumnado que sepa y sepa hacer cosas que stricto sensu no están en la ley y, por contra, otras que sí lo están no se exigen tanto o, al menos, no con tanta vehemencia como las arriba mencionadas.  Podría poner ejemplos de todo esto, pero sería un tostón considerable.

 

Pero lo que más me preocupa de todo esto es que la inmensa mayoría de los docentes son magníficos profesionales, que se dejan la piel cada día a pie de pizarra, ya sea verde analógica o blanca digital, y que se devanan los sesos en el ascensor, en la ducha y en la cola del cajero para conseguir que sus alumnos y alumnas aprendan más, cuando quizá lo que deben intentar es que aprendan mejor.

 

 

 

 

De origamis, volcanes y reencuentros

Volcán Sakurajima visto desde una playa de Kagoshima a finales de agosto de 2019.
Volcán Sakurajima visto desde una playa de Kagoshima a finales de agosto de 2019.

Ha pasado algo más de un verano desde la última entrada del blog.  Cosas que pasan.  Nada grave.  El poder reparador del silencio del que tanto, paradójicamente, se habla y tan poco se practica.  No quiero decir que haya estado en una cámara insonorizada durante casi tres meses.  Al contrario.  He ido dos veces a Japón (imaginen esos motores surcando el cielo de Siberia), he paseado por las laderas del volcán Sakurajima (que está justo ahora un poco cabreado), he visitado el epicentro de la bomba y el lugar de los mártires cristianos de Nagasaki (a los que dedicó Lope de Vega una obra), he visto los primeros arces rojo del otoño de Minoh, he votado hace un rato, he incrementado mi nivel de responsabilidad en el trabajo, me ha dado por pintar digitalmente (me encanta la expresión "me ha dado", tiene tanto de involuntario y arrebatador)...

 

Así que esta entrada cumple lo que los semiólogos llaman la función fática del lenguaje, o sea, usar las palabras tan solo para decir al interlocutor que la comunicación se mantiene.  Frases como "¿se me escucha?", "te estoy entendiendo", "dígame", etc. son ejemplos de esto que digo.

 

Pero ya que estamos en faena, usaré también la función referencial porque me apetece contar una anécdota que viví ayer en el aeropuerto de Osaka.  Por los altavoces anunciaron que ya podíamos ponernos en cola los viajeros del grupo 5, el último en entrar.  No había prisa. Nos esperaban casi doce horas de Osaka a Ámsterdam y tendríamos tiempo de sobra para hartarnos de estar dentro del avión.  La cuestión es que en un momento dado fui a incorporarme a la fila que se estaba formando.  En ese momento casi tropecé una pareja de ancianos japoneses y los dejé pasar.  Dije: "dozo" y ellos sonrieron por la cortesía y por hablarles en japonés.  Pues bien, unos segundos más tarde el hombre se volvió hacia mí y me regaló un pequeño y espectacular origami de un pavo real diciéndome: "Arigato".  He vivido muchos ejemplos de la educación y la amabilidad japonesa, pero este último, ocurrido justo antes de abandonar el país, tiene un regusto especial no sé si simbólico, sentimental o lo que sea.  

 

Yo por mi parte he hecho esta mañana mi origami simplón con la papeleta del congreso.  No es para dar las gracias.  Las gracias nos la tienen que dar a los ciudadanos quienes no se ponen de acuerdo, ni tienen pinta de ponerse.  Más bien se parece a las grullas de Sadako Sasaki, hibakusha o superviviente de la bomba de Hiroshima, una plegaria para la curación de la leucemia provocada por la lluvia negra que siguió a la detonación y que más tarde se transformó en petición por la paz mundial.  Así espero que mi humilde pliegue sirva, junto con el de otros muchos y muchas para que este país de santos, mártires, héroes, pícaros y futbolistas acabe teniendo un gobierno.  Y que a mí me guste, claro.

 

 

 

 

Nuestras calderadas

Supongo que no es algo premeditado, pero los asiduos y asiduas de este blog se habrán venido percatando de que muy, pero que muy pocas veces, me tiro al barro de la política.  Quizá obedezca a una mezcla de ecuanimidad mal entendida y pusilanimidad genética.  No sé.  No tengo tiempo, ganas ni dinero para averiguarlo.  Y no es que, como dijo Aristóteles, no sea un "ser político".  Todos irremediablemente lo somos.  No podemos dejar de serlo.  Fuera de este ámbito expongo sin problema mis ideas sobre cómo debemos organizarnos en estas polis enormes en las que vivimos.

 

El culpable de que hoy rompa esta discutible costumbre es Andrés Villena Oliver, autor de Las redes de poder en España.  Se trata de un libro valiente.  Y no lo digo en un sentido metafórico ni hiperbólico.  No es que presente ideas novedosas que expongan al autor a la crítica intelectual de sus colegas.  Lo que se expone en este ensayo/monografía son datos, datos irrefutables, contrastados, conocidos, bien hilados y justificados.  El riesgo que corre el autor es el de poner negro sobre blanco que la democracia en España está, cuando menos, descafeinada, si no adulterada, manipulada, vapuleada y... mejor me callo.

 

De manera incontestable el autor va desgranando los nudos de estas redes, algunos más conocidos que otros.  Un tupido entramado de cargos medios y altos, incrustados (atados y bien atados, que dijo aquél) en el funcionamiento del estado ha venido a prolongar gran parte del aparato del poder del régimen político anterior.  Familias, luengos apellidos de rancio abolengo, amistades, puertas giratorias, asientos a medida en consejos de dirección... dibujan un paisaje medio dantesco medio kafkiano, que acaba quitándote el sueño.  Un grueso tapiz de componendas que deprimen al más optimista paladín de la justicia social y política.  Y junto a, o sobre, o bajo estas redes burocráticas gubernamentales y empresariales, la no menos tupida red de los medios de comunicación, encargados (vía créditos que existen o no existen, vía favores biyectivos) de ocultar o hacer olvidar las otras y cualesquiera que se tejan para pescar puestos, dádivas o emolumentos.  Y lo más inquietante es que no se trata de una teoría de la conspiración tipo Bildergerg.  Qué va.  Todo sucede delante de nuestras olvidadizas narices, esas que muchas veces nos tapamos en el momento justo de depositar el voto en la urna.

 

 

Hace poco asistí a la presentación del libro en Málaga y alguien del público preguntó si quedaba algún atisbo de esperanza frente a semejante cúmulo de componendas y engañifas.  La repuesta del autor fue esperanzadora.  Habló de que en Estados Unidos cada vez hay más voces que abogan por un cambio de rumbo en las concepciones económicas que arrancaron ferozmente en los ochenta y que nos llevaron a la debacle de 2008.  De modo que este minucioso estudio, más que una elegía derrotisma/abstencionista, es una llamada a la indignación, a la participación, al conocimiento y a la madurez ciudadana.  No faltarán quienes opinen que las redes ocultas de poder existen en todo el mundo y, como dijo el entrañable refrán-man Sancho Panza, "en otras casas cuecen habas".    Lo que ocurre es que, como continúa el adagio, "en la mía, calderadas". 

 

 

 

 

Cubismo al cubo

Para contrarrestar la caló y otros artículos anteriores, quizá demasiado densos, traigo ahora una anécdota ligerita.

 

Hace unos meses un pequeño tornado destrozó algunas zonas del instituto en el que trabajo.  Entre ellas cayó un fragmento de un mosaico, hecho por el alumnado, que reproduce "Las señoritas de Avignon".  El departamento de Dibujo hizo una réplica de las partes destruidas y esta misma mañana unos operarios han procedido colocarlas.  Y aquí viene el chiste. Han confundido una hilera con otra y las ya distorsionadas perspectivas cubistas que pergeñó Picasso se han visto elevadas al cubo: narices en lugar de barbillas, ojos en lugar de cuellos, etc.  Se trata de una deconstrucción involuntaria y ultrapostmoderna de la pintura contemporánea, digna del MOMA o del ecce homo de Borja.

 

Por suerte el jefe del departamento, que ha sacrificado azarosamente parte de sus vacaciones, lo ha visto a tiempo y ha suspendido la instalación.  

 

Fin de la anécdota.  Sigan con sus cosas.

 

 

 

 

El pajarito de Rubik

Quizá lo hayan visto por ahí.  Es un niño chino que hace malabares con tres cubos de Rubik y mientras los lanza y entrelaza en el aire ¡los hace!, es decir, ordena todos los colores.  Uno no puede más que maravillarse y quedarse con la boca abierta.  Y ahí es cuando llega el problema.  Nuestra estupefacción nos deja como a esos conejos que se cazan deslumbrándolos.

 

Los ciudadanos de aquel milenario y enorme país malgastan su tiempo y sus energías mirando embobados la habilidad de este chaval, en lugar de centrarse en los muchos problemas e injusticias que existen tras la Gran Muralla y The Great Firewall, que impide cualquier tipo de reivindicación o insurgencia digital.

 

Y aquí por occidente no estamos para dar lecciones de nada.  Desde el panen et circenses, hasta la telebasura o los videos de gatitos tocando el piano, pasando por Goebbels, el fútbol, Gibraltar-español y otras famosas manipulaciones y distracciones, el poder siempre ha tenido a mano algún pajarito al que quieren que miremos.   Así nos tienen embobados, o sea, transformados momentánea o definitivamente en bobos y bobas.

 

 

 

Jekyll, Hyde y Alcàsser.

A principio de los noventa yo era un joven profesor con pelo y sin triglicéridos que veía poquísima televisión, pero no pude abstraerme de lo que pasó en Alcàsser. Pronto tuve la intuición ética o estética de que el circo de Nieves Herrero en el salón de conciertos cruzaba una frontera que aún no estaba bien marcada.  Me repelió tanto que en los siguiente meses y años no quise volver a saber nada del asunto.  La serie de Netflix, muy bien realizada, me ha servido para ponerme al día y refrescar algunos datos que, pese a mi huelga de espectador, me fueron llegando. 

 

Como quizá ya intuyen, no es mi estilo ponerme a despotricar perogrullescamente sobre la crueldad indescriptible de los asesinos, cuyo estudio pormenorizado quizá sería de gran ayuda para intentar evitar crímenes tan horrendos.  Tampoco soy de los que van pidiendo patíbulos portátiles al calor de las noticias.  La misma plebe que pedía pena de muerte en directo con Nieves Herrero, años más tarde clamaba por cruzar "el Misisipi" para liberar al único detenido, por otras razones, más mediáticas todavía.

 

Después de ver los reportajes de la serie me ha asaltado una idea.  Los asesinos (fueren quienes fueren) se movían por instintos primigenios, menos que animales.   Algo radicalmente malévolo, insano y cruel surgía de una parte de su cerebro no controlada por... nada, ni los circuitos de la moralidad, ni los de la ética, ni los de la misma supervivencia, porque arriesgaban sus vidas o libertades cometiendo estos actos.  Por otra parte, en el juicio se desarrollaron argumentos hiperbólicamente racionales, burocráticos, científicos: que si la fecha de una orden de registro, que si la morfología de unos pelos, que si el tamaño de unas larvas, que si pistas falsas, que si manchas o no manchas, que si testigos que callan, que si alfombra persa o moqueta nacional, que si el fiscal construye frases que hacen que el acusado incurra ante la sala en contradicciones...  Todo un despliegue de sutilezas químicas, retóricas y forenses, que contrastan con las simples intenciones de los que cometieron las violaciones y asesinatos.  (Semi)analfabetos irracionales, frente a cultos letrados y catedráticos.  Un cóctel que dice mucho de la condición humana jekylhaydeana.  No nos extrañe, pues, que en nuestras pantallas convivan productos como esta serie y tanta, tanta, tanta, telebasura.

 

 

 

 

Ese invisible yo

Las personas se dividen en tres grandes grupos: la "gente", las "personas que conozco" y "yo" (es decir, cada cual).  Entre los dos primeros se establece cierta movilidad, regida por el azar y la pérdida progresiva de memoria.  Gente que no conozco se convierte en conocida y personas conocidas se van olvidando y acaban convirtiéndose en gente.

 

Entre el yo y los conocidos también hay intercambio.  Los pensamientos, tics, formas de hablar o comportarse pueden pasar de unos a otro.  Al yo le cuesta mucho reconocer que está siendo influenciado por los conocidos, pero suele ser más ágil detectando su huella en los demás.

 

Dicen los neuropsicólogos que existe una zona del cerebro, el área 10 o capa granular interna IV, situada en la corteza prefrontal lateral (no soy neurólogo, lo he copiado de un libro), que es dos veces más grande en los humanos que en los simios.  Puede que ahí viva la conciencia del "yo", porque se dedica a emitir lucecitas en las pantallas cuando la memoria, la planificación, el pensamiento abstracto y la adopción de comportamientos adecuados están funcionando.  Pero la cosa es más complicada y otras zonas de la sesera también están implicadas en estos procesos.  Como dijo Leibniz, "si agrandásemos el cerebro hasta que tuviese el tamaño de un molino, y así pudiésemos caminar por su interior, no encontraríamos la conciencia".

 

El yo es mutable a nivel psíquico, moral y político (sobre todo político después de unos resultados electorales no concluyentes) y además lo es a nivel físico.  Cada diez años más o menos las células que nos componen ya no son las que nos componían.  Nuestro cuerpo de ahora no es el que teníamos hace once años.

 

Resumiendo: si lo que pienso, siento y hago está influido por los demás; si no hay un lugar exacto en el que exista el yo, si mi cuerpo es nuevo cada década, ¿de dónde proviene es(t)e egocentrismo (selfismo) insano que nos encorseta y delimita y que pretende ser eterno a base de poemas, intervenciones quirúrgicas, sinfonías o cremas antiarrugas?  Buda, Ortega y Gasset y otros muchos ya lo intuyeron: apenas somos, o somos nosotros y nuestras circunstancias. 

 

 

 

 

Fuera del juego

Sorpresa: voy a empezar hablando de fútbol.  El miércoles pasado en la final de la UEFA se enfrentaron dos equipos londinenses, el Chelsea y el Arsenal.  Entre los veintidós jugadores solo uno era inglés.  A partir de 1995, la sentencia Bosman del Tribunal de Luxemburgo abrió el melón (o la cornucopia) de los fichajes internacionales.  Hasta entonces el máximo de jugadores extranjeros por equipo era de tres.  Ese mismo año el Ayax ganó la Copa de Europa y, tras la sentencia, su plantilla se esfumó y las estrellas se esparcieron, como en un big-bang cuantificable en el infinito universo de las cifras astronómicas.

 

Es el signo de los tiempos que nos han tocado vivir.  Las empresas emigran en busca de inversiones o beneficios, es decir, de pagar lo menos posible a sus empleados y a sus fiscos.  El dinero no entiende de fronteras.  El capital fluye como un tsunami de chapapote hundiendo y levantando países, políticas, políticos, personas.  Es lo que hay.  Se llama globalización y ha venido para quedarse. 

Nota paradójica 1: cuanto más hablamos de "globalización", más terraplanistas surgen.

 

El neonacionalismo populista que tanto ha crecido en Europa y Estados Unidos (Trump, Le Pen, Salvini, Brexit, Vox...) es una respuesta visceral y, como ellos dicen, de "sentido común", basada en un principio incuestionable: "sálvese quien pueda".  Los curritos de Nebraska no quieren que sus fábricas de tractores se vayan a Shanghai, ni que los malolientes mexicanos les quiten los sucios trabajos que ellos antes no aceptaban y ahora anhelan.  Y quien dice tijuaneros y nebraskeños, dice marselleses (enfants de la patrie) y damascenos, madrileños y tangerinos... 

Nota paradójica 2: los nacionalistas de distintos países unen sus intereses en el parlamento europeo, a pesar de que su seña de identidad es rechazar al extranjero.

 

Lo más interesante es que el pueblo llano ha entendido que la globalización le está dando por saco y ha reaccionado, en distinto grado según el país, votando a sus respectivos salvapatrias. Pero los domingos, cuando van al fútbol, cuando invaden ciudades extranjeras para beber cerveza barata y airear sus flácidos vientres en las fuentes, olvidan que sus clubes son el ejemplo más claro de la globalización.  Muchos chavales de las canteras de esas ciudades nunca llegarán al primer equipo, porque siempre vendrá un senegalés o un brasileño que juega mejor que ellos.  Lo importante es la fidelidad a los colores.  No se han dado cuenta de que los poderosos, los que mueven el cotarro de las fichas, los contratos y las subcontratas textiles o automovilísticas, sí han abrazado la globalización y se han organizado para aprovecharla.  Falta que los hooligans se quiten la camiseta de delante de los ojos, dejen la lata en una papelera y vean que, detrás de los colores de su club, se oculta una realidad que los ha dejado fuera del juego y los ha convertido en meros espectadores.  Tienen voto, pero muchos no votan.  Tienen voz, pero se quedan afónicos insultando a árbitros y contrincantes.  No se trata de encerrarse en la aldea gala y defenderse de los pobres de otros países.  Hay de bajar al césped e intentar revertir la situación, de manera global y eficiente, como ya han hecho los que les venden las camisetas made in China.